EL VELO DE LA ROSA - Capítulo 52
- Inicio
- Todas las novelas
- EL VELO DE LA ROSA
- Capítulo 52 - Capítulo 52: Capítulo 50 Cuando el abuso cambia de objetivo
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 52: Capítulo 50 Cuando el abuso cambia de objetivo
Academia… pasillo este
El corredor lateral del ala este siempre estaba vacío a esa hora.
Demasiado lejos de las aulas principales.
Demasiado cerca de los dormitorios de servicio.
Marien lo sabía, y aun así había pasado por ahí.
Llevaba los libros apretados contra el pecho, caminando rápido, con la cabeza baja. Desde que se había acercado a Anna, había aprendido a reconocer ciertas miradas. Las que no juzgan en voz alta, pero esperan el momento correcto.
Ese momento llegó cuando escuchó pasos detrás de ella.
—Oye… ¿no eres la chica nueva?
Marien se detuvo.
Tres estudiantes bloqueaban el pasillo cuando se giró.
Dos rubias, una de cabello negro recogido en una trenza perfecta. Todas vestían el uniforme impecable de la Academia, con el aire despreocupado de quien nunca ha temido las consecuencias.
La que habló primero dio un paso adelante.
—Marien, ¿verdad? —sonrió, pero sus ojos eran fríos—. Soy Clarisse Veythorn.
—Y yo Ilyra Fenross —añadió otra, ladeando la cabeza—. Ella es Nessa Auldrin.
Marien tragó saliva. Conocía esos apellidos. Casas antiguas. Influyentes.
No eran las más altas… pero estaban lo suficientemente arriba como para no preocuparse por una plebeya.
—¿Necesitan algo? —preguntó, intentando mantener firme la voz.
Clarisse soltó una risa suave.
—Solo curiosidad. Nos preguntábamos… ¿qué se siente ser la nueva mascota de Anna D’Valrienne?
Las palabras golpearon más fuerte de lo que Marien esperaba.
—¿Mascota…? —repitió.
Ilyra dio un paso más, acorralándola contra la pared.
—Vamos, no te hagas la tonta. Antes Anna usaba a la gente como tú para limpiar pasillos.
Ahora parece que las colecciona para fingir que es buena persona.
Nessa chasqueó la lengua.
—Debe ser cómodo, ¿no? Tener a la antigua noble cruel protegiéndote.
Como un perro bien entrenado.
Marien sintió cómo el miedo le subía por la espalda.
Pero algo distinto ardió en su pecho.
No era rabia por ella.
Era rabia por Anna.
—Cállense —dijo, antes de darse cuenta de que lo estaba diciendo.
Las tres se quedaron en silencio un segundo… y luego rieron.
—¿Qué dijiste? —preguntó Clarisse, acercándose demasiado.
Marien apretó los puños.
—Ustedes no saben nada.
Anna no me protege para sentirse superior. Ella estuvo ahí cuando nadie más lo estuvo.
Mientras ustedes se escondían tras apellidos, ella estaba entre los enfermos y los muertos.
El aire se tensó.
Ilyra le empujó los libros al suelo.
—Mira cómo habla —escupió—. Ya se cree alguien.
Clarisse alzó la mano.
—Te crees valiente porque repites historias bonitas.
Pero al final del día sigues siendo una plebeya… y ella sigue siendo la misma de siempre.
—No —respondió Marien, con la voz temblando pero firme—.
La que ustedes recuerdan ya no existe.
El silencio fue abrupto.
—Eso… —dijo Nessa con una sonrisa peligrosa— …lo decides tú ahora.
—No.
Una voz nueva cortó el pasillo como una cuchilla.
Las cuatro se giraron.
Un joven de cabello castaño oscuro se acercaba con paso firme. Su uniforme no era ostentoso, pero llevaba el emblema de su casa con orgullo contenido.
—Aléjense de ella.
Clarisse frunció el ceño.
—¿Y tú quién eres?
—Ruvan Carthus de Varn —respondió sin elevar la voz—.
Y no creo que este espectáculo les convenga.
Ilyra rió con desdén.
—¿Varn? Tu familia apenas roza la nobleza alta.
Ruvan dio un paso más.
—La mía estuvo en la ciudad del sur durante la pandemia.
Y sé exactamente qué tipo de personas se esconden detrás de burlas como estas.
Clarisse apretó los labios.
—No es asunto tuyo.
—Lo es —replicó— cuando tres nobles acorralan a una estudiante sola.
Y más aún cuando lo hacen para atacar a alguien que no está presente.
Por primera vez, las miradas alrededor empezaban a acumularse.
Susurros. Pasos que se detenían.
Nessa fue la primera en retroceder.
—No vale la pena —murmuró.
Clarisse miró a Marien con desprecio.
—Esto no termina aquí.
—Nunca lo hace —respondió Ruvan.
Las tres se marcharon, el sonido de sus pasos duros y rápidos resonando en el pasillo.
Marien se dejó caer contra la pared, respirando con dificultad.
Ruvan se agachó para recoger sus libros.
—¿Estás bien?
Ella asintió lentamente.
—Gracias… yo…
—No me agradezcas —dijo, entregándole los libros—.
Si alguien se atrevió a enfrentarse a lo que Anna D’Valrienne fue…
lo mínimo que podemos hacer es no permitir que destruyan lo que es ahora.
Marien apretó los libros contra su pecho.
Por primera vez desde que entró a la Academia,
no se sintió sola.
Y en algún lugar del edificio, sin saberlo,
Anna D’Valrienne había ganado otro aliado…
no con poder,
sino con el ejemplo.
—Ala sur: habitación vacía—
El aula secundaria de teoría elemental estaba vacía a esa hora.
No porque nadie la usara, sino porque nadie importante solía hacerlo. Era un espacio olvidado dentro de la Academia: bancos de madera gastados, ventanales opacos por el polvo, una pizarra con marcas antiguas de hechizos mal ejecutados.
Era perfecta para lo que estaban a punto de hacer.
Marien fue la primera en llegar. Se sentó cerca de la ventana, abrazando sus libros contra el pecho. Aún sentía el eco de las voces burlonas, pero esta vez no lloró. No quería hacerlo.
Eliana entró poco después, cerrando la puerta con cuidado. Su mirada fue directa hacia Marien; no necesitó preguntar nada. Se sentó a su lado y le tomó la mano con firmeza.
—Ya lo sé —dijo en voz baja—. Ruvan me contó.
Ruvan Carthus de Varn apareció enseguida, seguido por Daeron.
La presencia de Daeron cambió el ambiente de inmediato. No vestía con ostentación, pero su porte era inconfundible. Noble, sí… pero uno que había caminado entre cadáveres, hospitales improvisados y noches sin dormir durante la pandemia.
Tras ellos entraron Sereth Malven, de familia comerciante que había financiado suministros médicos en el sur, y Kael Rhoden, hijo de un magistrado que había desobedecido órdenes imperiales para proteger civiles.
Cinco personas.
Demasiado pocas para una rebelión abierta.
Suficientes para algo más peligroso: decisión consciente.
—Anna no sabe nada de esto —dijo Eliana de inmediato—. Y no debe saberlo. Si se entera, lo detendrá.
Daeron asintió lentamente.
—Porque sigue creyendo que esto es su castigo personal. Que debe soportarlo sola.
Ruvan apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Y porque todavía piensa que, si se defiende, volverá a ser la Anna que todos temen.
Marien alzó la vista, reuniendo valor.
—Pero eso no es verdad —dijo—. Yo la vi… cuando nadie más la veía. No usa su poder para aplastar. Lo usa para proteger.
Si la dejamos sola, esta academia la va a romper. No con magia. Con rumores. Con aislamiento.
Sereth frunció el ceño.
—Los ataques no son casuales. Las chicas que la acosaron hoy no actuaron solas.
Alguien está empujando esto desde arriba.
Kael cruzó los brazos.
—Así funciona este lugar. Primero desacreditan. Luego esperan.
Esperan a que el objetivo se quiebre por sí solo.
El silencio se volvió pesado.
Daeron dio un paso al frente. Su voz era firme, pero cargada de algo más profundo.
—Yo perdí a mi hermana por culpa de lo que Anna fue —dijo sin rodeos—.
Y aun así… si no fuera por lo que Anna es ahora, habría muerto mucha más gente.
Miró a cada uno.
—No voy a permitir que la destruyan para sentirse cómodos con su propia cobardía.
Marien apretó los libros contra su pecho.
—¿Y qué podemos hacer…? —preguntó—. No somos poderosos.
Daeron negó.
—No todavía. Pero podemos hacer algo igual de peligroso.
Ruvan levantó una ceja.
—Presencia.
—Exacto —respondió Daeron—. Apoyo constante. Visibilidad.
Si intentan aislarla, estaremos ahí.
Si mienten, alguien escuchará la verdad.
Si atacan… no será en silencio.
Sereth asintió.
—No somos una facción oficial. Y eso nos protege.
Kael añadió:
—Somos testigos.
Y nada asusta más a un sistema corrupto que alguien que recuerda.
Eliana apretó la mano de Marien.
—No vamos a convertir a Anna en una bandera.
Pero tampoco dejaremos que la vuelvan a hundir sola.
Nadie discutió eso.
No hubo juramentos solemnes.
No hubo discursos heroicos.
Solo una certeza compartida:
Anna D’Valrienne ya no peleaba sola.
Y aunque ella aún no lo sabía,
la Academia acababa de cruzar una línea invisible.
Porque cuando incluso quienes antes dudaban deciden actuar…
el mundo empieza a moverse.
—El Umbral de Gravenwald—
El patio central de la Academia Real estaba lleno como pocas veces.
Estandartes colgaban de las torres, marcados con los sellos de las casas mágicas y del propio Imperio. Profesores, instructores y estudiantes se agrupaban alrededor de una plataforma elevada donde un enorme mapa flotante giraba lentamente, mostrando una extensión boscosa cubierta de neblina oscura.
—Atención.
La voz del instructor principal, Maestre Caldevir, resonó amplificada por magia.
—La misión de campo de este ciclo no será una simulación. Tampoco una excursión controlada.
Hoy cruzarán el Umbral de Gravenwald.
Un murmullo recorrió a los estudiantes.
Incluso los más confiados tensaron la espalda.
—Gravenwald es un bosque vivo —continuó Caldevir—.
Criaturas territoriales. Distorsiones mágicas. Visibilidad reducida.
Su objetivo es simple: atravesarlo en equipos de cinco y llegar al punto de extracción del lado opuesto.
Un gesto suyo hizo aparecer pequeñas gemas flotantes frente a cada alumno.
—Cada uno recibirá una piedra de teletransporte.
Úsenla solo si su vida corre peligro real. Activarla significa abandonar la prueba y fallar la misión.
Pausa.
—No se evalúa fuerza individual.
Se evalúa coordinación, liderazgo, toma de decisiones y control emocional.
Anna escuchaba en silencio, con las manos entrelazadas frente a ella.
Sabía lo que venía.
—Los equipos serán asignados al azar.
Las runas del mapa comenzaron a brillar. Nombres aparecieron y se disolvieron una y otra vez hasta fijarse en combinaciones definitivas.
Cuando el nombre Anna D’Valrienne apareció, varias miradas se giraron al instante.
Y ninguna fue de alivio.
El equipo asignado
Cinco personas se reunieron a un costado del patio.
Anna reconoció a todos… y eso no la tranquilizó.
Lyra Feldane —maga de viento, expresión fría
Mireth Kaelor —maga de apoyo, mirada desconfiada
Roland Varkas —paladín, serio, rígido
Cedric Halvor —caballero, alto, ancho de hombros, con la insignia militar de su padre bordada en la capa
Cedric fue el primero en hablar.
—Bien. Yo tomaré el mando.
Ni siquiera lo dijo como propuesta.
Anna levantó la mirada, pero no respondió.
Cedric la miró de arriba abajo.
—Escuchen bien. Gravenwald no es lugar para juegos psicológicos ni reputaciones falsas.
Aquí seguimos órdenes claras o morimos.
Lyra cruzó los brazos.
—Mientras no tengamos que improvisar con ella… —dijo, sin mirar directamente a Anna.
Mireth asintió en silencio.
Roland habló con voz grave:
—No tengo nada personal contra ti, D’Valrienne.
Pero todos vimos cómo eras antes. No me siento cómodo confiando mi espalda a alguien así.
El silencio fue espeso.
Anna respiró hondo.
—No les pediré que confíen en mí —dijo finalmente—.
Solo que no me estorben… y que no pongan en riesgo al grupo.
Cedric soltó una risa corta.
—Vaya. La noble cruel ahora habla de cooperación.
Dio media vuelta.
—Mantente atrás. Si sabes lanzar hechizos útiles, hazlo.
Pero no intentes liderar nada.
Anna no respondió.
No porque no tuviera palabras.
Sino porque conocía demasiado bien ese tono.
Lo había usado ella misma…
años atrás.
Cuando el cuerno de salida resonó y los equipos comenzaron a marchar hacia los portales de acceso al bosque, Anna miró una última vez el mapa flotante de Gravenwald.
Niebla espesa.
Sombras en movimiento.
Marcas de criaturas no identificadas.
Esta vez no tenía a Eliana cerca.
Ni a Garoum vigilando su espalda.
Ni a Daeron para equilibrar el grupo.
Solo tenía algo distinto.
La Anna que había aprendido a sobrevivir sin aplastar.
Y Gravenwald no iba a juzgarla por rumores.
Lo haría por acciones.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com