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EL VELO DE LA ROSA - Capítulo 57

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Capítulo 57: Capítulo 55 —Pequeñas grietas, cuando el bosque ataca —

(Transición: el resto del Día 3)

El resto del tercer día pasó como pasan las cosas en Gravenwald:

sin gloria… pero con sangre.

Hubo bestias.

Hubo emboscadas pequeñas.

Hubo carreras cortas entre la niebla y troncos demasiado viejos.

Hubo cortes que no eran mortales, pero que ardían lo suficiente como para recordarles que el bosque nunca descansaba.

Derrotaron monstruos de clase baja y media, recolectaron lo justo, y cuando el sol empezó a hundirse detrás de la copa retorcida de los árboles, encontraron otra “base” improvisada.

Un claro estrecho.

Piedras altas.

Raíces gruesas.

Y un lugar donde el viento, al menos por una noche, no soplaba directo sobre la nuca.

Rolando marcó el perímetro con estacas.

Cedric revisó huellas.

Mireth organizó vendas, infusiones, y revisó que nadie estuviera sangrando por orgullo.

Lyra… Lyra simplemente observó.

Como siempre.

Hasta que, sin previo aviso, se acercó a Anna por detrás.

Anna estaba sentada sobre una roca, limpiando con cuidado un frasco vacío. Tenía el ceño ligeramente fruncido, concentrada, como si esa tarea simple fuera la única forma de mantener la mente en silencio.

Lyra extendió la mano.

Y tocó el cabello de Anna.

Anna se quedó rígida.

—…¿Qué haces?

Lyra respondió con total calma.

—Tu cabello está hecho un desastre.

Anna frunció el ceño.

—No me importa.

—A mí sí.

Mireth, que estaba cerca, levantó la vista y se le escapó una sonrisa.

—Es verdad. Te ves como si hubieras rodado por un barranco.

Anna apretó el frasco con más fuerza.

—No he rodado por ningún barranco.

—Aún —murmuró Lyra.

Anna giró para mirarlas, seria.

—No necesito que me arreglen.

Mireth se sentó junto a ella, demasiado tranquila para alguien que, hasta el día anterior, parecía incapaz de respirar cerca de Anna sin tensarse.

—No es “necesitar”. Es… —se encogió de hombros— una forma de decir que seguimos vivas.

Lyra ya tenía una pequeña cinta en la mano.

Anna parpadeó.

—¿De dónde sacaste eso?

Lyra ni siquiera se dignó a mirar.

—Tengo cosas.

Anna abrió la boca para protestar.

Pero Mireth ya estaba desenredándole un mechón con dedos cuidadosos, como si tocarla fuera una cosa normal.

Como si no estuvieran tocando el símbolo de años de miedo.

Anna se quedó tiesa, con la mirada al frente, como una prisionera esperando sentencia.

—Dejen de hacer eso.

—No —dijo Lyra, seca.

Mireth sonrió, casi divertida.

—Tu cabello es hermoso. Es un crimen que lo tengas así.

Anna apretó los labios.

—Mi cabello no es un tema de conversación.

Lyra comenzó a separar secciones con precisión fría.

—Ahora lo es.

Anna hizo el intento de levantarse.

Mireth la empujó de vuelta con una mano suave, pero firme.

—Si te mueves, te lo dejo peor.

Anna se congeló.

—…

Lyra trabajó en silencio, trenzando con la misma concentración con la que lanzaba hechizos.

Mireth ayudaba, acomodando mechones, riéndose bajito cuando Anna hacía ese gesto de “esto me está matando por dentro”.

Anna intentó mantener su expresión seria.

Pero sus orejas se pusieron un poco rojas.

Y eso…

eso fue lo que condenó todo.

Porque Cedric, que estaba revisando su espada cerca del fuego, levantó la vista justo en ese instante.

Vio a Anna sentada como una estatua, con Lyra y Mireth detrás como si fueran dueñas del mundo, arreglándole el cabello como si estuvieran en un dormitorio de la Academia y no en un bosque que quería devorarlos.

Cedric parpadeó.

Y luego…

una risa se le escapó.

—PFF—

Rolando, que estaba tensando una cuerda, giró la cabeza.

Vio la escena.

Y se quedó inmóvil dos segundos.

Como si su mente no supiera procesarlo.

Cedric lo miró, conteniendo la carcajada.

—No te rías —susurró—. No te rías o nos mata.

Rolando apretó los labios.

Intentó ser paladín.

Intentó ser serio.

Intentó ser Rolando.

Pero la comisura de su boca tembló.

Y al final, el aire le salió por la nariz en una exhalación que era risa contenida.

Anna lo escuchó.

Y giró la cabeza lentamente.

Su mirada fue una amenaza pura.

—¿Se están riendo?

Cedric se aclaró la garganta.

—No.

Rolando tragó saliva.

—No.

Lyra siguió trenzando como si nada.

Mireth sonrió con una dulzura peligrosa.

—Sí.

Anna cerró los ojos.

Respiró.

Se notaba que quería levantarse y lanzarles el frasco en la cabeza.

Pero no podía.

Porque Lyra tenía su cabello sujeto.

Y porque Mireth estaba disfrutando demasiado el momento.

Cedric murmuró, con voz ahogada:

—Es que… nunca pensé que vería esto.

Anna abrió los ojos.

—¿Ver qué?

Cedric señaló con el mentón, sin poder evitarlo.

—A ti… sin estar dando miedo.

Silencio.

Anna se quedó quieta.

Lyra siguió trenzando, pero sus dedos se hicieron un poco más lentos.

Mireth bajó la sonrisa, apenas.

Como si la frase hubiera tocado algo que no querían tocar.

Anna miró al fuego.

Y no respondió.

Porque no tenía una respuesta que no doliera.

Pero tampoco se levantó.

Y eso, por sí solo, ya era una respuesta.

Cuando terminaron, Lyra dio un pequeño tirón final.

—Listo.

Anna llevó la mano hacia atrás, tocando la trenza con desconfianza.

—…Esto se ve ridículo.

Mireth se rió.

—Te ves bien.

Lyra asintió, sin emoción.

—Demasiado bien.

Anna los miró con una mezcla rara.

Molestia.

Resignación.

Y algo que no se atrevía a llamar gratitud.

—No vuelvan a hacer eso.

Mireth sonrió más.

—Lo haremos de nuevo mañana.

Anna abrió la boca para protestar…

pero no lo hizo.

Porque, por primera vez, protestar se sintió innecesario.

Noche del Día 3

La noche cayó lenta.

El fuego crepitó.

Y el bosque, como siempre, observó desde la oscuridad.

Pero esta vez, el campamento se sintió… menos tenso.

No seguro.

Nunca seguro.

Solo menos afilado.

Lyra se acomodó cerca del fuego.

Mireth se acostó primero, agotada.

Y Anna, después de unos minutos de silencio, se acostó también.

Cerca.

Demasiado cerca.

Como si el cuerpo, por instinto, buscara calor humano antes que orgullo.

Las tres terminaron durmiendo juntas, espalda con espalda, como una muralla pequeña hecha de respiraciones.

Anna no lo habría permitido el primer día.

Ni el segundo.

Pero el tercer día…

simplemente se rindió.

Y en esa rendición había algo que el bosque no podía entender:

confianza naciendo donde no debía.

A unos pasos, Cedric y Rolando se quedaron despiertos, turnándose para vigilar.

La niebla se movía en la distancia.

Las ramas crujían.

Y el silencio volvía a ser vigilancia.

Cedric miró hacia donde dormían las tres.

—…Nunca pensé que terminaría así.

Rolando no apartó la vista del perímetro.

—Ni yo.

Cedric soltó aire por la nariz.

—Sigue cayéndome mal.

Rolando lo miró de reojo.

—Eso no es nuevo.

Cedric apretó el mango de su espada, pensativo.

—Pero… ya no me da la misma sensación.

Rolando tardó un segundo en responder.

—¿Cuál?

Cedric bajó la voz, como si el bosque pudiera escuchar y burlarse.

—La de estar cerca de alguien que… disfruta hacer daño.

Rolando guardó silencio.

Luego dijo, lento:

—Yo tampoco la siento.

Cedric miró el fuego.

—No sé qué le pasó. No sé si es real. No sé si mañana vuelve a ser la de antes…

Rolando apretó los dedos sobre la piedra de teletransporte en su cinturón.

—No podemos saberlo.

Cedric se encogió de hombros.

—Pero hoy nos salvó. Ayer nos salvó. Y no lo hizo para lucirse.

Rolando asintió.

—Lo hizo para que viviéramos.

Cedric soltó una risa corta, sin humor.

—Qué irónico. La persona que más gente rompió… ahora es la que está evitando que nos rompan a nosotros.

Rolando no respondió de inmediato.

Su mirada se quedó en la oscuridad entre los árboles.

Y cuando habló, su voz fue grave.

—Si está mintiendo… Gravenwald la va a desnudar.

Cedric tragó saliva.

—Y si no miente…

Rolando terminó por él.

—Entonces la Academia de Arcanum Veridian va a ser el verdadero problema.

El fuego crujió.

Las tres chicas siguieron durmiendo, juntas.

Y el bosque, allá afuera, esperó.

Porque el cuarto día estaba cerca.

Y Gravenwald aún no había mostrado lo peor.

A la mañana siguiente

El amanecer del cuarto día no llegó con épica.

Llegó con frío.

Con niebla pegada a la piel.

Con ese olor húmedo a tierra vieja que Gravenwald metía en los pulmones como un recordatorio:

siguen aquí.

El fuego de la noche anterior era apenas un círculo de ceniza tibia. Rolando ya estaba de pie, revisando el perímetro con la disciplina de siempre. Cedric, a su lado, estiraba los hombros y bostezaba como si el bosque fuera una molestia personal.

—Si sobrevivo a esto —murmuró Cedric— me voy a dormir tres días seguidos.

Rolando no respondió.

Porque justo en ese instante, detrás de ellos…

se escuchó un sonido.

No de bestia.

No de ramas.

Sino de indignación humana.

—…¿QUÉ ES ESTO?

La voz de Mireth cortó el campamento como un látigo.

Cedric se giró.

Y en cuanto vio su cara…

tuvo que morderse la lengua.

Mireth estaba de pie con el cabello completamente… destruido.

No era solo despeinado.

Era un crimen.

Como si alguien hubiera intentado hacerle trenzas con los ojos cerrados, usando los dedos de un niño y la maldad de un demonio.

A su lado, Lyra se levantó lentamente… y la escena fue peor.

Porque Lyra Feldane —la chica que parecía no tener emociones— tenía el cabello hecho un nido de guerra.

Una parte levantada, otra aplastada, mechones cruzados como si hubieran peleado entre sí durante toda la noche.

Lyra parpadeó una vez.

Luego dos.

Y su mirada, fría y lenta, giró hacia Anna.

Anna estaba sentada cerca del fuego apagado, con el rostro más inocente que Cedric había visto en su vida.

Sosteniendo una taza.

Como si no hubiera un crimen capilar ocurriendo frente a ella.

—Buenos días —dijo Anna con voz tranquila.

Mireth levantó un dedo temblando de rabia.

—NO.

Lyra se tocó el cabello, lo miró como si fuera un objeto ajeno… y luego habló con una calma peligrosa.

—Anna.

Anna ladeó la cabeza.

—¿Sí?

Mireth dio un paso al frente.

—¿Qué hiciste?

Anna parpadeó lentamente.

—¿Yo? Nada.

Lyra entrecerró los ojos.

—Mientes.

Anna se llevó una mano al pecho.

—Qué acusación tan cruel.

Mireth señaló su cabeza como si estuviera presentando evidencia ante un tribunal.

—¡Mira esto!

Anna miró.

Y por un segundo… solo por un segundo… sus labios temblaron.

Como si estuviera peleando contra una sonrisa.

—Se ve… —dijo con tono serio— bastante… creativo.

Mireth apretó los dientes.

—¡CREATIVO NO ES UNA PALABRA!

Lyra avanzó un paso.

—Yo no duermo con el cabello así.

Anna se encogió de hombros, tomando un sorbo de su taza.

—Quizás fue el viento.

Lyra señaló el campamento.

—No hay viento aquí.

Anna levantó un dedo, como si estuviera dando una clase.

—Entonces fue la niebla.

Mireth casi explotó.

—¡LA NIEBLA NO HACE TRENZAS MALDITAS!

Anna mantuvo su cara seria.

Demasiado seria.

Como si estuviera haciendo un esfuerzo sobrehumano por no reírse.

Cedric, a unos metros, se giró hacia Rolando con los ojos abiertos.

Rolando lo miró una fracción de segundo.

Y ambos entendieron lo mismo:

si nos reímos… morimos.

Cedric apretó los labios tan fuerte que su mandíbula crujió.

Rolando se aclaró la garganta.

—No es el momento.

Cedric asintió, con la cara roja.

—No… no es el momento.

Mireth los miró, sospechosa.

—¿Y ustedes de qué se ríen?

Cedric tosió.

—Nada.

Rolando respondió con la seriedad de un funeral.

—Nada.

Lyra no se giró hacia ellos.

Pero su voz salió como hielo.

—Si están riéndose… también mueren.

Cedric tragó saliva.

—No me estoy riendo.

Rolando apretó los dedos contra el cinturón.

—No.

Anna dejó la taza en el suelo con calma exagerada.

—De verdad no sé de qué hablan.

Mireth señaló el cabello de Lyra.

—¿Y esto?

Anna inclinó la cabeza, como si estuviera analizando un fenómeno natural.

—Eso… podría ser… —su voz sonó muy seria— una reacción de estrés.

Lyra parpadeó.

—¿Estrés?

Anna asintió con convicción.

—Sí. El cuerpo manifiesta el trauma de formas diferentes.

Mireth abrió la boca.

La cerró.

La volvió a abrir.

—…Tú eres el trauma.

Anna se llevó una mano al rostro, fingiendo sorpresa.

—Qué cruel.

Lyra dio un paso más.

Y su aura cambió.

No magia.

No amenaza directa.

Solo… intención.

—Anna.

Anna la miró.

—¿Sí?

Lyra habló con calma absoluta.

—Dime la verdad.

El campamento entero se quedó quieto.

Incluso el bosque pareció escuchar.

Anna sostuvo la mirada de Lyra por dos segundos.

Luego tres.

Y al final…

no aguantó.

Una sonrisa mínima se le escapó.

Solo una.

Pequeña.

Culpable.

Mireth la vio.

Y fue suficiente.

—¡LO SABÍA!

Anna levantó ambas manos.

—No tengo idea de qué hablas.

Pero ya era tarde.

Porque Mireth se lanzó como si fuera a estrangularla con sus propias trenzas fallidas.

Anna se levantó de golpe, esquivando.

Lyra se movió también.

No para ayudar.

Para atrapar.

Cedric dio un paso atrás instintivo.

—Uy…

Rolando se puso firme.

—No rompan el campamento.

Mireth gritó:

—¡TE VOY A DESARMAR EL ALMA!

Anna corrió alrededor del fuego apagado.

—¡Eso no suena sano!

Lyra se acercó por el otro lado, cortándole el paso con una precisión fría.

—No correrás.

Anna frenó en seco.

Miró a Cedric y Rolando como si pidiera ayuda.

Cedric negó lentamente con la cabeza.

No.

Rolando ni siquiera pestañeó.

No.

Anna apretó los labios.

—Traidores.

Cedric respondió con voz temblorosa.

—Lo siento, pero yo quiero vivir.

Mireth la atrapó del brazo.

Anna soltó un pequeño quejido.

—¡Ay! ¡Eso fue agresivo!

Lyra tomó un mechón de su propio cabello hecho desastre y lo levantó como prueba.

—Arregla esto.

Anna miró.

Suspiró como si le hubieran pedido cargar un carruaje.

—Está bien…

Mireth apretó más fuerte.

—Ahora.

Anna levantó la mirada al cielo gris.

—El bosque me castiga…

Cedric, con la cara roja, apretó los labios otra vez.

Rolando se cubrió la boca con el puño.

No estaban riéndose.

No.

Solo estaban…

muriendo por dentro.

Anna se dejó arrastrar hacia una piedra, sentándose con resignación.

Lyra y Mireth se pusieron frente a ella como si fueran jueces.

Anna tomó aire.

—Solo para que conste…

Mireth la miró.

—¿Qué?

Anna habló con calma absoluta.

—Ustedes empezaron.

Lyra respondió sin emoción.

—Y tú terminaste.

Cedric cerró los ojos.

Esto va a ser un día largo.

Y mientras el sol apenas se levantaba sobre Gravenwald…

el grupo, por primera vez desde que entró al bosque…

se sintió casi normal.

Casi.

Tarde ese mismo dia

La tarde llegó con un silencio diferente.

No el silencio burlón de la mañana, no el silencio incómodo de un grupo que apenas se soportaba…

sino ese silencio raro que aparece cuando, por primera vez, caminas con gente y no sientes que cada paso es una pelea interna.

Lyra y Mireth iban más cerca de Anna ahora.

No pegadas por obligación.

Pegadas por decisión.

Lyra caminaba con los brazos cruzados, como siempre, pero su mirada ya no era una pared. Mireth, en cambio, parecía más ligera, como si el hecho de haber sobrevivido dos días seguidos le hubiera devuelto una parte de sí misma.

Anna seguía siendo Anna.

Callada.

Atenta.

Pero ya no se veía como alguien caminando sola en medio de otros.

Y eso… era nuevo.

Mireth fue la primera en hablar.

—Quiero preguntarte algo.

Anna no la miró.

—Depende.

Lyra añadió, sin emoción:

—No. No depende.

Anna suspiró.

—Entonces pregunta.

Mireth apretó la correa de su bolso, como si la duda le pesara.

—La mansión… la de las afueras.

Anna se tensó apenas.

No fue visible para cualquiera.

Pero Cedric, que caminaba adelante, lo notó por el cambio en el sonido de sus pasos.

Rolando, en la retaguardia, también.

Aunque no se giró.

Lyra inclinó la cabeza.

—Dicen que te enviaron ahí para que no te vieran.

Mireth miró el suelo un segundo, como si le costara admitir lo que estaba diciendo.

—Para que la ciudad no tuviera que recordarte.

Anna tardó en responder.

No porque no supiera qué decir.

Sino porque esa era una pregunta que abría una puerta que aún dolía tocar.

—Sí —dijo al fin.

Lyra habló directo, sin suavidad.

—¿Tus hermanos… fueron a verte?

Anna soltó una exhalación lenta.

Una de esas que no son cansancio.

Son aceptación amarga.

—No.

Mireth frunció el ceño.

—¿Nunca?

Anna negó.

—Nunca.

El silencio cayó pesado.

Cedric apretó la empuñadura de su espada, sin mirar atrás.

Rolando caminó un poco más lento, escuchando sin querer.

Mireth tragó saliva.

—¿Y cómo se sintió?

Anna apretó los dedos alrededor del borde de su capa.

—Como si hubiera muerto… y ellos solo estuvieran esperando que el cuerpo se pudriera lejos.

Lyra no apartó la mirada.

—Entonces sí te abandonaron.

Anna asintió.

—Sí.

Mireth apretó la mandíbula.

—¿Y tú?

Anna la miró por primera vez en esa conversación.

Y en sus ojos no había drama.

Solo una verdad fría.

—Yo me lo gané.

Mireth se quedó quieta.

Lyra entrecerró los ojos.

—Eso no significa que no duela.

Anna bajó la mirada.

—Duele.

Luego siguió caminando.

Y su voz continuó, baja, sin buscar lástima.

—Lo peor no fue estar sola.

Mireth murmuró:

—¿Entonces qué?

Anna tardó un segundo.

—Lo peor fue volver.

Lyra parpadeó.

—¿Volver?

Anna asintió.

—Volver a ese lugar… después del cambio.

Después de despertar… y sentir que yo no era yo.

Y ver esas paredes.

Ese silencio.

Esa misma cama.

Y saber que… aunque pensara diferente…

seguía siendo el mismo cuerpo.

El mismo nombre.

La misma mancha.

Mireth la miró con una mezcla rara.

No era compasión.

Era… entendimiento.

—¿Te dio miedo?

Anna respondió sin dudar.

—Sí.

Lyra habló, seca.

—¿De qué?

Anna tragó saliva.

—De que fuera demasiado tarde.

—¿Tarde para qué? —preguntó Mireth.

Anna no respondió de inmediato.

Luego dijo algo simple.

Algo que pesaba más que cualquier confesión larga.

—Para que alguien me viera… como algo más que un monstruo.

El aire quedó quieto.

Por un instante, el bosque pareció menos presente.

Y lo único que caminaba con ellos era esa frase.

Cedric no se giró.

Pero sus hombros se tensaron.

Rolando apretó la mandíbula.

Lyra no dijo nada.

Mireth bajó la mirada.

Y Anna siguió caminando.

Como si decirlo en voz alta no cambiara nada.

Como si el mundo no fuera a perdonarla igual.

Mireth iba a hablar otra vez…

cuando Rolando se detuvo de golpe.

Levantó la mano.

—Alto.

El grupo frenó al instante.

Cedric dio un paso al lado, espada lista.

—¿Qué viste?

Rolando no respondió.

Porque ya estaban ahí.

A unos metros, en medio de la niebla, había cuerpos.

No de estudiantes.

De bestias.

Bestias de clase media.

Grandes.

Pesadas.

Peligrosas.

Y estaban… destruidas.

Cortadas.

Literalmente cortadas a la mitad.

No con mordidas.

No con magia descontrolada.

No con una pelea larga.

Un solo golpe.

Limpio.

Brutal.

Como si alguien hubiera pasado una hoja invisible por el aire y el mundo se hubiera partido.

Mireth se quedó helada.

—Eso…

Lyra entrecerró los ojos.

—No fue un grupo de alumnos.

Cedric dio un paso, mirando las heridas con atención.

—Ni aunque fueran cinco juntos… no harían esto así.

Anna se acercó sin darse cuenta.

Su corazón empezó a golpearle el pecho.

No por la sangre.

Sino por el mensaje.

Rolando habló, grave.

—Las bestias de Gravenwald no pueden hacer esto.

Cedric tragó saliva.

—Entonces… ¿qué sí puede?

Nadie respondió.

Porque el bosque respondió por ellos.

No con sonido.

Con sensación.

Fue como cuando una tormenta cae de golpe, sin aviso.

Como cuando el aire cambia y tu cuerpo lo sabe antes que tu mente.

Un escalofrío recorrió la espalda de los cinco al mismo tiempo.

Lyra se quedó rígida.

Mireth apretó el bastón tan fuerte que sus dedos palidecieron.

Cedric sintió el estómago hundirse.

Rolando… bajó un poco la postura, como si se preparara para un impacto invisible.

Y Anna…

Anna sintió algo que no había sentido en mucho tiempo.

Miedo real.

No miedo a morir.

Miedo a algo peor.

El aire se llenó de una presencia.

Una sed de sangre.

De destrucción.

De muerte.

Como si el bosque hubiera exhalado odio.

El grupo entero se erizó.

Los músculos se tensaron.

El cuerpo tembló antes de que el pensamiento pudiera formarse.

Mireth susurró, con la voz rota:

—…¿Qué es eso?

Lyra, que nunca perdía el control, tragó saliva.

—No lo sé.

Cedric dio un paso atrás.

—No me gusta…

Rolando alzó el escudo, sin apartar la vista de los árboles.

—No se muevan.

Anna alzó la mirada.

Y la vio.

Al principio no la entendió.

Su mente se negó a aceptarlo.

Porque no era posible.

Porque no debía estar ahí.

Porque Gravenwald podía ser cruel…

pero esto era otra cosa.

Una araña.

Pero no una araña.

Una monstruosidad.

Un cuerpo gigantesco, negro y áspero, con patas tan gruesas como troncos. Ojos múltiples brillando desde la sombra. Colmillos largos, húmedos, y una quietud tan perfecta que parecía parte del árbol…

hasta que respiró.

Y el sonido fue como cuero mojado tensándose.

Era del tamaño de un elefante.

Una bestia de rango alto.

Una criatura que solo grupos de veteranos enfrentarían con suerte.

Una criatura que no debía existir en una evaluación estudiantil.

Y aun así…

ahí estaba.

Encima de una rama enorme, aferrada al tronco como una pesadilla colgada del mundo.

Mirándolos.

No con hambre.

Con intención.

Con una sed de sangre tan pura que el aire dolía.

Anna sintió que su garganta se cerraba.

Lyra no pudo ocultarlo.

Sus manos temblaron.

Mireth retrocedió un paso sin querer.

Cedric apretó la espada con fuerza.

Rolando, por primera vez desde que entraron al bosque…

no parecía un paladín seguro.

Parecía un humano frente a una muerte que podía pensar.

La araña se movió apenas.

Un solo gesto.

Y el crujido de la rama fue suficiente para que el grupo entendiera:

si esa cosa bajaba…

no habría formación.

No habría plan perfecto.

No habría orgullo.

Solo habría caos.

Anna tragó saliva.

Su voz salió baja.

—…No debería estar aquí.

Rolando respondió, sin apartar la mirada.

—No.

Cedric susurró:

—Entonces… ¿por qué está aquí?

Y en el aire, como si el bosque respondiera con una risa invisible…

la sed de sangre se hizo más intensa.

Más densa.

Más cercana.

La araña inclinó la cabeza.

Como si estuviera eligiendo.

Como si estuviera decidiendo cuál de ellos sería el primero.

Y ahí…

en ese segundo donde el mundo se sostuvo en un hilo…

Gravenwald dejó de jugar.

Y el caos… por fin, comenzó.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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