EL VELO DE LA ROSA - Capítulo 58
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Capítulo 58: Capítulo 56 La Barrera del Depredador
El aire no se movía.
La niebla seguía colgando entre los árboles como una sábana vieja y sucia, atrapada entre las ramas, y el bosque entero parecía contener el aliento, como si incluso Gravenwald estuviera esperando, en un silencio antinatural, ver qué ocurría a continuación.
Cinco estudiantes.
Una zona manchada de sangre.
Bestias de clase media partidas por la mitad con cortes tan limpios que parecían obra de una guillotina invisible.
Y arriba, sobre una rama gruesa como un muro, aferrada al tronco con patas que parecían pilares negros, se alzaba la araña.
No se sentía como una criatura viva.
Se sentía como una sentencia.
Sus múltiples ojos brillaban con un hambre que no tenía prisa, un hambre que no nacía del miedo a quedarse sin alimento, sino de la absoluta certeza de que el plato jamás iba a huir.
Cedric tragó saliva, sintiendo la garganta seca como arena.
Su espada temblaba apenas, pero él ni siquiera lo notaba, porque sus ojos estaban clavados en esa cosa como si apartar la mirada fuera equivalente a perder la cordura.
Mireth sostenía el bastón con tanta fuerza que los nudillos se le habían vuelto blancos.
Lyra respiraba corto, superficial.
Rolando apretaba la mandíbula con una tensión casi dolorosa, como si mantenerse firme sin retroceder fuera, por sí solo, un acto de fe.
Y Anna…
Anna no podía sentir las manos.
Solo el corazón golpeándole el pecho con violencia, como un tambor de guerra.
Aun así, no apartó la mirada.
Porque sabía que, si lo hacía, no solo perdería la compostura.
Se perdería a sí misma.
—No es una bestia para nosotros —murmuró Rolando con voz baja, contenida.
—No… joder, no lo es —respondió Cedric, con una risa temblorosa que no tenía humor.
—Rango alto… —susurró Lyra.
—Eso no está en la evaluación —añadió Mireth.
Anna no respondió.
Porque su mente ya estaba en otra cosa lo único lógico en esta situación imposible, en lo único sensato para sobrevivir, la piedra.
Rolando llevó la mano al cinturón, sus dedos encontraron el artefacto frío, liso, con runas dormidas. Lo sacó con cuidado, como si fuera una reliquia sagrada… o una granada.
Cedric lo miró con desesperación.
—Úsala.
Mireth asintió de inmediato, casi suplicando.
—Tenemos que volver… tenemos que avisar a la Academia de Arcanum Veridian.
Lyra apretó los dientes.
—Evacuar. Sacar a los demás grupos.
Rolando no dudó.
Alzó la piedra y activó el sello, las runas brillaron envolviendo al grupo en una luz, un sello se formo debajo de ellos, la bestia miraba sin atacar solo esperando, como si supiera algo.
El aire vibró, por un segundo, la esperanza se encendió como una chispa en el pecho de los cinco.
Y entonces…
Nada, no hubo tirón esa sensación de ser enviados a otro sitio nunca llego, como si esta hubiese sido borrada en el momento que fue activada. No hubo nada, solo… silencio.
Un silencio cruel.
Rolando frunció el ceño y apretó la piedra otra vez, con más fuerza.
—Vamos…
Nada.
Cedric dio un paso hacia él, uno discreto como si se moviese muy bruscamente llamaría la atención de la bestia.
—¿Qué pasa?
Rolando miró el artefacto como si lo hubiera traicionado.
—No responde.
Mireth abrió los ojos, incrédula.
—Eso es imposible…
Lyra levantó la mano lentamente, y el viento a su alrededor intentó moverse. Pero también se sintió raro, como si algo invisible impidiera que los artefactos funcionasen, como si chocara con algo invisible. Como si el aire estuviera… encerrado.
Anna lo sintió. no como magia, como presión como una pared alrededor de la zona.
Una barrera.
Y entonces lo entendió no con lógica académica.
Con instinto de presa.
—…Nos encerró.
Cedric se quedó helado.
—¿Qué?
Anna habló sin apartar la vista del árbol.
—La teletransportación está bloqueada.
Rolando apretó los dientes, aun sosteniendo el artefacto como si apretarlo fuerte hiciera que funcionara milagrosamente.
—Una barrera…
Mireth tembló.
—¿Por qué…?
Lyra respondió con una voz tan fría que sonó peor que un grito.
—Porque no quiere que escapemos.
Cedric retrocedió un paso.
—Esto… esto no puede estar pasando.
Anna respiró hondo, la garganta le ardía, su cuerpo se tensaba solo con la presencia asesina de aquella criatura que tenia en frente, pero aun así su lógica se revelo en contra de su miedo, porque el miedo te paraliza… o te vuelve peligroso.
Y Anna ya había pasado demasiado tiempo paralizada en su vida.
Miró a la araña otra vez.
Y notó algo.
Algo que, en medio del pánico, parecía una grieta en la muerte, la araña no se movía, no los atacaba, no descendía de aquel árbol, solo… los observaba como si viera a una mosca atrapada en su tela de araña, y en parte asi era, si intentaban escapar ella los alcanzaría, si atacaban sus navajas de aire acabarían con ellos rápido sin tiempo de usar sus armas. y su único medio de escape había sido bloqueado, ante sus ojos ya estaban en su nido y para ella era como si estuviera… disfrutando ya que no tenia prisa.
Cedric apretó la espada.
—¿Por qué no nos mata?
Mireth susurró:
—Tal vez está esperando…
Lyra tragó saliva.
—O tal vez…
Rolando no terminó la frase.
Porque en ese instante, la araña se movió, no hacia ellos, hacia un cadáver.
Una de las bestias cortadas en dos, u pata se flexionó, y de su abdomen salió un hilo grueso, brillante, húmedo… que voló como una lanza.
La tela se pegó al cuerpo muerto y con un tirón lento, casi pereza esta lo arrastro, lento pausado como si supiese que al hacerlo generaba mas miedo a sus presas que ya tendría próximamente, después de unos segundos que parecieron eternos para el grupo, esta lo elevo hasta llegar a sus fauces, comenzando a alimentarse dejando que el sonido de carne, huesos y tendones sonaran en todo momento, una amenaza directa a quien lo escuchara.
Cedric se quedó inmóvil.
Mireth sintió ganas de vomitar.
Lyra apretó los puños, temblando de rabia y miedo.
Rolando bajó el escudo apenas, como si su cuerpo no supiera si correr o rezar.
Y Anna…
Anna lo entendió de inmediato, no estaba apurada para que apurarse si ya tiene el control total de la situación, ell no estaba en peligro podía matarlos cuando quisiera, pero no lo hacía porque no los veía como enemigos, los veía como presas, como simple ganado que espera en la fila para el matadero. Presas atrapadas en su red.
Y por eso se permitía el lujo de alimentarse primero de tomarse su tiempo, de disfrutar el terror.
Anna sintió que el aire se volvía más pesado, y aun así… su mente se movió. Mas rápido que su cuerpo, por que sabia que si querían ganar debian de aprovechar hasta el mas mínimo segundo, y este era ese momento de encontrar la manera, ahora que la araña estaba confiada.
Miró a su grupo.
Cuatro rostros tensos.
Cuatro personas al borde del colapso.
Y supo que si alguien no tomaba el control…
morirían.
No porque la araña los atacara.
Sino porque el miedo los rompería antes.
Anna dio un paso al frente, no litera, le hablo directamente al grupo, tal vez no era la mejor para liderarlos ante un monstruo así, pero si no lo hacia el grupo se perdería, y ella sabia que si pierden aun que sea a uno solo todos morirían
—Escúchenme.
Cedric parpadeó.
—¿Qué…?
Anna no lo miró.
No podía permitirse mirar a otro lado.
—La piedra no funciona. No vamos a escapar.
Mireth tembló.
—Anna…
—No —cortó Anna—. No ahora.
Rolando la miró, serio.
Y no discutió.
Lyra tragó saliva.
—¿Entonces qué hacemos?
Anna apretó los dientes.
Su corazón golpeaba como un martillo.
Y aun así…
su voz no tembló.
—Esa cosa pudo matarnos cuando nos vio.
Cedric frunció el ceño.
—Entonces…
—Entonces está jugando —dijo Anna—. Y eso es lo único que tenemos a favor.
El grupo quedó en silencio.
La araña seguía comiendo lentamente y tranquila, Como si el mundo fuera suyo.
Anna respiró hondo.
Y lo dijo.
La verdad que nadie quería escuchar.
—Tenemos unos minutos… antes de que decida atacarnos.
Miró al monstruo sin pestañear.
Y por primera vez desde que despertó en ese cuerpo odiado…
Anna sintió que la vida le exigía lo imposible.
No exigir.
Sino algo peor:
liderar.
—Y si no hacemos algo antes de eso… —susurró— nos mata.
El viento no respondió.
El bosque no se movió.
La araña solo los miró desde el árbol.
El miedo era un animal.
No se veía… pero se sentía.
Se metía en la garganta, apretaba el pecho, te volvía torpe, te volvía estúpido, en Gravenwald, la estupidez era una sentencia.
Anna respiró hondo.
No apartó la mirada de la araña, si lo hacía, se quebraba.
Y si se quebraba… los demás también.
—Esa bestia… —dijo al fin, con la voz baja pero firme— no es un monstruo común.
Cedric tragó saliva.
—Ya nos dimos cuenta.
Anna ignoró el comentario.
Lyra no parpadeaba.
Mireth parecía sostenerse solo por fuerza de voluntad.
Rolando apretaba el escudo como si fuera lo único real en ese momento.
Anna continuó:
—Es rango A.
Las palabras cayeron como una losa.
Mireth abrió los ojos.
—¿Rango… A?
Cedric soltó una risa sin humor.
—Eso es… eso es para veteranos.
Rolando asintió lentamente.
—Grupos completos. Equipos entrenados.
Anna no discutió.
—Sí.
La araña seguía comiendo, lenta, como si estuviera escuchándolos y eso la entretuviera.
Anna apretó los dientes.
—Se puede matar.
Esa frase, tan simple, fue lo único que evitó que el grupo se derrumbara.
Cedric parpadeó.
—¿De verdad?
Anna asintió sin emoción.
—Pero no es fácil.
Lyra habló por primera vez con algo más que frialdad.
—Dime su nombre.
Anna tardó un segundo.
Como si abrir esa página en su mente fuera peligroso.
—La llaman la Segadora de Bruma.
Mireth sintió un escalofrío.
—Qué nombre…
Anna siguió, rápida.
—Es una bestia territorial. No caza por hambre, lo hace por dominio. caza por placer.
Cedric apretó la espada.
—Perfecto. Nos tocó una que disfruta.
Anna señaló con el mentón, sin apartar la vista.
—Miren sus patas. Sus articulaciones son gruesas, pero no torpes. Puede moverse rápido, aunque sea enorme, Su caparazón no es solo piel endurecida… es una armadura natural.
Rolando frunció el ceño.
—¿Entonces no podemos atravesarla?
—Podemos —corrigió Anna— pero cuesta, el problema es que cada golpe que rebota… es un segundo menos de vida.
Lyra tragó saliva.
—¿Qué habilidades tiene?
Anna no dudó.
—Magia de viento.
El grupo se tensó de golpe.
Cedric apretó la mandíbula.
—Con razón…
Mireth miró los cadáveres cortados.
—Fue un solo golpe…
Anna asintió.
—Cuchillas de aire son corte limpio, muy precisos, gracias a ellos no necesita acercarse
No necesita acercarse. Puede partirnos antes de que levantemos el escudo para defendernos.
Rolando apretó los dientes.
—Entonces no hay forma de acercarse.
Anna negó lentamente.
—Sí la hay.
Y esa frase fue distinta.
No era esperanza.
Era cálculo.
Anna señaló con una calma escalofriante.
—Debajo de su mandíbula.
Cedric parpadeó.
—¿Qué?
Anna habló como si estuviera dictando un manual.
—Tiene una abertura. No es grande. Está protegida.
Pero si una espada entra ahí le llegara directo al cerebro, y si llega al cerebro… muere.
El silencio se volvió más pesado.
Porque todos entendieron lo que significaba.
No era “pegarle hasta que caiga”.
Era una ejecución quirúrgica, solo una oportunidad pequeña, una sola para sobrevivir. Lo peor deben de crear esa mínima abertura ellos mismos.
Rolando habló con voz grave.
—¿Quién tiene que hacerlo?
Anna no respondió de inmediato.
Pero sus ojos se movieron un instante hacia Cedric.
Luego a Rolando.
Cedric apretó la espada.
—Yo puedo…
Rolando lo cortó con calma.
—Tú tienes fuerza. Yo tengo precisión.
Cedric se quedó callado.
Y, por primera vez, no discutió.
Anna asintió.
—Uno de los dos. El que esté más cerca cuando se abra la oportunidad.
Lyra apretó los puños.
—¿Y cómo creamos esa oportunidad si nos corta desde lejos?
Anna respiró hondo.
Y por primera vez desde que empezó todo esto…
se escuchó como una líder real.
No por orgullo.
Sino porque el miedo ya no le servía de nada.
—Lyra.
Lyra la miró.
Anna continuó:
—Tu magia es viento.
Lyra frunció el ceño.
—No soy más fuerte que eso.
Anna negó.
—No sola.
Mireth levantó la mirada, entendiendo.
—…yo.
Anna asintió.
—Sí.
Mireth tragó saliva.
—¿Quieres que… te dé soporte a ti?
Anna negó con firmeza.
—No.
Mireth parpadeó.
—¿Entonces?
Anna no apartó la vista de la araña.
—Todo tu maná va a Lyra.
Lyra abrió los ojos.
—¿Qué?
Anna habló rápido, sin espacio para dudas.
—Tú eres la única que puede contrarrestar el viento de esa cosa, a veces el arma mas poderosa contra un enemigo es su propio elemento… su atacas con tu magia, podras debilitarla lo suficiente para crear esa oportunidad, el problema que con tu magia no la dañaras demasiado, por eso nosotros 3 debemos debilitarla lo suficiente como para que le afecte, y con el refuerzo de magia de Mireth esta será más potente.
Lyra apretó los dientes.
—No puedo mantener un muro de viento tanto tiempo…
Anna la miró por primera vez, directo.
—No tienes que mantenerlo, solo tienes que crear un instante un choque, un error en su ataque.
Mireth apretó el bastón con fuerza.
—Puedo amplificarte… pero me dejará vacía.
Anna asintió.
—Lo sé.
Mireth tragó saliva.
—Y si falla…
Anna no endulzó nada.
—Morimos.
Cedric soltó aire por la nariz.
—Me encanta este plan.
Rolando lo miró.
—No es un plan. Es una apuesta.
Anna continuó, ignorando el humor de Cedric.
—Mientras Lyra prepara su magia… Cedric y Rolando, ustedes la mantienen ocupada no le dan espacio para apuntar, agótenla lo mas que puedan.
Rolando apretó el escudo.
—¿Y tú?
Anna tocó su cinturón.
Sus frascos.
Sus mezclas.
Sus últimas opciones.
—Yo la freno con lo que tenga, no sé cuánto la afectarán mis pociones pero sé si funcionarán más de un segundo y ahora mismo cada segundo sirve.
Lyra apretó los dientes.
—Si te acercas… te mata.
Anna respondió sin emoción.
—Si no me acerco… nos mata igual.
Mireth cerró los ojos un segundo.
Como si estuviera rezando sin religión.
Cedric miró a la araña.
—¿Y qué hacemos si baja de golpe?
Anna señaló sin levantar la mano.
—Si se mueve…
Rolando habló, grave:
—Yo la fijo.
Cedric apretó la espada.
—Yo la golpeo.
Anna terminó, fría:
—Y Lyra corta el aire antes de que nos corte a nosotros.
Lyra tragó saliva.
—Necesito tiempo.
Anna asintió.
—Lo tendrás.
Mireth apretó el bastón, decidida.
—Entonces me quedo pegada a ti. Todo lo que tenga va a tu núcleo.
Lyra la miró de reojo.
—No te quedes atrás.
Mireth sonrió apenas.
—No me dejes morir.
Lyra no respondió.
Pero su mirada dijo que lo había escuchado.
Anna respiró hondo.
La araña seguía arriba.
Tranquila.
Alimentándose.
Como si estuviera disfrutando el suspense.
Como si supiera que el terror humano era parte del sabor.
Anna apretó los dedos.
Y su voz bajó, como una orden final.
—Tenemos una sola oportunidad.
Miró a Rolando y Cedric.
—Cuando vean la abertura bajo su mandíbula… no duden ni un segundo, aun cuando uno de nosotros caiga herido de gravedad.
Cedric tragó saliva.
Rolando asintió.
Anna miró a Lyra.
—Cuando sientas que puedes bloquear su viento… hazlo aunque sea un segundo.
Lyra cerró los ojos un instante.
—Lo haré.
Anna miró a Mireth.
—No te reserves nada.
Mireth tragó saliva.
—Entendido.
Anna volvió a mirar a la Segadora de Bruma.
Y en ese momento, por primera vez, la araña dejó de comer.
Sus patas se ajustaron inclinándose hacia ellos, sus ojos se clavaron sobre todos, como si hubiera terminado de decidir, como si los preparativo se hubiera acabado, y ahora comenzara la caceria.
Anna sintió que el corazón se le iba a salir del pecho.
Pero no retrocedió.
Porque ya no era una estudiante en evaluación.
Era una presa… que se negaba a morir arrodillada.
—Ahora… —susurró Anna— empieza.
Lyra no respiraba normal.
Respiraba como si cada inhalación fuera un acto de disciplina.
Mireth estaba detrás de ella, con el bastón alzado, los ojos cerrados, murmurando sellos de soporte con una tensión que le hacía temblar la mandíbula.
Toda su energía iba hacia una sola cosa.
Hacia una sola persona.
—Lyra… —susurró Mireth, casi sin voz— te estoy amplificando.
Lyra apretó los dientes.
—Lo siento.
Mireth soltó una risa corta, nerviosa.
—No lo sientas… solo hazlo.
A unos metros, arriba del árbol, la Segadora de Bruma giró lentamente.
Como si el mundo entero le perteneciera.
Sus ojos se clavaron en ellos.
Y el aire…
cambió.
Una presión invisible se formó alrededor de su cuerpo, el viento se reunió comenzó a reunirse alrededor de ella, afilándose con la carga de mana de esta.
No era una brisa.
Era una hoja.
Anna lo sintió.
Y se movió antes de que la muerte tuviera forma.
—¡Ahora! —ordenó.
Su mano ya estaba en su cinturón, tomando un frasco oscuro con sello de cera.
Un lanzamiento seco.
El vidrio golpeó el suelo, explotando de inmediato.
PSSSHHH—
Una cortina de humo se elevó al instante, densa, espesa, como una pared que devoraba la visión, no un humo lento, una nube agresiva, que se expandía como si quisiera tragarse el bosque.
Cedric parpadeó.
—¿Qué…?
Anna no lo miró.
—¡No le den línea de tiro!
La Segadora de Bruma soltó un sonido bajo.
No un rugido.
Un chasquido húmedo.
Su magia de viento se lanzó igual, ráfagas de viento que parecían cuchillas transparentes salieron disparadas hacia todos lados cortando arboles y piso
afortunadamente esta vez… no encontró el objetivo.
Las cuchillas de aire atravesaron el humo como si cortaran agua, quitándole precisión.
Sin muerte instantánea.
Rolando alzó el escudo.
—¡Cedric!
Cedric asintió.
No preguntó.
No discutió.
Los dos se lanzaron hacia el árbol directamente, como si correr hacia una bestia rango A fuera una decisión normal.
El suelo tembló bajo sus pasos.
Rolando golpeó el tronco con el escudo como un ariete un golpe seco que hizo que el árbol junto con la Segadora se tambalease. Cedric descargó la espada con fuerza bruta, la madera crujió partiéndose automáticamente, las raíces gimieron.
Y entonces…
el árbol cedió.
Se quebró como un hueso viejo.
Cayó con un estruendo brutal que sacudió la niebla.
La Segadora de Bruma se balanceó.
No cayó de inmediato.
Su cuerpo se movió con una agilidad antinatural, lanzando un hilo de tela hacia otro árbol cercano, la seda voló como un látigo pegándose en un árbol sercano.
La araña intentó recuperar altura.
Pero Cedric ya estaba ahí.
Con un grito ahogado, levantó la espada y cortó la tela de un solo golpe.
La seda se partió.
Y por primera vez…
la bestia perdió el control.
Su cuerpo enorme cayó.
Pero no sola.
Porque en el aire, una pata se movió como una guillotina viva.
Cedric no alcanzó a reaccionar.
El golpe lo tomó de lleno.
Lo lanzó hacia atrás como si fuera un muñeco.
Su cuerpo rodó por el barro.
Golpeó una raíz.
Y quedó inmóvil un segundo.
—¡Cedric! —gritó Mireth, el soporte temblándole.
Lyra abrió los ojos de golpe, el viento a su alrededor vibrando con rabia.
Pero Anna ya estaba corriendo.
No hacia la seguridad.
Hacia el impacto.
Hacia Cedric.
Hacia la araña.
La Segadora de Bruma aterrizó con un golpe que hundió el suelo.
Patas clavándose como estacas.
El humo aún cubría parte del campo, pero su silueta era demasiado grande para ocultarse.
Anna llegó primero.
Se plantó frente a ella con el frasco ya abierto, no dudo ni un segundo a pesar del miedo. Solo lanzó.
El líquido le golpeó directo en la cara.
En los ojos.
En la boca.
La bestia soltó un chillido agudo, violento.
Su cuerpo se tensó.
Las patas se clavaron más profundo.
Y por un instante…
su movimiento se volvió torpe.
Pesado.
—¡Parálisis! —dijo Anna, con la voz rota por la adrenalina— ¡Ahora!
Rolando no desperdició el segundo.
Entró.
Su espada brilló.
Y cortó una de las patas delanteras con un golpe limpio.
La pata cayó al barro con un sonido húmedo.
La araña gritó.
El suelo tembló.
Pero no murió.
Ni cerca.
Su cuerpo se sacudió.
La parálisis duró un instante.
Solo un maldito instante.
Y entonces se recompuso con una violencia que hizo retroceder a todos.
Su pata restante golpeó el suelo, levantando barro como una explosión.
Sus ojos se fijaron en Rolando.
En Anna.
En los tres.
Como si ahora…
sí los estuviera tomando en serio.
Cedric, desde el suelo, tosió, intentando incorporarse.
—…Estoy bien…
Mentía.
Pero lo dijo igual.
Anna no lo miró.
No podía.
Porque la Segadora de Bruma ya estaba en tierra.
Y ese…
ese era el objetivo.
El monstruo no tenía altura ahora.
No tenía distancia.
No tenía su ventaja perfecta.
Habían logrado lo que querían.
Habían forzado al depredador a pelear en el suelo.
Y aun así…
la sensación de muerte no desapareció.
Solo cambió de forma.
Anna apretó los dientes.
—¡No la dejen volver a los árboles!
Rolando alzó el escudo, respirando fuerte.
Lyra, detrás, estaba temblando… pero no por miedo.
Por concentración.
Mireth le sostenía el soporte con todo lo que tenía.
Y la araña…
la araña bajó su cuerpo.
Como un cazador antes del salto.
Como un verdugo antes del golpe final.
El aire se afiló otra vez.
El viento se tensó.
La Segadora de Bruma iba a atacar.
Y esta vez…
ya no estaba jugando.
Anna sintió que el mundo se encogía.
Y supo que lo peor…
apenas estaba comenzando.
Comunicado del Autor
Queridos lectores,
Quiero agradecerles sinceramente por todo el apoyo que le han dado a mis novelas. Cada lectura, comentario y mensaje significa mucho para mí, y es gracias a ustedes que estas historias siguen creciendo día a día.
Quería informarles que la próxima semana no habrá publicaciones de capítulos regulares de mis obras actuales. Sin embargo, no será una semana en silencio, ya que durante esos días estaré publicando el Capítulo 1 de una nueva historia, un proyecto muy especial en el que he estado trabajando.
Espero que puedan acompañarme también en este nuevo comienzo, así como lo han hecho con mis otras novelas.
Gracias por su apoyo constante y por ser parte de este camino como autor ❤️
— D. Navarrete
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com