El Valle de la Nada - Capítulo 13
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13: 13 13: 13 El curioso evento de la casa derrumbada hizo ruido por la ciudad durante algunos días, sin mencionar que se supieron de algunos otros sucesos que tenían en común solo una cosa: A.
Torch.
A David todo aquello lo perturbaba, había pasado la mayor parte del tiempo divagando sobre lo que sucedió y sobre las noticias que llegaban por muchas bocas.
Especialmente de las personas que se paraban por la tienda de su madre, ahora bastante popular.
-Di, no se te olvide bajar tu ropa que debo lavar -se oyó el grito de su madre a través de la escalera.
David suspiró resignado mientras tumbado en la cama boca abajo respondió con un ahogado “sí”, que era muy probable que su madre no hubiera oído, antes de que se escuchara cómo la puerta principal se cerraba cuando su madre salió de vuelta a la pequeña tienda.
David se sentía agotado estos últimos días.
Ya desde antes de haber llegado al Valle, aquel curioso fenómeno del viento inexistente que elevaba sus cabellos era relativamente continuo pero jamás había sucedido tan seguido como ahora en el valle y David comenzaba a notar que aquello ya no era algo para reírse.
Se sentía muy cansado y cada que pasaba eso era como si le chuparan energías.
Cuando se lo comentó a su madre, ella le había dicho que a lo mejor se trataba de una simple gripe, cosa que David en realidad ponía en duda.
Aquella mañana se encontró extrañando la sabiduría de su abuelo, Grand Unreal, quien (según pensaba David), tendría la respuesta para sus preguntas.
Su abuelo siempre había demostrado saber más de lo que aparentaba.
Con un gemido suave, David se levantó con gesto agotado de la cama y arrastrando los pies se encaminó a la pila de ropa tumbada en la orilla de su cuarto.
Con movimientos lentos y pausados comenzó a levantar prenda por prenda, un ruido de algo pesado cayendo en el suelo cuando alzó uno de sus pantalones lo sacó de su ensoñación, y con otras tantas camisas en brazos se inclinó para buscar el objeto causante de aquel sonido.
No tardó en ubicar el brillo dorado del relicario que había encontrado varios días atrás en el pequeño baúl que cayó del desván.
Olvidándose de la ropa que dejó a un lado, se agachó a recogerlo acariciando las dos letras “A” entrelazadas de color oro.
Aquella sensación de sed de respuestas le llegó de nuevo mientras continuaba rozando sus dedos por las letras doradas del delicado relicario.
Se preguntaba: ¿de quién era?, ¿por qué había estado oculto en el baúl?, ¿por qué?, ¿por qué?, ¿por qué?, para ese momento todo era un caos en su cabeza.
Frunció ligeramente el ceño y con cuidado intento abrir el relicario, pero parecía demasiado frágil el pequeño seguro como para animarse a emplear mucha fuerza.
Desanimado, terminó por colocarse el relicario al cuello y recogió su ropa antes de comenzar a bajar cuidadosamente la escalera de caracol.
Le desagradaba esa sensación que lo estaba asaltando de sentirse débil y confundido, como si una parte de sí mismo supiera de alguna manera lo que pasaba, mientras que la otra, la más conciente y con mayor control de su cerebro, se negara por completo a escucharla.
Dejó la ropa junto al otro gran montón que se apilaba cerca de la lavadora en el pedazo de patio techado que tenían en la parte de atrás, observó con ojos adormilados el jardín que colindaba con el bosque y que rodeaba la mayor parte del Valle.
Le habían contado que no muchos se animaban a adentrarse en él, que existían algunas zonas para acampar, en caso de que los turistas quisieran animarse, pero muy pocos residentes del Valle iban por aquellos rumbos.
¿Su explicación?, ni siquiera ellos lograban explicarlo.
“Simplemente, es como si algo nos llamara a mantenernos alejados”, fue la respuesta sencilla del Señor Alba con la sonrisa que parecía decirle a David que él posiblemente sabía qué era aquello que causaba que los pobladores se mantuvieran alejados.
Era eso o sabia cómo meterle el gusanillo de la curiosidad a todo aquel que cayera en su telaraña de historias fantasmales y misterios sin resolver.
-Ese hombre me da escalofrio –pensó en voz alta mientras iba a buscar una zona con sombra cerca del bosque donde poder tumbarse.
Se dejó caer en el mullido pasto recién cortado y recargó la espalda en el tronco de uno de los macizos árboles que eran mucho más altos que la casa Unreal.
Aspiró profundamente el aroma del bosque.
Aquello era algo que adoraba del Valle: sus bosques, el aroma fresco, era tan diferente el aire del Valle de la Nada en comparación de muchos otros lugares donde había vivido antes.
De alguna manera aquel aroma le hacia acordarse de su padre, tal vez así olía, no recordaba mucho de él, los recuerdos sobre su padre eran muy vagos y difusos.
Hoy en día, cuando miraba alguna foto, le costaba ubicar ese rostro como el de “su” padre.
Claro, tenían los mismos ojos grises y los mismos cabellos castaños.
David sabia también que hacia un mohín muy parecido al que hacía su padre cuando estaba confundido, que la nariz recta y algo respingona era de su padre, sin embargo recordaba muy pocas cosas de él.
Desde su muerte, David había tenido la sensación de que con cada día que pasaba olvidaba algo más acerca de su padre: el sonido de su voz, su risa, algún juego, alguna conversación, algún momento en especial.
Incluso su rostro, le costaba mucho trabajo cerrar los ojos y enfocar la cara de su padre, ahora era una figura difusa en su mente, como cuando intentas ver a través de un vidrio empañado, o a través de la niebla.
Pero en el valle, en el Valle había algo que le recordaba a su padre.
El aroma a bosque.
Era como si desde que hubiera llegado todo recuerdo de su padre terminara en los bosques, en aquel aroma limpio, fresco y fuerte.
Risas, David abrió los ojos y observo a su alrededor, el sol se estaba ocultando, al menos David tuvo esa impresión ya que todo se comenzaba a poner oscuro, posiblemente se había quedado dormido en algún momento.
Sintió una urgencia enorme de llevar su mano al pecho donde sentía contra su piel el contacto del metal del relicario caliente.
Frunció el ceño y se irguió un poco, aferrando entre sus dedos aquel pequeño corazón de oro, ahora estaba seguro de que lo que le despertó del ensueño eran risas; las escuchaba, tenues y cristalinas.
Por un momento, David creyó que eran risas de muchas personas, pero luego de escuchar atentamente pudo detectar que en realidad era la risa de una sola persona, de una chica.
David se puso en pie de un salto y entornó los ojos intentando ver entre los árboles el origen de aquella risa, pero parecía un eco que rebotaba en los árboles y en las hojas causando un efecto embriagante.
Pudo sentir de nuevo aquel viento inexistente, que no solo meció sus cabellos, sino que también causó un murmullo entre las hojas de los árboles que David creyó por un momento que lo rodeaban, aunque no se habían movido ni un milímetro de donde antes estaban.
Finalmente la vio, o le pareció verla.
Lo primero que le llegó a la cabeza fue que estaba viendo un hada, o más bien una ninfa.
Pudo ver sus cabellos negros como la noche bailar en el viento mientras ella corría como una gacela saltando ágilmente de tal forma que parecía volar.
Pudo ver su vestido blanco brillante desaparecer detrás de tal o cual árbol, sus manos blancas delicadas y finas, sus labios rojos y sus ojos azules.
David no supo con precisión cuanto tiempo estuvo parado de cara al bosque observando atentamente aquella maravillosa aparición, escuchando aquella cristalina risa hasta que el bosque volvió a quedar en silencio y pudo sentir de nuevo el sol en lo alto.
Pudo sentir cómo el relicario en su mano se abría delicadamente y pudo escuchar un último susurro proveniente del bosque entero: “Ven… ven…” David se estremeció y dándose cuenta que había contenido el aliento, volvió a respirar.
Dirigió la mirada al relicario que tenía en sus manos.
Alguna vez dentro del mismo, existió una delicada pintura de dos personas que ahora apenas se lograban distinguir, eran los rostros de una chica y un hombre y en el otro lado libre podía leer igualmente grabado en oro: “Al Ways y Annie Thing, Por siempre juntos”
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