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EL VELO DE LA ROSA - Capítulo 56

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  4. Capítulo 56 - Capítulo 56: Capítulo 54 — Día 3 en Gravenwald
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Capítulo 56: Capítulo 54 — Día 3 en Gravenwald

El tercer amanecer llegó distinto.

No porque Gravenwald fuera más amable —no lo era—, sino porque el grupo, por primera vez, había dormido sin sobresaltos constantes, sin el presentimiento de una garra rozándoles la nuca a cada respiración.

La noche había sido fría, sí. Pero el fuego se mantuvo. El perímetro aguantó. Y el bosque… por una vez, no probó sus dientes.

Anna D’Valrienne despertó con el cuerpo pesado y la mente demasiado despierta.

Se incorporó despacio, sintiendo el rocío pegado a la ropa, el aire húmedo colándose por la garganta. Sus ojos recorrieron el campamento antes de moverse del todo, como si incluso al abrirlos tuviera que confirmar que seguía viva.

A un lado, Lyra Feldane ya estaba levantada, pero esta vez no tenía la rigidez de una estatua.

Se peinaba el cabello con los dedos, sin mirar cada sombra como un enemigo.

Y Mireth Kaelor… Mireth no fruncía el ceño por costumbre.

Estaba sentada en una piedra, envolviendo sus manos alrededor de una taza caliente, con la mirada fija en el vapor como si el simple hecho de ver algo tibio le recordara que aún era humana.

Anna se puso de pie, ajustándose la capa, y comenzó a revisar su cinturón: frascos, sellos, un pequeño paquete de vendas, el paño con el que limpiaba el vidrio.

No hablaba.

No porque no quisiera.

Sino porque hablar, para ella, todavía se sentía como caminar sobre un puente delgado: un paso en falso, y se quebraba.

Lyra fue la primera en romper el silencio.

No con burla.

Con algo más peligroso.

Curiosidad.

—Ayer… —dijo, sin rodeos—. No lo hiciste como alguien que “solo tuvo un mal día”.

Anna siguió ajustando el broche de su capa.

—¿Y cómo lo hice?

Mireth bajó la taza un poco.

—Como alguien que no quiere volver a ser la persona que recuerdan.

Anna se quedó inmóvil un segundo.

Luego respiró, lento.

Lyra dio un paso más cerca.

—¿Cuándo empezó?

Anna alzó la vista, y en sus ojos no había arrogancia.

Había cansancio.

Había un peso que no correspondía a una noble mimada.

—Un día —respondió— desperté.

Mireth parpadeó.

—¿Despertaste…?

Anna asintió.

—Como si despertara de una pesadilla.

Sus dedos apretaron el cuero del cinturón, sin darse cuenta.

—Pero no estaba saliendo de una… —su voz bajó un poco—. Estaba entrando.

Lyra no apartó la mirada.

—Explícate.

Anna tragó saliva.

Buscó las palabras como quien busca una salida en una habitación sin puertas.

—Abrí los ojos… y era como estar en un cuerpo ajeno.

Un cuerpo odiado.

Un cuerpo que todos recuerdan.

Y no de la mejor manera.

Mireth no interrumpió.

Pero su expresión cambió, como si las piezas encajaran con algo que siempre le había incomodado pensar.

Anna continuó, sin dramatismo.

Sin intención de dar lástima.

Solo con verdad.

—Ese día fue… el inicio de la pesadilla.

Lyra cruzó los brazos, más suave que de costumbre.

—Pero… ¿qué te hizo querer cambiar?

La pregunta fue simple.

La respuesta no.

Anna bajó la mirada hacia el suelo.

Hacia las cenizas apagadas del fuego.

—Había algo —murmuró—. Algo que no me dejaba… seguir igual.

Mireth sostuvo la taza con más fuerza.

—Los recuerdos.

Anna no respondió de inmediato.

Pero su silencio fue respuesta.

Lyra, que no solía titubear, habló con una frialdad distinta. No para herir, sino para nombrar lo que existía.

—Las torturas.

Mireth añadió, casi en un susurro:

—Las humillaciones.

Lyra siguió, como si enumerar fuera la única forma de aceptar.

—Cuántas personas destrozaste.

Mireth apretó la mandíbula.

—Y cuántas familias… rompiste.

Anna cerró los ojos por un segundo.

Y cuando los abrió, no había lágrimas.

Había algo peor:

Aceptación.

—Lo sé —dijo.

No “me arrepiento”.

No “no era yo”.

Solo:

—Lo sé.

Lyra inclinó un poco la cabeza.

—Si piensas distinto… si de verdad eres distinta… ¿cómo soportas vivir con eso?

Mireth la miró.

—¿Cómo no te vuelves loca?

Anna soltó una risa breve, sin alegría.

—Al principio… lo fui.

La frase cayó como un golpe suave.

—Casi pierdo la cabeza —admitió—. Porque aunque lo que existe en este cuerpo piense diferente… no cambia el hecho de que este cuerpo ya está marcado.

Su mano se apoyó en su pecho, como si el nombre “Anna D’Valrienne” pesara físicamente.

—La gente no recuerda pensamientos —dijo—. Recuerda actos.

Mireth no pudo evitarlo.

—Entonces… ¿qué te sostuvo?

Anna miró hacia el bosque, donde la niebla aún colgaba entre árboles, como una sábana vieja.

—Recordé cómo llegué ahí.

Lyra frunció el ceño.

—¿Cómo?

Anna no respondió al tiro.

Y en esa pausa, tanto Lyra como Mireth sintieron que estaban por cruzar una línea.

Anna habló con voz baja.

—Una sirvienta me empujó por las escaleras.

Mireth se quedó helada.

—¿Qué…?

Lyra abrió los ojos apenas.

—¿Intentó matarte?

Anna asintió.

—Sí.

Y no lo dijo con indignación.

Lo dijo como quien entiende el motivo.

—Fue un acto desesperado —agregó—. Pero… entendible.

Mireth tragó saliva.

—¿Qué pasó con ella?

Anna giró la cabeza hacia ellas, y por primera vez, algo casi imperceptible se dibujó en su rostro.

Una leve sonrisa.

—Ya la conocen.

Lyra se quedó quieta.

—¿…Qué?

Mireth frunció el ceño, intentando recordar.

Anna se acomodó el paño en el cinturón, como si lo que iba a decir fuera lo más normal del mundo.

—Ahora mismo es la más pegajosa conmigo en la escuela.

Un silencio.

De esos que tardan un segundo en entenderse… y luego golpean.

Los ojos de Mireth se abrieron de golpe.

—No…

Lyra parpadeó, incrédula.

—¿Eliana?

Anna asintió, tranquilo.

—Eliana.

Mireth se llevó una mano a la frente, como si necesitara comprobar que la realidad seguía funcionando.

—¿La misma Eliana que no se te despega ni para respirar?

Lyra soltó una exhalación corta.

No era risa.

Era shock.

—Esa.

Anna sostuvo su mirada, sin burlarse, sin orgullo.

—Esa misma.

Y en ese momento, desde el otro lado del campamento, se escuchó el sonido de una mochila cerrándose con fuerza.

Cedric Halvor estaba guardando sus cosas. Rolando Varkas ajustaba la correa de la piedra dimensional.

Ambos habían escuchado.

Cedric se quedó inmóvil por un segundo, como si su cerebro hubiera tropezado con una pared.

Rolando no miró hacia ellas de inmediato… pero su postura cambió.

Más rígida.

Más alerta.

Como si de pronto entendiera que Anna no solo era peligrosa por lo que sabía hacer en combate…

Sino por lo que había sobrevivido.

Y por lo que estaba intentando ser.

Lyra miró a Anna con una expresión distinta a la del día anterior.

No era confianza.

Pero ya no era desprecio.

Mireth bajó la vista a su taza, y su voz salió más baja, más humana.

—Eso… explica muchas cosas.

Anna ajustó la capa, preparándose para el día.

—No lo explica todo —dijo—. Pero explica lo suficiente.

El tercer día en Gravenwald los esperaba.

Y aunque el grupo seguía sin ser una familia…

habían dejado de ser extraños caminando juntos por obligación.

Ahora caminaban con algo más peligroso:

una verdad compartida.

Y el bosque, como siempre, escuchaba.

Caída por un solo error

El tercer día apenas había comenzado… y Gravenwald ya estaba cobrando.

No con rugidos cercanos.

No con garras en la niebla.

Sino con algo peor:

la soberbia humana.

Anna y su grupo avanzaban con cautela, aún con el eco de la conversación de la mañana colgando entre ellos como un hilo invisible. Nadie hablaba demasiado. Nadie quería romper esa calma rara que se había formado.

Pero el bosque no les dio tiempo.

Porque, a lo lejos, un grito se filtró entre los árboles.

Agudo.

Desesperado.

Y luego otro.

Y otro más.

Cedric se tensó al instante.

—Eso no suena como una bestia…

Lyra entrecerró los ojos, y el viento cambió alrededor de su cabello como si escuchara también.

—Son… estudiantes.

Rolando levantó la mano.

—Quietos.

Mireth apretó su bastón.

—Están cerca.

Anna no se movió hacia el sonido.

Primero escuchó.

Primero midió.

Y entonces lo oyó:

el caos.

Pasos corriendo sin dirección.

Magia lanzada a ciegas.

Órdenes contradictorias.

Y un bramido monstruoso, más profundo que cualquier criatura pequeña.

Cedric tragó saliva.

—…¿Qué demonios hicieron?

Anna respondió sin emoción.

—Lo que siempre hacen los que creen que el mundo les debe obediencia.

El error del líder

Entre los árboles, el grupo alcanzó a ver la escena por una abertura en la niebla.

No era una emboscada.

Era un desastre.

Un grupo de estudiantes —armaduras finas, capas limpias, insignias de familias reconocidas— se movía como un rebaño asustado.

No había formación.

No había coordinación.

No había estrategia.

Solo gritos.

—¡Cúbranme!

—¡No, tú cúbreme a mí!

—¡Atrás! ¡Atrás!

—¡No me toques!

Uno de ellos, claramente un noble por la forma en que se movía incluso en pánico, tenía en la mano el objeto más peligroso en un grupo desordenado:

la piedra de teletransporte.

El artefacto de emergencia.

Y, sobre todo…

la condena de todos si se usaba mal.

Mireth lo reconoció al instante.

—El líder la lleva…

Lyra apretó los dientes.

—Idiota.

Rolando dio un paso, como si quisiera intervenir.

Pero Anna lo detuvo sin tocarlo.

Solo con la mirada.

—No.

Rolando giró hacia ella, tenso.

—Van a morir.

Anna habló con frialdad práctica.

—Si entramos, nos arrastran con ellos.

Cedric frunció el ceño.

—¿Cómo…?

Anna señaló con el mentón.

—La piedra está ligada al grupo.

Mireth tragó saliva.

—Si el líder la activa…

Lyra terminó la frase, seca:

—Todos vuelven. Aunque no quieran.

El grupo se quedó quieto.

Porque en ese instante, el error ya estaba escrito.

El noble con la piedra miró hacia atrás.

Vio a su grupo.

Vio el caos.

Vio la bestia acercándose.

Y tomó la decisión más fácil.

La más cobarde.

La más cara.

—¡Retirada! —gritó.

Uno de sus compañeros lo miró con desesperación.

—¡No! ¡Aún podemos…!

Pero el líder ya no escuchaba.

Sus dedos apretaron la piedra.

Y la runa se encendió.

La luz estalló como una herida abierta en el aire.

No fue un portal suave.

Fue un tirón brutal.

Una fuerza invisible que no preguntaba.

No negociaba.

Arrastraba.

Los estudiantes gritaron al sentir cómo el suelo se les iba.

Uno intentó sujetarse de un árbol.

Otro cayó de rodillas, clavando las uñas en el barro.

Una chica lloró, suplicando:

—¡Espera! ¡Espera!

Pero el líder ya estaba en el centro del sello.

Y la piedra ya había decidido por todos.

El círculo de luz se expandió.

Y en un solo latido…

el grupo entero fue arrancado del bosque.

La bestia embistió el aire vacío.

Y Gravenwald se quedó sin presa.

Pero no sin risa.

Porque el bosque no necesitaba matar.

A veces solo necesitaba ver cómo los humanos se destruían solos.

Cedric apretó la mandíbula.

—…Por culpa de uno.

Rolando cerró los ojos un segundo.

—Por culpa del líder.

Lyra murmuró, fría:

—Y aun así… todos pagan.

Anna no dijo nada.

Solo miró el lugar donde habían estado.

El barro revuelto.

Las marcas de pánico.

La ausencia.

Y entendió algo que siempre había sido cierto, incluso fuera del bosque:

el poder en manos equivocadas arruina más que una batalla.

Academia Arcanum Veridian/sala de teletransporte

En la Academia, las runas de emergencia se activaron antes incluso de que el grupo apareciera.

Los círculos de teletransporte brillaron con fuerza.

Y el aire se partió.

Los estudiantes cayeron al suelo de piedra como si hubieran sido arrojados desde una altura.

Jadeando.

Cubiertos de barro.

Con heridas superficiales, golpes, rasguños… y el orgullo hecho trizas.

Los profesores ya estaban ahí.

Esperando.

Sanadores, instructores, examinadores.

No con sorpresa.

Con cansancio.

Un sanador se arrodilló junto a uno.

—Respira. Mira mi mano. No cierres los ojos.

Otro profesor extendió su magia, cerrando una herida del brazo.

—¿Quién activó la piedra?

Silencio.

Un silencio que apestaba a miedo.

Hasta que uno de los estudiantes señaló al noble con la piedra aún en la mano.

—Él…

El líder levantó la barbilla, como si todavía pudiera salvar algo de su dignidad.

—Era necesario.

El profesor lo miró como si acabara de pisar algo desagradable.

—¿Necesario para quién?

El noble apretó los dientes.

—Para… sobrevivir.

El instructor no levantó la voz.

No hizo un discurso.

Solo dijo, con una frialdad que dolía más que un golpe:

—Arrastraste a tu grupo sin consenso.

Un murmullo se extendió.

Porque todos sabían lo que significaba.

La piedra no era un “botón personal”.

Era un sello de equipo.

Si el líder fallaba…

todos caían.

Y la evaluación, por definición, terminaba ahí.

El director apareció al fondo del pasillo, con las manos detrás de la espalda.

Sus ojos recorrieron a los estudiantes en el suelo.

No vio víctimas.

Vio resultados.

Su voz salió como una sentencia.

—Descalificados.

Uno de los estudiantes alzó la cabeza, desesperado.

—¡Pero no fue culpa nuestra!

El director lo miró sin emoción.

—Eso es lo que hace que sea una evaluación.

El noble líder abrió la boca para protestar…

pero el director lo cortó.

—Tu error fue activar la piedra.

Se giró hacia el resto del grupo, sin suavizar nada.

—Y el error de ustedes fue permitir que alguien así los guiara.

El silencio fue absoluto.

Un profesor, incluso uno de los que siempre defendía que “los nobles nacieron para mandar”, apretó los labios.

Su decepción era visible.

No porque le importaran los demás…

sino porque ver a un noble fallar era ver un símbolo romperse.

Otro examinador levantó la tablilla de notas.

—Perdieron la calificación. Tendrán que repetir la expedición.

La palabra repetir cayó como una condena.

Algunos temblaron.

Otros apretaron los dientes.

Uno lloró en silencio.

Porque repetir significaba volver al bosque.

Volver al miedo.

Volver a depender de un líder…

y esta vez, elegirlo mejor.

La espina que no podían sacar

Desde el primer día, habían llegado alumnos.

Uno tras otro.

Los primeros en caer habían sido, irónicamente, los de apellidos más pesados.

Los que caminaban por los pasillos como si el mundo se apartara.

Los que en la Academia se creían intocables.

Y Gravenwald…

los devolvía como humanos rotos.

Pero había algo peor para muchos.

Algo que les dolía como una espina clavada.

Porque mientras esos grupos regresaban, humillados…

uno no regresaba.

El grupo de Anna D’Valrienne.

El grupo que todos esperaban ver aparecer el primer día.

El grupo que muchos profesores querían ver fracasar para confirmar sus prejuicios.

No aparecía.

Un instructor murmuró mirando el círculo apagado:

—¿Dónde está ese grupo…?

Otro respondió con desdén fingido:

—Ya caerán.

Pero incluso él sonaba inseguro.

Porque el tiempo pasaba.

Y Gravenwald no dejaba salir a nadie sin cicatrices.

El director se quedó mirando el sello vacío.

Y su expresión no fue preocupación.

Fue cálculo.

Como si estuviera viendo un tablero moverse de formas que no había previsto.

Uno de los profesores susurró, con incomodidad:

—Se suponía que ella regresaría en horas…

El director no respondió.

Pero sus ojos se endurecieron.

Porque en el fondo, aunque nadie lo dijera…

había algo que comenzaba a volverse evidente:

Anna no estaba fallando.

Y si Anna no fallaba…

entonces el problema nunca había sido solo ella.

El problema era todo lo que la Academia creía saber sobre jerarquía, linaje…

y obediencia.

Y en algún lugar, dentro del bosque, mientras los arrogantes caían por un solo error…

el grupo que todos querían ver destruido seguía caminando.

Más lejos.

Más profundo.

Más cerca de lo peor.

Y Gravenwald…

todavía no había mostrado su verdadera cara.

De regreso al bosque/grupo de Anna

El bosque no decía nada.

Pero el silencio de Gravenwald era el tipo de silencio que te obligaba a escuchar tus propios pensamientos.

El grupo avanzaba con el mismo ritmo que habían construido a la fuerza desde el segundo día. No era confianza… pero era coordinación. Pasos medidos. Miradas rápidas. Manos cerca de armas y catalizadores.

Y aun así, Anna sentía algo peor que el hambre o el cansancio.

Sentía el peso en su cinturón.

La piedra de teletransporte.

No era grande.

No era pesada.

Pero era el objeto más peligroso que podían llevar.

Porque no era solo una herramienta.

Era una decisión final.

Una sentencia que podía arrancarlos del bosque… o condenarlos a quedarse.

Y por tradición, por jerarquía, por la lógica podrida de la Academia…

esa piedra estaba ligada al nombre más “importante” del grupo.

Al apellido que pesaba más.

Al suyo.

Anna caminó varios minutos sin decir nada, hasta que finalmente se detuvo.

Rolando lo notó de inmediato.

Alzó la mano.

—Alto.

Cedric giró con fastidio.

—¿Qué pasa ahora?

Lyra se quedó quieta, alerta.

Mireth miró alrededor, pensando que era una emboscada.

Pero no era el bosque.

Era Anna.

Ella metió la mano dentro de su capa y sacó la piedra.

Oscura. Lisa. Con runas dormidas, como si estuvieran esperando el momento exacto para despertar.

La sostuvo en la palma un segundo.

Y el simple hecho de verla ahí, en su mano, le revolvió el estómago.

Cedric levantó una ceja.

—¿Vas a venderla o qué?

Anna no lo miró.

Sus ojos estaban en Rolando.

Y cuando habló, su voz no fue dura.

Fue sincera.

—No quiero tener esto.

Rolando frunció el ceño.

—¿Por qué?

Anna apretó los dedos alrededor del artefacto.

—Porque no me siento preparada para decidir por ustedes.

Mireth parpadeó.

Lyra ladeó la cabeza, sin burla, solo observando.

Cedric soltó una risa corta.

—¿Tú? ¿No preparada? Eso sí que es nuevo.

Anna lo ignoró.

—Si la piedra está en mis manos… —continuó— entonces la decisión final depende de mí.

Rolando no dijo nada.

Solo la miró con esa seriedad que siempre llevaba, como si cada palabra tuviera que pasar por un juicio interno antes de existir.

Anna respiró hondo.

—Y yo… —su voz bajó apenas— no confío en mi propio juicio cuando el miedo aparece.

El silencio que siguió fue pesado.

Porque no era una excusa.

Era una confesión.

Anna levantó la piedra un poco, mirándola como si fuera un arma.

—Si fuera por mí… no la usaría nunca.

Cedric abrió la boca para responder algo, pero no lo hizo.

Porque por primera vez entendió lo que eso significaba:

no era orgullo.

Era terror.

Anna dio un paso hacia Rolando.

Y le extendió la piedra.

Rolando no la tomó al instante.

La miró.

Luego miró a Anna.

—¿Estás segura?

Anna asintió.

—Sí.

Rolando finalmente la tomó.

Las runas brillaron apenas, reconociendo el cambio.

Y en ese pequeño destello, el grupo sintió que algo se movía, no en el bosque…

sino entre ellos.

Anna se giró hacia los demás, sin esconderlo, sin hacerlo a medias.

—Desde ahora, él es el líder.

Cedric frunció el ceño.

—¿Qué?

Lyra no dijo nada, pero sus ojos se clavaron en Rolando con atención renovada.

Mireth se tensó un poco.

—Anna…

Pero Anna la cortó con calma.

—No es negociable.

Rolando apretó la piedra en su mano.

—No me interesa el título.

Anna lo miró directo.

—A mí tampoco.

Y entonces, con una frialdad que no era arrogancia… sino advertencia, Anna añadió:

—Pero no quiero que esto termine como los otros grupos.

Lyra soltó una exhalación lenta.

—¿Ya lo sabes?

Anna no respondió.

No hacía falta.

Todos habían escuchado los gritos.

Todos habían entendido que algo había pasado.

Y todos sabían lo que significaba el regreso forzado.

Mireth miró a Rolando.

—Si la usas… nos arrastras a todos.

Rolando asintió.

—Lo sé.

Anna dio un paso más cerca, lo suficiente para que solo él escuchara el peso real de sus palabras.

Pero no susurró.

No escondió nada.

Lo dijo para que los cuatro lo oyeran.

—No la uses por cobardía.

Cedric apretó la mandíbula.

Lyra se quedó inmóvil.

Mireth sostuvo el aire en el pecho.

Rolando no apartó la mirada.

Anna continuó:

—No la uses para escapar de una herida.

No la uses porque te duela.

No la uses porque alguien grite.

Rolando sostuvo la piedra con firmeza.

—Entonces, ¿cuándo?

Anna lo miró, y por un instante, su cansancio se hizo visible.

—Solo si es necesario.

Se enderezó.

—Solo si, a tu juicio… todos estamos en peligro real.

Rolando bajó la vista a la piedra.

Luego la guardó.

Y cuando habló, su voz fue simple.

Sin promesas heroicas.

Sin dramatismo.

—Entendido.

Cedric resopló.

—Genial. Ahora el santo es el jefe.

Rolando lo ignoró.

Lyra miró a Anna con algo nuevo.

No respeto completo.

Pero sí reconocimiento.

Porque entregar el mando, en un mundo donde todos querían control…

era un acto más raro que cualquier magia.

Mireth caminó hasta Anna, quedando a su lado.

—¿No te molesta… que él mande?

Anna negó.

—Me alivia.

Mireth la miró de reojo.

—Eso es… extraño en ti.

Anna soltó una sonrisa mínima, cansada.

—Lo sé.

Y por primera vez, esa frase no sonó como una amenaza.

Sonó como una verdad.

Rolando levantó la mano.

—Seguimos.

El grupo avanzó.

Y aunque el bosque seguía siendo el mismo…

algo había cambiado para siempre.

Porque Anna D’Valrienne, la noble que antes solo sabía mandar…

acababa de hacer algo que la antigua Anna jamás habría hecho.

Había soltado el control.

No por debilidad.

Sino por responsabilidad.

Y en Gravenwald…

esa diferencia podía ser la única razón por la que alguno de ellos llegaría vivo al cuarto día.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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