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EL VELO DE LA ROSA - Capítulo 47

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  4. Capítulo 47 - 47 Capítulo 45 Lo que Temo ser
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47: Capítulo 45: Lo que Temo ser 47: Capítulo 45: Lo que Temo ser El corredor lateral de la academia estaba casi vacío.

La mayoría de los estudiantes aún comentaban los rumores sobre el reconocimiento que Anna recibió la noche anterior.

Ella caminaba en silencio, abrazando un libro contra su pecho, cuando un sonido la detuvo.

Un quejido ahogado.

Un golpe seco.

Un susurro tembloroso.

Anna frunció el ceño… y al doblar la esquina, lo vio.

Marien Solgrave, una plebeya becada, estaba contra la pared, con la muñeca retorcida hacia arriba por la mano de un muchacho.

Su cuaderno mágico estaba tirado en el piso, la tinta regada como si fuera sangre.

El muchacho no era cualquiera.

Alistair Dravenhart.

Su rostro estaba torcido en una sonrisa arrogante mientras presionaba la muñeca de la chica con fuerza suficiente para dejarla de rodillas.

ALISTAIR —Vamos, Solgrave.

¿Qué parte de “entregar tu trabajo” no entiendes?

Los plebeyos sirven para eso.

¿O creías que tu…

“talentito” te hacía especial?

Marien jadeaba, mordiéndose el labio para no llorar.

Anna sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

Esa escena… era un reflejo exacto de lo que ella misma había hecho en el pasado.

Pero ahora ya no era esa persona.

ANNA (firme, fría) —Alistair.

Suéltala.

El chico giró la cabeza lentamente.

Sus ojos se iluminaron con una mezcla de burla y satisfacción.

ALISTAIR —¿Y si no quiero?

Se inclina sobre Marien.

—Después de todo, tú me enseñaste que así se trata a la basura.

Anna dio un paso adelante.

Su sombra cayó sobre ambos.

ANNA —Te dije que la sueltes.

ALISTAIR —Oh, eso sí que extrañaba… (se acerca más a ella, sin soltar a Marien) La voz de la antigua Anna… la que aplastaba a cualquiera que le molestara.

Esa era la chica que valía la pena admirar.

La presión sobre la muñeca de Marien aumenta brutalmente.

La chica suelta un gemido de dolor.

El ojo de Anna tiembla.

El pasado… la culpa… Pero sobre todo, la rabia.

ANNA —Basta, Alistair.

ALISTAIR —¿Por qué?

¿Porque ahora juegas a ser santa?

(ríe) Vamos, Anna.

Tú disfrutabas esto.

Recuerda cómo te reías cuando te rogaban.

Inclina la cabeza con falsa dulzura.

Vuelve a ser tú.

Vuelve a ser la reina de la academia.

No te rebajes protegiendo a una plebeya.

Anna respira hondo.

Por primera vez en meses… deja que su magia suba a la superficie.

No para destruir.

No para someter.

Sino para proteger.

El aire alrededor de ella vibra, como si el corredor entero contuviera la respiración.

Un leve resplandor dorado se forma a su alrededor, cálido, contenido… pero poderoso.

Alistair retrocede medio paso, sorprendido.

Nunca había sentido la magia de Anna tan… estable.

ANNA (voz baja, pero firme como el acero) —La sueltas.

Ahora.

La magia de Anna se expande como una presión invisible.

No ataca, pero llena el aire con un mensaje claro: “Ya no estoy indefensa.” “Y no eres tú quien decide lo que soy.” Alistair entrecierra los ojos.

La muñeca de Marien tiembla en su mano.

ALISTAIR —Así que por fin la muestras… (sonríe con malicia) Pero la usas mal.

La usas contra mí por una plebeya… Qué decepción.

Anna extiende la mano… y su magia rodea a Marien como un escudo translúcido.

Con un tirón suave pero firme, separa a la chica del agarre de Alistair sin tocarlo.

Marien cae hacia ella, temblando, los ojos al borde de las lágrimas.

MARIEN (ahogada) —Se… Señorita Anna… Anna la sostiene por los hombros con suavidad.

ANNA —Estás a salvo.

Ya pasó.

Alistair observa la escena con un brillo oscuro en la mirada.

Herido en su ego.

Herido en su nostalgia retorcida por lo que Anna fue.

ALISTAIR —Esto no termina aquí.

Da un paso atrás, alza la barbilla.

—Te haré recordar quién eras.

Y te juro… Haré que vuelvas a serlo.

Se marcha con pasos lentos y seguros, su capa chocando contra las paredes como un latigazo.

El corredor queda en silencio.

Marien respira entrecortado, intentando no quebrarse.

Anna, en cambio, siente algo distinto.

Su magia… no la domina.

No la oscurece.

No la arrastra al pasado.

Por primera vez, la usó bien.

Y eso, más que el miedo, le provoca una emoción nueva… liberadora.

El estallido de energía mágica había recorrido el pasillo como una onda silenciosa, pero tan densa que cualquiera con sensibilidad mínima pudo sentirlo.

Eliana fue la primera en aparecer.

Garoum, un paso detrás de ella, con la mano ya en la empuñadura de su arma.

Ambos frenaron en seco al ver la escena.

Anna, con un aura dorada y cálida… pero tan intensa que aún vibraba en el aire como una bestia contenida.

Marien Solgrave temblaba en sus brazos, protegida por un escudo translúcido que todavía chispeaba suavemente.

Eliana abrió los ojos de par en par.

Su corazón se detuvo un segundo.

ELIANA —Anna… tu magia… Garoum sintió un escalofrío recorrerle la espina dorsal.

Esa esencia… Ese tipo de presión mágica… Era la misma que recordaba de la antigua Anna.

No la Anna arrepentida y dulce que habían conocido estos últimos meses.

No la joven que se había puesto en riesgo para salvar vidas durante la pandemia.

No.

Era la Anna que todos temían, la que miraba a nobles y plebeyos como insectos, la que entraba a una habitación y hacía que cualquiera sintiera que respiraba menos aire.

Y por un instante —solo un instante— ese recuerdo se superpuso con la imagen actual.

El pasado y el presente chocaron dentro de ellos.

GAR0UM (con voz grave, cuidadosa) —Anna… ¿qué pasó?

Anna levantó el rostro.

Sus ojos, aún brillando con restos de energía, se encontraron con los de ellos.

No había odio.

No había arrogancia.

No había crueldad.

Solo… determinación.

Y un leve temblor de preocupación por la chica que protegía.

ANNA —La estaba lastimando.

Su voz salió suave, más humana que nunca.

—No podía permitirlo.

Eliana apretó los labios.

Quería correr hacia Anna, abrazarla, decirle que estaba bien… Pero sus piernas no se movieron.

No por miedo.

No exactamente.

Sino por el choque emocional de ver algo que ambos habían creído enterrado para siempre.

Ese poder mágico… Ese aura dominante… Era la misma que la antigua Anna usaba para subyugar.

La diferencia era clara, racional, evidente… Pero las sensaciones, los recuerdos de los demás, no se podían borrar tan fácil.

Garoum se obligó a respirar profundo.

Tenía que analizar la situación con la cabeza fría.

GAR0UM —¿Quién fue?

Anna bajó la mirada hacia Marien, revisando su muñeca aún enrojecida.

Luego levantó la vista hacia el final del pasillo, donde Alistair había desaparecido.

ANNA —Alistair Dravenhart.

Eliana sintió un fuego prenderse en su pecho.

ELIANA —¿Ese…?

La voz se le quebró en rabia contenida.

—Se metió con una plebeya… y contigo.

Anna negó suavemente.

ANNA —Se metió con alguien indefensa.

Eso es suficiente.

Eliana dio un paso hacia ella al fin.

Extendió una mano, dudando un segundo.

No por temor, sino porque podía ver que Anna estaba temblando.

ELIANA (tierna) —Anna… ¿estás bien?

Ella asintió, pero su voz no acompañó el gesto.

ANNA —No quería… volver a esto.

Miró sus manos, aún rodeadas de un leve brillo dorado.

—Pero no iba a permitir que alguien sufriera lo que yo causé alguna vez.

Un silencio pesado cayó sobre los tres.

Marien sollozaba bajito, aún aferrada al vestido de Anna, como si temiera que Alistair regresara.

Garoum observó la escena con un nudo en la garganta.

Anna no solo había cambiado.

Había crecido.

Había elegido conscientemente no repetir su historia.

Y sin embargo, el contraste entre ese corazón tierno… y esa magia abrumadora… hacía que el pasado rugiera dentro de los recuerdos de quienes la conocieron antes.

Eliana finalmente dio el paso final.

Rodeó con cuidado a Anna por la espalda y apoyó una mano en su hombro.

ELIANA —No eres ella.

Su voz tembló, pero no retrocedió.

—No más.

Anna cerró los ojos.

Una lágrima, pequeña pero sincera, rodó por su mejilla.

Y entonces, el aura dorada terminó de desvanecerse.

La nueva Anna quedó ahí, con Marien entre los brazos y sus dos personas más importantes mirándola con una mezcla de alivio, orgullo… y un ligero temor que ambos tardarían en procesar.

Pero una cosa estaba clara: Ese día, Anna dio un paso gigantesco.

Un paso hacia convertirse en alguien que no usaría su poder para dominar… sino para salvar.

Los pasos de Anna resonaban en el pasillo vacío, cada uno más pesado que el anterior.

Eliana y Garoum habían querido acompañarla, pero sus clases estaban en un edificio distinto.

Así que Anna avanzó sola… o al menos, así debería haber sido.

Porque apenas pasó frente a una de las ventanas altas, la temperatura del pasillo pareció caer.

Y allí, en el reflejo del cristal, apareció ella.

No como un simple recuerdo.

No como un eco lejano.

Sino como una figura nítida, envuelta en sombras.

Una sonrisa torcida dibujada en el rostro que alguna vez fue suyo.

SOMBRA —Vaya, vaya… al fin liberaste algo de mí.

Anna se detuvo.

No giró.

No quería darle esa satisfacción.

Respiró hondo y siguió caminando, pero la sombra se mantuvo en el cristal, deslizándose a su ritmo como si la ventana fuese un río oscuro donde ella nadaba.

SOMBRA —Ese poder… ¿lo sentiste?

Su voz era sedosa, venenosa.

—Magnífico, ¿verdad?

Caliente, dominante… como siempre fue.

Como siempre debería ser.

Anna apretó los dientes.

ANNA —No lo liberé por ti.

SOMBRA —Oh, lo sé.

Se rió suavemente.

—Lo hiciste porque aquí, en este pequeño teatro de nobles arrogantes, la magia lo es todo.

Se inclinó en el reflejo, como si quisiera salir del vidrio.

—Y tú lo sabes mejor que nadie, ¿o no?

Anna detuvo el paso.

Miró de reojo el reflejo, sin voltear completamente.

ANNA —La magia aquí decide quién tiene voz.

Y si no la uso… no podré proteger a nadie.

La sombra chasqueó la lengua.

SOMBRA —Protegiendo plebeyos otra vez.

Se burló sin disimulo.

—Qué bajo has caído.

Antes se arrodillaban para no ser destruidos por ti… Sus ojos se entrecerraron.

—Y ahora te rebajas a cargarlos en brazos.

Anna siguió caminando, más rápido esta vez.

SOMBRA —Pero dime, querida… La voz se volvió un susurro pegado a su oído, aunque la sombra seguía en el vidrio.

—Sin tu magia, ¿qué eres?

Una pausa cruel.

—Eres exactamente igual a ellos.

A esos plebeyos que tanto proteges… insignificante.

Anna se detuvo de golpe.

Y esta vez sí habló con firmeza, sin temblar.

ANNA —Tienes razón.

La sombra parpadeó, sorprendida por un instante.

ANNA —Sin mi magia no soy nadie en este mundo.

Respiró hondo.

—Pero ese “nadie” es mejor que lo que tú fuiste.

La sombra ladeó la cabeza, molesta.

SOMBRA —¿Pretendes negarme?

¿Negar lo que fuimos?

ANNA —Pretendo no repetirlo.

El reflejo en el cristal se distorsionó, como si la sombra ardiera en irritación.

SOMBRA (con voz baja y peligrosa) —No podrás sellarme para siempre, Anna.

Los cristales del pasillo vibraron levemente.

—Cada vez que liberes esa magia… yo volveré.

Anna clavó la mirada en su propio reflejo, con una calma que ella misma no esperaba tener.

ANNA —Entonces aparecerás.

Cerró el puño.

—Pero no voy a ser tú otra vez.

Nunca.

La sombra sonrió, abriendo la boca en un gesto antinatural.

SOMBRA —Eso lo veremos.

Y la figura se disolvió, dejando tras de sí únicamente el reflejo de Anna, sola en un pasillo blanco y silencioso.

Pero el frío no se fue.

Anna respiró profundo, tomó su bolso, y siguió adelante.

Porque aunque la sombra había regresado… Ella también había decidido luchar.

Esa noche.

La noche había caído sobre la residencia, y toda la tensión del día parecía haberse quedado suspendida en el aire.

Anna estaba sentada en un pequeño taburete frente al tocador, mientras Eliana, de pie detrás de ella, le peinaba el cabello con movimientos lentos y delicados.

Era una rutina tranquila, casi terapéutica.

Pero esa noche… Anna estaba demasiado quieta.

Eliana lo notó enseguida.

Anna mantenía la vista baja, los hombros rígidos, y sus manos—colocadas sobre su regazo—temblaban.

Eliana dejó de peinar por un segundo.

ELIANA —Anna… Se inclinó un poco para verla mejor.

—¿Estás bien?

Anna tardó en responder.

Tragó saliva.

Tomó aire.

Y al final habló con una voz apenas audible.

ANNA —Tengo… miedo.

Eliana abrió los ojos un poco sorprendida, pero no dijo nada.

Solo se acercó, pasando una mano suave por el hombro de Anna.

Anna siguió.

ANNA —Cuando desperté aquel día… en el cuerpo de ella… Hizo una pausa larga.

—Yo sellé mi magia.

Eliana dejó caer la mano lentamente, volviendo a escuchar con toda su atención.

ANNA —No fue porque creyera que no la necesitaba.

Negó, apenas moviendo la cabeza.

—Fue porque ese poder… era el recuerdo más claro de quien… ella fue.

La antigua Anna.

La voz se le quebró un poco.

ANNA —No quería depender de algo que lastimó a tanta gente.

Bajó aún más la mirada.

—No quería que los demás lo recordaran cada vez que sintieran mi magia.

Sus dedos se apretaron entre sí.

—Tú lo sabes, ¿no?

Lo que esa magia significaba para todos.

Eliana desvió la mirada apenas un segundo.

Sí, lo sabía.

Todos lo sabían.

La presencia mágica de la antigua Anna… era opresión pura, un recordatorio de que era intocable, cruel, y absoluta.

Anna respiró temblando.

ANNA —Pero hoy… Se mordió el labio.

—Cuando vi a Alistair lastimando a esa chica… simplemente no pude quedarme quieta.

Una pequeña chispa azul se encendió en sus dedos, involuntaria.

—Y lo liberé… sin pensar.

Eliana lo había sentido, claro que sí.

Y Garoum también.

Un poder que hacía años no se manifestaba en la academia.

ANNA —Cuando lo hice… pude sentir su miedo.

Cerró los ojos, tragándose ese dolor.

—El tuyo… el de Garoum.

Sus manos volvieron a temblar, ahora con más fuerza.

—Y pensé… “ya está… volverán a verme como antes”.

Su voz se quebró por completo.

—Tal vez siempre siga siendo ella… aunque intente no serlo.

Eliana no le dejó terminar.

Soltó el cepillo, se agachó hasta quedar a la altura de su rostro, tomó las manos temblorosas de Anna con firmeza y la obligó a mirarla.

ELIANA (firme, sin dudar) —No vuelvas a decir eso.

Anna abrió los ojos, sorprendida por el tono duro.

Eliana continuó.

ELIANA —Anna… yo sentí tu magia.

Sí.

Inspiró hondo.

—Y por un instante… recordé cosas que preferiría olvidar.

Ella estaba siendo brutalmente honesta.

Pero apretó más fuerte sus manos.

ELIANA —Pero también sentí que esa magia no era la misma.

Su expresión se suavizó.

—No era poder para aplastar.

—Era poder para proteger.

Anna parpadeó, sin poder evitar que las lágrimas le subiesen.

ELIANA —Tú no eres ella.

Acercó su frente a la de Anna.

—Y aunque tu poder sea el mismo… tus razones ya no lo son.

Anna dejó escapar un sollozo pequeño, frágil.

Eliana sonrió un poco.

ELIANA —Y te diré algo más: La miró directamente a los ojos.

—Aunque algún día temas caer, aunque sientas que esa sombra vuelve… —No voy a dejarte sola.

—No voy a permitir que te pierdas.

—No voy a dejar que vuelvas a ser ella.

Anna cerró los ojos y las lágrimas finalmente rodaron por sus mejillas.

Eliana la abrazó por detrás, rodeándole los hombros mientras apoyaba su barbilla en el cabello de Anna.

Anna se permitió llorar, pero esta vez… ya no estaba sola.

Y por primera vez desde que despertó en este mundo… No sintió miedo

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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