El Valle de la Nada - Capítulo 9
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9: 9 9: 9 -Mmm…
Pues aparte de telarañas no hay nada más acá arriba –declaró Elen, quien estaba subida en un banco con su cabeza dentro de la trampilla que unas horas antes se había abierto ante ellos.
David, sentado en la cama, vestido con sus vaqueros y una camiseta azul muy larga, tenia el baúl negro a su lado, miraba curioso a su madre que vestía con unos pantalones negros y una camiseta roja muy amplia y larga y su cabello recogido en una coleta.
Elen bajó tras asegurar de nuevo la trampilla e incluso clavándola para que no volviera a darles un susto de muerte, –bien, esto ya está, será mejor que dejes ese baúl en un lugar adecuado, al menos no creo que por ahora sea buena idea que lo abras, quién sabe que habrá dentro –opinó su madre mientras barría un poco el lugar.
David miró el baúl y lo cargó poniéndose de pie con él en brazos y sin más se encamino a la escalera.
-Iré al jardín –avisó antes de comenzar a bajar la escalera de caracol de metal hasta el primer piso y fue a la cocina donde cogió un paquete de galletas antes de salir por la puerta lateral al jardín.
El jardín trasero de la casa de los Unreal colindaba con las orillas del bosque que rodeaba la ciudad del Valle de la Nada.
Con un suspiro, se dejó caer en el pasto con el baúl frente a él, lo miró fijamente mientras abría el paquete de galletas metiéndose una a la boca.
Todo era tan raro, no sabía qué pensar de todo aquello, casi parecía una de esas historias que le encantaba leer, aquello era tan loco que no lo creía posible, después de todo no creía que fuera la gran cosa, él no era más llamativo que Raúl Elder con su gran conocimiento en fantasmas, o su gran hobby de leer esos libros tan tenebrosos con dibujos de cadáveres en diferentes estados de descomposición, ni era más llamativo que Jonathan Mason, con su gran habilidad en diferentes deportes o su gran y popular frase: “Yo no creo en fantasmas”, aunque a su lado pasara uno flotando.
Todo era tan extraño.
Sin más, dejó el paquete de galletas a un lado, se sacudió las migajas y atrajo hacia sí el baúl y después de manipular un poco el seguro antiguo, que parecía una especie de cera, finalmente logró quitarlo, miró curioso el rectángulo de cera que ahora sostenía en su mano, lo observó más de cerca, entornó los ojos, tenía una figura grabada en la cera, pero no lo distinguía con claridad, parecía una “W”, al menos eso era lo que parecía, pero no podía estar seguro del todo.
David se echó el rectángulo de cera al bolsillo del pantalón y abrió cuidadosamente el cofre.
Apestaba a viejo, adentro pudo distinguir un pequeño paquete de tela y un diario de piel de hojas amarillentas, tomó el pequeño paquete que desenvolvió cuidadosamente.
Adentro había una delgada cadena de plata de donde pendía lo que parecía ser un pequeño camafeo con dos “A” entrecruzadas, frunció el ceño, era un trabajo de artesanía muy delicado.
-David, tus amigos llegaron, te están esperando, recuerda que quedaste de salir con ellos, –le llamó su madre desde la puerta de la cocina.
David se volvió y le sonrió a modo de respuesta echándose el camafeo junto con el sello de cera al bolsillo.
Cerró el cofre, se puso de pie con él y corrió al interior, donde su madre ya había desaparecido.
Desde el bosquecillo, una delgada silueta se alejó de ahí después de haberle estarle observando por un rato.
David sonrió divertido cuando vio a sus dos amigos esperándole en la sala.
Era la primera vez que quedaban de verse fuera de la escuela, por lo tanto, era la primera vez que veía a estos sin sus acostumbrados uniformes, era curioso.
Jonathan Mason, con su gran estatura para sus cortos doce años, parecía mayor de lo que era.
Vestía con unos pantalones negros como de lona con muchas bolsas y algo caídos, llevaba una playera verde sin mangas dejando ver sus delgados brazos blancos a pesar de que seguramente pasaba mucho tiempo al sol.
Sus cabellos rubios cortos a los lados y algo ligeramente largos y despeinados arriba, en combinación con sus ojos verde botella muy alegres y despiertos le daban un aspecto muy inquieto.
Algo que terminaba de confirmarse con sólo ver cómo se movía de un lado a otro por el cuarto mirando todo con curiosidad.
Raúl Elder, por el otro lado, con su…
pequeñez para sus doce años, vestido con unos vaqueros descoloridos y como tres tallas más grandes, causando que tuviera que darle al menos tres vueltas a la bastilla de éstos y con una camiseta azul muy oscura y larga que casi le llegaba a las rodillas, y que sus brazos blancos junto con su cuello parecieran palillos.
Todo esto hacia que se viera aún más pequeño de lo que era en realidad (si es que eso podía ser posible).
Sus cabellos negros parecían lucir más revueltos y parados que nunca.
David podría casi jurar que era físicamente imposible que pudiera pasarse un peine por su cabeza sin que al menos tres dientes se rompieran.
En conjunto, esos dos no podían lucir más diferentes que lo que eran los polos opuestos, y resaltaba aún más la diferencia debido al hecho de que Raúl, contrario a su rubio amigo, se encontraba sentado en el sillón con sus ojos azules entornados y el ceño ligeramente fruncido dándole un aspecto serio y concentrado, mientras seguía los movimientos inquietos de Jonathan con clara molestia.
La razón de que fueran amigos, era una duda que asaltaba la mente de David continuamente desde que los conoció.
-¡Hola!
–saludó alegremente David entrando en la sala y yendo a dejar el baúl en el librero.
Notó la mirada penetrante de Raúl a sus espaldas, esta vez logró evitar estremecerse, ya se estaba acostumbrando a ese tipo de miradas por parte de su amigo, además de que no tuvo mucho tiempo para incomodarse antes de verse casi en el suelo cuando la mole de Jonathan saltó a su espalda de un brinco.
-David, mira que hacernos esperar tanto, así no podremos alcanzar un buen lugar en el cine –declaraba el rubio mientras reía de lo lindo revolviéndole los cabellos a David que se tambaleaba bajo su peso.
Raúl resopló resignado poniéndose de pie, traía cargando al hombro un morral negro.
-Lo mejor es que nos vayamos ya –dijo cruzándose de brazos, David no alcanzó a contestar antes de que Jonathan y él, con una exclamación, fueran a parar de bruces al suelo, acompañados de un nuevo resoplido de Raúl.
La zona centro de El Valle de la Nada, era relativamente pequeña.
Tiendas de todo tipo rodeando una plaza con varios árboles y un gran kiosco de metal negro.
El cine era posiblemente uno de los edificios más modernos del Valle, aunque aun así era pequeño, sólo contaba con tres salas en las que generalmente se estrenaban muchas películas que tuvieran que ver con fantasmas, monstruos y cosas por el estilo.
Realmente era algo que llamaba mucho la atención.
Lo que sorprendió a David, sin embargo, no fue que pasaran películas de ese género o que varias tiendas tuvieran algo que ver con magia o fantasmas entre otras que eran completamente “normales”, lo que le sorprendió fue el hecho de que hubiera tantos turistas rondando el lugar.
A pesar de que su madre y Raúl le habían dicho con anterioridad que esa ciudad tenía bastantes turistas, nunca imaginó algo por el estilo.
-Cuidado, –advirtió Raúl, cuando tuvieron que detenerse en la esquina antes de cruzar en dirección al cine.
Un carro negro pequeño y que no lucía muy nuevo, pasó frente a ellos.
A David le llamó la atención el conductor, era pelirrojo, sus cabellos eran muy cortos y muy bien peinados, llevaba unos anteojos de marco dorado y redondo.
Algo pequeños.
Sobre unos ojos que a David le parecieron ambarinos.
Además, notó que vestía de negro y llevaba un cuello blanco, de aquellos que usaban los sacerdotes católicos.
Siguió con la vista el auto que giró en la siguiente esquina y se sorprendió al darse cuenta de que Raúl, quien estaba a su lado, al parecer también se había fijado en aquel detalle.
Se miraron de reojo y sin decir más, los tres cruzaron al cine entre conversaciones despreocupadas.
Un poco más allá, un par de ojos grises se fijaron también en aquel auto negro y se fruncieron hasta ser una leve línea amenazadora bajo un fleco de cabellos castaños revueltos y sucios.
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