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El Valle de la Nada - Capítulo 8

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8: 8 8: 8 La luz de la luna llena se colaba por la ventana circular que estaba ubicada por encima de la cama, iluminando tenuemente la pequeña habitación de David.

Era una habitación sencilla, había un pequeño librero repleto de una buena variedad de colecciones de cuentos, así como unas novelas juveniles de fantasía y de terror.

A sus doce años, David era un ferviente lector y no desaprovechaba ocasión alguna para hincar el diente en algún nuevo ejemplar que encontrara interesante y que estuviera dentro del presupuesto de su bolsillo o en todo caso, del de su madre.

Un poco mas allá, en la pared frente a los pies de la cama, se alzaba un gran ropero con cajones, donde el pequeño montón de ropa de David se encontraba guardado, contenía una dotación de siete pantalones de mezclilla, dos pantalones para la escuela y uno formal color café (que David, por cierto, consideraba horrible) y lo demás estaba lleno de una gran dotación de camisetas, camisas y chamarras que junto con los calzones y calcetas llenaban todo el resto del espacio.

Sus zapatos, que incluían un par de tenis desgastados, unos huaraches de piel, unas pantuflas azules y los zapatos formales que eran tan duros que sentía que lo obligaban a caminar como pato, ocupaban un pequeño espacio bajo la cama de madera cálida.

Y claro, lo que no podía faltar, en la cabecera de la cama se encontraba un baúl donde estaban guardados, medio amontonados, varios juguetes viejos y usados, y del techo, precariamente colgado un poco más arriba de la cabeza de David, quien dormía pacíficamente en su cama, pendía un avión a escala (replica del que piloteara su padre alguna vez) que le obsequió su papá un año antes de que falleciera, era uno de sus grandes tesoros.

Las paredes estaban llenas de algunos afiches de caricaturas populares y colgado cerca de la escalera un espejo muy sencillo con el marco decorado de calcomanías con personajes mitológicos, como un fénix y un centauro que él había logrado conseguir en algunas revistas; bajo el espejo se encontraba abandonado el saco de su uniforme junto a su mochila y en medio de la habitación un colorido tapete color azul que escondía una imagen de un magnífico león con alas agazapado entre la maleza que le había regalado su abuelo, luego de volver de un viaje por Europa(al menos eso le dijo en aquella ocasión).

Todo estaba simplemente muy tranquilo, tal vez demasiado tranquilo.

Se oyó un crujido suave en el piso de arriba como de quien se arrastra por la madera podrida.

La respiración de David se escuchaba acompasada, era la respiración suave de alguien que dormía, sin embargo los ojos grises de David se encontraban abiertos, fijos en la pared donde estaba la ventana, sus cabellos se elevaron un poco como azotados por un extraño viento, y la espalda de David se estremeció por causa de un escalofrio.

Un nuevo crujido se escuchó por sobre su cabeza, sabía que una especie de cuartucho se encontraba sobre su cuarto aunque según su madre no había forma de entrar arriba, al menos no que se pudiera ver.

En esas tres semanas que llevaban viviendo en aquella extraña casa con forma de pirámide, David comenzaba a acostumbrarse a los constantes ruidos de la casa, así como el hecho de rendirse ante la continua agitación de su cabello, elevándose por aquella brisa inexistente o por los escalofríos que lo atormentaban.

Pero debía admitir que esos crujidos que escuchaba por primera vez, eran aterradores, se volvió a estremecer cerrando los ojos con fuerza y cuando un nuevo crujido aún más fuerte se escuchó, abrió los ojos encontrándose con que no recordaba en qué momento se había sentado en la cama.

Tragó saliva sintiendo cómo algunos mechones ligeramente largos se agitaron acariciando su frente antes de volver a elevarse, observó con ojos muy abiertos la penumbra.

A pesar de que la luna llena iluminaba su cama y sabía que debía iluminar el resto de su cuarto, por alguna razón las sombras que llenaban la habitación le parecían atemorizantes.

Un nuevo crujido causó que su corazón diera un vuelco y sus ojos grises volaron al techo, sintió la boca seca; en el techo, generalmente plano, se veía ahora un boquete, una especie de trampilla que no había visto antes estaba entreabierta y a pesar de que sólo podía distinguir la oscuridad completa por esa abertura, David podía jurar (aunque no podría explicarlo) que no estaba solo y que alguien le estaba observando a través de ella.

Sentía la garganta cada vez más seca, y por alguna razón tuvo la impresión de que su corazón había salido corriendo a esconderse en alguna parte bajo su estómago, soltó el aire cuando el pecho le dolió, no se había dado por enterado cuando fue que dejó de respirar.

Sus ojos no se apartaron de ese boquete oscuro como si sintiera que en el momento en que apartara la mirada algo tenebroso se colaría por ese sitio y le atacaría, tanto así, que ya sentía que sus ojos le ardían porque no parpadeaba.

“No puede hacerme nada, no puede hacerme nada…” repetía mentalmente una y otra vez con el corazón encogido, sentía que era el peor momento para recordar que, tenía sólo doce años y por más que fuera un niño, o que ya estuviera en la primaria, la realidad era que tenía miedo y en ese momento le valía de poco demostrar valor, quería correr a los brazos de su mamá y ponerse a chillar como una Magdalena.

No era un pensamiento muy consolador, pero en ese momento no importaba mucho.

Parpadeó, no podía soportar más el dolor en sus ojos, y el impresionante crujido que escuchó en ese segundo le hizo lanzar un grito y pegar un brinco fuera de la cama.

Algo muy pesado cayó del techo un segundo después de que él pasara corriendo por debajo de ese hueco y se precipitara en su carrera hacia la escalera que bajó casi a tropezones.

Se fue de bruces en el descansillo del piso donde se encontraba la habitación de su madre y sin detenerse a pensar en el ardor de sus manos y rodillas gateó por el estrecho pasillo encaminándose a la puerta que daba al cuarto de Elen sintiendo sus mejillas húmedas.

Escuchó una especie de chirrido en las escaleras de algo que bajaba reptando, lanzó otro alarido y se puso de pie como pudo y se abalanzó a la puerta del cuarto de su madre, abrió rápidamente y se lanzó contra su mamá aliviado al sentir sus brazos protectores a su alrededor.

Suspiró visiblemente y se volvió a ver hacia la escalera, todo estaba en silencio.

-Dios, mamá no creerás lo que…

–se volvió a mirar el rostro de su madre y se quedó de una pieza, ese rostro en tinieblas, con una sonrisa fría en sus labios, no era el rostro de su madre, sintió algo atorado en el pecho y aspiró profundamente.

-¡Aaaaahhhhh!

–David se sentó de golpe en la cama sintiendo su respiración agitada y el cuerpo húmedo por el sudor frio, su madre apareció en ese momento subiendo las escaleras aún con la bata de baño algo húmeda y corrió a donde estaba David, preocupada le abrazó protectora y David logró relajarse entre sus brazos sintiendo sus manos acariciándole los cabellos.

-¿Qué paso, Di, una pesadilla, amor?

–le habló cariñosamente su madre y David sólo pudo asentir pegándose a su madre, “si, sólo eso” pensó David “sólo fue una pesadilla”, se repitió mentalmente sin poder evitar estremecerse ante su recuerdo y aquel espeluznante crujido y esa oscuridad profunda.

Elen sonrió dulcemente abrazando mas apretadamente a su pequeño entre sus brazos al sentir su pequeño cuerpo temblar, imaginaba que era algo simplemente normal, el hecho era que David tuvo una pesadilla que muchas veces antes había sufrido cuando llegaban a un lugar nuevo.

–Tranquilo, cariño, ya todo está bien, sólo fue una pesadilla –le repitió a su pequeño hijo.

Un crujido en el techo llamó la atención de ambos, y de pronto con un estruendoso sonido la puerta de la trampilla se abrió bruscamente y un pequeño pero pesado baúl negro cayó al suelo acompañado de las exclamaciones de susto de Elen y de David que se abrazaron fuerte y luego de un segundo y de mirarse entre ellos, ambos soltaron a reír nerviosamente.

David miró de reojo aquel pequeño baúl de madera negra, aquello no le agradaba en absoluto.

Miró en dirección hacia donde la puerta de la trampilla colgaba levemente, de alguna manera, ahora que la luz del sol iluminaba su habitación y tenia a su madre al lado, comenzaba a comprender que no era un sueño y un extraño presentimiento de que con aquello, su vida, aparentemente tranquila en el valle, iba a sufrir un pequeño cambio.

No sabía si eso le agradaba o le preocupaba.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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