El Valle de la Nada - Capítulo 12
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
12: 12 12: 12 David bostezó visiblemente mientras se encontraba sentado a la mesa del desayuno, removiendo ligeramente la espesa masa que tenía en el plato, que según su madre era avena.
David aún no tenía el corazón para rechazarle a su madre semejante platillo, al que ella llamaba “tu favorito”.
Era muy temprano en opinión de David, su madre le había levantado anunciándole que era mejor despertar temprano para que alcanzara a desayunar adecuadamente antes de que el autobús llegara por él.
David suspiró aburrido escuchando los crujidos de la adolorida casa Unreal, parecía como si ella participara en su queja matinal y tampoco estuviera muy contenta de despertar tan temprano; David sonrió ante la idea, la tarde anterior había visto cosas muy peculiares en la casa Cray y ahora la idea de que su casa estuviera viva no le sonaba tan descabellada.
Ahora, en retrospectiva, David pensaba mientras dejaba bajar su adormilada mirada por la cocina apenas iluminada por una bombilla débil.
En la casa Cray se encontraban cosas inigualables.
Recordaba que después de escuchar por un rato más aquel sonido de la mecedora, le había preguntado al señor Alba de donde provenía aquello, este sólo sonrió enigmáticamente.
-Oh, ¿eso?, -había dicho, -no es más que la gran maravilla de la casa Cray.
Allá arriba, en el último cuarto, hay una vieja mecedora de la antigua propietaria de la casa, mi bisabuela.
En vida solía sentarse en la mecedora, en el mismo lugar donde ahora se encuentra, frente a la ventana.
Y se la pasaba mirando fijamente en dirección al colegio meciéndose durante horas, incluso días enteros, apenas deteniéndose para comer un poco.
Cuando murió, la encontraron en su silla que continuaba meciéndose y aún hoy en día la silla sigue meciéndose.
Apenas se detiene por un rato o a veces se mueve constantemente durante días enteros sin que nadie esté sobre ella, –le contó con tono suave y grave, evidentemente acostumbrado a contar aquella historia.
A David le dio un escalofrio, pero no por recordar la historia, sino por haber recordado la sonrisa del señor Alba.
Y su mirada.
No sabía muy bien que era en sí lo que le provocaba el escalofrió en esa risa, pero algo en su interior le hacia sentir que debía andarse con cuidado con aquel hombre, sentía como si este hombre supiera algo más de él, que el mismo David.
-¿Ya terminaste de desayunar, cariño?
La voz de su madre le hizo dar un respingo, el sonido de la cuchara de metal chocando contra el fondo del plato de cristal sonó demasiado fuerte en opinión de David y dirigió una mirada a su madre, que acababa de entrar a la cocina con el periódico en mano.
“Deadly News”.
Su madre se había reído bastante la primera vez que recibió el periódico local, “se toman muy enserio el que deben de atraer turistas”, recordaba David que su madre había comentado.
-No tengo mucho apetito –suspiró David empujando el plato de espesa avena lejos de el, hundiéndose un poco en su asiento.
Miró con interés a su madre que se sentó a su lado leyendo curiosa las noticias.
-¿Algo interesante?, –preguntó con tono algo adormilado aún.
Su madre pareció pensárselo un poco antes de responderle.
-Mmm… sólo el que al parecer hubo un accidente, –respondió Elen, dejando el periódico en las manos de su hijo y levantándose en busca de una taza de café.
David tomó el pequeño periódico y buscó aquella noticia.
¿Curioso, o trágico?
Accidente Comenzaba la noticia.
Aquello picó la curiosidad de David y entornando los ojos para poder distinguir mejor las pequeñas letras en esa semipenumbra de la cocina en la madrugada comenzó a leer con mayor interés, olvidándose de momento de su hambre matutina: Ayer por la tarde, en el centro histórico del Valle de la Nada, ocurrió un extraño accidente.
Cuando el joven sacerdote, A.
Torch, llegó por casualidad o por azares del destino, al Valle, manejando su pequeño auto negro compacto, vino a dar contra uno de los postes de luz.
Por suerte el accidente no fue trágico, A.
Torch sobrevivió y salió sin un sólo rasguño del auto, el cual quedó completamente destrozado, aparte de que toda una cuadra se quedó sin luz temporalmente, no hubo victimas.
El joven A.
Torch declara… (Continua Pág.
8) A David le sonó el nombre de A.
Torch pero no podía asegurar de donde, estaba casi seguro de que ese coche era el que él y sus amigos habían visto dando vueltas por el centro la tarde anterior.
La imagen del hombre de ojos grises sentado contra un árbol que miraba fijamente el auto negro al pasar le llegó a la mente, recordaba que le había dado la impresión de que ese hombre odiaba al tal A.
Torch.
Durante el día, en el colegio no pasó nada fuera de lo normal.
David no podía dejar de preguntarse sobre todo lo que había sucedido desde su llegada al Valle de la Nada.
Se sentía confundido y tenía una extraña molestia en la boca del estómago, como si algo lo llamara.
Sabía que debía hacer algo, pero no lograba comprender el qué.
David miró distraídamente por la ventana de su salón, sin escuchar realmente la cháchara del profesor.
Los alumnos de niveles superiores estaban decorando el patio, David tardó un momento en recordar que pronto comenzarían las celebraciones del día de los muertos.
Según Raúl y Jonathan, era la época en que el Valle de la Nada recibía una gran cantidad de visitantes de todos lados y como pasaba con los duendes y Santa, el valle se preparaba durante todo el año para esa época.
Los patios y toda la ciudad comenzaban a ser decorados con una gran cantidad de flores blancas y rojas, colores que eran en honor de Annie Thing.
Blancos por su bondad e inocencia y rojas por el fuego que la consumió.
David pensaba que era algo triste que recordaran a alguien por cómo murió y no por cómo vivió, ya que después de todo ese tiempo que llevaba en el sitio, se había dado cuenta que muy poca gente sabia en realidad algo sobre la vida de Annie Thing.
Cuando le preguntó a Raúl sobre ella sobre algo más que lo que decía su pequeña biografía, éste solo se encogió de hombros.
“¿Por qué le interesaría saber a alguien sobre la pobre Annie Thing?, después de todo, muchos de aquí ya sólo la ven como una manera de hacer dinero”.
Aquello causó que el estado de ánimo de David empeorara.
No entendía realmente, pero sentía tristeza por esa chica.
En lo personal, a él no le gustaría ser recordado por la forma en que murió e incluso pensaba que su padre se pondría triste si él y su madre sólo lo recordaran por el accidente.
-Oh, lo siento, –se disculpó David cuando chocó contra alguien en su camino a casa.
Había estado tan metido en sus pensamientos que no se fijó por donde iba.
Alzó la vista para ver contra quien había chocado y se sorprendió al encontrarse con el sacerdote pelirrojo, ese tal A.
Torch.
Era más alto de lo que creyó, puesto que David apenas y le llegaba un poco más arriba del codo, y sus ojos ambarinos resaltaban detrás de sus anteojos de marco redondo y dorado.
-No hay problema, también iba algo distraído, –respondió el sacerdote sonriéndole.
A David le pareció una sonrisa forzada, imaginaba que no debía de ser muy fácil para él estar atorado en el valle, donde los sacerdotes no eran muy bien vistos; –bueno, adiós –dijo Torch antes de continuar su camino.
David siguió mirándole por unos segundos antes de sentir de nuevo cómo sus cabellos se elevaban por aquella extraña brisa inexistente y la seguridad de que alguien los estaba viendo.
Volvió su rostro en dirección al otro lado de la calle sintiéndose como en un sueño y vio de nuevo a aquel hombre, sucio y andrajoso, de ojos grises y fríos como el hielo.
Por un segundo sus ojos se encontraron y David se quedó sin aire, era como ver sus ojos en un espejo.
Y, sin embargo, lo que lo dejó sin aire fue que estaba seguro de que a través de esos ojos y de ese rostro cubierto por la espesa barba castaña, podía ver perfectamente el escaparate de la tienda que había detrás del hombre.
No pudo pensar mucho más en eso porque el sonido como de un relámpago a muy poca distancia le hizo volver la vista en dirección a donde se había ido el señor Torch.
Alcanzó a ver apenas cómo una de las viejas construcciones que había por la calle, justo por la que pasaba el señor Torch, se desmoronaba y se le venía encima al pelirrojo.
David pudo sentir una brisa aún más fuerte, pero era en cierto modo diferente, como si saliera de su propio pecho.
Así fue como supo, de alguna manera que no lograba explicarse, que el hombre que había visto unos momentos antes era el causante de aquello.
Una nube de polvo se elevó junto con los últimos ecos del derrumbe de la casa, David tosió a causa del polvo y corrió en aquella dirección esperando que Torch estuviera bien.
Se detuvo a algunos pasos escuchando también otra tos, y suspiró aliviado al ver cómo el pelirrojo cubierto de polvo tosía.
Estaba intacto, las piedras y pedazos de pared lo rodeaban, David no dijo nada, simplemente en silencio, le dio la espalda y se alejo del lugar corriendo.
Sentía que debía de alejarse de ahí antes de que se metiera en problemas.
No comprendía en qué clase de problemas pero de algo si estaba seguro, no quería ganarse el odio de aquel hombre de ojos grises.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com