El Último Portador - Capítulo 45
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Capítulo 45: La siguiente fase
El frío seguía extendiéndose desde Noah.
No era un estallido desordenado ni una reacción de pánico, como había ocurrido otras veces. Ahora avanzaba con intención, ocupando el patio piedra por piedra, metiéndose entre los cuerpos caídos, trepando por los escalones rotos, endureciendo el aire alrededor de la línea defensiva. El humo del combate comenzó a moverse más lento, como si incluso el caos estuviera siendo obligado a reducirse.
Frente a él, una nueva descarga de armas mágicas cruzó el patio.
Luc apenas alcanzó a levantar otra barrera.
La estructura azul apareció con violencia, absorbiendo el impacto en un temblor que recorrió toda su superficie. Esta vez no hubo estabilidad. La barrera resistió, pero una grieta luminosa se abrió de lado a lado.
Luc apretó los dientes.
—No voy a poder mantener otra igual —dijo con la voz forzada.
Étienne, cubierto de sangre ajena y propia, no apartó la vista del frente.
—Entonces mantén esa viva el tiempo suficiente.
Un grupo de atacantes intentó aprovechar la grieta para romper la formación. Avanzaron por el costado derecho del patio, usando el humo y los cuerpos caídos como cobertura. No llegaron lejos.
Eleonor los interceptó antes.
Su movimiento ya no tenía la velocidad limpia de minutos atrás, pero seguía siendo letal. La primera lanza atravesó al hombre que iba al frente. La segunda no se formó completa; apareció a medias, inestable, y aun así le abrió el pecho al siguiente. Un tercero trató de dispararle a corta distancia. Eleonor giró tarde.
La descarga le rozó el costado herido.
El golpe la hizo retroceder dos pasos.
Noah lo sintió como si el impacto hubiera cruzado también su propio cuerpo.
Eleonor bajó apenas el hombro, respirando con fuerza.
La sangre le corría por el brazo y caía desde la punta de los dedos.
Aun así levantó la mirada.
—¿Eso es todo? —gruñó.
Y volvió a entrar.
Noah dio un paso al frente.
Luego otro.
El aire alrededor de él descendió varios grados más. La piedra bajo sus pies crujió. Del suelo comenzaron a elevarse líneas finas de escarcha que avanzaron en múltiples direcciones, buscando tobillos, armas, puntos de apoyo. Ya no estaba improvisando. Estaba leyendo el campo.
Un atacante apareció por el lateral izquierdo y apuntó directo hacia Sophie.
Noah extendió la mano sin siquiera mirarlo.
Una pared de hielo surgió en diagonal, desvió la descarga y, en el mismo impulso, se cerró sobre las piernas del hombre. El atacante cayó al suelo. Antes de que pudiera soltarse, el hielo subió hasta el pecho y lo inmovilizó por completo.
Sophie lo miró apenas un segundo.
No hubo sorpresa en su rostro.
Solo una comprensión rápida y fría de lo que estaba ocurriendo.
—Noah, están reagrupándose en la entrada principal —dijo—. No están improvisando la presión. Están esperando algo.
Étienne acababa de derribar a otro atacante cuando oyó eso.
—¿Esperando qué?
La respuesta llegó sola.
Todos lo sintieron.
No fue una explosión.
No fue un impacto.
Fue una vibración.
Profunda.
Breve.
Pero lo bastante intensa para atravesar el suelo, los muros y el pecho de todos los que llevaban una marca.
Noah se quedó inmóvil.
El hielo a su alrededor se detuvo por un instante.
Eleonor también lo sintió. Giró el rostro hacia la entrada principal justo cuando los atacantes que seguían avanzando comenzaron a retroceder. No huían. Se apartaban.
Abrieron espacio.
—No me gusta esto —murmuró Luc.
Sophie miró sus lecturas tácticas. La pantalla en su muñeca parpadeó una vez… y luego quedó saturada.
—Hay una distorsión mágica en el acceso principal —dijo—. No puedo leer qué es.
Entonces el aire se partió.
No como una puerta, ni como un portal limpio.
Fue una ruptura irregular, una abertura oscura que desgarró el espacio justo detrás de la primera línea enemiga. Las piedras del patio vibraron. Varias armas mágicas perdieron brillo por un segundo. Incluso el mar, allá atrás, pareció quedar en silencio.
De la grieta salió una figura.
Humana.
Alta.
Vestida de negro.
No llevaba traje de combate de ninguna familia ni uniforme visible de la facción Águila. Caminó sin prisa, como si no estuviera entrando a un campo de batalla, sino a una sala donde todos lo habían estado esperando.
Su presencia alteró la presión del lugar de inmediato.
Étienne cambió de postura.
Luc olvidó por un segundo la barrera.
Sophie dejó de mirar la pantalla.
Y Noah…
Noah sintió que la energía de la marca se tensaba dentro de él.
Como si reconociera algo.
Como si odiara algo.
La figura avanzó un paso más.
Su voz fue serena.
—Ya es suficiente.
Los atacantes dejaron de disparar.
El patio quedó suspendido en un silencio brutal, roto solo por las respiraciones agitadas, el crepitar del hielo y el goteo de sangre sobre la piedra.
Eleonor limpió con el dorso de la mano la sangre que le bajaba por el brazo.
—¿Y tú quién demonios eres?
El hombre la observó sin expresión.
—Alguien que vino a confirmar una hipótesis.
Noah lo miró fijamente.
Había algo en él que le resultaba insoportable, aunque no sabía por qué. No era solo hostilidad. Era una sensación más antigua. Más profunda. Como si una parte enterrada dentro de él reaccionara antes que su propia conciencia.
El hombre movió la vista hacia Noah.
Y sonrió apenas.
—Así que ya comenzaste.
Eleonor dio un paso, colocándose ligeramente delante de Noah a pesar del temblor que le recorría el brazo herido.
—No vas a acercarte a él.
La sonrisa del desconocido no cambió.
—No vine a llevármelo.
Hizo una pausa.
—Todavía no.
Étienne levantó su espada.
—Da un paso más y te atravieso.
—No —respondió el hombre con absoluta calma—. No lo harás.
Su energía se liberó en ese instante.
No explotó hacia afuera.
Cayó sobre el patio.
Como una presión.
Como si el aire se hubiera vuelto más pesado de golpe.
Luc cayó de rodillas primero. La barrera que sostenía se quebró en fragmentos de luz. Dos guardias más perdieron el equilibrio. Sophie llevó una mano a la pared para no caer. Incluso Étienne tuvo que afirmar mejor los pies.
Eleonor no retrocedió.
Pero su respiración se cortó.
Noah fue el único que permaneció completamente erguido.
El hombre lo notó.
—Sí —murmuró—. Justo eso quería ver.
Noah sintió cómo el hielo a su alrededor volvía a moverse, esta vez con una violencia contenida. El frío ya no surgía solo de sus manos. Se filtraba desde su cuerpo entero, como si la energía de la marca hubiera dejado de concentrarse en un punto para empezar a ocuparlo todo.
—¿Quién eres? —preguntó Noah.
El hombre no respondió de inmediato.
Observó la escarcha subir por los escalones, cubrir la fuente rota, aferrarse a los cuerpos y a las armas caídas.
Luego dijo:
—Alguien que sirve a quien sí entiende lo que eres.
Eleonor apretó los dientes.
—Valerius.
No fue una pregunta.
El hombre la miró por primera vez con algo parecido a interés.
—Entonces no están tan ciegos como pensé.
Étienne tensó los músculos.
—Si trabajas para él, saldrás de aquí muerto.
—No vine a pelear con ustedes —dijo el hombre—. Vine a medirlo.
Miró a Noah otra vez.
—Y ya lo vi.
Eso fue suficiente.
Noah levantó la mano.
Las lanzas de hielo no aparecieron.
Esta vez el suelo entero respondió.
Una formación de hielo surgió en línea recta desde sus pies hasta la posición del enemigo, rompiendo piedra, levantando fragmentos, cerrando el espacio en un avance tan rápido que dos atacantes no alcanzaron a apartarse y quedaron atrapados hasta la cintura.
El hombre vestido de negro no se movió hasta el último instante.
Entonces desapareció.
No fue velocidad.
Fue una distorsión breve del espacio.
Apareció tres metros a un lado, justo fuera del impacto.
Noah giró hacia él de inmediato.
El hombre sonrió con más claridad.
—Mucho mejor.
Eleonor aprovechó el instante. Entró por el costado con una lanza formada a medias, sosteniéndola casi a la fuerza con el brazo que todavía obedecía bien. Atacó directo al cuello.
El hombre bloqueó con una hoja corta de energía negra que apareció en su mano derecha.
El choque lanzó una onda de presión alrededor.
Eleonor intentó sostener el cruce.
No pudo.
Su herida le pasó factura en ese mismo segundo.
El hombre la empujó hacia atrás con una fuerza seca. Eleonor retrocedió, clavó una rodilla en el suelo y apenas evitó caer por completo.
Noah avanzó un paso.
El patio entero bajó otro grado de temperatura.
—Noah —dijo Sophie, con la voz tensa—. Cuidado.
Pero ya era tarde para detenerlo.
La energía de la marca respondió a su rabia con demasiada facilidad.
El hielo volvió a expandirse, más rápido, más agresivo, cubriendo un radio amplio alrededor de él. Las armas mágicas enemigas comenzaron a congelarse por los cañones. La piedra crujió. El agua de la fuente reventó convertida en agujas de escarcha.
El hombre de negro perdió por primera vez parte de su serenidad.
Solo una fracción.
Pero Noah lo vio.
Y avanzó otra vez.
—Tú sabías que ella estaba herida —dijo con una voz extrañamente baja.
El hombre no respondió.
Noah levantó la mirada.
Sus ojos ya no tenían la vacilación de antes.
—Esta era tu prueba.
La escarcha comenzó a subir por las botas del enemigo.
Lenta.
Implacable.
El hombre retrocedió medio paso y la rompió con una descarga de energía oscura.
Pero ya no estaba midiendo.
Ahora se estaba defendiendo.
Valerius, a cientos de kilómetros de distancia, observó la proyección ampliada de Noah en silencio.
Markus permanecía a su lado.
—La presión cambió —dijo Markus—. Ya no está conteniendo. Está entrando.
Valerius no apartó la vista de la imagen.
Noah avanzó una vez más en la proyección.
Detrás de él, el patio entero parecía responder a su presencia.
—Sí —murmuró Valerius—. Por fin.
En Marsella, Eleonor volvió a levantarse.
Lo hizo con esfuerzo visible, con el hombro bajo, el costado empapado y la respiración rota, pero se levantó. Se colocó otra vez al lado de Noah.
No delante.
Al lado.
—No te me adelantes —dijo, sin dejar de mirar al enemigo.
Noah no apartó la vista.
—No pienso hacerlo.
Étienne se puso en guardia otra vez. Luc, todavía de rodillas, reunió fuerzas para levantar una barrera menor. Sophie retrocedió un paso, reajustando posiciones y buscando una forma de recuperar control táctico del patio.
La línea defensiva seguía rota.
Pero no había caído.
No todavía.
El hombre vestido de negro observó a Noah y a Eleonor juntos. Luego miró el hielo extendido, los atacantes inmovilizados, el estado de la defensa… y sonrió de nuevo, aunque esta vez de otra manera.
Como quien confirma algo inconveniente.
Llevó una mano al costado y activó un sello oscuro sobre su muñeca.
La grieta detrás de él volvió a abrirse.
—Esto bastará por hoy —dijo.
Étienne avanzó.
—¡No lo dejen salir!
Noah lanzó el hielo antes de que terminara la orden.
El ataque fue más rápido que el anterior.
Más denso.
Más preciso.
Pero el hombre ya estaba retrocediendo hacia la grieta.
Antes de desaparecer, sostuvo la mirada de Noah y dijo:
—La siguiente vez no vendremos a probarte.
La grieta se cerró.
El silencio que quedó detrás fue peor que el combate.
Porque ya no era incertidumbre.
Era confirmación.
Eleonor respiró hondo, luego soltó el aire con dolor. La lanza que sostenía se deshizo en partículas de luz.
Sophie volvió a mirar su pantalla.
—Las unidades enemigas se están retirando —dijo—. Todos. Ahora.
Luc dejó caer una mano al suelo.
Étienne no bajó la espada.
Noah tampoco se movió.
Seguía mirando el punto exacto donde la grieta había desaparecido.
El hielo todavía crujía a su alrededor.
—Noah —dijo Eleonor.
Él giró apenas el rostro.
Ella lo observó con el ceño fruncido, todavía agitada.
—Eso no fue una victoria.
Noah tardó un momento en responder.
—Lo sé.
Miró el patio cubierto de sangre, humo y escarcha.
Luego el acceso principal destruido.
Luego el amanecer sobre el mar.
—Fue un aviso.
Nadie discutió eso.
Porque todos habían entendido lo mismo.
La batalla en la mansión Orleans no había sido diseñada para destruirlos.
Había sido diseñada para medir cuánto había despertado ya el portador.
Y ahora que lo sabían…
la guerra estaba a punto de cambiar.
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