EL VELO DE LA ROSA - Capítulo 46
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- Capítulo 46 - 46 Capítulo 44 El Jardín donde Renace las Lagrimas
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46: Capítulo 44: El Jardín donde Renace las Lagrimas 46: Capítulo 44: El Jardín donde Renace las Lagrimas El cielo grisáceo se extendía sobre los patios adoquinados cuando Anna D’Valrienne salió del edificio de Elementalismo.
Su paso era firme, pero había cansancio en su sombra.
Las palabras del día, los murmullos, los recuerdos forzados… todo se acumulaba sobre sus hombros como una vieja capa que nunca terminaba de quitarse.
Eliana caminaba a su lado, sosteniendo una carpeta de notas.
Garoum seguía unos pasos detrás, siempre en silencio, siempre vigilante.
La mayoría de estudiantes se apartaba al verlos pasar.
Algunos bajaban la mirada, otros fingían conversaciones para no cruzarse con Anna.
Y unos pocos ―los más arrogantes― la observaban con desprecio, como si su sola presencia ensuciara la piedra del lugar.
Pero esta vez… había otras miradas también.
Miradas que observaban de frente.
Miradas que no tenían miedo.
Miradas que reconocían.
— Encuentro en los jardines Anna se detuvo al llegar a los jardines del ala oeste.
Ahí, entre los rosales encantados, un pequeño grupo de estudiantes conversaba en voz baja.
Todos llevaban discretos emblemas en sus uniformes: pequeños pináculos dorados, espadas cruzadas, escudos antiguos.
Símbolos de casas nobles menores del imperio.
Uno de ellos fue el primero en dar un paso al frente.
Un joven de cabello negro recogido en una trenza, ojos ambarinos y postura firme.
—Señorita D’Valrienne.
Anna lo observó con cautela.
No lo reconocía… no del todo.
—¿Puedo ayudarlo?
—respondió con neutralidad.
El joven inclinó la cabeza, con un respeto que pocas veces se veía dentro de la academia.
—Mi nombre es Caelan Varn, hijo de Lord Carthus de Varn.
Ese nombre… Anna lo recordaba.
Un convoy de ayuda que había llegado la tercera semana de la pandemia, liderado por el propio Lord Carthus, quien había arriesgado su vida entrando en los barrios enfermos para llevar medicinas.
—Mi padre me pidió que le transmitiera su respeto —continuó Caelan—.
Y… que recordara siempre las palabras que usted le dijo en Varn Keep.
Anna frunció suavemente el ceño.
—¿Qué palabras?
Caelan sonrió, apenas.
—“No importa quién lo haga.
Si alguien puede salvar aunque sea una vida, tiene la obligación de hacerlo.” Usted no lo recuerda, pero mi padre lo repite cada vez que habla de la crisis del sur.
Eliana sintió un escalofrío.
Anna… quedó completamente inmóvil.
—Yo… no pensé que alguien escuchara aquello —susurró.
—Mi padre dice que esa frase lo hizo seguir aun cuando la fiebre casi lo mata —Caelan bajó la mirada—.
Y por eso quería que supiera… que para la casa Varn, siempre tendrá un aliado.
Anna respiró hondo.
—Gracias, Caelan.
Dígale a su padre que sus acciones también salvaron vidas.
La ciudad no habría resistido sin él.
El joven se retiró con una reverencia impecable.
— Apenas Caelan se alejó, otra figura se aproximó.
Una joven alta, cabello rubio cenizo atado en una cola elegante, mirada seria.
—Señorita D’Valrienne —dijo con voz firme—.
Soy Lysette Myriel, hija de Lady Myriel.
Ese apellido también encendió un recuerdo profundo en Anna.
Lady Myriel… la mujer que había organizado los orfanatos improvisados para los niños que habían perdido a sus padres.
La que había trabajado diez días sin dormir.
La que lloró cuando Anna le entregó un bebé que creían perdido.
Lysette habló con claridad: —Mi madre dijo que usted fue… —inhaló profundamente— …la única noble que no huyó cuando la enfermedad llegó a los altos distritos.
Anna bajó la mirada.
Aquel recuerdo era una daga.
Una daga que aún dolía.
—Su madre es la valiente —respondió Anna—.
Yo solo… —No venga con modestias —la interrumpió Lysette sin pudor—.
Mi madre no admira a cualquiera, señorita D’Valrienne.
Y menos a los nobles.
Eliana tuvo que contener una risa nerviosa.
Garoum arqueó una ceja, divertido.
Lysette respiró hondo.
—En nombre de la casa Myriel… bienvenida de regreso.
Y se retiró sin esperar respuesta.
— El tercero en acercarse era un joven fornido, cabello rojizo y pecas marcadas.
Llevaba el emblema de Sir Grohn del bastión de Brann, un viejo guerrero que había ayudado a contener los disturbios durante las cuarentenas.
—Soy Tarek Grohn, mi Lady —dijo con su fuerte acento del norte—.
Mi abuelo me pidió que le dijera algo.
Anna lo miró con curiosidad.
—¿Qué cosa?
El joven cerró el puño sobre el corazón.
—Que usted fue la única en tratarlo como un igual, aun cubierto de sangre y ceniza.
Anna sintió un nudo en la garganta.
Recordaba bien a Sir Grohn, sosteniendo a un anciano moribundo entre los brazos el día que el hospital colapsó.
—Dígale… que espero volver a verlo —logró decir.
—Él también lo espera, mi Lady —asintió Tarek.
Antes de irse, un cuarto estudiante se aproximó tímidamente.
Una joven de ojos avellana, piel bronceada y cabello oscuro trenzado con cuentas rojas.
—Soy Neria del Paso Rojo, sobrina de Naera del Paso Rojo.
Anna parpadeó.
Naera… la cazadora que había guiado a Anna por los bosques para cortar hierbas medicinales cuando los alquimistas se quedaron sin ingredientes.
Neria inclinó la cabeza con calma.
—Mi tía dijo que si volvía a verla… la llamara “hermana”.
Y que usted siempre tendrá refugio en Paso Rojo.
Anna apretó los labios.
Ese sí era un golpe directo al corazón.
—…Dale mis saludos.
Y dile que sigo en deuda con ella.
— 🌫️ Grietas internas Cuando los cuatro se hubieron alejado, Eliana tocó suavemente el brazo de Anna.
—¿Estás bien?
Anna asentó, aunque su voz temblaba.
—No sabía… que tantos recordaban.
Garoum, con voz grave, añadió: —No fueron pocos quienes vieron tu verdadero carácter, Anna.
Aunque no lo creas.
Antes de que Anna pudiera responder… algo heló el aire.
Una risa.
Lejana.
Susurrante.
Familiar.
La antigua Anna.
“Mira qué sentimental te volviste…” Anna cerró los ojos, respirando hondo.
No quería mostrar debilidad.
No frente a Eliana.
No frente a quienes recién comenzaban a creer en ella.
“Te alaban ahora… pero cuando sepan quién eras realmente…” —Cállate —murmuró Anna internamente.
La sombra no respondió.
Solo río, desplazándose entre sus pensamientos como un eco venenoso.
Los reconocimientos no terminaron con los nobles.
De hecho, recién comenzaban.
Se acercaron jóvenes de túnicas simples, muchachos y muchachas de familias sin títulos, plebeyos que apenas podían costear un año en la academia.
Tenían las manos callosas, las espaldas rígidas y los ojos marcados por un pasado que nadie más quería recordar.
—Yo… recuerdo cuando entró con dos baldes de agua hirviendo, señorita Anna —dijo una chica de cabello negro recogido en un nudo torpe—.
Nadie quería limpiar esa sala.
El olor a muerte… los cuerpos… Pero usted lo hizo.
—Yo la vi vendar al pequeño Gerian —comentó un muchacho bajito—.
Tenía ocho años.
Usted estuvo ahí hasta que dejó de llorar.
—Usted nos hablaba mientras dábamos fiebre —dijo otra, con voz temblorosa—.
Decía que debíamos vivir… que usted se quedaría hasta el final.
—Y se quedó —remató alguien desde atrás—.
Usted cayó solo cuando todo había terminado.
Cada voz era una piedra que golpeaba suavemente el muro que Anna llevaba levantando desde su regreso.
No había soberbia en sus palabras, ni pleitesía.
Solo gratitud auténtica.
Y entonces, entre todas esas voces, una sombra familiar se alzó en su memoria.
Liam.
El muchacho de ojos grandes y sonrisa cansada que siempre intentaba ayudar a otros enfermos, aun cuando no podía mantenerse en pie.
“Si yo no lo hago, ¿quién lo hará, señorita Anna?”, decía, con esa testaruda valentía que no se encontraba ni en nobles ni en soldados.
Anna recordó cuando dejó de respirar.
Recordó el silencio de esa habitación.
Cómo ella misma le cerró los ojos, temblando.
Recordó haberle prometido que viviría por los dos.
Y ahora, viendo a todos esos jóvenes que sí sobrevivieron… su pecho ardió.
—Anna.
—Garoum se inclinó—.
¿Desea que me quede?
Ella negó suavemente con la cabeza.
—Eliana… tú también… por favor.
Solo… un momento.
Ambos dieron un paso atrás.
No insistieron.
Anna caminó sola, sin rumbo aparente, hasta llegar al jardín privado que la antigua Anna había usado como si fuera un pequeño reino personal.
Un círculo de rosales y columnas; un banco de mármol donde la antigua dueña hacía arrodillarse a sirvientes; un espacio hermoso pero lleno de fantasmas.
Antes un símbolo de abuso.
Ahora… un lugar donde nadie entraba.
Anna se apoyó en una columna.
Respiró.
Apretó la mandíbula.
Las manos se cerraron en puños.
“Estoy bien… sigo bien… puedo con esto…” Pero no podía.
Las voces agradecidas seguían resonando.
Liam seguía mirándola desde ese recuerdo.
Todos los jóvenes que ahora caminaban libres gracias a ella… Todos los que no lo lograron… Y la tensión, el orgullo, la culpa, la soledad… todo se mezcló hasta convertirse en algo demasiado grande.
—No… no llores… —se dijo a sí misma, con la voz quebrada—.
No ahora.
No aquí.
No… Sus hombros empezaron a temblar.
Un sollozo se escapó.
Luego otro.
Y otro.
Como si una presa gigantesca al fin comenzara a romperse.
—Solo quería… —dijo, ahogándose— que alguien… alguien viera lo que hice… que no fuera en vano… Las lágrimas cayeron sin control.
—Liam… —susurró, apoyando la frente contra la columna—.
Prometí que viviría por los dos… y… y por fin… alguien lo ve… Se hundió en el banco de mármol, ya sin poder contenerse.
El llanto no era elegante.
Ni suave.
Era un llanto desgarrado, profundo, humano.
El llanto de alguien que por tanto tiempo había cargado un peso sin testigos.
Era liberación.
Era duelo.
Era alivio.
Era la nueva Anna rompiendo el último lazo de la antigua.
—Gracias… —dijo entre lágrimas—.
Gracias por verme… por fin… Cuando el jardín quedó en silencio, Anna se secó el rostro.
Sus ojos estaban rojos.
Su respiración aún temblaba.
Pero caminó de regreso con pasos más firmes.
Porque por primera vez desde que despertó en aquel cuerpo… no se sentía sola.
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