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EL VELO DE LA ROSA - Capítulo 51

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  4. Capítulo 51 - 51 Capítulo 49 Cuando la venganza aprende a susurrar
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51: Capítulo 49 Cuando la venganza aprende a susurrar 51: Capítulo 49 Cuando la venganza aprende a susurrar La Academia no atacaba de frente.

Nunca lo había hecho.

Los muros de mármol seguían impecables, los salones ordenados, las clases se desarrollaban con normalidad.

Nadie gritaba el nombre de Anna.

Nadie la insultaba abiertamente.

Nadie se atrevía a cruzar esa línea.

Pero el pasado sabía esperar.

Anna lo sintió desde la mañana.

Su asiento, ligeramente desplazado.

Un libro que no estaba donde lo había dejado.

El murmullo que se detenía justo cuando entraba al aula.

Nada que pudiera denunciar.

Nada que pudiera señalar.

—¿Te pasa algo?

—susurró Eliana, inclinándose un poco hacia ella.

Anna negó con la cabeza.

—No… solo es esta academia siendo ella misma.

Eliana frunció el ceño, pero no insistió.

Fue durante el receso cuando ocurrió lo primero.

Anna dejó su bolso apoyado junto a una columna, como siempre, y se alejó unos pasos para hablar con Marien.

No tardó más de dos minutos.

Cuando regresó, lo notó.

El cierre estaba abierto.

Dentro, sus pergaminos estaban revueltos, doblados, algunos manchados con tinta derramada de forma torpe.

No arruinados del todo.

No lo suficiente como para justificar un escándalo.

Solo… tocados.

Anna se quedó quieta.

—¿Qué pasa?

—preguntó Marien, acercándose.

Anna sacó uno de los pergaminos.

Reconocía esa caligrafía.

No la letra… sino la intención.

El descuido fingido.

El desorden calculado.

—Nada —respondió con calma—.

Alguien fue curioso.

Marien apretó los labios.

—Eso no es curiosidad.

Anna guardó los papeles con cuidado.

—No.

Es un mensaje.

Desde el otro extremo del patio, una risa baja se elevó.

Anna alzó la mirada.

Alistair estaba apoyado contra una baranda, rodeado de dos estudiantes que ella reconocía demasiado bien.

Rostros que habían temblado ante ella en el pasado.

Voces que se habían quebrado bajo sus palabras.

Ahora la miraban con algo distinto.

No miedo.

Expectativa.

Alistair no hizo nada.

No habló.

No se movió.

Solo levantó ligeramente su copa de cristal, como si brindara.

Anna apartó la mirada.

—No les respondas —murmuró Marien—.

Eso es lo que quieren.

Anna asintió.

Pero el mensaje no terminó ahí.

Durante la siguiente clase, encontró su asiento marcado con pequeñas motas de cera endurecida.

Alguien había dejado caer una vela encendida… después de que ella se levantara.

En la biblioteca, un tomo que necesitaba había sido cambiado de estante.

No perdido.

Solo desplazado.

En los pasillos, alguien chocó con ella “sin querer”, derramando agua sobre el borde de su túnica.

—Lo siento —dijo una voz sin mirarla—.

No te vi.

Anna cerró los dedos.

Cada gesto era pequeño.

Cada acción, infantil.

Pero todas juntas formaban algo claro.

La Academia no la estaba probando.

La estaba tentando.

—Quieren que reacciones —dijo Eliana esa tarde, cuando Anna se secaba la manga con un paño—.

Quieren que pierdas la calma.

Anna asintió lentamente.

—Porque si lo hago… —murmuró—, podrán decir que nunca cambié.

Marien bajó la voz.

—¿Por qué ahora?

Anna miró hacia el ventanal.

Alistair pasaba por el patio inferior, hablando animadamente con un grupo de estudiantes.

Entre ellos, algunos que ella recordaba de rodillas, llorando, pidiendo que se detuviera.

—Porque ahora —respondió Anna— creen que pueden vengarse.

Eliana la miró con preocupación.

—¿Y tú?

Anna respiró hondo.

—Yo… voy a aguantar.

No porque fuera fuerte.

Sino porque entendía, por primera vez, lo que significaba realmente estar en esa Academia.

No era un lugar para aprender magia.

Era un lugar que no perdonaba a quienes se atrevían a cambiar.

Y mientras Alistair observaba desde lejos, satisfecho, Anna supo que esto solo era el comienzo.

No la atacarían como enemigos.

La atacarían como víctimas que habían aprendido a golpear desde la sombra.

Cuando la mentira aprende a caminar sola Los rumores no nacieron con ruido.

Aparecieron como aparecen las grietas en el mármol: finas, casi invisibles… hasta que alguien las pisa.

Anna lo notó al tercer día.

No porque alguien la enfrentara.

Sino porque las miradas cambiaron.

Ya no eran solo cautelosas.

Eran desconfiadas.

En el comedor, conversaciones que se apagaban cuando pasaba.

En los pasillos, risas que no la miraban, pero que claramente hablaban de ella.

En las aulas, cuchicheos que se propagaban como una corriente invisible.

—¿Escuchaste…?

—Dicen que es todo una actuación.

—Siempre fue buena manipulando a la gente.

Anna mantuvo la vista al frente.

Eliana, a su lado, sí escuchó.

—No les hagas caso —murmuró—.

Son solo palabras.

Anna apretó los labios.

—Las palabras son lo que más daño hacía antes —respondió en voz baja—.

Lo sé mejor que nadie.

Ese mismo día, Marien llegó pálida al jardín donde solían reunirse.

—Anna… —dijo, dudando—.

Hay algo que deberías saber.

Anna alzó la mirada.

—Dime.

Marien respiró hondo.

—Dicen que… —tragó saliva— que tratas mal a Eliana cuando nadie mira.

Que la tienes amenazada.

Que si habla… la destruirías.

El silencio cayó como un golpe seco.

Eliana se detuvo en seco.

—¿Qué…?

—Que todo esto —continuó Marien— es una farsa.

Que sigues siendo la misma.

Solo que ahora… más cuidadosa.

Anna cerró los ojos.

No por sorpresa.

Por cansancio.

—¿Quién lo dice?

—preguntó Eliana, con el tono afilado.

Marien negó.

—Eso es lo peor.

Nadie en concreto.

Todos repiten que “alguien escuchó”, que “un profesor dijo”, que “una sirvienta lo vio”.

Anna exhaló lentamente.

—Así funciona —dijo—.

Cuando no puedes atacar a alguien… atacas su historia.

Ese mismo rumor creció.

En la biblioteca, dos estudiantes hablaban sin verla.

—¿Y si la pandemia fue exagerada?

—Mi primo dice que fueron sus hermanos los que tomaron las decisiones.

—Claro.

Ella solo apareció al final.

Siempre fue buena apropiándose de méritos.

Anna se detuvo un segundo.

No giró.

Siguió caminando.

Más tarde, en una clase de teoría mágica, escuchó lo peor.

—¿Sabes qué pienso?

—susurró un alumno—.

Que todo esto del “cambio” es solo otra forma de reírse de nosotros.

—¿Por qué?

—Porque cuando baje la guardia… hará lo mismo que antes.

Pero peor.

La vieja Anna habría sonreído ante eso.

La nueva… sintió un nudo en el pecho.

Eliana la miró, preocupada.

—Anna… —No —dijo ella en voz baja—.

Déjalo.

Porque entonces lo entendió.

Esto ya no era venganza infantil.

No eran libros movidos ni tinta derramada.

Era desprestigio.

Era borrar su esfuerzo.

Quitarle la voz.

Convertirla de nuevo en un monstruo… aunque no lo fuera.

Y detrás de todo, sin mancharse las manos, Alistair observaba.

En el patio central, rodeado de oyentes atentos, hablaba con falsa ligereza.

—Yo solo digo que la gente no cambia tan fácil —comentó, encogiéndose de hombros—.

Y menos alguien como ella.

—Pero salvó una ciudad… —dijo alguien con duda.

Alistair sonrió.

—¿Ella?

¿O su apellido?

Las risas fueron bajas.

Cómplices.

Anna los vio desde la distancia.

No con ira.

Con algo peor.

Con la certeza de que esta vez, el enemigo no quería que explotara.

Quería que dudara.

Que se defendiera.

Que hablara.

Porque cualquier palabra suya sería usada en su contra.

Esa noche, en su habitación, Anna se sentó al borde de la cama.

El silencio pesaba.

—Empieza —susurró—.

Ya empezó.

Eliana se sentó a su lado.

—No estás sola.

Anna asintió.

—Lo sé.

Pero ahora entiendo algo… —¿Qué?

Anna levantó la mirada.

—Que cambiar no significa que el mundo te perdone.

Significa que tendrás que soportar que te odien sin darles razones nuevas.

Y mientras los rumores seguían creciendo, invisibles pero imparables, una cosa quedó clara: La Academia no iba a destruir a Anna con castigos.

Iba a hacerlo con palabras.

La azotea de la Academia estaba casi siempre vacía.

No porque estuviera prohibida, sino porque nadie subía allí sin un motivo claro.

Demasiado viento.

Demasiado cielo.

Demasiado silencio.

Anna cerró la puerta tras de sí y apoyó la espalda contra la piedra fría.

Por primera vez en días, no había miradas.

No había murmullos.

No había pasos siguiéndola.

Solo el viento moviendo su capa.

Avanzó hasta el borde y se dejó caer sentada, con las piernas colgando hacia el vacío controlado del patio inferior.

Apoyó los antebrazos sobre las rodillas y bajó la cabeza.

No lloró.

Todavía no.

Respiró.

Lento.

Profundo.

Como quien intenta expulsar palabras clavadas bajo la piel.

—No soy de acero… —murmuró, casi molesta consigo misma.

Sabía cómo debía verse.

Lo había aprendido siendo la otra Anna.

Una noble fuerte no se quiebra.

Una figura temida no duda.

Y alguien como ella, si mostraba debilidad… sería devorada.

Así funcionaba ese mundo.

Pero el saberlo no hacía que doliera menos.

Las palabras seguían ahí.

Pegajosas.

Persistentes.

Manipuladora.

Farsante.

La misma de siempre.

Anna cerró los ojos con fuerza.

—Ya no soy eso… —susurró—.

Pero no puedo arrancarlo de sus cabezas.

El viento le despeinó el cabello.

Frío.

Real.

Entonces escuchó pasos.

No rápidos.

No sigilosos.

Pasos seguros, que no tenían prisa ni intención de esconderse.

Anna no se giró.

—Si vienes a decirme que baje —dijo sin levantar la vista—, no lo haré.

—No es mi intención.

La voz era calmada.

Grave.

Medida.

Anna abrió los ojos lentamente.

Aurelien, presidente del Consejo de la Academia, se detuvo a unos pasos de distancia.

No vestía ostentosamente.

No llevaba escolta.

Solo el uniforme impecable… y una mirada que no juzgaba.

—No suelo encontrar a nadie aquí arriba —continuó—.

Y menos a ti.

Anna soltó una breve risa sin humor.

—Supongo que ya no encajo bien en ningún sitio.

Aurelien no respondió de inmediato.

Caminó hasta el borde opuesto, apoyó una mano sobre la baranda de piedra y miró el cielo encapotado.

—He visto lo que ha pasado —dijo finalmente—.

No de frente.

Así nunca ocurre lo importante.

Lo he visto… desde los márgenes.

Anna tensó la mandíbula.

—Entonces ya sabrás lo que dicen.

—Lo sé.

Silencio.

—Y aun así subiste.

Aurelien la miró por primera vez directamente.

—Porque también vi algo más.

Anna alzó una ceja, cansada.

—¿Ah, sí?

—Debilidad.

La palabra cayó sin filo.

Sin crueldad.

Anna giró el rostro hacia él de golpe.

—¿Eso es lo que ven ahora?

—preguntó, con una risa amarga—.

¿Que al fin me quebré lo suficiente como para decepcionarlos?

Aurelien negó lentamente.

—No.

Eso es lo que yo vi.

Y es precisamente lo que no esperaba.

Anna se quedó inmóvil.

—La Anna que conocí antes —continuó— jamás habría subido aquí a esconderse.

Habría bajado, sonreído… y hecho que alguien pagara.

Las palabras no la acusaban.

Constataban.

—Tú no lo hiciste —dijo él—.

Te fuiste.

Anna apartó la mirada.

—Porque si me quedaba… —su voz bajó— podía volver a ser ella.

Aurelien observó eso en silencio.

No vio arrogancia.

No vio cálculo.

Vio cansancio.

—Eso es lo que me hizo dudar —admitió—.

No de los rumores.

De mi recuerdo.

Anna cerró los puños.

—No necesito que confíes en mí.

—Lo sé.

—Ni que me defiendas.

—También lo sé.

Aurelien respiró hondo.

—Pero sí necesito saber una cosa.

Anna lo miró, expectante.

—¿Cuánto estás dispuesta a soportar… sin convertirte de nuevo en lo que todos temen?

La pregunta no tenía trampa.

Tenía peso.

Anna tardó en responder.

Miró el cielo.

El viento.

El vacío bajo sus pies.

—No lo sé —dijo al fin—.

Pero sí sé algo.

Aurelien esperó.

—No voy a volver atrás —continuó—.

Aunque me odien.

Aunque me inventen mentiras.

Aunque me quiten todo lo que no sea quien soy ahora.

Su voz tembló apenas.

—Porque si cedo… entonces ellos tendrán razón.

Aurelien asintió lentamente.

—Entonces no estás sola como crees.

Anna frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir?

—Que el Consejo observa —respondió—.

Y no todos están sordos al cambio.

Pero este lugar… —miró la Academia— no perdona rápido.

Se giró para marcharse.

—Descansa, Anna D’Valrienne.

La verdadera prueba no es sobrevivir a los rumores.

Se detuvo en la puerta.

—Es no permitir que te definan otra vez.

La puerta se cerró.

Anna quedó sola.

Esta vez, dejó que el aire le quemara los ojos.

Una sola lágrima cayó… y se perdió en el viento.

Pero no fue de derrota.

Fue de resistencia.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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