Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior

EL VELO DE LA ROSA - Capítulo 53

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. EL VELO DE LA ROSA
  4. Capítulo 53 - Capítulo 53: Capítulo 51: La ciudad que recuerda
Anterior
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 53: Capítulo 51: La ciudad que recuerda

Ciudad Ravenfall (ciudad gobernada por Daemian y Selene)

La ciudad despertaba.

No con prisa.

No con temor.

Sino con ese murmullo sereno que solo existe después de haber sobrevivido a algo que debió destruirlo todo.

Las calles, que meses atrás habían estado cubiertas de vendas improvisadas, antorchas nocturnas y el silencio de la muerte, ahora vibraban con pasos, voces y vida. Los puestos volvían a abrir al amanecer, los niños corrían entre los tenderos, y el olor a pan caliente —ese mismo que una vez fue portador de la condena— ahora regresaba como símbolo de resistencia.

En el centro de la ciudad, donde antes solo hubo cenizas y lágrimas, se alzaba algo nuevo.

No un monumento grandilocuente.

No una estatua de victoria.

Sino una figura de piedra sencilla, firme, silenciosa.

Anna D’Valrienne.

La escultura no la mostraba levantando una espada ni proclamando gloria alguna. No había corona, ni estandarte, ni gesto triunfal. La figura estaba representada de pie, con la capa cayendo sobre sus hombros, una mano extendida hacia adelante… no como orden, sino como amparo.

Como si aún estuviera allí.

Como si siguiera vigilando.

A los pies de la estatua, flores frescas eran colocadas cada mañana. Algunas nobles, traídas en cestas cuidadas. Otras simples, arrancadas del borde del camino por campesinos que no tenían más que eso para ofrecer.

Cada persona que pasaba frente a ella hacía lo mismo.

Se detenían.

Inclinaban la cabeza.

Seguían su camino.

No por obligación.

No por protocolo.

Por memoria.

—Esa es la mujer que no huyó —decía un anciano a un grupo de viajeros, señalando la estatua con respeto—. Cuando los nobles cerraron sus puertas, ella abrió las suyas.

Un bardo afinaba su laúd cerca de la fuente, su voz arrastrándose entre notas suaves:

—🎵 No alzó la espada por gloria,

ni la voz para mandar,

alzó el miedo como escudo,

y nos enseñó a aguantar… 🎵

Los forasteros escuchaban con atención. Algunos incrédulos. Otros fascinados.

—¿De verdad fue una noble? —preguntó una mujer envuelta en capas de viaje—. Dicen que antes era… cruel.

El bardo sonrió sin dejar de tocar.

—Lo fue. Y por eso su elección valió el doble. Porque quien nunca fue bueno no tiene mérito al serlo… pero quien decide cambiar cuando nadie lo espera… —dejó que la nota se extinguiera—, ese deja huella.

En una ventana cercana, una joven madre sostenía a su hijo mientras observaba la estatua.

—Ella te salvó —susurró—. No lo sabrá nunca… pero tú estás aquí por ella.

El niño, demasiado pequeño para entender, extendió la mano hacia la figura de piedra.

Y la ciudad siguió latiendo.

No como un lugar que idolatra.

Sino como un lugar que recuerda.

Lejos de allí, en un balcón del edificio administrativo, dos figuras observaban la escena.

Daemian apoyaba los brazos en la baranda, su expresión seria, cansada… pero orgullosa. Selene, a su lado, revisaba informes mientras de vez en cuando alzaba la vista hacia la plaza.

—Nunca quiso esto —dijo él finalmente—. Una estatua.

Selene cerró el documento con suavidad.

—No —respondió—. Pero la ciudad la necesitaba. Y a veces… los símbolos no son para quien los representa, sino para quienes sobreviven gracias a ellos.

Daemian asintió en silencio.

Abajo, una nueva comitiva de viajeros cruzaba las puertas de la ciudad. Sus miradas se alzaron inevitablemente hacia la estatua.

Y una pregunta se repetía, una y otra vez, como un eco que no se apagaba:

—¿Dónde está ahora Anna D’Valrienne?

Nadie tenía una respuesta clara.

Solo una certeza compartida por todos los que vivían allí:

Dondequiera que estuviera…

el mundo aún no había terminado de pedirle cuentas.

Sala de reuniones de la ciudad

La sala de mapas del edificio administrativo estaba en penumbra.

No por descuido, sino por costumbre. Las ventanas altas dejaban entrar la luz justa para leer pergaminos sin que nadie desde afuera pudiera distinguir siluetas. El murmullo de la ciudad llegaba amortiguado, como un recuerdo distante.

Daemian permanecía de pie frente a la mesa central, observando el mapa del Imperio con los brazos cruzados. Selene estaba sentada, revisando informes con una calma que solo se lograba después de haber visto demasiado.

La puerta lateral se abrió sin anunciarse.

La mujer que entró no llevaba insignias. Su vestido era simple, el cabello recogido, la postura humilde. A los ojos de cualquiera, una sirvienta más.

Pero ni Daemian ni Selene levantaron la vista con sorpresa.

—Habla —dijo Selene, sin rodeos.

La mujer inclinó la cabeza.

—Mi nombre aquí es Lysenne —dijo en voz baja—. El anterior… ya no existe.

Daemian asintió apenas. Ese era el precio del trabajo que hacía ahora.

—La Academia —continuó Lysenne—. La situación de Lady Anna es… estable en apariencia. Hostil en el fondo.

Selene dejó el pergamino a un lado.

—Explícate.

—No hay ataques directos —respondió—. Nadie se atreve a cruzar esa línea. Pero el aislamiento es constante. Rumores, miradas, comentarios calculados. Se la tolera… no se la acepta.

Daemian cerró los ojos un segundo.

—Como esperábamos.

Lysenne continuó:

—Hay grupos organizándose. No en su contra, sino a su alrededor. Estudiantes de casas menores, plebeyos admitidos por mérito, algunos nobles que estuvieron en la ciudad durante la pandemia. La protegen… sin que ella lo sepa.

Selene entrelazó los dedos.

—Y del otro lado.

Lysenne dudó un instante.

—Los que nunca la perdonaron por lo que fue.

Y los que no pueden permitir que lo que hizo tenga peso político.

Daemian abrió los ojos, clavándolos en el mapa.

—Porque si Anna D’Valrienne es aceptada… —murmuró— entonces todo el sistema queda expuesto.

Selene asintió.

—Una noble cruel que cambia, salva una ciudad y sobrevive…

eso no encaja en el relato que el Imperio usa para justificarse.

Lysenne apretó los labios.

—Muchos aún la ven como una anomalía. Otros como una amenaza.

Pero nadie… —levantó la vista—, nadie la ve como algo que deba ser protegido.

El silencio se asentó pesado.

Daemian apoyó ambas manos sobre la mesa.

—Nunca la verán así —dijo—. No mientras recuerden quién fue.

—Y no importa cuánto haga —añadió Selene con frialdad—. Para el resto del Imperio, Anna seguirá siendo… un error que salió mal.

Lysenne tragó saliva.

—¿Desean que intervenga?

Daemian negó lentamente.

—No aún.

Selene se levantó.

—Si intervenimos ahora, confirmamos sus miedos.

La pintarían como una marioneta protegida por poder político.

Daemian miró hacia la ventana, donde la estatua de Anna apenas se distinguía a lo lejos.

—Ella sabía que esto pasaría —dijo—. Y aun así volvió.

Selene cerró los ojos un instante.

—Porque no está intentando limpiar su nombre —respondió—.

Está intentando vivir con él.

Lysenne inclinó la cabeza.

—Entonces… ¿esperamos?

Daemian y Selene se miraron.

—No —dijo Daemian—. Observamos.

—Y preparamos —añadió Selene—.

Porque cuando el Imperio decida moverse contra Anna…

no lo hará en la Academia.

Lysenne sintió un escalofrío.

—¿Dónde entonces?

Selene respondió sin emoción:

—Donde crean que nadie puede verla como símbolo.

Donde puedan romperla… sin testigos.

La mujer asintió y se retiró en silencio.

Cuando la puerta se cerró, Daemian habló por primera vez con voz cansada:

—Ojalá estuviera equivocado.

Selene no respondió de inmediato.

—Yo también —dijo al final—.

Pero el Imperio nunca perdona a quienes demuestran que puede ser mejor.

Afuera, la ciudad seguía viva.

Y lejos de allí, en la Academia, Anna D’Valrienne aún no sabía que ya había cruzado una línea invisible.

Una de la que no se regresa.

—Centro de la ciudad/taberna El Cuervo Caído

La taberna El Cuervo Caído nunca cerraba del todo.

Sus puertas de madera oscura crujían a cualquier hora del día, y el olor a cerveza fuerte, carne asada y humo viejo se había incrustado en las paredes tanto como las historias que allí se contaban. Para muchos, era solo un bar. Para otros, el lugar donde los rumores dejaban de ser rumores.

Esa tarde, una mesa en el fondo había atraído más miradas de lo habitual.

No por escándalo.

Sino por quiénes la ocupaban.

—Así que… —dijo el hombre de barba gris, levantando su jarra—, este es Ravenfall.

—No parece una ciudad que haya sobrevivido a una plaga —respondió una mujer de orejas largas y piel clara, observando el lugar con ojos atentos—. Se siente… tranquila.

—Eso es lo que más me inquieta —gruñó el tercero, un hombre grande de piel oscura y colmillos visibles, apoyando el hacha contra la pared—. Las ciudades que han visto la muerte de cerca no suelen cantar.

El cuarto integrante, un joven de cabello plateado y ojos ámbar, se encogió de hombros.

—Tal vez ya cantaron lo suficiente.

El grupo era conocido, al menos entre quienes recorrían los caminos del Imperio.

Se hacían llamar Los Caminantes del Umbral.

No eran héroes.

No eran mercenarios comunes.

Eran aventureros que tomaban trabajos que otros rechazaban… y vivían para contarlo.

El grupo

Bram Keldor — humano, veterano, antiguo soldado imperial que dejó el ejército “antes de que lo convirtieran en algo peor”.

Aelwyn Thaloris — elfa del bosque, exploradora, silenciosa como la niebla.

Kroth — orco de las tierras del sur, más filósofo que bruto, aunque nadie lo adivinaría a primera vista.

Silren — mestizo de sangre feérica, mago errante con fama de saber demasiado.

Bram golpeó la mesa con los nudillos.

—No iba a venir. Cuando escuché “Anna D’Valrienne”, pensé que esto era otro nido de nobles podridos.

—Yo también —admitió Aelwyn—. Los elfos recordamos nombres… y ese no era uno amable.

Kroth bebió un largo trago.

—Pero luego los rumores cambiaron.

Primero decían que no huyó.

Luego que quemó cuerpos para detener la plaga.

Después que se quedó cuando todos los demás cerraron puertas.

Silren sonrió de medio lado.

—Y cuando las historias dejan de sonar exageradas… es cuando se vuelven interesantes.

Un parroquiano cercano, claramente local, los escuchó y se giró hacia ellos.

—¿Hablan de ella?

Bram asintió.

—De Anna D’Valrienne.

El hombre dejó su jarra sobre la mesa.

—Entonces escucharon mal… o escucharon tarde.

Aelwyn alzó una ceja.

—Ilústrenos.

El hombre suspiró.

—No fue una santa. Nadie aquí lo dirá.

Pero cuando la plaga nos golpeó, los nobles se fueron.

Ella no.

—¿Y ahora? —preguntó Kroth.

—Ahora está lejos —respondió—. En la Academia.

Dicen que allí aún la miran como monstruo.

Silencio.

Silren apoyó el codo en la mesa.

—Curioso.

Una ciudad que la honra… y un Imperio que desconfía.

Bram sonrió con cansancio.

—Eso significa que no encaja en ningún bando cómodo.

—Eso significa —corrigió Aelwyn— que alguien va a intentar romperla.

Kroth se rió bajo.

—Y cuando eso pase… Ravenfall no se quedará quieta.

El tabernero, un enano de barba trenzada, intervino desde la barra:

—Ni los que pasaron por aquí escuchando su nombre.

Los Caminantes del Umbral se miraron.

Silren fue el primero en levantar la jarra.

—No vine buscando trabajo —dijo—.

Pero ahora… tengo curiosidad.

Bram chocó su jarra con la suya.

—Yo quiero ver con mis propios ojos a la mujer que convirtió una ciudad en algo que el Imperio no puede controlar.

Aelwyn sonrió, esta vez sin desconfianza.

—Las historias que cruzan fronteras no suelen mentir del todo.

Kroth asintió lentamente.

—Y cuando el mundo empieza a moverse alrededor de una persona…

esa persona suele estar en peligro.

Afuera, el sol comenzaba a caer sobre Ravenfall.

Y aunque Anna D’Valrienne no estaba allí,

su nombre seguía sentándose a las mesas,

cruzando razas, caminos y prejuicios.

La ciudad recordaba.

El Imperio murmuraba.

Y el mundo…

empezaba a acercarse.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo