EL VELO DE LA ROSA - Capítulo 50
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50: Capítulo 48 — El peso del nombre 50: Capítulo 48 — El peso del nombre El despacho del Triunvirato Arcano se alzaba en la torre central de la Academia, un lugar al que pocos estudiantes eran convocados… y casi ninguno sin temblar.
Anna lo sabía.
Las puertas dobles de madera rúnica se abrieron con un murmullo grave, como si la propia magia del lugar reconociera su presencia.
Eliana se detuvo antes de cruzar el umbral, tal como exigía el protocolo.
—Te esperaré aquí —susurró.
Anna asintió y avanzó sola.
El interior era amplio, circular, con ventanales altos que dejaban entrar una luz fría.
Tres asientos elevados dominaban la sala, dispuestos en forma de media luna.
Allí se encontraban los tres altos mandos del consejo estudiantil, la élite de la Academia.
No se levantaron al verla entrar.
El Triunvirato Arcano En el centro, sentado con la espalda recta y las manos entrelazadas, estaba el presidente.
Aurelien Kaelthar.
Hijo del Archimago Kaelthar, custodio del Sello del Norte.
Su sola presencia imponía respeto: cabello plateado recogido, ojos azules casi translúcidos, expresión serena pero calculadora.
No era arrogante… era preciso.
A su derecha, la vicepresidenta.
Seraphina Liorweiss.
Descendiente directa de la Casa Liorweiss, una de las familias mágicas más antiguas del Imperio.
Su mirada violeta era afilada, inquisitiva.
Observaba a Anna como si la estuviera desarmando pieza por pieza.
Y a la izquierda, el secretario.
Tavian Merrow.
Menos imponente a simple vista, pero con una inteligencia peligrosa.
Siempre con una pluma en la mano, registrando cada gesto, cada palabra.
Los rumores decían que sabía más secretos de la Academia que muchos profesores.
Anna avanzó hasta el centro del salón y se detuvo.
—Anna D’Valrienne —dijo Aurelien, rompiendo el silencio—.
Has sido convocada por el Triunvirato Arcano para esclarecer un incidente ocurrido hace tres días.
Seraphina entrecerró los ojos.
—El uso de magia intimidatoria contra un estudiante de alto rango.
Tavian levantó la vista de su pergamino.
—Y la intervención directa en lo que algunos consideran… una disputa menor.
Anna no bajó la mirada.
—¿Puedo hablar con libertad?
—preguntó.
Aurelien inclinó levemente la cabeza.
—Eso dependerá de tus respuestas.
Anna respiró hondo.
—Intervine porque Alistair Vornak estaba abusando de una estudiante —dijo con claridad—.
Verbal y físicamente.
La inmovilizó usando su magia y la humilló públicamente.
Seraphina arqueó una ceja.
—Alistair es heredero de la Casa Vornak.
No es conocido por perder el control.
—Tampoco yo lo era —respondió Anna—.
Y aun así, todos saben lo que fui capaz de hacer.
El silencio se volvió denso.
Tavian anotó algo.
—¿Admites haber usado magia?
—Sí.
—¿Con qué intención?
Anna respondió sin vacilar: —Detener un abuso.
Aurelien apoyó los codos sobre el escritorio.
—Los informes indican que liberaste una presión mágica considerable.
Suficiente para que varios estudiantes sintieran… temor.
Anna cerró los dedos.
—No fue para intimidarlos —dijo—.
Fue para interponerme.
Si hubiera dudado, ella habría salido herida.
Seraphina se inclinó hacia adelante.
—Curioso.
—Su voz era suave, pero cortante—.
Durante años usaste ese mismo poder para hacer lo contrario.
Ahí estaba.
La sombra del pasado, dicha en voz alta.
Anna sostuvo su mirada.
—Por eso mismo no podía mirar a otro lado.
Aurelien observó a Anna durante varios segundos.
No había hostilidad abierta en su rostro… pero tampoco confianza.
—Hemos escuchado los rumores —dijo finalmente—.
La ciudad del sur.
La pandemia.
Tu liderazgo.
Tavian añadió: —Testimonios corroborados.
Firmas de médicos, soldados, incluso ciudadanos comunes.
Seraphina cruzó los brazos.
—Pero los rumores no borran antecedentes.
Anna inclinó la cabeza apenas.
—No lo espero.
Ese gesto, mínimo, descolocó a Seraphina.
—Entonces dime, Anna D’Valrienne —continuó la vicepresidenta—.
¿Qué eres ahora?
Anna tardó un segundo en responder.
—Alguien que ya no huye de lo que fue —dijo—, pero que tampoco quiere repetirlo.
Aurelien cerró los ojos brevemente, como si sopesara algo.
—Este consejo no está aquí para juzgar tu redención —dijo—.
Está aquí para evaluar el riesgo.
Abrió los ojos.
—Y tú… eres una variable peligrosa.
Anna lo sabía.
—Lo soy —admitió—.
Porque no volveré a quedarme quieta si alguien usa su poder para aplastar a otro.
Tavian dejó la pluma.
—Eso te pone en conflicto directo con el orden establecido.
—Entonces el orden está equivocado —respondió Anna.
Silencio absoluto.
Seraphina sonrió apenas.
No una sonrisa amable… sino interesada.
—Eres distinta —admitió—.
No sé si mejor.
Pero distinta.
Aurelien se puso de pie.
—No habrá sanción formal —anunció—.
Por ahora.
Anna alzó la vista.
—Pero —continuó él—, cada uno de tus actos será observado.
Cada uso de magia.
Cada intervención.
—Lo acepto.
—Y una cosa más —añadió Aurelien—.
El Triunvirato no es tu enemigo… pero tampoco tu aliado.
Anna asintió.
—Nunca lo supuse.
Las puertas se abrieron a sus espaldas.
—Puedes retirarte —dijo Tavian—.
Anna D’Valrienne.
Anna dio media vuelta y caminó hacia la salida.
Cuando las puertas se cerraron, Seraphina habló: —¿De verdad crees que cambió?
Aurelien respondió sin mirarla.
—No lo sé.
Tavian retomó la pluma.
—Pero si no lo hizo… será un desastre.
—Y si lo hizo —añadió Seraphina—… será algo aún más peligroso.
Aurelien sonrió levemente.
—Una líder.
Fuera del despacho, Anna exhaló por primera vez en minutos.
Eliana se acercó de inmediato.
—¿Qué pasó?
Anna la miró.
—Ahora saben que no voy a retroceder.
Y en lo alto de la torre, la Academia entera pareció contener el aliento.
Porque Anna D’Valrienne acababa de entrar, no solo a una escuela… sino al juego del poder.
Patio de practica de la academia.
El patio de prácticas secundario estaba casi vacío a esa hora.
No porque no fuera usado, sino porque nadie quería estar cerca de Anna D’Valrienne cuando se trataba de magia.
Eso, irónicamente, lo hacía perfecto.
—Bien —dijo Daeron, arremangándose la túnica—.
Regla número uno: no intentes controlar la magia como antes.
Anna frunció el ceño.
—¿Y cómo se supone que lo haga entonces?
—Como una persona normal —respondió él—.
Respira.
Siente el flujo.
No lo aprietes como si fuera un arma.
Marien asentía con fuerza, nerviosa pero decidida.
—Mi padre siempre decía que la magia es como… agua.
Si la aprietas, se escapa.
Anna cerró los ojos.
—La mía siempre fue más como fuego.
—Precisamente —intervino Eliana, apoyada contra una columna—.
Intentemos que no incendies nada hoy, ¿sí?
Anna abrió un ojo.
—Qué alentadora eres.
Eliana sonrió con inocencia peligrosa.
—Confío plenamente en ti.
—Eso no sonó sincero.
—Porque no lo fue.
Daeron suspiró.
—Concéntrate.
Solo una chispa.
Nada más.
Anna cerró los ojos.
Respiró.
Al principio, no ocurrió nada.
Luego, una sensación tibia comenzó a expandirse desde su pecho, como si algo despertara después de un largo sueño.
No era dolor, ni presión.
Era… presencia.
El aire a su alrededor vibró apenas.
Marien tragó saliva.
—E-está funcionando… Un hilo de energía, casi imperceptible, recorrió el brazo de Anna hasta su mano abierta.
La luz que se formó no era intensa, sino inestable, como una llama que no decide su forma.
—Eso es —murmuró Daeron—.
Mantén ese nivel.
No avances más.
Anna asintió, concentrada.
Pero entonces… la magia dudó.
El hilo luminoso comenzó a ramificarse, como si buscara salidas.
La temperatura del aire subió de golpe.
El suelo bajo sus pies vibró con un crujido sordo.
—Anna… —advirtió Eliana—.
Se está acelerando.
—Estoy intentando detenerlo… —respondió ella, tensando los dedos.
El flujo se volvió errático.
Pequeñas chispas saltaron de su mano, golpeando el suelo, las columnas cercanas… y los bordes del círculo.
—¡Cierra el canal!
—ordenó Daeron—.
¡Ahora!
Anna intentó cortar la conexión.
Fue peor.
La magia, privada de dirección, se expandió.
Una onda de calor explotó desde el centro, acompañada de un estallido seco.
BOOM.
El impacto los lanzó a todos hacia atrás.
Eliana cayó de rodillas, protegiéndose el rostro.
Marien fue empujada contra una columna, su túnica ennegrecida.
Daeron rodó por el suelo, cubierto de polvo y hollín.
Y Anna… quedó en el centro, inmóvil, envuelta en humo.
Cuando el polvo comenzó a asentarse, el patio parecía un campo de entrenamiento recién bombardeado.
Silencio.
Luego, una tos.
—Cof… cof… —Marien levantó la cabeza—.
¿E-estamos… vivos?
Eliana miró sus mangas chamuscadas.
—Técnicamente… sí.
Daeron se incorporó lentamente, cubierto de ceniza, con la expresión de alguien que acaba de replantearse todas sus decisiones de vida.
—Anna D’Valrienne… —dijo con una calma peligrosa—.
Te pedí una chispa.
No una declaración de guerra.
Anna bajó la mirada, viendo cómo una pequeña llama se apagaba sola en su palma.
—Yo… estaba segura de que esta vez funcionaría… Marien parpadeó.
Luego comenzó a reír.
—¡Míranos!
—se llevó una mano al estómago—.
¡Parecemos salidos de un experimento fallido!
Eliana intentó mantenerse seria.
No lo logró.
—¡JAJAJA!
—se dobló hacia adelante—.
¡Anna, tu ceja…!
Anna tocó su rostro.
—¿Mi ceja?
—Chamuscada —confirmó Daeron—.
Igual que mi paciencia.
Antes de que Anna pudiera responder, una sombra imponente apareció en el acceso del patio.
—¿¡ANNA!?
—rugió Garoum, avanzando con la lanza lista.
Se detuvo.
Miró alrededor.
El suelo quemado.
El humo flotando.
Daeron cubierto de hollín.
Marien apoyada en la columna, riendo sin control.
Eliana con el rostro manchado de ceniza.
Y a Anna… con el cabello erizado y expresión culpable.
Garoum parpadeó.
Luego exhaló.
Y rió.
—Hah… —una risa grave—.
Veo que la lección fue… intensa.
Daeron lo señaló.
—¡No es gracioso!
—Lo es —respondió Garoum—.
Porque siguen de pie.
Anna cruzó los brazos, inflando las mejillas.
—No se rían… Eliana se acercó y le acomodó con cuidado un mechón quemado.
—No nos reímos de ti —dijo—.
Nos reímos porque nadie salió huyendo.
Anna dudó.
Luego soltó una risa pequeña.
Torpe.
Honesta.
Su magia no había obedecido.
Pero tampoco había sido miedo.
Solo… un primer paso mal dado.
Y esta vez, no estaba sola para levantarse.
La noche había caído sobre la Academia con una calma extraña, como si incluso los pasillos de mármol necesitaran descansar después de un día tan largo.
El baño comunal del ala oeste estaba casi vacío.
El vapor se elevaba lentamente desde la gran tina de piedra, mezclándose con el aroma tenue de hierbas relajantes.
La luz de las lámparas flotantes era suave, dorada, sin dureza.
Anna se hundió en el agua caliente con un suspiro que no pudo contener.
—… necesitaba esto —murmuró.
Eliana ya estaba dentro, apoyada contra el borde, el cabello recogido de forma descuidada.
Marien dudó un segundo antes de entrar, visiblemente nerviosa, pero cuando el agua tocó sus hombros, su tensión se disipó poco a poco.
—Nunca pensé que… —comenzó Marien, bajando la voz— estaría aquí con ustedes.
Anna giró ligeramente la cabeza.
—¿Por qué?
Marien se encogió de hombros.
—Antes… tú dabas miedo.
Incluso cuando no decías nada.
Eliana sonrió con suavidad.
—A muchos nos pasaba.
El silencio cayó, pero no era incómodo.
Era de esos silencios que solo existen cuando nadie necesita fingir.
El agua se movía apenas con sus respiraciones.
—¿Sabes qué es lo más raro?
—dijo Marien al cabo de un momento—.
Verte así.
Tranquila.
Riendo hoy… equivocándote.
Anna cerró los ojos.
—Yo tampoco pensé que llegaría a vivir algo así.
Eliana la miró de reojo.
—Antes nunca te habrías permitido fallar delante de nadie.
—Porque fallar significaba perder control —respondió Anna—.
Y perder control… significaba volver a ser débil.
Marien jugueteó con el agua entre sus dedos.
—Pero hoy… nadie te dejó sola.
Anna abrió los ojos.
—Eso fue lo que más me asustó —confesó—.
Y lo que más me alivió.
Eliana se acercó un poco más, apoyando el hombro contra el de Anna.
—No tienes que ser fuerte todo el tiempo —dijo—.
Aquí no.
Marien asintió con timidez.
—Para mí… hoy fue la primera vez que sentí que estaba a salvo en esta academia.
Anna bajó la mirada.
—Eso… significa más de lo que crees.
Las tres se quedaron allí, en silencio, escuchando el leve chapoteo del agua, el crepitar distante de las lámparas mágicas.
No había títulos.
No había rumores.
No había pasado.
Solo tres chicas compartiendo un momento que, para cualquiera más, habría sido trivial… pero para ellas era algo casi irreal.
Marien sonrió, relajada al fin.
—Ojalá… más noches fueran así.
Anna apoyó la cabeza contra el borde de piedra.
—Tal vez lo sean.
Eliana cerró los ojos.
—Si seguimos siendo honestas… sí.
El vapor siguió elevándose, envolviéndolas como un manto protector.
Y por primera vez en mucho tiempo, Anna no pensó en la sombra.
Solo en el calor del agua.
En las risas suaves.
Y en la certeza de que, incluso en un lugar hostil… había encontrado un pequeño refugio.
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