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EL VELO DE LA ROSA - Capítulo 36

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  4. Capítulo 36 - 36 Capítulo 33 Cargarlo fue lo mínimo
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36: Capítulo 33: Cargarlo fue lo mínimo 36: Capítulo 33: Cargarlo fue lo mínimo El campamento estaba en silencio, salvo por el murmullo lejano de los pocos que aún trabajaban y el viento suave que movía las lonas desgastadas.

Anna se encontraba de pie frente a Lien, su cuerpo joven yacía inmóvil sobre el frío suelo de tierra, la palidez de su rostro contrastaba con la vitalidad que alguna vez lo había definido.

No había lágrimas.

No en ese momento.

Su pecho se apretaba con fuerza, un dolor profundo y sordo que le atenazaba el corazón, pero se negaba a dejar que la tristeza la consumiera.

No todavía.

No aquí.

Sus manos, cubiertas de polvo y pequeñas heridas, sangraban un poco, las uñas habían arañado la piel del joven cuando con desesperación intentó encontrar algún signo de vida, algún aliento que le devolviera esperanza.

Pero no había nada.

Sólo el silencio mortal.

Garoum se acercó con pasos firmes, su rostro serio y cargado de respeto.

—Anna, déjame llevarlo —propuso con voz grave, consciente del peso tanto físico como emocional.

Ella negó, sin apartar la mirada del cuerpo que tanto le había enseñado a seguir luchando.

—Lo llevaré yo —respondió, firme, pero con un susurro apenas audible.

Con delicadeza, se arrodilló junto a Lien.

Apoyó las manos bajo sus hombros, notando la rigidez de su cuerpo, la frialdad que poco a poco iba conquistando su piel.

Levantarlo fue un acto de voluntad más que de fuerza física; el peso era mucho, pero el peso real era otro: el de la responsabilidad, de la pérdida, de la impotencia.

Cada músculo de sus brazos y espalda protestó, cada paso que dio cargándolo fue un eco en su mente, un latido que le recordaba que estaba llevando no solo un cuerpo, sino un símbolo de esperanza que ahora se desvanecía.

Sus botas levantaron polvo con cada movimiento, su respiración era lenta pero profunda, tratando de controlar el nudo que le subía por la garganta.

En su memoria revivió las imágenes de Lien: corriendo entre enfermos, sonriendo aún en el agotamiento, negando el dolor con un “esto no es nada” que ahora sonaba a un eco trágico.

Los ojos de Anna estaban secos, pero ardían con una mezcla de rabia y tristeza contenida.

No podía permitirse quebrarse, no ahora.

Los otros los observaron en silencio, respetando el rito no dicho de la despedida.

No hubo palabras, solo el sonido sordo de sus pasos, el roce del cuerpo cargado y el viento que parecía susurrar una promesa silenciosa: seguir luchando, por él, por todos.

Finalmente, Anna llegó al lugar designado para la incineración.

Colocó con cuidado a Lien sobre la pira preparada, sus dedos rozaron por última vez la fría piel.

Se apartó, respirando hondo, sintiendo cómo el peso físico y emocional empezaba a dejar su cuerpo.

Pero en su interior, una llama nueva se encendía: la determinación de no dejar que su sacrificio fuera en vano.

—Descansa —murmuró, con voz firme pero quebrada—.

No dejaré que esta batalla sea tu última.

Y mientras las llamas empezaban a consumir el cuerpo, Anna supo que ese dolor sería la fuerza que la impulsaría a seguir adelante, a luchar hasta el último aliento.

El último cuerpo había ardido.

El humo se alzaba aún, lento, espeso, como si el cielo no pudiera digerir tanto dolor.

Anna no se movió al principio.

Sus ojos, quietos, seguían el ascenso de las cenizas como si buscaran algo en ellas.

Como si aún no creyera que Lien… se había ido.

Nadie se atrevió a hablarle.

Ni una palabra.

Cuando dejó el lugar de la pira, solo murmuró una frase breve, casi sin voz: —Déjenme sola.

Sus botas crujieron sobre la tierra seca mientras se alejaba.

Cruzó el campamento como un fantasma, sin ver a nadie, sin responder miradas.

Solo avanzaba.

Paso a paso.

La espalda recta, las manos aún ennegrecidas por la ceniza.

El corazón en ruinas.

No fue lejos, pero fue suficiente.

Donde no había tiendas, ni fogatas, ni ojos… Allí cayó.

Primero, de rodillas.

Luego, con todo el peso de su cuerpo.

Como si algo la hubiera golpeado de pronto, una fuerza invisible que la dobló sobre sí misma.

Y entonces… El primer sollozo no fue un sonido.

Fue un espasmo seco, un tirón del alma.

Le siguió otro.

Y otro.

Hasta que la muralla cedió.

La líder.

La alquimista.

La noble.

La hija del reino.

Nada de eso quedó.

Solo una joven temblando sola entre las sombras, el rostro pegado al suelo, los dedos enterrados en la tierra como si pudieran sujetarla y no dejarla romperse más.

—Lien… —susurró, ahogada, una y otra vez—.

Lo siento… lo siento… Sus manos se cerraron en puños y golpearon la tierra con furia.

Una vez.

Dos.

Tres.

Cada golpe arrancaba más sangre de sus nudillos.

Pero no dolía más que el hueco en su pecho.

Ese hueco que Lien había dejado al irse.

Lo vio todo de nuevo en su mente: La risa de Lien mientras ayudaba a cargar sacos.

Sus pasos veloces por entre los enfermos, dando agua, aliento, esperanza.

Su sonrisa obstinada cuando le dijo: “Esto no es nada, Anna”.

Y ahora… era solo un montón de cenizas.

Anna apretó la frente contra el suelo, su cabello desordenado cubriéndole el rostro.

Su cuerpo temblaba, su respiración era un lamento desgarrado.

Desde la distancia, Eliana observaba en silencio, con las manos temblando.

Garoum se mantuvo firme, pero sus ojos se entrecerraron como si algo le doliera.

Daeron tragó saliva, las venas de su cuello marcadas por la tensión contenida.

—Déjala… —murmuró Garoum, aunque nadie había dicho nada—.

Ese dolor es suyo.

Porque entendían.

Anna llevaba sobre los hombros más que liderazgo.

Llevaba muertos.

Culpas.

Promesas rotas.

Y en ese rincón apartado, por fin… se quebró.

Pero incluso rota, Anna no parecía vencida.

Porque en cada lágrima, en cada grito mudo, en cada golpe contra la tierra… se forjaba algo nuevo.

Una promesa.

Una furia.

Un fuego que ni la pérdida podría apagar.

Y cuando se levantara… No sería la misma.

Pero sería más peligrosa que nunca.

El laboratorio improvisado olía a sangre seca, tinturas amargas y desesperación.

Viales, braseros encendidos y montones de apuntes cubrían las mesas, donde alquimistas, herbolarios y sanadores trabajaban día y noche, las ojeras colgándoles como pesas bajo los ojos.

El calor era sofocante, el sudor pegajoso.

Pero nadie se detenía.

No después de ver lo que la enfermedad podía hacer.

No después de ver los cuerpos.

En una esquina, una joven alquimista llamada Freina temblaba mientras sostenía un matraz que burbujeaba con un líquido de tono plateado.

A su lado, el maestro alquimista Iros apretaba los dientes mientras comparaba los resultados con los antiguos manuscritos recuperados de los archivos del norte.

—Freina… —susurró—.

Esa reacción… es la misma.

Coincide.

Ella lo miró, incrédula.

—¿De verdad?

Él asintió, sin sonrisa.

No por falta de alegría, sino porque no se atrevía aún a creerlo.

—Necesito confirmarlo.

Prueba en la muestra número doce.

Inyecta una sola gota.

Ella obedeció.

Manos temblorosas.

Sudor cayendo en su cuello.

Un momento… luego otro… y finalmente: —¡La propagación se detuvo!

¡Las células infectadas están… muriendo!

El grito fue contenido, pero desgarrador.

Un alquimista al fondo dejó caer lo que tenía en las manos.

Otros se levantaron con brusquedad.

Iros no dijo nada.

Cayó de rodillas.

No por fe… sino por agotamiento.

—Llamen a Garoum… a Eliana… a Daeron… ¡Y alguien encuentre a Anna!

— Mientras tanto, Anna seguía sola, de rodillas, aun temblando frente a la ceniza que el viento intentaba arrastrar.

Su rostro bañado en lágrimas, pero el corazón vacío.

Ella no escuchó los pasos, no aún.

Fue Daeron el primero en acercarse.

—Anna… tienes que venir —dijo con voz baja.

Ella no respondió.

Él se arrodilló frente a ella, tomándola por los hombros.

—No para ti.

No por ti.

Sino por todos los que… todavía están vivos.

Ella lo miró.

Ojos enrojecidos, pero vivos.

Daeron tragó saliva.

—La cura.

Anna… la tenemos.

El viento se detuvo.

Eliana se acercó detrás de ellos, asintiendo con lágrimas en los ojos.

—No salvará a todos… no traerá de vuelta a Lien… pero podemos detenerlo.

Hoy.

Garoum miró al cielo, con una exhalación larga como una plegaria.

Por fin, algo que podían hacer más allá de enterrar.

Anna se levantó.

No con fuerza.

No con coraje.

Se levantó como alguien que no podía permitirse quedarse en el suelo.

—Prepárense —dijo ella, con la voz aún rota—.

No hemos terminado.

Y por primera vez, la esperanza ya no parecía una ilusión.

Era real.

Era una cura.

Era la llama que no se apagó.

Salón del consejo ese mismo día.

En la sala del consejo, las ventanas aún estaban cubiertas por cortinas pesadas.

A pesar del sol exterior, el ambiente era tenso, casi asfixiante.

Varios nobles de linajes antiguos, que semanas atrás habían desaparecido de la capital, ahora regresaban vestidos de luto fingido, pretendiendo preocupación tardía.

Pero esta vez no los esperaba un saludo formal.

Los esperaba Daemian, de pie en el centro de la sala, con los informes en la mano y fuego en los ojos.

—Llegan tarde —dijo, su voz era tan baja como amenazante—.

Muy tarde.

Casi cien muertos tarde.

Los nobles se removieron incómodos.

Uno de ellos, el duque Verian, carraspeó: —La situación fue…

incierta.

Tomamos precauciones.

Resguardamos a nuestras familias— —¡Calla!

—gruñó Daemian, rompiendo los papeles sobre la mesa como si fuesen cadenas—.

¿Precauciones?

¿¡Huir y abandonar a los tuyos es precaución!?

¡¿Esconderse mientras niños morían con la lengua inflamada en sus camas es nobleza!?

Verian intentó decir algo más, pero Daemian alzó la mano.

No con teatralidad, sino con el control letal de alguien que ya no discutía, solo dictaba.

—Tengo pruebas.

Firmas.

Rutas.

Un testimonio de un espía tuyo admitiendo que sabías de la flor antes de que el brote comenzara.

El silencio cayó como un puñal.

Otro noble, más joven, murmuró: —No sabíamos que era tan grave… —¿Y por eso te fuiste?

—interrumpió Selene, que hasta ese momento había guardado silencio.

Su mirada era hielo—.

¿Por eso no enviaste ayuda?

¿Porque “no era tan grave”?

¿O porque pensaste que morirían los pobres primero?

La puerta se cerró tras ellos con un eco sordo.

Varios guardias entraron.

Daemian respiró hondo.

No era teatralidad.

Era el peso de elegir el lado de la justicia… aunque implicara traicionar su sangre.

—Hoy ya no peleamos contra la toxina —continuó Daemian—.

Hoy peleamos contra la podredumbre que la permitió.

Ustedes no merecen ese asiento.

Ni el escudo.

Ni el apellido.

Extendió la mano.

Un escriba trajo una tabla con el edicto sellado.

—Desde este momento, por abandono de deber y traición al pueblo, quedan arrestados.

Vuestra tierra, vuestras riquezas y vuestros cargos pasan a revisión.

No serán ejecutados… aún.

Los nobles protestaron.

Uno gritó que era una injusticia.

Otro que él tenía aliados más arriba.

Daemian se acercó al duque Verian.

Lo miró a los ojos y le dijo en voz baja, con veneno contenido: —¿Sabes por qué no serás ejecutado hoy?

Porque Anna me pidió que no lo hiciera.

Ella… aún cree que hay redención para algunos de ustedes.

Luego giró y añadió: —Yo no.

Los guardias los sacaron uno por uno.

Los demás miembros del consejo quedaron en silencio.

El juicio había comenzado.

Y esta vez, no habría piedad.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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