EL VELO DE LA ROSA - Capítulo 54
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Capítulo 54: Capítulo 52 — El peso de una corona
Ciudad imperial Laryon/castillo ala norte, sala de reuniones.
La Ciudad Imperial de Laryon no dormía.
Incluso cuando el sol caía detrás de las torres blancas y las cúpulas doradas, la capital seguía respirando como un monstruo elegante: luces encendidas en los palacios administrativos, carruajes cruzando avenidas de mármol, guardias cambiando turnos con disciplina perfecta.
Y en el corazón de esa ciudad, donde el lujo se confundía con el poder…
el Palacio Dorado ardía en silencio.
No por fuego.
Por tensión.
En una sala alta, amplia y sobria, decorada más con símbolos que con riqueza, un hombre permanecía de pie frente a una ventana inmensa, observando la ciudad como si pudiera leerla desde esa distancia.
Su cabello era plateado, pero no por edad.
Por linaje.
Su mirada, sin embargo, era la de alguien que había aprendido demasiado rápido lo que significaba gobernar.
Emperador Aurelian Valtheris I.
El nuevo soberano del Imperio.
Detrás de él, el sonido de pergaminos y sellos rompiéndose llenó la habitación con una solemnidad inquietante.
—Majestad —dijo una voz firme—. Ha llegado un informe de la Academia Real.
El emperador no se giró de inmediato. Solo cerró los ojos un instante.
Como si ya supiera lo que venía.
—Léelo, Malken.
El hombre que hablaba era alto, delgado, de expresión afilada y túnica negra con bordados de plata: un símbolo reservado solo para quienes tenían acceso directo al trono.
Gran Consejero Malken Arvannis.
No era un adulador.
No era un noble con ambiciones disfrazadas.
Era lo más cercano que el Imperio tenía a un hombre que decía la verdad… incluso cuando dolía.
Sentada a un lado de la sala, en un sillón elegante sin ostentación, estaba la emperatriz.
Cabello oscuro, ojos tranquilos, postura impecable.
Pero la tensión en sus dedos delataba su preocupación.
Emperatriz Seleneia Vhaloren.
No llevaba corona en ese momento.
No la necesitaba para imponer presencia.
Malken desplegó el informe con cuidado, como si cada palabra tuviera filo.
—“Informe mensual de convivencia y disciplina. Academia Real de Laryon. Observaciones generales…” —leyó en voz alta.
Aurelian finalmente se giró, caminando hacia la mesa central.
—No me interesan las formalidades —dijo—. Dame lo real.
Malken asintió, pasando páginas.
—“Se han reportado incidentes recurrentes de discriminación hacia estudiantes plebeyos y nobles menores, principalmente en las alas norte y oeste. La situación se mantiene controlada, pero persiste una cultura de exclusión sostenida por linajes mayores.” —alzó la vista—. En otras palabras… la reforma existe en papel, Majestad. Pero no en los pasillos.
El emperador apretó la mandíbula.
Seleneia se inclinó levemente hacia adelante.
—¿Hubo violencia?
—No abierta —respondió Malken—. Pero sí aislamiento, rumores, provocaciones y sabotajes menores. Lo suficiente para quebrar a un estudiante sin dejar marcas visibles.
Aurelian golpeó la mesa con la palma.
—¡Eso es exactamente lo que quería evitar!
El eco retumbó en las columnas de la sala, y los guardias apostados en la entrada tensaron el cuerpo sin moverse.
Aurelian respiró hondo, conteniendo el enojo como si fuera un animal salvaje.
—Cuando tomé el trono, lo primero que firmé fue esa reforma —dijo con voz baja, pero cargada de acero—. No porque sea “bondadoso”. Porque es lógico. Porque el Imperio está lleno de talento desperdiciado solo por haber nacido en el lugar equivocado.
Malken no discutió.
—Lo sé, Majestad. Pero la nobleza mayor no lo ve como lógica. Lo ve como amenaza.
Seleneia habló entonces, suave, pero con precisión.
—Porque si un plebeyo puede brillar… entonces el linaje deja de ser excusa.
El emperador levantó la mirada hacia ella.
Y por un momento, el enojo se mezcló con algo más profundo: cansancio.
—No entiendo cómo pueden ser tan ciegos —murmuró—. Si el Imperio cae, no preguntará quién tiene apellido.
Malken giró otra hoja.
—Hay algo más, Majestad.
Aurelian lo miró.
—Dilo.
El consejero tragó saliva, aunque su voz se mantuvo firme.
—“Caso particular: readmisión de Anna D’Valrienne.”
—… —el silencio cayó como una piedra.
Seleneia no dijo nada, pero sus ojos se estrecharon.
Aurelian se quedó quieto.
El nombre flotó en el aire como una herida antigua.
Anna D’Valrienne.
Una casa conocida por su desprecio.
Por su arrogancia.
Por ser el ejemplo perfecto de todo lo que Aurelian quería derribar.
Y sin embargo…
—¿Qué dice el informe? —preguntó el emperador, lentamente.
Malken leyó.
—“La estudiante presenta conducta disciplinada. Sin ostentación, sin provocaciones. Intervino en un incidente de abuso hacia una estudiante plebeya utilizando magia defensiva. No se reportaron heridos graves. Se mantiene aislada socialmente. Rumores persistentes de manipulación, falta de cambio real y abuso secreto hacia su sirvienta.”
Malken levantó la vista.
—Es decir… la están intentando destruir con la misma herramienta que siempre usaron: reputación.
Aurelian se quedó inmóvil.
Su expresión no era de sorpresa.
Era de comprensión amarga.
Seleneia habló por fin.
—Una D’Valrienne salvó una ciudad… y aun así la Academia la trata como si fuera un monstruo.
Malken asintió.
—Eso es lo que la vuelve peligrosa para ellos.
Aurelian frunció el ceño.
—¿Peligrosa?
Malken cerró el informe con cuidado.
—Sí, Majestad. Porque si la “noble cruel” puede cambiar… entonces todos los nobles que nunca lo hicieron quedan expuestos.
Porque si una D’Valrienne puede ser amada por el pueblo… entonces el Imperio comienza a preguntarse por qué el resto no lo es.
El emperador caminó hacia la ventana otra vez, mirando la ciudad.
Sus dedos se cerraron sobre el borde del marco, tensos.
—Yo no pedí una heroína —murmuró—.
Pedí un Imperio que no desperdiciara talento.
Seleneia se levantó, acercándose a él.
—Y el Imperio respondió con lo único que sabe hacer cuando algo lo incomoda… —susurró—. Intentar romperlo.
Aurelian no contestó de inmediato.
Luego, sin girarse, habló con voz baja, firme, definitiva:
—Si la Academia no puede proteger a sus estudiantes… entonces el trono tendrá que hacerlo.
Malken alzó una ceja, midiendo el peso de esas palabras.
—¿Desea intervenir directamente, Majestad?
El emperador se giró, y en sus ojos ya no había duda.
—No aún.
Pero quiero vigilancia. Quiero nombres. Quiero pruebas.
Y quiero saber quién está alimentando esa discriminación desde dentro.
Malken inclinó la cabeza.
—Como ordene.
Seleneia miró al emperador, y su voz fue apenas un hilo, pero cargado de intención.
—¿Y Anna?
Aurelian guardó silencio.
Durante un segundo… el nuevo emperador no pareció un gobernante, sino un hombre viendo una grieta peligrosa abrirse en su propio Imperio.
—Anna D’Valrienne… —dijo al fin— es una prueba.
Seleneia lo miró con atención.
—¿De qué?
El emperador respondió sin titubear:
—De si el Imperio merece ser salvado.
El silencio llenó el salón.
Afuera, la Ciudad Imperial seguía brillando, hermosa, poderosa, orgullosa.
Pero en lo profundo…
la verdad comenzaba a moverse.
Y el nombre de Anna D’Valrienne ya no era solo un rumor en pasillos escolares.
Era una chispa.
Una chispa que, si se apagaba…
podría llevarse consigo la esperanza de un Imperio entero.
Academia Real del Imperio — Sala del Director
La Academia Real era hermosa… y podrida.
Sus torres de mármol blanco brillaban bajo la luz del mediodía como si el lugar fuera un templo de sabiduría, un refugio para el futuro del Imperio. Pero por dentro, en los pasillos y en las miradas, la verdad era otra: allí no se enseñaba solo magia… se enseñaba jerarquía.
Y el hombre que debía sostener esa institución, lo sabía mejor que nadie.
El despacho del director estaba en lo más alto de la torre central. Una sala amplia, adornada con estanterías de grimorios antiguos, mapas del Imperio y reliquias mágicas que parecían respirar en silencio. Las ventanas altas dejaban entrar la luz como cuchillas, y el aire olía a tinta, pergamino y paciencia desgastada.
El director de la Academia, Archimago Rector Caelvir Rhoemgard, estaba de pie frente a su escritorio, con las manos detrás de la espalda.
Era un hombre de edad madura, de cabello oscuro salpicado por hebras plateadas, con un rostro severo que no necesitaba levantar la voz para imponer respeto. Su túnica era sobria, sin exceso de joyas ni símbolos, salvo por el broche de la corte imperial: prueba de que no era un simple maestro… era un hombre con autoridad concedida por el Trono.
Y aun así, incluso él debía soportar aquello.
Frente a él, alineados como una fila de acusadores, se encontraban varios profesores.
Nobles.
Viejos.
Orgullosos.
Y profundamente molestos.
La profesora Dame Vaelyra Thandor, de la Casa Thandor, fue la primera en hablar. Su voz era elegante, pero su desprecio estaba mal disimulado.
—Director Caelvir… con el debido respeto, esto se está saliendo de control.
El director ni siquiera se giró.
—Lo que se sale de control, Dame Vaelyra… es la incapacidad de algunos para aceptar una ley imperial aprobada hace tres años.
El profesor Lord Maelrik Torvan, maestro de canalización avanzada, dio un paso al frente, indignado.
—¡Esa ley fue un error político! Se aprobó para agradar al pueblo, no para proteger la pureza mágica de la Academia.
—¿Pureza? —repitió Caelvir, ahora sí girándose lentamente—. Qué palabra tan conveniente… para decir “privilegio” sin ensuciarse la lengua.
Hubo un silencio tenso.
Uno de los profesores más jóvenes, pero igualmente noble, Sir Halden Veyndral, se cruzó de brazos, con una sonrisa que parecía educada… hasta que uno escuchaba el veneno detrás.
—La Academia siempre ha sido un símbolo de excelencia. Si se llena de plebeyos, perderá su estatus. Su prestigio.
Caelvir lo miró como si estuviera viendo a un niño repetir frases de su padre.
—El prestigio no se pierde por admitir talento. Se pierde por rechazarlo.
La tensión creció como una presión invisible.
Dame Vaelyra apretó los labios.
—Con todo respeto, Director… no se trata solo de plebeyos. Ahora también se está permitiendo que hijos de nobles menores se mezclen como si fueran iguales.
—Porque lo son en lo que importa aquí —respondió Caelvir, sin dudar—. En su capacidad. En su disciplina. En su magia.
Lord Maelrik golpeó su bastón contra el suelo, irritado.
—¡Pero esto está creando caos! Ya hay enfrentamientos, rumores, provocaciones. Los alumnos se están dividiendo.
Caelvir caminó hasta la ventana. Desde allí podía ver el patio central, estudiantes entrenando, otros caminando en grupos separados como si fueran especies distintas.
—No se están dividiendo ahora —dijo, con una voz baja, peligrosa—. Están mostrando lo que siempre fueron.
El director se giró, su mirada fija como acero.
—No me hablen de caos como si lo hubieran descubierto ayer. Esta academia siempre ha sido un campo de guerra silenciosa. Solo que antes ustedes ganaban sin resistencia.
Los profesores se removieron incómodos.
Sir Halden apretó la mandíbula.
—Director, el Emperador Aurelian Valtheris I puede tener buenas intenciones… pero la tradición…
—La tradición —interrumpió Caelvir— no es una excusa para la crueldad.
Un silencio cortante cayó en la sala.
Y entonces, como si el tema no pudiera evitarse más, Dame Vaelyra soltó la frase que todos estaban pensando.
—Y ahora tenemos el caso D’Valrienne.
Caelvir no parpadeó, pero algo en su expresión cambió apenas.
—Sí —dijo—. Anna D’Valrienne.
Lord Maelrik soltó una risa seca.
—Una noble conocida por humillar plebeyos… readmitida por capricho imperial. ¿Y ahora se supone que es un ejemplo?
—No fue un capricho —respondió Caelvir con firmeza—. Fue una decisión política… y estratégica.
Sir Halden ladeó la cabeza.
—¿Estrategia? ¿Qué estrategia hay en devolver a una víbora a la misma sala donde mordió?
Caelvir caminó hasta su escritorio y colocó un informe sobre la mesa.
El sello imperial aún estaba fresco.
—La estrategia —dijo— es que si una D’Valrienne cambia… entonces el Imperio cambia con ella.
Los profesores lo miraron, incrédulos.
Dame Vaelyra frunció el ceño.
—¿Usted cree en ese cambio?
Caelvir sostuvo la mirada de todos sin pestañear.
—Yo no creo en rumores.
Apoyó la palma sobre el informe.
—Creo en hechos. Y los hechos dicen que Anna D’Valrienne sostuvo una ciudad al borde de la muerte. Que lideró médicos, soldados y alquimistas. Que se quedó cuando otros huyeron.
Lord Maelrik escupió con desprecio:
—¿Y eso borra lo que fue?
Caelvir respondió sin levantar la voz, pero con un peso que hizo temblar el aire.
—No.
Los profesores parecieron ganar terreno.
Pero Caelvir continuó:
—No lo borra. Pero lo vuelve relevante. Porque ahora su pasado es una advertencia… y su presente es una posibilidad.
Se inclinó ligeramente hacia adelante, su tono más severo.
—Y si alguno de ustedes intenta sabotear esa posibilidad… entonces no estará desafiando a Anna D’Valrienne.
Su mirada se endureció.
—Estará desafiando al Imperio.
Y al Emperador.
El nombre del trono cayó como una espada.
Dame Vaelyra tragó saliva.
Sir Halden desvió la mirada.
Lord Maelrik, orgulloso, se mantuvo firme… pero no dijo nada.
Porque incluso ellos sabían una cosa:
El director Caelvir podía tolerar sus quejas…
pero no toleraría una rebelión interna contra la voluntad imperial.
El silencio se sostuvo unos segundos.
Luego Caelvir habló con una calma peligrosa.
—Pueden odiar la ley. Pueden odiar a los plebeyos. Pueden odiar a los nobles menores.
Pero mientras yo sea director de esta Academia… aquí se entrenará el futuro del Imperio.
Su mirada se posó en cada uno.
—Y el futuro no les pedirá permiso.
Los profesores se retiraron uno a uno, con pasos rígidos, conteniendo su rabia tras sonrisas educadas.
Cuando la puerta se cerró, Caelvir exhaló lentamente.
Se quedó solo en su despacho.
Solo con la luz del sol y el peso de una institución que se resistía a cambiar.
Miró el informe otra vez.
Y murmuró, como si hablara con el aire mismo:
—Aurelian… hiciste lo correcto.
Luego, más bajo aún, casi como un pensamiento:
—Pero esto… apenas empieza.
Y en algún lugar de la Academia, lejos de esa torre, una joven noble caminaba entre miradas hostiles sin saber que, incluso en la cima… ya se estaba librando una guerra por ella.
Primer día de la prueba/bosque Gravenwald
El Bosque de Gravenwald no recibía visitantes.
Los tragaba.
Las copas de los árboles se alzaban como columnas negras, tan altas que parecían sostener el cielo encapotado. La luz apenas se filtraba en hilos delgados, como si incluso el sol dudara en entrar. Había raíces gruesas como serpientes dormidas, rocas cubiertas de musgo húmedo y un silencio extraño… uno que no era paz, sino vigilancia.
En ese lugar, la Academia no era más que un recuerdo distante.
Y las piedras de teletransporte que les habían entregado, pequeñas y brillantes en los cinturones de cada estudiante, se sentían como una burla: una salida fácil… que nadie quería usar, porque hacerlo era admitir fracaso.
Anna D’Valrienne caminaba al final del grupo.
No porque se lo hubieran ordenado.
Sino porque ninguno de los otros cuatro quería que estuviera cerca.
El equipo asignado al azar era una mezcla incómoda… casi cruel.
Y todos lo sabían.
Cedric Halvor
Iba adelante, como si el bosque fuera suyo.
Era alto, ancho de hombros, con el cuerpo de alguien que había entrenado más con acero que con libros. Tenía el cabello corto, castaño oscuro, y una mandíbula marcada que se tensaba cada vez que alguien cuestionaba algo. Llevaba su armadura ligera con orgullo, y el emblema de su familia —una lanza cruzada con un escudo— brillaba en su hombrera.
Hijo de un comandante del ejército imperial.
Y se notaba.
Su forma de caminar no era solo seguridad… era dominación. Como si su sola presencia debiera ordenar el mundo.
—No se separen —ordenó sin mirar atrás—. Si alguno se pierde, no voy a ir a buscarlo.
Lyra soltó una exhalación breve, casi una risa sin humor.
Lyra Feldane
La maga de viento no hablaba si no era necesario.
Tenía el cabello claro, casi blanco, recogido en una trenza baja. Su rostro era fino, hermoso de una manera distante, pero sus ojos… sus ojos eran fríos, como el cielo antes de una tormenta. Vestía el uniforme de la Academia con precisión impecable, sin una arruga, sin una mancha.
Como si el barro y la humedad no tuvieran derecho a tocarla.
Cuando movía los dedos, el aire alrededor parecía reaccionar, como si el viento la reconociera. Pequeñas corrientes se formaban a su alrededor de manera inconsciente, levantando hojas secas, apartando insectos, manteniéndola limpia.
—Cedric cree que mandar es liderar —murmuró, sin emoción—. Típico.
Rolando Varkas
El paladín caminaba en silencio, recto como una estatua.
Su armadura era más pesada que la de Cedric, marcada con símbolos de bendición y protección. No llevaba capa, pero su presencia era la de alguien acostumbrado a cargar con responsabilidades. Tenía el cabello oscuro, ojos severos y un rostro que parecía incapaz de sonreír.
Un hombre joven… con mirada de viejo.
Cada paso suyo era medido. Cada gesto, controlado.
No era hostil como Cedric.
Era peor.
Era alguien que observaba… y juzgaba.
—No discutan —dijo, finalmente—. Este lugar castiga el ruido.
Anna lo miró de reojo.
Rolando no le devolvió la mirada.
Pero su postura lo decía todo: no confío en ti. Y no pienso hacerlo pronto.
Mireth Kaelor
La última era Mireth.
Una maga de apoyo, especializada en curación menor, refuerzo físico y estabilización de energía. Tenía el cabello castaño rojizo, suelto, con mechones desordenados por la humedad del bosque. Sus ojos se movían de un lado a otro sin descanso, como si esperara que algo saltara desde las sombras en cualquier momento.
No era fría como Lyra.
Era desconfiada.
Y su mirada hacia Anna tenía algo personal.
—No te acerques demasiado —dijo de pronto, sin rodeos.
Anna se detuvo apenas.
—No planeaba hacerlo.
Mireth apretó los labios.
—Bien.
Y siguió caminando, como si la conversación hubiera sido una advertencia necesaria… no una grosería.
El grupo avanzó durante horas.
La humedad se pegaba a la piel, el barro tiraba de las botas, y el bosque se volvía más denso con cada paso. A ratos se escuchaba el crujir de ramas… pero nunca veían qué lo causaba.
Solo sombras.
Solo movimiento.
Solo esa sensación de que el bosque respiraba con ellos.
Cedric se detuvo de golpe.
Alzó una mano.
Todos se frenaron.
—Acamparemos aquí —dijo.
Lyra alzó una ceja.
—¿Aquí? ¿En medio de la nada?
—Aquí hay un claro —respondió él—. Menos árboles, mejor visibilidad.
Rolando observó alrededor, serio.
—Tiene razón. Y el terreno es estable.
Mireth tragó saliva.
—Si… si dormimos en un lugar estrecho, podrían atacarnos desde arriba.
Cedric asintió, satisfecho.
—Exacto.
Anna miró el suelo.
El barro era menos profundo. Había piedras. Un pequeño desnivel que podría servir de refugio del viento. Cerca, un árbol caído formaba una barrera natural.
No era perfecto.
Pero era aceptable.
Y entonces Anna habló, por primera vez en mucho rato.
—Necesitamos fuego.
Cedric giró lentamente, como si hubiera olvidado que ella existía.
—Ya lo sé.
Anna no se dejó intimidar.
—No solo por calor. Por animales. Por luz. Por moral.
Lyra soltó una risa seca.
—¿Moral? Qué noble de tu parte.
Anna sintió el golpe… pero no reaccionó.
Solo respiró.
—También necesitamos agua segura —añadió—. Y no pueden beber de cualquier arroyo sin hervirla.
Mireth frunció el ceño.
—¿Y tú qué sabes de eso?
Anna dudó un segundo.
Y esa duda se notó.
No en sus palabras… sino en sus manos.
Sus dedos se cerraron y abrieron, como si recordaran otra cosa.
Otra vida.
Otro miedo.
Pero respondió igual.
—Garoum me enseñó.
Cedric chasqueó la lengua.
—Claro. Tu perro guardián.
Rolando habló con voz seria, como si quisiera detener la tensión antes de que escalara.
—Si sabe algo útil, que lo diga. No estamos aquí para orgullo.
Anna asintió.
—Bien. Primero, fuego. Segundo, perímetro. Tercero, turnos de guardia.
Cedric soltó una carcajada.
—¿Turnos? ¿Y tú qué harás? ¿Dar órdenes?
Anna lo miró directo.
Y por un instante… el aire se volvió pesado.
No por magia.
Por historia.
Cedric tragó saliva, incómodo, recordando quizá lo que la vieja Anna hacía con una mirada.
Pero Anna bajó los ojos.
—Yo no daré órdenes. Solo… propongo.
Lyra parpadeó, apenas sorprendida por esa respuesta.
Rolando se giró hacia Cedric.
—Haremos turnos. Eso no se discute.
Cedric apretó los dientes, pero asintió.
—Bien. Tú decides, paladín.
Rolando lo miró como si eso fuera un insulto.
—No lo decido yo. Lo decide la lógica.
Mireth se quedó observando a Anna con atención.
Como si intentara encontrar el truco.
La mentira.
La máscara.
Anna se arrodilló cerca del árbol caído.
Con manos cuidadosas, comenzó a reunir ramas secas, hojas gruesas y corteza. Buscó entre el musgo, apartó la humedad, y encontró lo que necesitaba: madera lo suficientemente seca como para prender.
Su cuerpo lo hacía con naturalidad…
pero su mente estaba tensa.
Porque en algún punto, cuando el viento sopló entre las ramas, Anna sintió ese viejo impulso.
El impulso de usar magia.
Una chispa, un simple hechizo, una llama.
Pero su estómago se apretó.
No.
No hoy.
No frente a ellos.
No cuando sus ojos la miraban esperando que fallara… o que mostrara el monstruo que recordaban.
Así que lo hizo a la manera humana.
Con paciencia.
Con esfuerzo.
Con manos sucias.
Cedric la observó desde lejos, cruzado de brazos.
—Mira qué humilde.
Lyra lo ignoró, pero sus ojos se quedaron un segundo en Anna, más analíticos.
Rolando se acercó y dejó caer un paquete.
Pedernal.
—Toma —dijo, seco.
Anna lo miró sorprendida.
—Gracias.
Rolando no respondió. Solo se giró.
Pero el gesto… fue suficiente para demostrar algo:
No confiaba en ella… pero tampoco quería verla morir.
Mireth se sentó a unos pasos, mirando su propia piedra de teletransporte como si fuera un talismán.
—Odio este lugar… —susurró.
Anna encendió el fuego.
Las primeras chispas fueron débiles.
Luego, una llama pequeña.
Y finalmente, un fuego estable.
La luz naranja iluminó sus rostros.
Y por primera vez desde que entraron a Gravenwald…
respiraron.
Cedric se acercó, serio.
—Bien. Al menos sirves para algo.
Anna no respondió.
Solo alimentó el fuego.
Lyra se sentó al otro lado, con su expresión fría.
—No te emociones —dijo, sin mirarla—. Un fuego no te limpia el pasado.
Anna apretó la mandíbula.
—Lo sé.
Rolando miró hacia la oscuridad.
—La primera noche es la peor —murmuró—. Porque aún crees que el bosque te está midiendo.
Mireth alzó la vista.
—¿Y después?
Rolando respondió con calma sombría.
—Después ya no mide.
Traga.
El silencio cayó.
Y el bosque, como si hubiera escuchado, dejó escapar un crujido lejano entre las ramas.
Cedric tomó su espada.
Lyra alzó una mano, el viento girando levemente.
Mireth apretó los dientes.
Rolando se puso de pie.
Y Anna…
Anna sintió su corazón latir con fuerza.
No por miedo al bosque.
Sino por la certeza de que, en ese lugar…
si algo salía de las sombras…
ella tendría que decidir si usar magia.
Y si la usaba…
ellos volverían a verla.
No como la nueva Anna.
Sino como lo que alguna vez fue.
El fuego crepitó.
La noche cayó por completo.
Y el primer día de supervivencia en Gravenwald…
acababa de comenzar de verdad.
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