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EL VELO DE LA ROSA - Capítulo 55

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Capítulo 55: Capítulo 53: El segundo día en Gravenwald

El segundo amanecer en el Bosque de Gravenwald no llegó con luz amable.

Llegó con un cielo grisáceo filtrándose entre ramas retorcidas, con la niebla colándose como dedos fríos entre los troncos, y con ese silencio pesado… el tipo de silencio que no era paz, sino advertencia.

El campamento improvisado del grupo aún conservaba el olor a humo viejo. Restos de brasas enterradas con tierra, mantas enrolladas, el suelo aplastado por el peso de una noche sin verdadero descanso.

Anna D’Valrienne abrió los ojos antes que el sol terminara de levantarse.

No porque quisiera.

Sino porque su cuerpo ya no sabía dormir como antes.

Se incorporó lentamente, el frío mordiendo sus dedos, y por un instante se quedó quieta, escuchando.

El viento.

Un pájaro lejano.

El crujido de un árbol que no debía moverse solo.

A su lado, Lyra Feldane ya estaba despierta, sentada con la espalda recta, la mirada fija hacia el bosque como si estuviera esperando que algo saliera de la niebla.

Su expresión seguía igual de fría que el día anterior.

Como si no durmiera.

Como si solo… “apagase” los ojos por costumbre.

Más allá, Rolando Varkas se levantaba con disciplina de templo. Su armadura ligera de paladín sonaba con pequeños clics metálicos mientras revisaba las correas, ajustaba la coraza y hacía un gesto breve sobre su pecho: una oración corta, casi silenciosa.

Mireth Kaelor, en cambio, tardó un poco más. Tenía el cabello desordenado, el ceño fruncido, y una forma de mirar a Anna como si la simple presencia de ella fuera un problema que no sabía cómo resolver.

Y finalmente, como si el bosque mismo lo hubiese escupido del suelo…

Cedric Halvor se levantó estirándose como un oso.

Alto, ancho de hombros, con el cuello grueso, el uniforme de caballero tensándose en sus brazos.

—Ugh… —gruñó—. Dormir en tierra debería ser ilegal.

Rolando lo miró con severidad.

—Esto es una evaluación. No una excursión.

Cedric soltó una risa nasal.

—Para mí, todo es una evaluación. Si sobrevivo, apruebo.

Lyra no dijo nada.

Solo exhaló.

Y el aire frente a su rostro se movió… como si una corriente invisible hubiera respondido.

Anna lo notó.

Y por primera vez desde que comenzó esta expedición, sintió una punzada de algo parecido a curiosidad.

No por el bosque.

Por ellos.

Por lo que podían hacer.

Antes de salir, revisaron el pergamino sellado que la Academia había entregado a cada grupo.

Rolando lo leyó en voz alta, con ese tono de autoridad que parecía natural en él:

—“Objetivo del día dos: recolección de prueba. Derrotar una manada de bestias de clase media y traer como evidencia los cuernos principales. El resto del material puede conservarse como botín. Se provee una piedra de almacenamiento dimensional.”

Cedric chasqueó la lengua.

—Ah, sí. La piedra mágica que hace que carguemos como mercaderes.

Mireth tomó el objeto que venía en una bolsa de cuero: una piedra oscura, lisa, con runas que brillaban débilmente.

—No es “una piedra mágica”. Es un artefacto de compresión dimensional. Vale más que tu armadura.

Cedric la miró como si eso lo ofendiera.

—Mi armadura vale más que tú.

Rolando se interpuso con calma.

—Basta.

Anna se quedó en silencio, observándolos.

El grupo no confiaba en ella.

No la querían cerca.

Pero estaban obligados a trabajar juntos.

Y en un bosque como Gravenwald…

el bosque no perdonaba el orgullo.

Huellas en el barro

Avanzaron con cautela.

La niebla era espesa, y el suelo húmedo. Las raíces sobresalían como trampas. Las hojas muertas se pegaban a las botas.

Fue Mireth la primera en detenerse.

Levantó la mano.

—Alto.

Todos se frenaron.

Anna miró el suelo… y las vio.

Huellas profundas.

Pesadas.

Hundidas en barro como cráteres.

Cedric sonrió, satisfecho.

—Por fin. Algo que se pueda golpear.

Lyra se agachó, tocando el borde de una marca con dos dedos.

—No son recientes. Pero están cerca.

Rolando miró alrededor.

—¿Qué clase de bestia?

Mireth respondió con frialdad:

—Toros.

Anna frunció el ceño.

—¿Toros… aquí?

Cedric soltó una carcajada.

—¿Nunca viste un toro, D’Valrienne?

Anna lo ignoró.

Mireth lo corrigió con la misma dureza que usaría para cortar pan:

—No son toros normales.

Y ahí, el viento cambió.

Un bramido grave retumbó entre los árboles, tan profundo que vibró en el pecho.

Uno.

Dos.

Tres.

Luego el sonido de pasos pesados.

El grupo se giró lentamente.

Y los vieron.

Los Bastiones Corníferos

No eran toros.

Eran… algo que el mundo había deformado con magia y brutalidad.

Bestias enormes, de cuatro patas, con cuerpos tan grandes como carruajes pequeños. Su piel no era piel: era una mezcla de cuero endurecido y placas naturales, como si llevaran una armadura nacida de su carne.

Sus cuernos eran largos, curvados, y brillaban con vetas metálicas.

Cada resoplido soltaba vapor blanco.

Cada mirada era un aviso:

esto no era una presa.

Era una manada.

Y la manada defendía su territorio.

Rolando dio un paso adelante, levantando su escudo.

—Formación.

Cedric tomó su espada con ambas manos.

—Al fin algo interesante.

Lyra levantó la palma… y la niebla frente a ella se movió como obedeciendo.

Mireth retrocedió un paso, murmurando una fórmula de soporte.

Anna sintió el corazón golpearle en el pecho.

No por miedo a morir.

Sino por el recuerdo.

Porque en otro tiempo… esa escena la habría emocionado.

La antigua Anna habría sonreído.

Habría usado su magia como un látigo.

Habría disfrutado verlos temblar.

Pero ella…

Ella solo pensó:

“No puedo fallar. No aquí.”

Rolando habló rápido, sin apartar la vista de los Bastiones Corníferos.

—Cedric, tú atraes al más grande. Mantén su atención.

Cedric sonrió como si fuera un cumplido.

—He nacido para eso.

—Lyra, control de campo. Reduce su movilidad.

Lyra no respondió.

Solo cerró los dedos lentamente.

Y el viento alrededor del toro más cercano cambió… girando en una corriente que le golpeó las patas como si el aire se volviera pesado.

—Mireth, soporte. Manténnos en pie.

Mireth apretó los dientes.

—No necesito que me lo recuerdes.

Rolando tragó saliva.

Luego miró a Anna.

Por un instante, su mirada decía lo que todos pensaban:

¿Y tú qué harás?

Anna habló sin levantar la voz.

—Yo observo la apertura.

Cedric soltó una risa burlona.

—¿“Observar”? ¿Eso es una habilidad?

Anna no le contestó.

Porque no podía darse el lujo de discutir.

No en ese bosque.

No con esas bestias.

Cedric avanzó con un grito, golpeando su espada contra el suelo para llamar la atención.

—¡HEY! ¡VAMOS, MONTAÑA CON PATAS!

El Bastión Cornífero más grande bramó.

Y cargó.

El suelo tembló.

Cedric se plantó… y en el último segundo rodó hacia un lado, dejando que el toro se estrellara contra un árbol.

El tronco crujió.

La corteza explotó.

Pero el toro no se detuvo.

Giró con una violencia absurda y volvió a embestir.

—¡¿Qué demonios comen estas cosas?! —gritó Cedric.

Lyra levantó ambas manos.

El viento se arremolinó como cuchillas invisibles, golpeando el lomo de otra bestia, obligándola a retroceder.

Rolando avanzó como un muro, su escudo recibiendo un impacto brutal.

El golpe lo empujó medio metro hacia atrás.

Pero no cayó.

—¡Ahora! —rugió.

Mireth extendió su bastón y una luz tenue envolvió a Rolando, reforzando su postura, como si su cuerpo recordara que no debía romperse.

Anna miró.

Analizó.

Los Bastiones Corníferos tenían un patrón.

Cargaban.

Giraban.

Volvían.

Eran bestias de fuerza bruta, sí…

pero su blindaje tenía puntos débiles.

En las articulaciones.

En la base del cuello.

Y sobre todo…

en los cuernos.

La prueba de la misión.

Los cuernos.

Anna tragó saliva.

Su mente se llenó de un pensamiento simple:

“Si conseguimos los cuernos… el resto es botín.”

La piedra dimensional era pequeña, pero podía tragar materiales como si fueran humo.

Era la oportunidad de llevar recursos.

De vender.

De sobrevivir.

De pagar futuras medicinas, armas, comida…

La vieja Anna habría pensado en riqueza.

La nueva Anna pensó en algo distinto:

“Esto puede ayudar a otros.”

Uno de los Bastiones Corníferos, el más pequeño, giró hacia Mireth.

Ella retrocedió.

Pero resbaló en el barro.

Su rostro cambió.

No a miedo.

A rabia.

Porque no quería deberle nada a nadie.

El toro bajó la cabeza y cargó.

Anna reaccionó sin pensarlo.

Corrió.

Se interpuso.

Y empujó a Mireth fuera del camino.

El impacto no la golpeó de lleno porque Rolando se movió y bloqueó parte con el escudo.

Pero la fuerza del golpe la lanzó al suelo.

Su hombro ardió.

Cedric la miró, sorprendido por primera vez.

—…¿Qué haces?

Anna apretó los dientes, levantándose.

—Evito que mueras.

Mireth la miró, confundida, como si no supiera si insultarla o agradecerle.

Lyra, desde atrás, murmuró apenas:

—…no fingía.

El Bastión Cornífero más grande rugió.

No era un sonido de furia… era un anuncio de aplastamiento.

Sus patas golpearon el suelo como martillos y su cabeza bajó, apuntando directo hacia el grupo como si fuera una ariete viviente.

Cedric dio un paso al frente por instinto, Rolando levantó el escudo, Lyra tensó el aire…

Pero Anna fue la primera en moverse.

No hacia atrás.

Hacia adelante.

El barro salpicó sus botas cuando avanzó, su capa gris agitándose con fuerza, y por un instante el grupo la miró con esa misma duda que habían cargado desde que entraron al bosque.

¿Qué está haciendo?

Anna llevó la mano a la parte interna de su capa… y sacó un frasco pequeño.

Vidrio oscuro.

Runas grabadas a mano.

Un tapón sellado con cera alquímica.

Cedric parpadeó.

—¿Eso qué…?

Anna no respondió.

Sus ojos estaban fijos en el toro más grande, calculando el tiempo exacto.

El instante exacto.

Entonces, con un movimiento seco, arrojó el frasco.

El vidrio golpeó el costado del Bastión Cornífero y se rompió.

Un humo espeso, verdoso y brillante se expandió como una nube venenosa, envolviendo la cabeza de la bestia.

El toro bramó… pero el bramido se quebró a la mitad.

Su cuerpo se sacudió.

Las patas temblaron.

La carga se volvió torpe, pesada… como si el mundo mismo lo estuviera frenando.

El Bastión Cornífero intentó avanzar…

Pero su movimiento se volvió lento.

Lento.

Demasiado lento.

Rolando abrió los ojos, sorprendido.

Lyra sintió el cambio en el aire.

Mireth tragó saliva.

Y Cedric… sonrió como si le hubieran servido una presa atada.

Anna levantó la voz por primera vez desde que comenzó la batalla.

No fue un grito desesperado.

Fue una orden clara, firme, de esas que nacen cuando alguien decide cargar con el control.

—¡Ahora!

Todos reaccionaron.

Y antes de que el toro pudiera recuperarse, Anna continuó, sin vacilar, con una frialdad que no era crueldad…

Era estrategia.

—¡Las articulaciones! ¡Golpeen detrás de la rodilla, donde la placa se separa!

Cedric giró la espada.

Rolando ajustó su postura.

Lyra movió el viento para empujar a la bestia hacia el lado correcto.

Mireth sostuvo el soporte, reforzando músculos y reflejos.

Anna señaló con precisión.

—¡La base del cuello! ¡Ahí no tiene blindaje completo! ¡Si lo hacen caer, el resto se desordena!

Cedric se lanzó.

Su espada chocó contra la carne dura… y esta vez sí entró.

El Bastión Cornífero bramó con rabia, pero su cuerpo no respondía con la misma violencia.

La parálisis lo había reducido.

Lo había obligado a jugar bajo reglas humanas.

Rolando se plantó frente a él como una muralla, absorbiendo el impacto final con el escudo.

Lyra cortó el aire con un filo invisible, desestabilizando la carga.

Mireth murmuró un sello de soporte con los dientes apretados.

Y Anna, sin magia, sin gritos… sin arrogancia…

Solo con preparación.

Solo con mente.

Solo con voluntad.

Se convirtió en el centro del grupo.

—¡Cedric, al cuerno derecho! —ordenó— ¡Si lo rompes, pierde equilibrio!

Cedric no discutió.

Por primera vez, obedeció sin burlarse.

Saltó con fuerza, descargando todo su peso en el golpe.

El cuerno crujió.

Luego se partió.

Y el Bastión Cornífero cayó de lado con un estruendo que sacudió la tierra.

El resto de la manada retrocedió.

No porque fueran cobardes…

Sino porque entendieron lo que acababa de pasar.

Esa humana no era solo una noble.

Era alguien que sabía cómo matar bestias.

Y peor aún…

Alguien que sabía cómo hacer que otros sobrevivieran.

Cuando el último bramido se perdió entre la niebla, el grupo quedó inmóvil por un segundo.

Respirando.

Cubiertos de barro.

Con las manos temblando por la adrenalina.

Cedric miró a Anna, como si intentara entender qué clase de persona tenía delante.

—…¿Tú sabías todo eso?

Anna bajó el brazo lentamente.

Su frasco ya no estaba.

Su alquimia sí.

—Los Bastiones Corníferos son bestias de carga —dijo con calma—. No son inteligentes… pero son letales. Si los enfrentas como si fueran lobos, mueres. Si los enfrentas como lo que son… sobrevives.

Mireth frunció el ceño.

—¿Y esa poción?

Anna miró el barro en sus dedos.

—Parálisis de dispersión rápida. La preparé antes de venir.

Rolando la observó con una seriedad nueva.

—…No dependiste de tu magia.

Anna no sonrió.

Pero su voz fue honesta.

—No puedo depender de ella todavía.

Lyra, que casi nunca hablaba más de lo necesario, murmuró:

—Entonces… dependemos de tu cabeza.

Silencio.

Un silencio raro.

No tenso.

No hostil.

Un silencio de aceptación involuntaria.

Cedric resopló, cruzándose de brazos.

—Hmph… pues… no está mal.

No era un cumplido.

Pero en su boca, era lo más cercano.

Anna se giró hacia los cuernos caídos.

—Recolecten. La piedra dimensional está para eso.

Y mientras Mireth activaba las runas de almacenamiento, Anna se quedó mirando la niebla entre los árboles…

Con una sensación que no le gustaba.

Porque había funcionado.

Había liderado.

Había dado órdenes.

Y por un segundo…

el bosque le devolvió la misma imagen que el mundo temía.

Una Anna que no dudaba.

Una Anna que controlaba.

Pero esta vez…

no para destruir.

Sino para salvar.

Mas tarde después de la caída del toro líder

El bosque de Gravenwald volvió a tragarse el sonido de la batalla como si nunca hubiera ocurrido.

Solo quedaron el barro en las botas, la respiración pesada y el olor metálico de la sangre mezclado con tierra húmeda.

La piedra de almacenamiento dimensional colgaba ahora del cinturón de Rolando, cargada con los cuernos y materiales de los Bastiones Corníferos. Cedric caminaba adelante, aún con el ceño fruncido, como si la derrota del toro hubiese sido una afrenta personal… o como si necesitara caminar rápido para que nadie notara lo inquieto que estaba.

Lyra iba a un lado, con su expresión fría intacta, aunque su mirada ya no se desviaba de Anna como antes.

Mireth caminaba un poco más atrás, en silencio… pero su silencio no era indiferencia. Era cálculo. Duda. Curiosidad.

Anna avanzaba con paso firme, limpiándose con un paño la mano que había sostenido el frasco alquímico. No miraba al grupo. No buscaba aprobación.

Solo seguía adelante.

Hasta que Cedric habló.

—Oye.

La voz del caballero sonó como un golpe de piedra en agua quieta.

Anna no se detuvo. Solo giró un poco la cabeza.

—¿Qué?

Cedric apretó la mandíbula, como si le molestara estar haciendo preguntas.

—¿Cómo… sabías todo eso?

Rolando no dijo nada, pero sus ojos se movieron hacia ella de inmediato.

Mireth también.

Lyra ni siquiera fingió desinterés.

Anna tardó unos segundos en responder. No por falta de palabras… sino porque estaba eligiendo cuáles sí merecían ser dichas.

—Durante mi confinamiento en la mansión —dijo al fin— no hice lo que solía hacer.

Cedric soltó una risa corta, sin humor.

—¿Te refieres a humillar gente?

Mireth lo miró de reojo, incómoda.

Rolando frunció el ceño, como si el comentario fuese innecesario.

Pero Anna no reaccionó con rabia.

Ni con orgullo.

Solo con una calma pesada, como si ya hubiese escuchado eso mil veces… en su propia mente.

—Sí —respondió—. Me refiero a eso.

Hubo un silencio raro.

El tipo de silencio que aparece cuando alguien admite algo feo sin justificarse.

Anna siguió caminando, y su voz continuó, baja pero firme:

—Ese día… cuando me di cuenta de lo que había hecho. De todo. No una cosa. No un error. Todo el daño acumulado… —apretó un poco los dedos alrededor del paño—. No pude dormir. No pude comer. No podía ni mirarme al espejo sin sentir asco.

Cedric se quedó callado.

Por primera vez, no tenía una réplica lista.

Anna respiró hondo.

—Así que estudié.

Lyra alzó una ceja.

—¿Estudiar… qué?

Anna miró los árboles altos, la niebla colgando como una sábana entre ramas.

—Este mundo. Sus bestias. Sus venenos. Sus rutas. Sus climas. Sus debilidades.

Rolando parpadeó.

—¿Por qué?

Anna no se detuvo, pero su respuesta cayó como una piedra.

—Porque intenté usar mi magia… y fue un desastre.

El grupo se tensó apenas.

Incluso Cedric dejó de caminar por un instante.

—¿Qué pasó? —preguntó Mireth, casi sin querer.

Anna apretó los labios.

—Mi magia no respondió.

—¿No respondió…? —repitió Cedric, como si no entendiera el concepto.

Anna soltó una risa muy breve, amarga.

—Respondió mal. Como si no fuera mía… o como si estuviera rota.

Mireth tragó saliva.

—Eso no tiene sentido. Si tu núcleo es fuerte, la magia…

—La magia no es solo núcleo —interrumpió Anna, sin agresividad, pero con una certeza que hizo callar a todos—. También es mente. Es corazón. Es intención.

Rolando bajó un poco la mirada, pensativo.

Anna continuó:

—Y el mío estaba… nublado. Desordenado. No podía sostener un hechizo sin que mi propia cabeza se llenara de ruido. Intenté canalizar y terminé destruyendo media habitación.

Cedric la miró con una mezcla extraña.

No era respeto todavía.

Pero ya no era desprecio puro.

—Entonces… ¿por eso viniste preparada con alquimia?

Anna asintió.

—Tenía conocimientos previos —dijo—. La alquimia siempre estuvo ahí… porque la otra Anna era buena en eso.

La frase cayó con un peso raro.

Como si “la otra Anna” no fuera una metáfora, sino un fantasma real.

Lyra habló, seca:

—Pero tú no eres ella.

Anna no respondió de inmediato.

Miró el camino, la humedad pegándose a las piedras.

—No —dijo al fin—. Pero sigo viviendo con lo que ella dejó.

Mireth apretó la correa de su bolso, más seria.

—¿Y crees que tu magia… volverá?

Anna cerró los ojos un segundo.

—No lo sé.

Luego los abrió.

Y su mirada, por primera vez, se vio cansada.

—Pero si no vuelve, igual sobreviviré.

Cedric soltó aire por la nariz.

—Tch… qué noble de tu parte.

Anna lo miró, sin odio.

—No es nobleza. Es miedo.

Rolando alzó la vista.

—¿Miedo?

Anna asintió, sin vergüenza.

—Miedo de volver a ser la persona que fui.

La respuesta dejó a todos sin palabras.

Y por un momento, el bosque se sintió menos hostil…

porque lo que caminaba entre ellos no era una “noble cruel” ni una “heroína” perfecta.

Era una chica tratando de cargar con su historia sin dejar que la aplastara.

Cedric volvió la vista al frente.

—Solo… no te mueras en mi equipo, ¿ya?

Anna parpadeó.

Y por primera vez en todo el día…

sonrió un poco.

—Haré lo posible.

El grupo siguió avanzando.

Pero algo había cambiado.

No era confianza total.

No era amistad.

Pero era el inicio de algo más peligroso para la Academia que cualquier hechizo:

la posibilidad real de que Anna D’Valrienne estuviera diciendo la verdad.

Mas tarde

El segundo día en Gravenwald no se sintió como una continuación.

Se sintió como una prueba distinta.

No porque el bosque hubiera cambiado… sino porque el grupo, por primera vez, caminaba con algo parecido a un ritmo compartido. La tensión seguía ahí, como una espina enterrada, pero ya no dominaba cada paso.

El aire era más denso conforme avanzaban. La niebla se deslizaba entre los troncos como una criatura viva, y el silencio no era vacío… era vigilancia.

Anna caminaba un poco detrás del frente, observando el terreno con una atención que no parecía propia de alguien “recién readmitida en la Academia”.

No buscaba conversación.

Buscaba señales.

Huellas.

Arañazos en la corteza.

Un olor extraño.

El tipo de detalles que separaban a los vivos de los cadáveres.

Lyra, con su mirada fría, rompió el silencio.

—¿Siempre caminas mirando el suelo?

Anna no levantó la vista.

—Siempre caminé mirando a la gente —respondió—. Eso fue lo que me convirtió en lo que fui.

Mireth, que iba cerca, frunció el ceño.

—Eso no responde la pregunta.

Anna señaló con el mentón.

—Pisadas.

Cedric se detuvo de golpe.

—¿Qué?

Rolando se acercó, serio como siempre.

Y entonces lo vieron: marcas profundas en la tierra, como si algo pesado hubiese arrastrado garras anchas.

No eran huellas de lobo.

No eran pezuñas.

Eran… surcos.

Anna sacó de su cinturón un pequeño frasco de vidrio oscuro, lo giró entre los dedos.

—Mantengan formación —ordenó con calma—. Lyra, viento hacia el frente, pero suave. Quiero mover la niebla, no hacer ruido.

Lyra abrió la boca, lista para responder con sarcasmo… pero no lo hizo.

Simplemente alzó la mano.

Un soplo controlado se extendió como una caricia helada, apartando la neblina lo justo para revelar la silueta de algo entre los árboles.

Algo bajo.

Rápido.

Con ojos que no reflejaban miedo… sino hambre.

Mireth retrocedió un paso.

—Eso es un…

—Garrapardo de Umbría —dijo Anna, como si leyera un libro abierto—. No caza solo.

Cedric apretó su espada.

—¿Cómo demonios lo sabes?

Anna destapó el frasco.

—Porque si cazara solo, ya estaríamos muertos.

Un chasquido.

Una sombra saltó desde un tronco.

Cedric levantó el escudo por instinto, pero el golpe lo empujó hacia atrás con un peso brutal. La criatura era una mezcla de felino y reptil: lomo cubierto de placas finas, cola larga, y garras negras como cuchillas.

Rolando avanzó con la espada en alto, intentando cortar de frente…

Pero Anna gritó:

—¡No al cuello!

Rolando se detuvo en seco, girando apenas.

—¿Qué?

—¡La placa cervical es dura! ¡Golpea detrás de la pata delantera, ahí está el pulmón blando!

La bestia lanzó un chillido, girando como un látigo.

Lyra soltó una ráfaga de viento para desviarla.

Mireth alzó su bastón, preparando un hechizo de soporte, pero su mirada se tensó.

—¡Vienen más…!

Y entonces el bosque se movió.

Tres pares de ojos brillaron entre la niebla.

No eran uno.

Eran cuatro.

Anna no entró en pánico.

No dudó.

Solo sacó otro frasco, más pequeño, con líquido opaco.

—Cedric, hacia atrás. Rodéame.

Cedric frunció el ceño.

—¿Rod…?

—¡Rodéame!

Y, por alguna razón que él mismo no entendía, obedeció.

Anna lanzó el frasco al suelo.

PSSSH.

Un humo blanco se expandió como una nube baja, arrastrándose por el suelo y trepando por las patas de las bestias.

El Garrapardo más cercano se detuvo en seco.

Su cuerpo se tensó.

Y luego…

su movimiento se volvió torpe, como si el mundo pesara el doble.

—¿Qué fue eso? —murmuró Mireth, impresionada.

—Parálisis ligera —respondió Anna—. Dura poco. ¡Rolando, ahora!

Rolando no desperdició el segundo.

Entró con un corte limpio donde Anna había indicado.

La criatura chilló y cayó de lado.

Lyra empujó con una ráfaga a la segunda, lanzándola contra un tronco.

Cedric golpeó con el escudo para aturdir.

Y Mireth, por fin, completó su magia: una luz tenue envolvió el brazo de Cedric, reforzando su resistencia.

Pero la tercera bestia saltó.

Directo a Mireth.

Anna lo vio.

Y no gritó.

Se movió.

Como si su cuerpo hubiera aprendido a reaccionar antes que su mente.

Sacó un frasco diminuto —casi un perfume— y lo arrojó con precisión.

El vidrio estalló cerca del hocico del monstruo.

La criatura inhaló.

Y su cuerpo titubeó.

Sus ojos se volvieron pesados.

Su salto se desarmó en el aire.

Cayó de lado como una piedra.

—Somnolencia —dijo Anna, con voz baja.

Mireth la miró como si hubiera visto un milagro.

—Eso… eso es alquimia avanzada.

Anna no respondió.

Porque la cuarta bestia seguía viva.

Y era la más grande.

El Garrapardo Alfa rugió.

Un rugido que hizo vibrar la niebla.

Cedric tragó saliva.

—Ese sí que no está en el libro, ¿verdad?

Anna lo miró con frialdad.

—Está. Pero no debería estar aquí.

Rolando tensó la mandíbula.

—¿Entonces?

Anna apretó el frasco que le quedaba.

—Entonces lo matamos rápido… antes de que nos mate a nosotros.

El Garrapardo Alfa cargó.

Lyra intentó frenarlo con viento, pero el monstruo se ancló con garras al suelo como si pesara una tonelada.

Cedric se interpuso con el escudo.

Rolando buscó el flanco.

Mireth preparó soporte…

Y Anna, sin levantar la voz, dijo lo único que necesitaban escuchar:

—Rodéenlo. No lo enfrenten de frente.

Rolando, por primera vez, obedeció sin discutir.

Y cuando el monstruo giró para atacar a Cedric…

Anna lanzó su última pócima.

No a la cabeza.

No al cuerpo.

Al suelo, justo donde sus patas iban a pisar.

El líquido se extendió como una película invisible.

El Garrapardo resbaló.

Un solo segundo.

Pero en Gravenwald…

un segundo era la diferencia entre morir o vivir.

—¡Ahora! —ordenó Anna.

Rolando entró con un golpe directo al costado.

Lyra empujó con viento para desbalancearlo aún más.

Cedric clavó la espada en la abertura que Rolando había creado.

Y Mireth reforzó el golpe con una descarga de energía que no era ofensiva… sino amplificadora.

El monstruo se sacudió, rugió, y finalmente cayó.

Pesado.

Definitivo.

El silencio que siguió fue tan grande que parecía irreal.

Anna exhaló lentamente.

Y solo entonces se dio cuenta de que tenía el pulso acelerado.

Cedric se limpió el sudor de la frente.

—No me gusta decir esto…

Rolando lo miró.

—Ni yo.

Mireth tragó saliva.

Lyra cruzó los brazos, intentando fingir indiferencia.

Cedric terminó:

—Pero… si no fuera por ti, estaríamos muertos.

Anna no sonrió.

No dijo “gracias”.

Solo respondió con honestidad brutal:

—Lo sé.

Y eso, de alguna forma, les dio más miedo que cualquier arrogancia.

La tarde cayó con un cielo grisáceo, y el grupo encontró una zona relativamente segura: un claro con piedras altas, raíces gruesas y un pequeño arroyo.

Noche del segundo dia campamento

Armaron el campamento sin demasiadas palabras, pero sin discusiones.

Rolando clavó estacas con precisión militar.

Cedric levantó un perímetro como si fuera un puesto avanzado.

Lyra secó la madera húmeda con viento y pequeñas corrientes de aire cálido.

Mireth organizó las vendas, revisó heridas y preparó una infusión para el cansancio.

Y Anna…

Anna abrió la piedra de almacenamiento dimensional.

Uno a uno, los materiales recolectados desaparecieron dentro del espacio sellado: cuernos, placas, garras, colmillos, glándulas venenosas.

Botín.

Prueba.

Dinero.

Cedric se dejó caer cerca del fuego improvisado, estirando las piernas.

—Con esto me compro una espada nueva.

Lyra murmuró:

—Yo quiero un catalizador de plata. Estoy cansada de canalizar con esta basura.

Mireth sonrió apenas.

—Y yo quiero… dormir sin sentir que algo va a morderme el cuello.

Rolando se quedó callado.

Hasta que miró a Anna.

—No voy a decir que confío en ti.

Anna alzó la vista.

—No te lo pedí.

Rolando asintió lentamente.

—Pero hoy… te seguí.

Anna no respondió de inmediato.

Luego, simplemente dijo:

—Y seguimos vivos.

Eso fue suficiente.

El fuego crepitó.

La noche cayó sobre Gravenwald.

Y por primera vez desde que comenzó la expedición…

el grupo no sintió que Anna era una carga.

Sino una pieza peligrosa.

Una pieza que podía salvarlos.

O condenarlos.

Pero una pieza imprescindible al fin.

Y en la oscuridad, mientras el bosque susurraba con bestias invisibles…

la sombra del conflicto verdadero seguía creciendo, esperando el momento de salir.

Porque Gravenwald no perdonaba.

Y aún no había mostrado lo peor.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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