El Valle de la Nada - Capítulo 10
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10: 10 10: 10 -¿No ha pasado ese mismo auto ya cuatro veces por aquí?
–preguntó Jonathan sorbiendo con ayuda del popote los últimos rastros de refresco de su vaso.
David, Raúl y Jonathan, se encontraban cómodamente sentados en una de las tantas bancas de piedra que había por la plazoleta.
Habían salido de la función muy hambrientos así que compraron unas rebanadas de pizza con refresco y en ese momento comían mientras miraban tranquilamente el transitar de los carros.
David dirigió la mirada al auto al que se refería Jonathan mientras disfrutaba del bocado de pizza caliente en su boca.
Era verdad, era el mismo carro negro, con el mismo sacerdote pelirrojo que había visto antes de que entraran a la película, pudo notar que el conductor tenía una expresión ceñuda que no era de enfado, más bien era de confusión total.
-Parece un poco perdido, ¿no creen?
–volvió a comentar un curioso Jonathan.
David asintió con la boca demasiado llena como para animarse a hablar sin correr el peligro de que el bocado escapara de sus labios, miró de reojo a Raúl, preguntándose que pensaría de aquello y para su sorpresa, Raúl parecía más interesado en otra cosa, miraba fijamente en dirección a unas bancas mas allá de donde ellos se encontraban.
David siguió con curiosidad la dirección de su mirada.
Ubicado a los pies de un árbol, sentado entre las raíces, con la espalda recargada en el tronco y las rodillas a la altura de la nariz, se encontraba un hombre.
No podía asegurar su edad, podría tener veinte o treinta años, o más, era algo difícil ya que su rostro quedaba la mayor parte oculto por una tupida y enmarañada barba, así como por su cabello que era muy largo, hasta los hombros y el flequillo le caía sobre los ojos.
Parecía que su cabello era castaño, cosa que no se podría asegurar ya que lo traía muy sucio y enmarañado.
Igual de sucio que sus ropas, una especie de traje oscuro algo desteñido y con un abrigo negro y grande encima.
Tenía un aspecto desaliñado y viejo.
No parecía más que algún indigente, o algo así, aunque tal vez no fuera aquello lo que llamaba la atención, ni siquiera sus pies desnudos con las plantas negras por la tierra y suciedad, sino más bien era la fijeza con la que seguía el movimiento de aquel coche, así como la sensación clara que emanaba de su mirada.
“Odia a ese hombre” pensó David, y luego se sorprendió porque no entendía bien como es que él podía saber eso.
-Bonito peinado –David dio un respingo ante aquella voz burlona, se volvió a buscar el origen encontrándose cara a cara con Alberto Raven.
Este se encontraba frente a la banca mirándoles con una sonrisa burlona, sus ojos negros como los de un cuervo brillaban levemente con diversión.
Raven era un muchacho que con su uniforme lucía generalmente más ancho que alto, ahora que le veía vestido con unos vaqueros nuevos y una camiseta negra, no pudo evitar notar que Raven en realidad era flacucho y larguirucho, y que además sus cabellos negros algo ligeramente largos acentuaban aquel aspecto.
David fijó sus ojos en otro detalle más, en la cintura llevaba un canguro de piel y de su brazo izquierdo pendían varios como collares con piedras diferentes y en su mano derecha caída a un lado, algunos papeles tamaño postal que no alcanzaba a ver de qué eran.
-Eres un poco lento Unreal –se burló nuevamente el moreno ante el silencio de David.
Jonathan a su lado lo miró de reojo tratando de absorber más soda con su pajilla causando un ruido algo molesto.
David cayó en la cuenta, en ese momento, a lo que se había referido Raven.
Sus cabellos volvían a agitarse un poco causando que quedaran con las puntas elevadas seguramente dándole un aspecto muy cómico, sintió sus mejillas arder.
-Púdrete Raven –gruñó en respuesta, causando una carcajada de parte del otro chico, en realidad no había sido una gran respuesta, claro, pero en ese momento tenía otras cosas en la cabeza como para idearse algo más original.
-Raven, otra vez estás vendiendo esas tonterías –murmuró Raúl.
No era pregunta, era una afirmación.
Raven volvió su vista al más pequeño de los tres con esa sonrisa burlona y maliciosa (a David le pareció por un momento incluso orgullosa).
El chico alzó su brazo mostrando mejor los collares, que tintinearon con lo que ahora supo eran vidrios de colores (seguramente de distintas botellas), con un movimiento divertido.
-Claro Elder, si vieras como esos turistas bobos siempre terminan comprándome mis obras de arte, –declaró para luego reír entre dientes.
Sin más se volvió para ver a su alrededor.
En ese momento David le pudo comparar con un ave de rapiña buscando una presa nueva a la cual devorar.
-¡Albeto!
–Los cuatro chicos dieron un respingo ante la chillona voz de una pequeña niña de seis años de cabellos negros largos hasta los hombros que caían en rizos.
Vestida con un coqueto vestidito azul con varios volantes.
La pequeña corrió hasta donde Raven, quien tenía el ceño fruncido y una mueca en los labios mientras guardaba las postales en el bolsillo trasero.
David vio que una postal se caía sin que el otro se diera por enterado.
La pequeña finalmente llegó al lado de Raven para terminar por abrazarlo por la cintura, Jonathan vio entretenido todo aquello y Raúl solo volvía a prestar su atención a su pizza.
David, por otro lado, estaba curioso.
–Albeto, prometiste comprame un helado antes de volver a casa –gimoteó la pequeña jalándole la camisa al otro quien tenía las mejillas encendidas y una mueca de fastidio en los labios.
-Ya, bueno, vámonos –gruñó Raven tomando a la niña de la mano alejándose del lugar.
Cuando desaparecieron a la distancia, David miró curioso a sus otros dos amigos.
-Esa es Mandy, la hermana menor de Raven –contestó un despreocupado Raúl encogiéndose de hombros.
Jonathan asintió.
A David le parecía gracioso aquello, nunca hubiera imaginado que el dolor de cabeza, Alberto Raven, tuviera una adorable hermanita menor que era evidente que lograba que éste hiciera de todo por ella.
-Eh, miren, ahí va de nuevo –declaró Jonathan una vez que terminó de comer su pizza.
Y era verdad, una vez más aquel auto negro compacto pasaba por delante del jardín –realmente, debe ser un completo despistado si es que se pierde aquí, –murmuró el rubio mientras se limpiaba la salsa de los dedos con la lengua.
David miró en dirección a lo que se refería y si, efectivamente, ahí estaba de nuevo aquel hombre pelirrojo en su pequeño auto negro.
-Qué raro –fue el único comentario de Raúl poniéndose de pie y tirando el plato y el vaso de plástico al bote de basura cercano, –es mejor irnos, nos falta pasar por el museo, recuerden que el profesor Magíster nos dejó un trabajo de investigación, –comentó mientras se flotaba las manos en sus vaqueros.
David, ante la mención “museo”, quitó su mirada del auto negro y se volvió a ver a Raúl con emoción.
-¿Hay museo?, –preguntó maravillado poniéndose de pie y tirando también su basura, olvidándose de aquel curioso hombre que seguía ceñudo dando vueltas por el lugar.
Los tres jóvenes se alejaron olvidándose del auto negro y también olvidándose de aquel extraño vagabundo que saliendo detrás de un árbol observaba con enojo al pelirrojo, mientras que sus ojos grises se estrechaban hasta ser una rendija amenazadora.
David se volvió ligeramente hacia atrás al sentir algo extraño a sus espaldas, pero no había nadie en toda esa avenida.
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