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El Valle de la Nada - Capítulo 5

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5: 5 5: 5 -Ma, ¿dónde quieres esta caja?

–preguntó David que cargaba una pesada caja mientras entraba en el pequeño cuartucho que daba a una salida a la calle, un perfecto local, según la opinión de su madre, aunque David no estaba del todo seguro.

Dentro del sitio ya había un pequeño mostrador de madera y una especie de libreros en las paredes, muchas cajas donde estaban la gran cantidad de amuletos, hierbas y libros que tenían que ver con el tema espiritual y fantasmal que conformaban el pequeño negocio de su madre.

-Déjala ahí, sobre el mostrador, Di –le dijo su madre relajadamente mientras se entretenía poniendo su gran colección de hierbas en orden en uno de los libreros.

David miró el mostrador, no estaba muy seguro si sería bueno dejar la caja en ese sitio, ya estaba bastante lleno de cajas, pero logró abrirle un espacio y acomodarlo esperando que no se cayeran las demás.

-Ma, ¿no te parece que se está un poco apretado?

–preguntó a su madre mientras se sacudía los desgastados pantalones donde se le habían adherido varias plantitas en su recorrido desde la casa a ese lugar por el jardín algo descuidado.

Su madre rió alegremente ante aquella queja de su hijo.

-Le da encanto, ya veras cuando termine de arreglar este lugar, será todo un éxito –comentó de lo más animada Elen Unreal, sacudiendo un poco antes de acomodar una nueva serie de botellitas levantando una nube de polvo que la hizo estornudar.

David suspiró resignado, no había mucho más que hacer, su madre no era de las que cambiaba muy seguido de opinión.

Generalmente, cuando se le metía algo entre ceja y ceja, no lo dejaba.

-¿Ya comiste?, te dejé tu plato servido  –dijo su madre mirándole.

David devolvió fijamente la mirada a su mamá notando la mancha negra de polvo en la punta de su nariz.

-Eh… sí, ya comí, estuvo muy bueno –afirmó algo distraído, intentando no reírse suavemente por lo cómico de la escena y sin más decidió mejor salir, debía terminar de arreglar su habitación, tenía todavía muchas cajas aún empacadas con sus libros y juguetes.

Miró hacia el jardín, ese lugar necesitaba una buena podada y seguramente le tocaría a él, pensó aburrido entrando en la casa y se dirigió a la pequeña pero acogedora cocina.

Le llamaba mucho la atención esa casa, tenía una ligera inclinación como si se hundiera por la parte de atrás, aunque eso no era nada sorprendente, en realidad esa casa era casi un milagro, no sabía como era que seguía de pie, seguramente tenía unos pésimos cimientos, pero la casa existía desde la fundación de la ciudad, según le había contado Raúl Elder, sólo había dos casas que continuaban en pie desde la época de la famosa Annie Thing; y una de esas dos era la de la familia Unreal.

Su mirada voló hasta la ventana algo opacada por el polvo del exterior mientras se sentaba en la pequeña mesa que habían traído con ellos.

Frente a él, su plato de comida seguía intacto, no tenía mucho apetito, estaba tan lleno de curiosidad y preguntas que le era difícil concentrarse del todo, se quedó mirando fijamente su ligero reflejo en el vidrio, lo que a menudo le pasaba.

Cuando su madre le atrapaba mirándose así, frente a un espejo con fijeza, reía diciendo que su padre había sido igual de vanidoso, pero David no pensaba que fuera por vanidad, había algo más, lo hacía por saber qué pensaba dentro de uno mismo, porque él no veía solamente su reflejo sino que veía sus pensamientos.

David no apartaba sus ojos de ese otro par de ojos color verde…, ¡Un momento!

¿Verde?

“Yo tengo los ojos grises”, se contestó a si mismo.

David tardó unos segundos en comprender que estaba viendo algo más, David casi grita al toparse con un rostro que definitivamente no era el suyo, sin embargo al cerrar los ojos y volverlos a abrir, ahí, en la ventana, ya no estaba aquel rostro, sólo el suyo muy blanco y de mirada asustada.

Se puso de pie rápidamente y corrió a la ventana asomándose esperando encontrar al dueño de aquel rostro, pero no había nadie.

Suspiró suavemente llevándose la mano a la nuca y se rascó levemente los cabellos, muy intrigado.

Todo aquello era demasiado extraño, se recargó en la alacena mirando por la ventana con atención.

Debía admitir que muchas cosas no eran de por sí normal en él, desde que tenía memoria le habían sucedido cosas extrañas a las que no encontraba una gran explicación ya que a pesar de que le gustaba leer, no creía que esos héroes de sus libros fueran reales (ganas no le faltaban).

El día de la muerte de su padre cuando él tenía siete, había estado durmiendo hasta que una pesadilla le atacó, y se encontró corriendo en busca de su madre.

Elen le contó una vez a su abuelo que el había ido a la cama de ella muy asustado cuando era pequeño.

-“Mami, mami, mi papa va a tener un accidente, dile que no vaya” –pero que ella solo había abrazado a su hijo y le dijo que todo estaría bien y que sólo había sido una pesadilla.

Pesadilla que se hizo real después cuando se enteró del accidente y de la muerte de su esposo, fue un golpe muy duro para ambos.

David golpeó suavemente el piso con la punta de su tenis recordando aquello, poniéndose de pie con un suspiro resignado, se volvió a la mesa recogiendo las cosas con gestos pensativos.

Alguna vez también le sucedieron otras cosas, como aquella ocasión cuando había ido a visitar la tumba de su padre.

Se alejó un poco del lugar y recordaba haber visto cómo en la lejanía hacían un entierro, se quedó sentado algo distante observándoles, ya que él no recordaba muy bien el entierro de su padre, cuando percibió algo más.

Había un hombre muy pálido de pie, unos pasos más atrás de las demás personas que le miró por algunos minutos antes de dar la espalda y comenzar a alejarse y desaparecer.

Se encontró tan impactado que no atinó a moverse hasta que su madre lo encontró.

La escalera chirrió causando que David levantara la mirada saliendo de sus pensamientos, con los platos jabonosos en las manos, escuchó atentamente mientras que sus cabellos se elevaban ligeramente.

Frunció el ceño, aquello era también otra cosa que le llamaba la atención, recordaba que su abuelo le había dicho que tenía un don muy bueno, pero no comprendía del todo a qué se refería.

Su abuelo, Grand Unreal, era un hombre de aspecto sabio pero alegre, no lucía como un abuelo, con sus hombros anchos y sus brazos capaces de alzar una mesa como si fuera una pluma.

Realmente no era un abuelo como los que ponían en los libros, su esposa había muerto cuando David contaba con un año de vida, así que no la recordaba, su abuelo siempre le decía que ella había sido maravillosa y que le había querido mucho y David pensaba que era una verdadera lástima que no la recordara.

-Di, ¿qué tanto haces?

–dio un respingo ante la voz de su madre.

Volteó y ella le miraba extrañada y algo preocupada y le señalaba a su alrededor.

Se quedó impactado, todo lo que había guardado, o por lo menos, que él recordaba haberlo hecho, estaba fuera de su sitio.

Por el piso, o sobre la mesa o en las sillas.

David pestañeó realmente sorprendido, seguramente daba un aspecto divertido, con las manos hundidas en el agua jabonosa donde lavaba los platos, observando todo aquel desastre sin saber qué había sucedido o que explicación darle a su madre.

Elen suspiró resignada, no entendía que había pasado, pero tal vez lo mejor era dejarlo así puesto que David estaba tan confundido como ella.

“Es un niño especial Elen, tiene el don que muchos de nosotros solo tuvimos como un presentimiento, es una pena que su padre no creyera en esto, tal vez pudo haberse salvado” -recordaba lo que le había dicho su suegro en una ocasión cuando habían ido a verle, mientras David jugaba en el jardín con uno de los tantos perros que cuidaba Grand Unreal.

-Vamos, mejor ayúdame a recoger –le sonrió a su hijo comenzando a recoger todo nuevamente, David se secó las manos y se hincó a ayudarla también, más relajado.

Un par de ojos verdes desaparecieron del reflejo de la ventana sin que David o su madre se dieran cuenta de eso.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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