El Último Portador - Capítulo 7
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7: El portador más débil 7: El portador más débil Después de que fui presentado oficialmente como el nuevo portador de la marca, la academia dejó de sentirse como un hogar.
Se convirtió en un lugar hostil.
Recuerdo una mañana en el patio de entrenamiento.
El suelo estaba cubierto por una fina capa de escarcha.
El amanecer apenas comenzaba; los primeros rayos del sol se filtraban por encima del muro de piedra, y en el aire flotaba un intenso olor a metal.
El ambiente estaba cargado de magia recién invocada y de fracaso.
Todos estábamos alineados, con los brazos extendidos al frente, esperando las órdenes del instructor.
—Concéntrense —ordenó con voz firme—.
Practicaremos magia básica.
Daniel fue el primero.
De su mano surgió una llama estable, controlada, sin esfuerzo aparente.
Orla continuó.
Creó una esfera de hielo perfectamente definida y la reforzó con su barrera de protección.
Luego fue el turno de Eleonor.
Ni siquiera parecía esforzarse.
Formó una especie de lanza combinando fuego e hielo, y la cubrió con su barrera.
La lanza era tan precisa que parecía una extensión natural de su cuerpo.
Las miradas de admiración no se hicieron esperar.
Los instructores la felicitaron sin reservas.
Entonces llegó mi turno.
Cerré los ojos, respiré hondo y traté de repetir lo que había practicado cientos de veces.
Sentí el flujo de magia recorrerme… lento, torpe.
Logré formar apenas un hilo de hielo que cayó al suelo antes de desvanecerse.
—Otra vez —ordenó el instructor, impaciente.
Lo intenté de nuevo.
Nada cambió.
Un murmullo recorrió al grupo.
—¿Eso es todo lo que puedes crear?
—dijo una voz que reconocí de inmediato.
Era Eleonor.
No se burlaba abiertamente, pero su expresión decía más que cualquier palabra.
—Ni siquiera puede mantener una forma básica —añadió—.
¿Cómo esperas sobrevivir en un combate real?
Sentí el rostro arder de vergüenza.
—Concéntrate Noah —susurró Daniel desde su lugar.
Pero mis manos temblaban.
La magia no respondía… o quizá yo no sabía cómo hacerlo.
El instructor suspiró.
—Basta por hoy.
Continúa observando; tal vez aprendas algo.
Las risas no se contuvieron.
Con el paso de los meses, nada mejoró.
En las pruebas físicas siempre llegaba último.
En los duelos de práctica apenas lograba crear una barrera antes de agotar por completo mi poder mágico.
Mi cuerpo no reaccionaba como el de los demás.
Mi magia parecía una mala broma.
Eleonor nunca perdía la oportunidad de recordármelo.
Durante un entrenamiento grupal en el bosque, dijo con tono burlón: —No te esfuerces demasiado.
Podrías lastimarte.
—Déjalo —intervino Orla—.
Al menos lo intenta.
—Intentar no es suficiente —replicó Eleonor—.
Si volvemos a luchar, él lo puede pagar con su vida.
No gritaba; no insultaba.
Sus palabras eran peores: verdades afiladas como cuchillos.
En uno de los entrenamientos de combate, me emparejaron con ella.
Sabía que no tenía ninguna oportunidad.
—Ríndete —me dijo antes de comenzar—.
Si no lo haces, harás el ridículo… y puedo lastimarte.
—No lo haré —respondí, tratando de mantener la voz firme.
—Entonces tú te lo buscaste.
Ella atacaba; yo defendía.
Creé una barrera de hielo y la cubrí con mi poder de defensa, pero fue rota con dos simples ataques.
El combate duró menos de un minuto.
Me golpeó con una lanza de hielo y me lanzó contra el suelo.
Eleonor ni siquiera parecía esforzarse.
—Esto es exactamente de lo que hablo —dijo, dándome la espalda.
Aquella frase se me quedó grabada.
Esa noche tomé una decisión.
Mientras los demás descansaban, yo entrenaba a escondidas.
Repetía los movimientos una y otra vez, hasta que mis manos ardían y mi cabeza me dolía.
Una noche, Eleonor me descubrió.
—¿Crees que entrenar de noche te hará mejorar?
—preguntó desde la puerta.
No esperó respuesta.
—Yo no lo creo —añadió, con un tono cargado de enojo—.
La magia no se fuerza.
O la tienes… o no la tienes.
—No todos nacimos siendo perfectos —le respondí.
Guardó silencio durante unos segundos.
—Eso no importa cuando hay vidas en juego —dijo finalmente—.
Y tú eres un inútil que todavía no lo entiende.
Se dio la vuelta y se marchó sin decir nada más.
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