EL VELO DE LA ROSA - Capítulo 49
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- Capítulo 49 - 49 Capítulo 47 El silencio antes de la grieta
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49: Capítulo 47: El silencio antes de la grieta 49: Capítulo 47: El silencio antes de la grieta El jardín lateral de la Academia Real estaba cubierto por una calma engañosa.
Las hojas altas de los arces se mecían suavemente, y el murmullo lejano de los estudiantes se desdibujaba hasta convertirse en un eco lejano.
Allí, lejos de los pasillos de mármol y de las miradas inquisitivas, Anna caminaba con paso tranquilo.
A su lado iba Eliana.
No detrás.
No a dos pasos de distancia, como exigía la jerarquía de la Academia.
A su lado.
Un poco más atrás, con la postura recta y la atención siempre alerta, caminaba Garoum, como una sombra sólida, silenciosa, imposible de ignorar.
Su sola presencia hacía que cualquier alumno que pasara cerca desviara la mirada.
Y cerrando el pequeño grupo, avanzaba Marien.
La joven caminaba con cierta rigidez, las manos entrelazadas frente a ella, los hombros tensos.
Había aceptado acompañarlos, sí… pero cada paso estaba cargado de nerviosismo.
No por Garoum.
No por la Academia.
Por Anna D’Valrienne.
Marien no podía evitar observarla de reojo.
La veía reír suavemente ante un comentario bajo de Eliana.
La veía inclinar apenas la cabeza para escucharla mejor.
La veía… cercana.
Y eso no encajaba con el recuerdo que tenía grabado en la piel.
Flashback El aula estaba llena.
Marien recordaba perfectamente aquel día.
Ella estaba de pie, con los libros apretados contra el pecho, mientras la risa de varios estudiantes nobles llenaba el aire.
Y en el centro de todo, como una reina observando su corte, estaba Anna.
—¿De verdad creíste que podías sentarte aquí?
—había dicho entonces, con una sonrisa cruel—.
Qué adorable.
A su lado, Eliana permanecía inmóvil.
No hablaba.
No reía.
No se movía.
Solo estaba ahí, con la mirada baja, como una muñeca bien vestida que pertenecía a alguien más.
—Mírala —continuó la antigua Anna—.
Incluso ella sabe cuál es su lugar.
Marien recordó la sensación de ahogo.
Recordó cómo nadie intervino.
Recordó cómo Eliana no la miró ni una sola vez.
No por desprecio… sino porque no podía.
Presente —¿Estás bien?
—preguntó Eliana de pronto, girándose hacia Marien.
La joven casi se sobresaltó.
—S-sí… perdón.
Solo estaba… pensando.
Anna se detuvo.
No de forma brusca.
No con autoridad.
Simplemente se detuvo.
—Si te sientes incómoda, podemos regresar —dijo con naturalidad—.
No tienes que forzarte.
Marien abrió los ojos, sorprendida.
—No… no es eso —se apresuró a decir—.
Es solo que… es extraño.
Anna ladeó la cabeza, curiosa.
—¿Extraño?
Marien tragó saliva.
Dudó un instante, pero al final habló: —Yo… recordaba cómo tratabas a Eliana antes.
El silencio cayó como una hoja pesada.
Garoum tensó ligeramente la mandíbula, pero no dijo nada.
Eliana no apartó la mirada.
Anna tampoco.
—¿Y qué ves ahora?
—preguntó Anna, sin dureza.
Marien miró a Eliana.
Vio cómo caminaba cerca de Anna.
Vio cómo, sin darse cuenta, buscaba su cercanía.
Vio cómo Anna bajaba la voz cuando le hablaba, cómo la escuchaba de verdad.
—Veo… —dijo al fin— que ella es tu refugio.
Eliana se quedó inmóvil.
Anna no respondió de inmediato.
Luego, con una honestidad que no buscaba excusas, dijo: —Lo es.
Eliana levantó la vista, sorprendida, y Anna la miró con una pequeña sonrisa cansada.
—Antes necesitaba sentirme por encima de todos para no derrumbarme —continuó—.
Ahora… solo necesito un lugar donde no fingir.
Marien sintió un nudo en el pecho.
La Anna que había conocido en sus recuerdos no habría dicho algo así.
Ni siquiera lo habría pensado.
—Eliana no está conmigo porque deba estarlo —añadió Anna—.
Está porque quiere.
Y yo… porque la necesito.
Eliana bajó la mirada, con las mejillas apenas sonrojadas, pero no negó nada.
Garoum, desde atrás, habló por primera vez: —Quien no vea la diferencia… es porque no quiere verla.
Marien respiró hondo.
Por primera vez desde que aceptó caminar con ellos, la tensión en su pecho se aflojó.
—Entonces… —dijo con una tímida sonrisa— creo que me alegra haber venido.
Anna asintió.
El grupo volvió a avanzar entre los árboles, mientras el sol se filtraba entre las hojas.
Y Marien entendió algo que no le habían contado los rumores, ni los informes, ni las historias heroicas: El mayor cambio de Anna D’Valrienne no estaba en lo que había salvado… sino en a quién había permitido quedarse a su lado.
El camino empedrado que bordeaba los jardines internos de la Academia Real estaba casi vacío a esa hora.
Las clases aún no comenzaban, y la mayoría de los estudiantes prefería evitar ese sector, no por la quietud… sino por quién caminaba allí.
Anna D’Valrienne.
A su lado iba Eliana, con un libro apretado contra el pecho, caminando con naturalidad, como si aquel nombre ya no pesara sobre ella.
No había rigidez en sus pasos, ni tensión en sus hombros.
Era una cercanía ganada, no impuesta.
Un poco más atrás, vigilante como siempre, avanzaba Garoum, atento a cada movimiento, a cada presencia que se acercaba demasiado.
Su sola figura bastaba para disuadir miradas prolongadas.
Y cerrando el pequeño grupo, caminaba Marien.
La joven intentaba mantener la compostura, pero sus dedos no dejaban de entrelazarse nerviosamente.
Había querido ver con sus propios ojos a la “nueva Anna”.
Quería creer los rumores.
Necesitaba comprobarlos.
Pero una cosa era escuchar historias… y otra muy distinta era caminar tan cerca de ella.
Marien observaba en silencio.
Vio cómo Anna inclinaba ligeramente la cabeza cuando Eliana le hablaba.
Vio cómo bajaba el tono de voz solo para ella.
Vio cómo, sin darse cuenta, Anna reducía el paso para no dejarla atrás.
Ese detalle… ese gesto mínimo… Fue entonces cuando el recuerdo la golpeó sin aviso.
Flashback El aula estaba llena de risas.
Marien lo recordaba con una claridad dolorosa.
Ella estaba sentada al fondo, intentando pasar desapercibida, cuando una voz conocida se alzó por encima del murmullo.
—¿De verdad crees que puedes hablar sin que yo te dé permiso?
Anna.
De pie, elegante, imponente, con esa sonrisa afilada que hacía que incluso los nobles se tensaran.
A su lado estaba Eliana, erguida, silenciosa, con la mirada fija en el suelo.
—Vamos, di algo —insistió la antigua Anna, dando un paso más cerca de un estudiante tembloroso—.
O acaso… ¿ella te intimida demasiado?
La risa fue inmediata.
Marien recordó haber mirado a Eliana esperando… algo.
Una reacción.
Una palabra.
Una mirada de disculpa.
No hubo nada.
Eliana permaneció quieta.
No porque despreciara a los demás… sino porque no podía moverse.
—Mírenla bien —dijo entonces la vieja Anna, apoyando una mano en el hombro de Eliana—.
Así se comporta alguien que sabe su lugar.
El silencio posterior fue más cruel que las risas.
Presente —¿Marien?
La voz de Eliana la sacó del recuerdo.
Marien parpadeó varias veces, como si despertara de un sueño incómodo.
—¿S-sí?
—Te quedaste atrás —dijo Eliana con suavidad—.
¿Te sientes bien?
Marien asintió rápido, pero su mirada se fue, casi sin querer, hacia Anna.
—Es solo que… —dudó— es extraño verla así.
Anna se detuvo.
No hubo tensión.
No hubo gesto de autoridad.
Simplemente se giró para mirarla.
—¿Así cómo?
—preguntó.
Marien tragó saliva.
—Así… —buscó las palabras—.
Tan cerca de ella.
Eliana entendió de inmediato a quién se refería.
Garoum observó en silencio, sin intervenir.
—Antes —continuó Marien, con cautela— tú… —miró a Anna— la tratabas como si fuera parte de tu propiedad.
El aire se volvió más denso.
Marien esperó una reacción dura.
Un gesto frío.
Una respuesta cortante.
Pero Anna no hizo nada de eso.
—Lo sé —respondió.
Solo eso.
Dos palabras.
Eliana levantó la mirada, sorprendida, pero Anna continuó: —Y no hay forma de borrar ese recuerdo.
Ni para ti… ni para ella… ni para mí.
Marien frunció el ceño.
—Entonces… ¿por qué ahora es diferente?
Anna miró a Eliana.
No de forma dramática.
No como una confesión.
Sino como alguien que mira un lugar seguro.
—Porque antes necesitaba controlarlo todo —dijo—.
Ahora… necesito un lugar donde descansar.
Eliana sintió el peso de esas palabras.
Sin pensarlo, dio un paso más cerca de Anna.
Marien lo notó.
No fue un gesto exagerado.
Fue instintivo.
—Ella es tu refugio —dijo Marien en voz baja, más como una conclusión que como una pregunta.
Anna no negó nada.
—Lo es.
Eliana bajó la mirada, con las mejillas apenas teñidas de color, pero no se apartó.
Garoum habló entonces, con su voz grave: —Quien vea esto y siga diciendo que no cambió… miente.
Marien exhaló lentamente.
Había venido con miedo.
Con desconfianza.
Con recuerdos que dolían.
Pero ahora entendía algo que nadie le había dicho con palabras: La antigua Anna necesitaba a Eliana para demostrar poder.
La Anna actual la necesitaba para seguir en pie.
Y esa diferencia… lo cambiaba todo.
El grupo continuó caminando entre los árboles, mientras el murmullo lejano de la Academia despertaba.
Marien, por primera vez desde que aceptó unirse a ellos, sonrió.
No a la noble.
No a la heroína.
Sino a la mujer que había aprendido, por fin, a apoyarse en alguien sin aplastarlo.
——— La zona apartada del ala oeste de la Academia era un lugar que pocos frecuentaban.
Un pequeño patio interior, rodeado por muros cubiertos de enredaderas y bancos de piedra desgastados por el tiempo.
Allí, lejos de los pasillos principales y del ruido constante, el mundo parecía moverse un poco más despacio.
Anna estaba sentada con la espalda recta, las manos apoyadas sobre el regazo, observando distraída el movimiento de las hojas.
A su lado, Eliana hojeaba un libro sin leer realmente, más atenta a la respiración tranquila de Anna que a las palabras impresas.
Un poco más allá, de pie, Garoum mantenía su habitual vigilancia, aunque su postura era menos rígida que en los corredores.
Sabía que ese lugar era seguro… al menos por ahora.
Y frente a ellos, sentada con cierta timidez, estaba Marien.
Al principio había hablado poco.
Respuestas cortas.
Gestos cuidadosos.
Pero el silencio no era incómodo.
—Entonces… —dijo finalmente Marien, rompiendo la quietud—, ¿ustedes siempre se reúnen aquí?
Eliana levantó la vista del libro.
—Cuando queremos respirar —respondió—.
O cuando necesitamos… no ser vistos.
Marien asintió lentamente.
—Me gusta —dijo—.
Se siente… real.
Anna la miró de reojo.
—La Academia no suele ofrecer muchos lugares así.
Marien dudó un instante antes de hablar otra vez.
—Yo pensaba que tú… —se detuvo— que tú siempre querrías estar donde todos te vieran.
Anna no se ofendió.
—Antes, sí —admitió—.
Creía que si no me veían, dejaba de existir.
Eliana cerró el libro con suavidad.
—Ahora prefiere los lugares donde puede bajar la guardia —añadió.
Marien sonrió con un gesto pequeño, casi cómplice.
—Supongo que… eso también se aprende.
Garoum carraspeó, cruzándose de brazos.
—Algunos lo aprenden tarde.
Otros… nunca.
El ambiente era tranquilo.
Casi familiar.
Hasta que una voz rompió el aire.
—¿Y yo que pensé que me estaban evitando?
Todos giraron la cabeza al mismo tiempo.
Avanzando por el sendero de piedra, con una sonrisa ladeada y el andar relajado, venía Daeron.
Vestía el uniforme de la Academia, aunque de forma menos pulcra que otros nobles.
Su expresión era abierta, pero en sus ojos aún se percibía una sombra… una que no se iba fácilmente.
—Daeron —dijo Anna, sorprendida.
—La misma —respondió él, inclinando la cabeza en una exagerada reverencia—.
Me ofende no haber sido invitado a esta reunión tan exclusiva.
Eliana fue la primera en reaccionar.
—Llegas tarde como siempre —dijo, sin ocultar la sonrisa—.
¿Te perdiste otra clase?
—Solo las aburridas —replicó él—.
Las interesantes siempre las alcanzo.
Garoum resopló.
—Eso dices… y luego te veo copiando apuntes.
—Detalles sin importancia —respondió Daeron, señalándolo con un dedo—.
Además, tú no cuentas.
Siempre estás ahí, intimidando a medio mundo.
—Es mi trabajo.
—Demasiado bien hecho —añadió Daeron, girando hacia Anna—.
Nadie se atreve a acercarse cuando estás con él.
Anna negó suavemente.
—No es por Garoum —dijo—.
Es por los recuerdos.
Daeron se quedó en silencio un instante.
Marien observó el cambio en su expresión.
—Tú debes ser Marien —dijo él finalmente, con un tono más suave—.
Anna me habló de ti.
Marien se irguió un poco.
—¿E-en serio?
—Claro —respondió Daeron—.
Dice que tienes más coraje del que crees.
Marien parpadeó, sorprendida.
—Eso… no suena a algo que diría la Anna que yo conocía.
Daeron sonrió de lado.
—No lo es.
Se sentó en el borde del banco, estirando las piernas.
—Créeme —continuó—.
Yo también conocí a esa Anna.
Y por culpa de la persona que fue… perdí a mi hermana menor.
El ambiente se volvió serio.
Eliana bajó la mirada.
Garoum cerró los puños.
Anna tensó ligeramente los hombros.
—Daeron… —empezó.
Él levantó una mano.
—No vine a reprochar nada —dijo—.
Vine porque sigo aquí.
Y eso significa algo.
El silencio duró unos segundos.
Luego, Eliana habló: —Sigues viniendo aunque podrías evitarnos.
—Porque quedarse es más difícil que huir —respondió Daeron—.
Y alguien me enseñó eso.
Miró a Anna.
Ella sostuvo su mirada.
—No puedo cambiar lo que pasó —dijo ella—.
Pero puedo quedarme.
Daeron sonrió.
—Y por eso estoy aquí.
Garoum se aclaró la garganta.
—No te emociones demasiado —dijo—.
O empezaré a pensar que te importamos.
—No te hagas ilusiones —replicó Daeron—.
Solo tolero su compañía.
Eliana rió suavemente.
—Mentiroso.
Marien los observaba con los ojos abiertos, asimilando todo.
No era un grupo formado por lazos de sangre.
Ni por jerarquías.
Era algo distinto.
Algo que nació del dolor… pero que aprendía, poco a poco, a reír.
Y mientras la campana de la Academia sonaba a lo lejos, anunciando la siguiente clase, Marien entendió algo más: Anna D’Valrienne no caminaba sola.
Y por primera vez, tampoco cargaba todo el peso del pasado sola.
——— La campana de la Academia resonó a lo lejos, grave y constante.
Uno a uno, los estudiantes comenzaron a abandonar los jardines para dirigirse a sus clases.
El murmullo regresó poco a poco, como una marea que vuelve a ocupar la orilla.
Marien se levantó con cierta prisa.
—Creo que… debería irme —dijo, mirando a Anna—.
Mi clase empieza en unos minutos.
Anna asintió.
—Gracias por quedarte —respondió—.
Y por atreverte a mirar más allá de los rumores.
Marien sonrió, más segura que antes.
—Gracias a ti… por demostrar que no estaba equivocada.
Se despidió con una leve inclinación y se alejó por el sendero.
Garoum observó su partida un segundo más de lo necesario.
—Ha crecido —comentó—.
No todos lo hacen después de sobrevivir al miedo.
—No todos tienen a alguien que los sostenga —respondió Eliana en voz baja.
Garoum asintió y, tras mirar el reloj de arena colgado en una de las columnas, habló: —Tengo que revisar el perímetro antes de la siguiente clase.
Volveré luego.
Se marchó sin más palabras, dejándolos a solas.
Por unos instantes, solo quedó el sonido del viento entre las hojas.
Daeron fue el primero en romper el silencio.
—Anna… —dijo, con un tono distinto al de antes—.
Sobre lo que ocurrió en la práctica mágica.
Ella no levantó la mirada.
—Fallé —respondió—.
Y no fue por falta de estudio.
Daeron negó.
—No.
Y eso es lo que me preocupa.
Eliana frunció el ceño.
—¿Preocupa?
Daeron se apoyó contra el respaldo del banco, cruzándose de brazos.
—La magia no es solo energía —explicó—.
Nunca lo ha sido.
No importa cuánto intenten reducirla a fórmulas o diagramas.
La magia nace del alma… y responde al corazón.
Anna apretó los dedos sobre el regazo.
—¿Y…?
—Y ahora mismo —continuó Daeron—, tu magia está en conflicto contigo.
Anna levantó la mirada.
—¿Qué quieres decir?
Daeron sostuvo su mirada con seriedad.
—Que tu magia no sabe si debe obedecerte… o resistirte.
Eliana se tensó.
—Eso no tiene sentido —dijo—.
Ella ha usado magia antes.
Mucho antes.
—Precisamente —respondió Daeron—.
Y ahí está el problema.
Anna sintió un peso en el pecho.
—Antes… —murmuró.
—Antes tu magia nacía de la soberbia, del control, del miedo a ser débil —dijo Daeron sin rodeos—.
Era poderosa porque no dudabas.
No te cuestionabas.
No temías las consecuencias.
Eliana cerró los ojos.
Anna recordó.
El dominio.
La facilidad.
La sensación de que el mundo debía obedecerle.
—Ahora —continuó Daeron—, quieres usar esa misma magia para proteger.
Para cuidar.
Para no dañar.
—¿Eso es malo?
—preguntó Anna.
—No —respondió él—.
Pero es distinto.
Se incorporó un poco.
—Tu magia siente que la rechazas.
Que la temes.
Que la consideras una prueba de algo que odias de ti misma.
Anna tragó saliva.
—Porque lo es.
Daeron negó con suavidad.
—No.
Es parte de ti.
No de lo que fuiste… sino de lo que eres capaz de ser.
El silencio cayó entre los tres.
Eliana fue la primera en hablar.
—Entonces… ¿qué debe hacer?
Daeron miró a Anna.
—Dejar de pelear con su magia como si fuera un enemigo.
Anna cerró los ojos.
—Cada vez que intento usarla —susurró—, la escucho.
Siento… que me juzga.
Que me recuerda todo lo que hice.
—Porque tú misma te juzgas —respondió Daeron—.
Y la magia no miente.
Solo refleja lo que llevas dentro.
Eliana tomó la mano de Anna con cuidado.
—No tienes que decidirlo ahora —dijo—.
Pero no estás rota.
Anna apretó su mano.
—Tengo miedo —admitió—.
Miedo de que, si dejo de resistirme… vuelva a ser ella.
Daeron se acercó un paso.
—La sombra no eres tú —dijo con firmeza—.
Es lo que quedó cuando intentaste sobrevivir sin amor, sin apoyo, sin nadie que te viera.
Anna abrió los ojos.
—Entonces… ¿por qué sigue ahí?
Daeron respondió sin vacilar: —Porque aún no la has perdonado.
El golpe fue silencioso… pero profundo.
La campana volvió a sonar, anunciando el inicio de las clases.
Eliana se levantó lentamente.
—Tenemos que irnos —dijo.
Anna asintió, aunque su mente seguía en otro lugar.
Mientras caminaban hacia el edificio principal, Anna entendió algo que hasta ahora había evitado aceptar: Su magia no estaba rota.
Estaba esperando.
Esperando a que Anna dejara de huir.
Esperando a que dejara de odiarse.
Esperando a que, por primera vez, se eligiera completa.
Y en lo más profundo de su alma… la sombra sonrió.
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