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EL VELO DE LA ROSA - Capítulo 38

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  4. Capítulo 38 - 38 Capítulo 35 Los 5 días sin su luz
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38: Capítulo 35: Los 5 días sin su luz 38: Capítulo 35: Los 5 días sin su luz La niebla matutina envolvía el castillo como si el mundo aún no quisiera despertar.

El primer día sin la presencia de Anna no trajo alivio, solo un vacío que se filtraba en cada rincón del reino.

Las puertas del castillo no se cerraron.

No podían.

Había demasiada gente que, sin saber por qué, se quedaba mirando en dirección a la torre donde descansaba su reina.

En la habitación, Anna yacía en la gran cama adornada con telas suaves que no combinaban con la crudeza de sus heridas.

Su piel, antes llena de vida por el calor de los hornos alquímicos y el caos del campamento, estaba pálida.

Sus dedos aún conservaban las marcas rojas de los frascos que sujetó, de las manos que sostuvo, de los cuerpos que cargó.

Selene había sellado la puerta de su habitación con barreras sutiles.

Ni las corrientes de aire ni el murmullo del mundo podían perturbar ese santuario.

Solo aquellos a los que Anna hubiera dejado pasar podían entrar… y aun así, nadie tenía el valor de hacerlo.

— 🕯 En el salón principal El fuego no ardía con fuerza.

Los tapices permanecían sin limpiar, y las flores que habían llegado como ofrenda en honor a los caídos eran también para ella.

Garoum, usualmente el primero en alzar la voz o mover a las tropas, apenas hablaba.

Aferraba su arma como si tuviera que protegerla incluso allí, en la seguridad del castillo.

Eliana, que una vez lideró con precisión y firmeza a cientos, ahora se sentaba junto a la ventana, mirando las nubes.

Solo se movía para preparar infusiones calmantes que dejaba en la entrada del cuarto de Anna, aunque sabía que nadie las bebería.

Daeron caminaba.

Incansablemente.

Pasillo arriba, pasillo abajo.

Cada paso era un eco más del ritmo que la reina había impuesto.

Y cada paso sin ella se sentía como una traición a ese ritmo.

— 🕯 Damien, desde su escritorio Sus manos temblaban levemente al firmar decretos.

El trono no estaba vacío, pero nadie se sentaba en él.

Uno de los nobles menores —Yenrik, el primero en llevar provisiones semanas atrás— se acercó con una petición.

—¿Podemos…?

—empezó a preguntar— ¿Podemos visitarla?

Damien levantó los ojos.

No respondió.

Solo negó con la cabeza, con una tristeza que parecía una cadena colgada del cuello.

—Cuando despierte, sabrá que ustedes estuvieron —dijo por fin—.

Pero no la despierten con sus lamentos.

Ya cargó con demasiados.

— 🕯 Afuera del castillo La plaza frente al castillo se llenó de velas.

No se convocó a nadie.

Nadie lo organizó.

Y, sin embargo, estaban ahí.

Hombres, mujeres, niños, soldados y campesinos.

Una vela por cada día en que Anna seguía dormida.

No había música.

No había discursos.

Solo silencio.

Pero no era el mismo que cuando la pandemia los golpeó.

Era un silencio que temblaba.

Uno que contenía súplicas.

Uno que lloraba.

— 🖋 Cierre del día Cuando cayó la noche, Demian se sentó frente a la puerta cerrada de la habitación de su hermana.

No habló.

No lloró.

Solo se sentó ahí, con la espalda contra la madera, como si con su presencia pudiera evitar que la oscuridad se la llevara.

Y dentro, Anna respiraba… lenta, constante.

Como si la reina aún estuviera luchando.

Dia 2 El segundo día sin Anna amaneció con un cielo gris y silencioso.

Nadie hablaba en voz alta.

Las campanas de las iglesias no repicaban.

Los músicos callejeros habían guardado sus laúdes, y las plazas, antes bulliciosas por los comerciantes y compradores, eran ahora lugares fantasmas.

Las persianas bajadas, los puestos cubiertos, los caminos vacíos.

Era como si la ciudad contuviera el aliento, esperando a que su corazón volviera a latir.

Pero al mediodía, una figura se movió en medio del silencio.

Un viejo mercader, encorvado por los años, pero de mirada viva, arrastró su carrito chirriante hasta la plaza central.

Con calma, colocó una mesa de madera, colgó sus trapos con cintas de colores, y comenzó a sacar frutas secas, telas, pequeños juguetes de madera.

—¿Qué está haciendo?

—preguntó una joven herbolaria con la cesta aún vacía en las manos.

El anciano levantó la vista, su rostro surcado por arrugas, pero firme.

—¿Qué creen?

¿Que cuando despierte su ciudad estará en ruinas y oscuridad?

Si vamos a recibirla, que sea con la frente en alto.

Una pausa.

—Ella peleó para salvarnos.

Yo no puedo pelear.

Pero puedo colocar mi puesto… como siempre lo hice.

Un silencio reverente.

Luego, poco a poco, uno tras otro… comenzaron a moverse.

Una panadera encendió su horno, aun sabiendo que los panes no eran necesarios, pero queriendo llenar el aire con su aroma.

Un músico se sentó en la fuente y afinó su instrumento.

Un niño barrió el umbral de su casa sin que nadie se lo pidiera.

Y antes del atardecer, las puertas se abrían, las calles se llenaban de pasos tímidos, luego decididos.

La ciudad no cantaba.

Pero respiraba.

Una señal silenciosa: “Estamos de pie.

Para cuando regreses, aún estaremos aquí.” Desde lo alto del castillo, Eliana observaba la escena desde una ventana del cuarto de Anna.

En sus ojos brilló una chispa de alivio.

—Anna… mira lo que hiciste —susurró, apretando el marco de la ventana—.

Hasta sin moverte… los haces avanzar.

Y la vela que ardía junto a la cama de Anna no parpadeó.

Dia 3 La luz que entraba por los ventanales era suave, filtrada por cortinas blancas que ondeaban apenas con la brisa.

El cuarto estaba en completo silencio, roto solo por el compás pausado de su respiración.

Anna dormía.

Su cuerpo aún inmóvil, su piel más pálida de lo que recordaban, pero viva.

Selene estaba sentada al borde de la ventana, mirando hacia el patio interior.

Damien, de pie junto a la cama, observaba el rostro de su hermana sin decir palabra.

La habitación no era suntuosa ni adornada como en los tiempos antiguos, sino austera, práctica, con apenas lo necesario.

Justo como ella había pedido cuando volvió del frente.

—No parece real —dijo Selene en voz baja—.

Que alguien tan pequeña…

haya contenido la caída de una ciudad entera.

Damien asintió, con los brazos cruzados.

—A veces olvido que solo tiene diecisiete —murmuró—.

Hasta que la veo así… sin la armadura, sin el temple.

Solo Anna.

Selene suspiró.

Se acercó a la cama y rozó suavemente los dedos de Anna, que seguía sin responder.

—¿Recuerdas cuando se colaba en los jardines del ala este solo para esconderse de los tutores?

—preguntó, con una media sonrisa—.

Se robaba libros de alquimia y nos decía que los entendía.

Ni siquiera sabía leer bien entonces.

Damien sonrió, apenas.

—Siempre fue terca.

Siempre quiso ser útil.

Aunque la ignoráramos… aunque la tratáramos como un adorno más del palacio.

—Y mírala ahora —susurró Selene—.

Toda una ciudad la está esperando para poder llorar de verdad.

Para agradecer de verdad.

Damien se giró hacia la ventana, donde la ciudad comenzaba a moverse.

Desde ahí podían verse los primeros puestos del mercado funcionando.

Hombres y mujeres barriendo calles, levantando estructuras, y niños con flores en las manos —no para funerales esta vez, sino para decorar.

—Hoy el gremio de artesanos comenzó a restaurar el templo de las velas —dijo Damien—.

El que ella convirtió en centro médico.

Dijeron que quieren dejarlo igual, como símbolo de lo que resistimos.

—No lo hacemos por la ciudad —respondió Selene, suave, firme—.

Lo hacemos por ella.

Porque ella creyó en todos cuando el mundo se caía a pedazos.

Y eso nos obligó a no rendirnos.

Ambos quedaron en silencio.

Selene alzó la vista y la posó en Anna, como si esperara que sus ojos se abrieran de golpe.

Pero no lo hicieron.

Solo el sonido tenue del viento… y ese pulso débil pero firme que les decía que todavía estaba allí.

—Regresa, hermanita —murmuró Damien con una voz quebrada, sin dejar que Selene lo viera—.

No hay trono que quiera para mí.

No hay victoria que valga si tú no estás para verla.

Y entonces Selene se acercó, y por primera vez en mucho tiempo, apoyó su frente contra la de su hermana.

—Cuando despiertes… verás que esta vez no estás sola.

Y sin más palabras, se retiraron.

La ciudad seguía moviéndose.

Y en la cama, dormía la que todos esperaban… la que aún no sabía cuánto había cambiado el mundo por su causa.

Dia 4 Parte 1: Garoum La habitación estaba en penumbras.

Solo la lámpara de aceite en la esquina parpadeaba, proyectando sombras alargadas que se retorcían en las paredes.

Garoum se arrodilló junto al lecho, su enorme figura encorvada, como si el peso del mundo descansara sobre su espalda.

La luz dorada tocaba apenas el rostro de Anna, y él la observaba… como si necesitara memorizar cada rasgo para no olvidar lo que protegía.

No dijo nada por un largo rato.

Solo alzó una mano temblorosa —una mano que había empuñado el hacha en decenas de batallas— y rozó los dedos de Anna con torpeza.

—Pequeña… tú me hiciste jurar que no me rompería.

—Su voz fue un gruñido bajo, desgarrado—.

Me hiciste prometer que, si tú flaqueabas, yo te levantaría… Pero ahora solo estás allí… y yo no sé qué hacer sin tus órdenes.

Su garganta se cerró, los ojos inyectados de rojo.

—Dime, princesa… dime que sigues peleando ahí adentro.

Porque si te vas, no sé si podré volver a cargar esa hacha sin temblar.

No hubo respuesta.

Garoum no lloró.

Pero un temblor recorrió todo su cuerpo mientras apretaba los dientes y bajaba la cabeza, quedándose allí, sin moverse.

Como una estatua.

Como un guardián sin su reina.

Parte 2: Daeron La puerta se abrió con lentitud.

El hombre que cruzó el umbral no lo hacía como un comandante, ni como un noble… sino como alguien que aún no entendía del todo por qué estaba allí.

Daeron se detuvo al pie del lecho.

La vio.

La misma mujer a la que, meses atrás, estuvo a un paso de golpear… cegado por el dolor, por la rabia, por el nombre de su hermana que murió sin justicia, sin voz.

Anna.

Aquella a quien una vez culpó con cada fibra de su ser… y que ahora, sin embargo, era la razón por la que seguía en pie.

No dijo su nombre.

Solo la observó, en silencio, como si esperara ver asomar en su rostro la arrogancia de antaño.

Pero no había nada de eso.

Solo quietud… y fatiga grabada en cada línea de su expresión.

—No sé por qué demonios terminaste siendo tú —murmuró—.

No sé en qué momento decidí seguirte.

Ni cómo pasé de odiarte a… estar aquí.

El temblor en su voz no era debilidad, era peso.

Memoria.

Conflicto.

—Quizá porque eres la única que carga con todo sin rechistar.

Porque no te escondes detrás de un título como los otros.

Porque cuando caíste, lo hiciste de frente, sin soltar la espada.

Apretó el puño.

—Si mi hermana viviera, no sé qué pensaría al verme aquí.

Pero te juro que si vuelves a abrir los ojos… lucharé contigo hasta el final.

Se giró hacia la puerta.

—No por tu nombre.

Ni por tu sangre.

Sino por lo que elegiste ser.

Y con eso, se fue.

Parte 3: Eliana Al caer la noche, la habitación se sumió en una oscuridad tranquila.

Fue Eliana quien entró esta vez.

Caminó despacio, como si temiera despertar a alguien en un sueño profundo.

No dijo una palabra.

Se sentó en el suelo, junto a la cama, y apoyó la cabeza en el borde del colchón.

Durante horas, no hubo llanto, ni oración, ni discurso.

Solo el murmullo de su respiración, a veces temblorosa… y su mano buscando, torpemente, la de Anna.

—No te vayas… —susurró casi inaudible—.

Aún no.

Y cuando por fin se quedó dormida ahí, abrazada al lecho, lo hizo con los ojos enrojecidos y el corazón roto.

Epílogo del Día: Selene Garoum estaba sentado justo afuera del cuarto, los codos apoyados en las rodillas, las ojeras hundidas, los ojos vacíos.

No escuchó los pasos hasta que Selene lo pateó en la pierna.

—¡Al carajo, gigante de montaña!

—espetó—.

¡Lárgate a dormir ahora!

Garoum alzó la mirada con lentitud.

—No puedo.

Si ella despierta… —Si despierta y te ve así, se vuelve a desmayar —lo cortó Selene con los brazos cruzados—.

Yo me quedaré.

¿O crees que dejaría sola a mi hermana?

Él dudó.

Pero luego, como si el alma lo pesara demasiado, se puso de pie con un quejido.

—Si hay algún cambio… —Te enviaré un dragón si es necesario.

Anda.

Ve.

Y cuando despiertes, vuelve como el muro que ella necesita.

Garoum asintió.

Por primera vez en días, se retiró.

Y Selene, ahora sola en la puerta, se apoyó contra ella, mirando a su hermana dormida.

—Resiste, Anna.

Todos lo hacemos porque tú aún lo haces.

Dia 5 El cuarto estaba en penumbra, apenas alumbrado por la suave luz del atardecer que se colaba por entre las cortinas.

Eliana llevaba horas allí, sentada al lado de la cama.

Sus párpados le pesaban, su cuerpo exigía descanso, pero sus dedos no se soltaban de la mano inerte de Anna.

Aun en su inconsciencia, seguía acompañándola como en cada batalla.

—Vuelve pronto… por favor —susurró, antes de cerrar los ojos y dormirse vencida por el cansancio.

Y fue ahí… en ese silencio, cuando todo cambió.

Un leve temblor.

Un apenas imperceptible movimiento.

Un estremecimiento en los dedos de Anna.

Eliana despertó de golpe, sin saber si había sido un sueño… hasta que lo vio.

Los dedos de Anna… se habían movido.

Y luego, con lentitud, los párpados comenzaron a abrirse.

Los ojos de Anna volvieron al mundo.

—¡ANNA!

—gritó Eliana con la voz quebrada— ¡Está despierta!

¡¡Está despierta!!

Desde el pasillo, Garoum se puso de pie como si lo hubieran golpeado con una lanza.

Su silla cayó al suelo cuando corrió, y entró de un empujón al cuarto.

—¡Anna!

—jadeó, con los ojos abiertos como nunca antes.

Se quedó sin palabras al verla mirándolo, apenas con fuerza, pero viva—.

Por los dioses… estás de vuelta.

Anna parpadeó.

Sus labios temblaron intentando hablar, pero fue Eliana quien sostuvo su rostro entre las manos con lágrimas cayéndole por las mejillas.

—Shh… no hables aún.

Solo… gracias.

Gracias por volver.

En cuestión de segundos, la noticia corrió como fuego por todo el castillo.

Damien irrumpió primero, seguido por Selene.

Tras ellos, los alquimistas que aún estaban despiertos, y luego los nobles aliados que estaban en el ala médica.

Todos querían verla, todos querían confirmar que era cierto.

Que su reina, su luz, la que no abandonó el frente ni un solo día, había despertado.

Damien se detuvo en seco al verla consciente.

Por primera vez en muchos días, su expresión fría se quebró.

—Bienvenida de vuelta, hermana.

Selene no dijo nada.

Se acercó con paso lento, conteniendo las lágrimas, y simplemente le tomó la otra mano.

Anna, con un leve giro de cabeza, la miró… y por primera vez en semanas, la sonrisa más débil pero más viva, apareció en sus labios.

Una sonrisa que no necesitaba palabras.

Garoum, de pie como un pilar, murmuró: —Ahora todo puede sanar.

Fuera del castillo, las campanas comenzaron a sonar una vez más.

La reina… había regresado.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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