EL VELO DE LA ROSA - Capítulo 45
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- Capítulo 45 - 45 Capítulo 43 Residuos de un Nombre Maldito
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45: Capítulo 43: Residuos de un Nombre Maldito 45: Capítulo 43: Residuos de un Nombre Maldito El pasillo hacia la primera clase estaba inusualmente silencioso.
Anna avanzaba con calma, pero cada paso hacía eco sobre las baldosas como si fuera una intrusa en su propio mundo.
A su lado, Eliana caminaba en silencio, atenta, observando cada pequeño gesto que pudiera afectarla.
En cuanto doblaron la esquina, allí estaba él.
El profesor Darsen El profesor Darsen, un hombre de mediana edad con bigote y lentes redondos, revisaba unos papeles.
Al levantar la vista y ver a Anna, se quedó completamente inmóvil.
Su rostro se endureció.
Su mano tembló apenas, pero lo suficiente para delatar que algo lo atravesaba por dentro.
Anna saludó con una reverencia leve: —Buenos días, profesor Darsen.
El hombre tragó saliva.
—…Buenos días… señorita Anna.
No había hostilidad.
Pero tampoco respeto.
Solo… contención.
La tensión parecía un hilo a punto de romperse.
— Un pasillo lleno de estudiantes.
Darsen recoge unos textos que se le caen al suelo.
Está nervioso, cansado, claramente abrumado.
La antigua Anna aparece, rodeada de dos sirvientes y tres estudiantes que la imitaban como sombras.
—Profesor Darsen.
—Anna decía ese “profesor” siempre con veneno—.
Mis notas están bajas.
¿Acaso tiene algo en contra de mi familia?
Darsen se inclina rápidamente.
—No, en absoluto, señorita Anna.
Es solo que— —Que eres incompetente —lo interrumpe, sonriendo hacia sus acompañantes—.
¿Ven?
Incluso tiembla.
—Anna chasquea los dedos—.
Levanten sus papeles.
No quiero verlo arrastrarse frente a mí.
Los seguidores ríen.
Los sirvientes recogen todo al instante, mientras Darsen solo baja la cabeza.
El Darsen actual recuerda esa escena cada vez que respira.
— Anna siente el peso de esa memoria.
La ve en los ojos del profesor sin necesidad de que él diga nada.
Ella habla con suavidad: —Profesor… lamento cualquier cosa que yo… que la antigua yo… haya hecho para herirlo.
Eliana lo observa con atención; está preparada para cualquier reacción, incluso una explosión.
Pero Darsen simplemente abre los ojos con sorpresa.
—Yo… —se aclara la garganta, incómodo—.
Aprecio sus palabras.
—Luego baja la mirada—.
Espero… que tenga un buen día de clases, señorita.
Anna sonríe, tímida, sincera.
—Gracias, profesor.
Darsen se aleja rápido.
Pero sus hombros no están tensos.
No como antes.
— La profesora Mirelda Caminan hacia la segunda aula.
Y aparece la profesora Mirelda: joven, estricta, famosa por no dejar pasar indisciplinas.
Cuando ve a Anna… se queda fría.
Literalmente da un paso atrás.
Y aprieta los labios con fuerza.
Anna siente que su estómago se hunde.
Ese gesto… es miedo.
Miedo real.
—Buenos días, profesora —dice Anna con toda la calma posible.
Mirelda no responde de inmediato.
Y cuando lo hace, su voz suena forzada: —…Días… señorita Anna.
Sus ojos bajan hacia las manos de Anna, como si esperara verlas sujetando algo peligroso.
— Aula llena.
Los estudiantes están rindiendo una prueba importante.
Mirelda supervisa.
La antigua Anna está sentada, aburrida, cruzando las piernas con arrogancia.
De pronto, tira la pluma al suelo.
—Profesora —finge molestia—, esta pluma es ridícula.
¿Cómo espera que escriba con esto?
Mirelda se acerca, tratando de mantener la compostura.
—Si tiene un problema con el material, puedo traerle otra.
Pero debe continuar con el examen.
Anna sonríe con un filo cruel.
—¿Ah, sí?
Entonces tráeme la pluma.
Ahora.
Los otros alumnos contienen la respiración.
Mirelda lo piensa, duda… pero al final asiente.
Sale a buscar la pluma.
En cuanto se va, Anna se da vuelta hacia su grupo de seguidores y se ríe.
—Es como entrenar a un perro.
Toda la clase corre la mirada, algunos con rabia, otros con miedo.
— La profesora Mirelda ahora traga saliva y pasa de largo, sin añadir nada.
Eliana murmura: —Esa mujer… está temblando.
Anna baja los ojos.
—Fui horrible con ella.
—Lo sé —dice Eliana, sin suavizarlo—.
Pero ahora eres diferente.
Lo demostrarás con acciones, no con palabras.
— El profesor Halven Este encuentro es distinto.
Halven, uno de los profesores de mayor rango en la academia, mira a Anna con una expresión que no es miedo… sino juicio.
—Señorita Anna —dice con un tono neutro pero cargado de peso moral—.
De regreso, veo.
Anna hace una reverencia.
—Sí, profesor Halven.
El hombre no se mueve.
La evalúa como si fuera una criatura extraña.
—La academia ha escuchado rumores de que está… cambiada.
Anna respira profundo.
—Así es.
Intento hacer las cosas bien.
El profesor no responde de inmediato.
Pero sus ojos se endurecen.
— Un aula vacía después de clases.
Un alumno llora en silencio.
Halven intenta hablarle.
—No debes permitir que la provocación te afecte.
Es solo una estudiante más.
La antigua Anna entra, cruzando los brazos.
—Una estudiante más, dice —ríe con desdén—.
Profesor Halven, ¿puedo saber qué hace motivando a un plebeyo al que acabo de poner en su lugar?
Halven respira hondo.
—Señorita Anna… él solo estaba— —Dándome la espalda cuando yo hablaba —lo interrumpe, furiosa—.
¿Y usted lo defiende?
El chico llora más fuerte.
Anna sonríe cruelmente.
—No se preocupe, profesor.
No lo tocaré.
Ya aprendió su lección.
Halven, impotente, no pudo hacer nada.
— El Halven del presente da un paso adelante.
—Escúcheme bien, Anna —dice con gravedad—.
Puede decir que ha cambiado.
Pero para muchos de nosotros… —su rostro se endurece— …nada borra lo que ya pasó.
Anna asiente sin dudar.
—Lo sé, profesor.
No espero que me perdonen.
Solo quiero demostrar que realmente cambié.
Halven mantiene el silencio un instante más.
Luego se aparta.
—Eso… está por verse.
Y se aleja sin mirar atrás.
— Anna exhala profundamente cuando ya no lo ve.
Eliana la observa.
—¿Estás bien?
—No… —Anna admite en un susurro tembloroso—.
Pero lo estaré.
Todo esto… lo merezco.
Y también quiero corregirlo.
Eliana capta el leve brillo en los ojos de Anna y aprieta su mano con firmeza.
—Estaré contigo en cada paso.
Anna sonríe apenas.
Eliana responde con una sonrisa que solo ella puede ver.
Y así continúa el primer tramo de un día que marcará su regreso.
El eco de los pasos de Anna resonaba en los pasillos como si el edificio entero contuviera el aliento.
A su lado caminaban Eliana y Garoum, atentos, pero incluso ellos notaban que ese día la atmósfera estaba más densa… más pesada.
Anna lo sentía en la piel: miradas.
Docenas de ellas.
Pero no eran las miradas de miedo, odio o desprecio que ella temía.
Eran algo más raro: miradas de duda.
Como si todos estuvieran preguntándose lo mismo: ¿Es realmente la misma?
Anna evitaba mirar directamente a nadie.
Su estómago estaba tenso, pero mantenía la espalda recta.
Cada paso era un ejercicio consciente de autocontrol.
Justo al doblar un pasillo, tres estudiantes se detuvieron de golpe al verla.
Dos chicos y una chica.
Eran mayores que Anna… pero retrocedieron como si hubieran visto un fantasma.
—T-tú… —dijo el mayor de ellos, tragando saliva.
La chica dio un paso atrás y sus manos temblaron.
Anna la reconoció de inmediato, aunque deseó no hacerlo.
Al verla, un recuerdo la golpeó sin aviso.
— Flashback —¿Qué demonios es esto?
—la antigua Anna levantó una libreta arrugada.
Una mancha de tinta corría por el borde.
La chica, más joven entonces, titiritaba en un rincón del aula.
—P-perdón, Lady Varelia… se me cayó cuando… —¿Perdón?
—Anna sonrió—.
¿Qué voy a hacer con tus perdones?
Dime, ¿lo puedo vender?
¿Lo puedo usar para algo?
¿Tal vez escribir con tus lágrimas?
—La tomó del cabello y la arrastró al centro—.
Llora.
Así quizás tu estúpida tinta sirva para algo.
Los otros dos chicos miraban sin moverse.
Sabían que no debían intervenir.
—Más fuerte —decía Anna—.
Vamos, si vas a llorar hazlo bien.
— Fin del flashback El recuerdo se quebró, dejándola con un sabor amargo.
—N-no hace falta que… —intentó decir la chica, retrocediendo más.
Anna levantó una mano despacio, con un gesto pequeño, casi torpe.
—No voy a hacerles nada.
Lo juro.
Los tres se quedaron paralizados.
El chico mayor frunció el ceño, incrédulo.
—¿Qué te pasó?
Antes… tú… —Antes era alguien terrible —lo interrumpió Anna—.
Lo sé.
Y no espero que me crean con solo decirlo.
Pero no voy a lastimarlos.
Ya no.
La chica bajó la mirada, confusa, casi temblando.
El chico más joven murmuró: —Si… si de verdad cambiaste… entonces… gracias.
Pero se marcharon rápido.
Sin darle la espalda, como si aún temieran que ella atacara por sorpresa.
Anna sintió un pinchazo en el pecho.
No era culpa suya.
Pero aun así dolía.
El camino no mejoró.
Apenas avanzaron unos metros, un grupo distinto se abrió paso hacia ella: los lamebotas, los que nunca se atrevían a contrariar a la antigua Anna.
Los que le sonreían por miedo, no por lealtad.
—Lady Anna —dijo uno de ellos con una reverencia torpe.
Era casi ridículo verlo ahora.
—Estábamos pensando… si necesita algo, cualquier cosa, podemos… Anna levantó una ceja.
Ese “cualquier cosa” no era por amabilidad.
Era por supervivencia.
—No necesito seguidores —respondió, firme.
El chico tragó saliva.
—P-pero… usted siempre… — Flashback —Tráeme ese libro —ordenó la antigua Anna.
El chico corrió de inmediato.
No porque quisiera, sino porque la última vez que se retrasó, ella lo encerró en el almacén durante horas.
—Más rápido —chistó Anna mientras cruzaba las piernas con elegancia desde su asiento.
—¿Y ese peinado?
Parece que una vaca te lamió la cabeza.
Arregla eso antes de que se me pudra la vista.
El chico murmuró un “sí, Lady Varelia” temblando.
— Fin del flashback Anna cerró los ojos un segundo.
Era agotador recordar algo que ella no había hecho, pero cuya sombra cargaba.
—No voy a tratarlos como antes —dijo—.
Y no voy a permitir que sigan viviendo temiendo cada paso.
—Si quieren vivir libres, háganlo.
—Pero si siguen actuando así… nunca van a dejar de ser esclavos de alguien.
Los chicos quedaron mudos.
Algunos no entendieron.
Otros sí.
Pero todos se apartaron, sin saber cómo comportarse ante una Anna que no los necesitaba ni los despreciaba.
Finalmente, llegó el encuentro más difícil.
Los que habían sido sus cómplices, los que disfrutaban la crueldad.
Un grupo de cuatro estudiantes se acercó con paso decidido.
No tenían miedo.
Tampoco respeto.
Solo irritación.
—Así que ahora eres una santa —dijo una de las chicas, cruzándose de brazos.
—Qué conveniente.
—¿Vienes a darnos un sermón también?
—preguntó uno de los chicos, altivo.
Anna los miró.
No con rabia.
Con un cansancio que no esperaba sentir.
—No vine a nada —respondió—.
Simplemente estoy caminando a clase.
El chico soltó una carcajada.
—¿Clase?
¿Desde cuándo te mezclas con la plebe?
Antes ni querías pisar el mismo suelo que ellos.
Anna apretó los puños.
Eliana dio un paso adelante, pero Anna la detuvo con un gesto.
Y entonces llegó otro recuerdo.
— Flashback —Golpéalo —ordenó la antigua Anna con una sonrisa divertida.
El chico del grupo dudó un segundo.
—¿En serio…?
Aquí… en el pasillo… —¿Acaso dije que podías cuestionarme?
—Anna lo miró con frialdad.
—O lo golpeas tú o lo hago yo.
Y si lo hago yo, tú serás el siguiente.
El chico obedeció.
La víctima cayó al suelo.
Anna aplaudió como si fuera un espectáculo.
—Qué blandos son todos.
— Fin del flashback Anna tragó saliva.
El chico frente a ella parecía esperar que repitiera esa sonrisa cruel.
Pero Anna solo dijo: —Si eso es lo único que recuerdan… entonces son tan culpables como ella.
Las palabras cayeron como un golpe.
El grupo entero se quedó en silencio.
La chica que había hablado primero entrecerró los ojos.
—¿Nos estás acusando?
—Estoy diciendo la verdad —Anna respondió sin vacilar—.
Ustedes lo disfrutaban.
Lo fomentaban.
Le daban razones para seguir.
—No eran víctimas.
—Eran cómplices.
Por un instante, el pasillo entero pareció contener el aliento.
Esa era la primera vez que alguien se atrevía a decirlo.
El chico dio un paso adelante, furioso, pero Garoum lo detuvo con solo cambiar su postura intimidante.
La tensión se cortó como un hilo.
Finalmente, los cuatro retrocedieron, mascando veneno, sin saber qué hacer con esta nueva versión de Anna que no podían manipular ni temer.
Cuando se alejaron, Eliana susurró: —Eso… fue valiente, Lady Anna.
Anna respiró hondo.
Muy hondo.
—No sé si fue valiente… —murmuró—.
Pero tenía que decirlo.
Y siguió caminando.
Más sola que nunca.
Más observada que nunca.
Pero, por primera vez… caminando como ella misma.
Cuando por fin la puerta del dormitorio se cerró tras ella, Anna sintió que sus piernas casi cedían.
Era un cuarto pequeño, silencioso, apenas iluminado por la luz tenue que se filtraba desde la ventana.
Eliana y Garoum la habían acompañado hasta la entrada, pero Anna insistió en que quería estar sola un momento.
Soltó un largo suspiro y dejó caer su cuerpo sobre la cama.
El colchón, aunque sencillo, le pareció el lugar más suave del mundo.
—Solo… cinco minutos —murmuró, cerrando los ojos.
El día entero había sido una tormenta: rostros asustados, miradas confusas, murmullos silenciosos a su paso.
Recordarlo le pesaba en el pecho.
Ojalá mañana sea mejor, pensó mientras el sueño la acariciaba.
Pero entonces sintió algo.
Un ligero crujido.
Un cambio en la temperatura de la habitación.
Un susurro… apenas audible… como si la oscuridad inhalara.
Anna abrió los ojos.
La habitación seguía igual.
Pero no exactamente.
La luz de la luna proyectaba sombras en las paredes… sombras que no coincidían con los objetos que deberían crearlas.
Una figura delgada, alta, casi elegante, se dibujaba en el rincón más oscuro.
—Ah… —la voz era suave, un eco burlón que la heló—.
Qué agotada estás, querida.
Anna se incorporó de golpe.
Sabía exactamente quién era.
—Tú… La sombra sonrió.
No tenía rostro, pero Anna sintió la sonrisa.
Sintió esa arrogancia fría que había leído en todos los recuerdos que no eran suyos.
—Vaya, vaya.
Cómo has actuado hoy.
Caminando con la cabeza baja… pidiendo perdón con los ojos… ¡Qué espectáculo tan entretenido!
La figura avanzó sin caminar, flotando, deslizándose por el cuarto como humo vivo.
—¿Qué quieres?
—Anna apretó los puños, aunque temblaban—.
No existes.
Ya no.
—¿No?
—La sombra inclinó la cabeza, divertida—.
¿Entonces por qué estoy aquí?
Ah, querida… existo donde más importa: en las mentes de todos.
—Se acercó un poco más—.
Y en el peso que cargas.
Anna tragó saliva.
—Ya no soy tú.
No voy a ser tú.
La sombra soltó una risa suave, casi musical.
—Oh, no necesito que seas yo.
Me basta con que el mundo recuerde lo que fui.
La habitación pareció oscurecerse aún más.
Las sombras treparon por las paredes como si respiraran.
—Salvaste una ciudad —dijo la sombra—.
Un acto heroico, sin duda.
Pero eso no borra años de crueldad.
Todos los que viste hoy… los que bajaron la mirada, los que temblaron, los que te evitaron… No temen a ti.
Temen a mí.
Anna sintió un nudo en la garganta.
—No vas a arrastrarme contigo.
Ya no.
Tengo personas que creen en mí.
Tengo gente que… —¿Gente?
—La sombra se acercó tanto que la temperatura bajó varios grados—.
¿Crees que ellos pueden reescribir lo que hice?
¿Crees que pueden borrar las cicatrices que dejé?
Anna… —la voz se volvió amarga, cruel—.
Soy parte de este mundo.
Parte de cada memoria que me sufrió.
Tú puedes cambiar lo que haces ahora… Pero yo… —La sombra tocó con un dedo etéreo el pecho de Anna— yo ya cambié lo que fuiste.
Anna retrocedió, apretando los dientes.
—No voy a caer en tus juegos.
—¿No?
La sombra comenzó a caminar por la habitación… o imitó ese gesto—.
Tu día recién terminó, y ya estás cansada de intentar convencer a todos.
Y mañana será igual.
Y pasado mañana también.
¿Hasta cuándo planeas soportarlo?
¿Dos semanas?
¿Un mes?
¿Un año?
—Se detuvo frente a ella—.
El mundo no perdona tan fácil, querida.
Y yo tampoco.
Anna sintió algo dentro de ella, una punzada de dolor, pero también de rabia.
—Puede que el mundo no me perdone hoy —dijo—.
Pero yo voy a seguir.
Aunque tú sigas apareciendo.
Aunque me recuerdes lo que hiciste.
Incluso si todos me odian… voy a seguir.
La sombra parpadeó.
Por un instante, su sonrisa desapareció.
Solo un parpadeo.
Luego volvió.
—Entonces… veremos cuánto duras.
La figura se deshizo lentamente, volviéndose humo, luego nada.
La habitación recuperó su luz normal.
El silencio regresó.
Anna quedó sentada en la cama, respirando agitadamente.
Sintió las lágrimas queriendo salir… pero las contuvo.
—No vas a ganar —susurró—.
No otra vez.
Se recostó de nuevo, agotada.
Ahora sí, cerró los ojos.
Pero el sueño tardaría mucho más en llegar.
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