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EL VELO DE LA ROSA - Capítulo 48

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  4. Capítulo 48 - 48 Capítulo 46 Lo que Fui y lo que Soy
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48: Capítulo 46: Lo que Fui y lo que Soy 48: Capítulo 46: Lo que Fui y lo que Soy El edificio de Artes Arcanas se alzaba como una torre de mármol blanco atravesada por runas violeta que latían con cada respiración del maná.

Los pasillos parecían más fríos que el resto de la academia, como si la magia misma drenara el calor de los muros.

Anna caminaba por ellos con pasos lentos.

Cada alumno que pasaba la miraba de reojo.

Algunos con temor.

Otros con fascinación.

Y entre esos murmullos, uno se repetía: —Dicen que la ex–Varelia volvió a las clases avanzadas… —¿No tenía prohibido acceder?

—¿Por qué la dejaron volver…?

Ella fingió no oírlos.

Pero su pecho ardía.

Garoum no podía acompañarla.

Eliana estaba en otra clase.

Y por primera vez en mucho tiempo… Anna estaba sola.

Verdaderamente sola.

Cuando empujó la puerta del salón, varias cabezas se giraron al mismo tiempo.

El aula era amplia, con círculos mágicos trazados en el suelo y estanterías llenas de grimorios encadenados.

Al fondo, el profesor Caldevir —un antiguo archimago de barba plateada— arrugó el ceño al verla entrar.

—Varelia —dijo sin calor, usando aquel nombre que ya no le pertenecía—.

Tome asiento.

Hoy evaluaremos control y precisión.

“Anna”, pensó ella.

Pero tragó la corrección.

Se ubicó al fondo del salón.

Los alumnos la evitaban como si su sombra aún quemara.

— La práctica —Conjuro básico de compresión arcana —explicó Caldevir—.

Tomen el cristal rojo.

Concéntrense en canalizar la energía en un solo punto, sin fugas.

Los estudiantes comenzaron a murmurar los principios del hechizo.

Anna tomó el cristal.

Era tibio, liviano.

Familiar… demasiado familiar.

Se tensó.

No pasa nada… es un hechizo simple… no es como liberar toda mi magia… puedo hacerlo… Pero cuando cerró los ojos para concentrarse, lo escuchó.

Un susurro.

Denso.

Cercano.

Demasiado real.

—No finjas que no me oyes… Anna.

Su corazón dio un vuelco helado.

—No… no ahora… —murmuró sin mover los labios.

—¿Ahora?

La voz rió despacio, como seda rasgándose.

—¿Por qué no?

Este salón… esta magia… estos niños llorones… todo te pertenece.

Es tu reino.

Tu dominio.

Tu trono.

Anna apretó los dientes.

No eres real.

No eres real.

—Oh, soy real.

Cada chispa que intentes invocar… cada filamento de poder… es mío.

No tuyo.

Porque esta magia no es del alma del chico que ocupaste.

Es mía.

El cristal comenzó a vibrar en su mano.

Anna tembló.

La clase seguía sin notar nada.

Los demás concentrados en sus propios ejercicios.

—Vamos, Anna.

La voz se volvió más íntima, casi cariñosa, y eso la hizo sentir nauseas.

—Usa un poquito más de poder.

Solo un poco.

Déjame ver si aún sabes cómo se siente… —C… cállate… —susurró ella.

—¿Qué dijo, señorita Varelia?

—preguntó el profesor sin levantar la mirada.

—N-nada.

El sudor helado le corría por la nuca.

La magia comenzó a concentrarse en la punta de sus dedos.

Un ligero brillo rojo emanó del cristal… luego un parpadeo oscuro, púrpura, como si otro poder respondiera al llamado.

El mismo color que usaba la Sombra.

—Eso es… así lo hacías antes… ¿lo recuerdas?

Cuando los demás se arrodillaban… Anna sintió el mundo estrecharse.

Su respiración se volvió errática.

—Basta… basta… por favor… —dijo, audible esta vez.

Varias miradas se volvieron hacia ella.

—¡Varelia, concéntrese!

—ordenó Caldevir.

Pero no podía.

El brillo del cristal se intensificó de manera irregular.

Un temblor recorrió el círculo mágico.

Los papeles cercanos se levantaron por una ráfaga de viento arcano.

—Déjalo salir… La voz sonaba como si estuviera pegada a su oído, como si la Sombra respirara sobre su cuello.

—Cada hechizo que uses me da forma.

Cada vez que recurres a este poder, me recuerdas.

Me alimentas.

Me haces más nítida.

—¡No!

—estalló Anna.

El hechizo colapsó.

Una explosión sorda de maná estalló en su palma, lanzándola hacia atrás.

Cayó al piso, el cristal rodando lejos.

Los alumnos se levantaron sobresaltados.

El círculo mágico quedó resquebrajado.

El aire olía a ozono.

Y Anna estaba en el suelo… jadeando, pálida, temblorosa.

Caldevir se acercó con el ceño fruncido.

—¿Qué demonios fue eso, Varelia?

Ella no podía responder.

Sus dedos aún temblaban.

La Sombra habló una vez más, con un tono suave… casi compasivo, lo cual era peor.

—Ves, Anna…?

Sin mí… no puedes usar magia.

Yo soy tu poder.

Yo soy tu nombre.

Y mientras uses mis dones… seguiré aquí.

Justo detrás de ti.

Y entonces desapareció.

— Los murmullos crecieron.

—¿Estalló su hechizo?

—¿Está fuera de control…?

—Dioses… ¿la antigua Varelia está volviendo?

—Esto no es normal… Anna apretó los dientes.

No derramó lágrimas, aunque sus ojos ardían.

Se puso de pie lentamente.

Aún temblaba.

—Estoy… bien —dijo con la voz rota.

Pero todos podían ver que era mentira.

Incluso el profesor retrocedió medio paso, apenas perceptible.

Suficiente para clavarse como una aguja en su pecho.

Anna se dio la vuelta y salió del aula sin pedir permiso.

— Al cerrar la puerta, apoyó la espalda en la pared del pasillo.

Respiró hondo, tratando de no quebrarse.

No puedo seguir así… No puedo usar magia sin que ella… Siempre está ahí… acechando… Si sigo alimentándola… un día será más fuerte que yo.

Se llevó una mano al rostro.

—…tengo miedo —susurró, por primera vez desde que llegó a ese mundo.

Y allí, en un pasillo vacío, Anna sintió que su peor enemiga no era un demonio, un noble o un hechizo maldito.

Era la persona que fue.

La Sombra detrás de cada fragmento de magia.

La Sombra que nunca la dejaría en paz mientras siguiera usando un poder que no le pertenecía.

El aula se vació lentamente después de la práctica fallida.

El círculo mágico aún humeaba en el suelo, como si quisiera delatar a Anna incluso después de que todos se hubieran marchado.

El profesor Caldevir fue el último en salir.

Antes de cruzar la puerta, la miró de reojo: —Mañana repetirás el hechizo.

Y si vuelves a fallar… —hizo una pausa breve— no habrá excusas.

Cerró la puerta sin ruido.

Anna quedó sola por unos segundos.

Respiró hondo.

Hondo y tembloroso.

Luego reunió sus cosas y salió al pasillo.

Fue ahí donde lo escuchó.

—Vaya, vaya… —la voz suave, burlona, como si degustara cada palabra—.

La gran Anna, derrotada por un simple hechizo de control.

Qué espectáculo.

Ella se tensó, y cuando levantó la mirada lo vio apoyado contra una columna: Alistair Vornhald, el noble que sonreía como si el mundo fuese suyo por derecho divino.

Rubio, elegante, con la misma expresión altiva que desde niños irritaba a toda la academia… excepto a quienes le tenían miedo.

—¿Qué quieres, Alistair?

—preguntó Anna sin detenerse.

Él se apartó de la columna y caminó a su lado, como si tuvieran una conversación amistosa.

—Oh, nada importante.

Solo… —se encogió de hombros— comprobar con mis propios ojos que la legendaria hechicera no es más que una niña temblorosa.

Anna apretó los dientes.

—Déjame pasar.

—Claro, claro —dijo, aunque no lo hizo—.

Solo me pregunto… tú antes no dudabas.

Antes no fallabas.

Antes tenías fuego.

Ahora… —la miró de arriba abajo— te quemas sola.

Anna respiró profundo para no reaccionar.

Él lo sabía.

Por eso insistía.

—Quizá la academia cometió un error al readmitirte —continuó Alistair, bajando la voz como si conversara un secreto—.

La Anna de antes tenía magia digna de temer.

—Sonrió con diversión maliciosa—.

Esta versión nueva es solo… decepcionante.

Anna se detuvo.

Alistair levantó una ceja.

—¿Te molestó?

¿Toqué un punto sensible?

—No te tengo miedo —dijo Anna, despacio.

—¿A mí?

No deberías —dijo él—.

A quien deberías temer es a ti misma.

Ella sintió un latigazo en el pecho.

Él lo notó.

Su sonrisa se ensanchó.

—¿Ves?

Ahí está.

Esa reacción.

Esa grieta.

La Anna que conocíamos jamás habría temblado por un comentario.

Anna avanzó, dispuesta a dejarlo atrás, pero Alistair volvió a hablar, más suave, casi venenoso: —No importa cuánto te esfuerces en cambiar, sabes que la gente no olvida.

Ni perdona.

Anna se detuvo.

Lentamente giró la cabeza hacia él.

Sus ojos estaban fríos, pero su voz tranquila.

—Si crees que puedes romperme con palabras, eres más patético de lo que recordaba.

Por un instante, el rostro de Alistair perdió su sonrisa.

Anna lo dejó atrás, caminando sin mirar atrás, aunque por dentro llevaba un puñal clavado.

Alistair la siguió con la mirada.

Su sonrisa volvió, más fina, más peligrosa.

—No voy por tus emociones, Anna… —murmuró para sí— voy por tu estabilidad.

Y en el pasillo silencioso, su risa suave se mezcló con el eco de sus pasos alejándose.

Anna caminó rápido por el pasillo vacío.

El eco de las palabras de Alistair seguía pegado a su piel, como una mancha difícil de lavar.

Cuando dobló la esquina y comprobó que no había nadie, dejó caer su mochila y golpeó la pared con fuerza.

El sonido seco retumbó.

—¡Maldita sea!

—escapó de entre sus dientes.

No era un grito.

Era un susurro rabioso, el tipo de sonido que solo alguien verdaderamente herido puede emitir.

Apoyó la frente contra la pared mientras su respiración temblaba.

Sus dedos ardían por el golpe, pero eso apenas calmaba el enojo que hervía dentro.

Alistair… Él sabía exactamente dónde presionar.

Y lo peor: no estaba equivocado.

— Flashback El pasillo era el mismo, pero los colores eran distintos: más dorados, más limpios, más crueles.

La antigua Anna caminaba rodeada de un pequeño séquito de nobles.

Risas huecas, arrogancia pura.

Alistair a su lado, como una sombra refinada.

Frente a ellos, tres estudiantes —dos nobles de bajos recursos y un chico plebeyo— intentaban apartarse.

—¿Ya se van?

—dijo la antigua Anna con una sonrisa dulce envenenada—.

Creí que querían practicar hechizos… aunque claro, para practicar tienen que tener… ¿cómo se llamaba?

Ah, sí.

Magia.

Los otros nobles rieron.

—Tranquila, Anna —decía Alistair entonces, con esa misma voz suave que usaba ahora—.

No es su culpa haber nacido inútiles.

Ella inclinó la cabeza con diversión.

—Oh, claro que es su culpa.

Si no pueden aportar nada, ¿para qué están aquí?

Una de las chicas intentó responder, pero Anna levantó una mano.

—No hables.

Tu magia es tan débil que incluso tus excusas lo son.

Más risas.

Más humillación.

El chico plebeyo apretó los puños.

Anna se acercó y susurró: —Ni lo intentes.

Un fracaso con manos no deja de ser fracaso.

El chico retrocedió, tragando lágrimas.

La antigua Anna sonrió, satisfecha.

El flashback se desvaneció.

— Volviendo al presente Anna se apartó de la pared con un gemido frustrado.

Sus manos temblaban ligeramente.

—¿Esa era yo…?

—susurró.

No importaba cuántas veces recordara su vida pasada.

Estos fragmentos de crueldad nunca dejaban de doler.

¿Usar magia como antes?

¿Controlarla como lo hacía la otra Anna?

No.

Esa magia estaba construida sobre arrogancia, miedo, superioridad y abuso.

Solo pensar en tocarla la hacía sentir como si se hundiera en agua negra.

—Si no puedo usarla sin convertirme en ella… —murmuró— ¿para qué la tengo?

Sus ojos ardieron un instante, pero respiró profundo.

Fue entonces cuando escuchó pasos acercándose.

Su cuerpo se tensó.

Pero la figura que apareció no era Alistair.

Era Marien, la chica de cabello oscuro y mirada suave a la que Anna había defendido hacía unos días.

La misma que había sufrido bajo las burlas de Alistair… y bajo las de la antigua Anna.

Marien se detuvo a un metro de distancia, indecisa.

—Te vi salir del aula —dijo con una voz cautelosa—.

Y… parecías mal.

¿Estás… bien?

Anna cerró los ojos un segundo.

Cuando los abrió, la fachada de dureza aún estaba ahí, pero fisurada.

—Estoy bien —respondió.

Una mentira fácil, pero Marien no era tonta.

Ella no se acercó, pero tampoco retrocedió.

Sus manos estaban entrelazadas con nerviosismo.

—Si fue por Alistair… —dijo con un hilo de voz— no deberías escucharlo.

Él… él hace eso.

Con todos.

Y contigo… peor.

Anna la miró, sorprendida.

Marien tragó saliva, juntando valor para continuar.

—No importa lo que él diga.

Sé que tú eres distinta ahora.

Esas palabras golpearon más fuerte que cualquiera de Alistair.

Anna quedó inmóvil.

Marien desvió la mirada al ver que quizá había sido demasiado directa.

—Perdón… yo… solo quería decírtelo.

Hubo un largo silencio.

Finalmente, Anna habló.

Su voz era baja, pero real.

—Gracias, Marien.

Y en ese instante, por primera vez en todo el día, algo dentro de Anna dejó de arder.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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