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EL VELO DE LA ROSA - Capítulo 59

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  4. Capítulo 59 - Capítulo 59: Capítulo 57 Segadora de Bruma
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Capítulo 59: Capítulo 57 Segadora de Bruma

La Segadora de Bruma bajó el cuerpo.

No como un animal herido, ni atrapado, esta sabia que aun tenia el control de la situación.

Pero ahora dejo de ser solo espectador y paso a ser un depredador que por fin decidió dejar de fingir.

El barro vibró bajo sus patas.

Sus ojos múltiples se clavaron en el grupo como si ya no los viera como presas… para ella esto ya eran un estorbo que merecía ser borrado de su presencia.

Y entonces el aire cambió.

No con viento.

Con intención.

Una presión invisible se reunió alrededor de su abdomen, subiendo como una tormenta contenida a punto de ser liberada como un huracán desenfrenado.

Lyra lo sintió primero.

Su rostro se tensó.

—Está acumulando…

Mireth tragó saliva, sin apartar el bastón de su espalda.

—Mana…

Rolando levantó el escudo.

Cedric apretó la espada, con el pecho todavía ardiendo por el golpe anterior.

Anna no dijo nada, ya estaba preparada, corrió directo hacia ambas chicas colocándose justo delante de Lyra.

Lyra parpadeó.

—¿Qué haces?

Anna no la miró.

—No te muevas.

Lyra frunció el ceño.

—Anna, si te quedas ahí—

La Segadora de Bruma soltó un chillido agudo, tan agudo que hizo vibrar el aire mismo a su alrededor. Entonces como si fuera la dueña del mundo este se partió en todas direcciones.

Cuchillas de aire, decenas de ellas salieron disparadas desde el abdomen rompiendo todo a su alrededor. A su pieza la piedra era cortada como mantequilla, cuchillas invisibles, pero reales, atravesando el campo como si el aire fuera una espada gigante despedazada en fragmentos.

Cedric rodó hacia un lado.

Rolando se agachó tras el escudo, sintiendo impactos que no se veían, pero que golpeaban como martillos.

Mireth gritó una palabra de soporte, reforzando músculos y reflejos.

Lyra intentó levantar su viento…

pero el ataque era demasiado.

No era un duelo de magia.

Era una ejecución.

Y entonces, justo cuando una cuchilla de aire iba a atravesar el lugar donde Lyra estaba…

Anna activó su artefacto.

Un clic seco.

Un brillo blanco.

Y una cúpula de luz se desplegó sobre ella como un escudo cristalino.

Las cuchillas chocaron contra la barrera y explotaron en destellos, desviándose en el aire como chispas cortantes. Anna apretó los dientes soportando el impacto en el escudo, a pesar de que estos frenaban las cuchillas, el impacto hacia que los brazos de Anna salieran resentidos, el impacto se sintió como si le estuvieran golpeando el cuerpo con piedras invisibles.

Pero la barrera resistió.

Lyra abrió los ojos, sorprendida.

—¿Eso es…?

—Alquimia —gruñó Anna, sin perder el equilibrio—. No hables.

Mireth, desde atrás, vio el brillo.

Y su corazón dio un salto.

No de alegría.

De incredulidad.

—¿Cuántos tienes…?

Anna no respondió.

Porque el ataque seguía.

El viento cortaba.

El suelo se levantaba en pequeñas explosiones de barro.

Los árboles cercanos se rajaban como si algo invisible los estuviera serruchando.

Y en el centro de todo, Anna sostenía la luz con el cuerpo, temblando, mientras Lyra reunía mana con desesperación.

Rolando gritó sin mirar atrás.

—¡Aguanta!

Cedric rodó de nuevo, esquivando por centímetros.

—¡Esto es una locura!

La Segadora de Bruma seguía atacando.

Y atacando.

Y atacando.

Como si quisiera pulverizarlos.

Y entoces… El viento se apagó.

No porque se cansara.

Sino porque decidió parar.

El campo quedó cubierto de una estela de humo y polvo, barro flotaba en el aire como lo pétalos después de un viento fuerte, cortezas partidas de los arboles cercanos partidas en varias partes.

El suelo lleno de marcas profundas, como si hubieran pasado cuchillas gigantes.

Un segundo de silencio.

Un segundo donde todos respiraron como si acabaran de volver a nacer.

Anna soltó el aire.

Y la barrera de luz se apagó con un destello final.

Su cuerpo se tambaleó apenas.

Lyra la sostuvo por el brazo, instintivamente.

—Anna…

Anna apartó la mano.

—Estoy bien.

Mentía.

Pero seguía de pie.

Rolando no perdió tiempo.

—¡Ahora!

Se lanzó con el escudo en alto.

Golpeó el costado de la araña con toda su fuerza.

Un impacto brutal.

La Segadora de Bruma perdió equilibrio por un instante y rodó por el barro, levantando tierra como una avalancha.

Cedric entró al mismo tiempo.

Su espada brilló.

Y esta vez no golpeó caparazón.

Golpeó carne.

Un corte profundo en el abdomen, la herida se abrió como una boca y la sangre que salió les dio la comprobación de que podían herirlo, pero la sangre no era común, era más… densa.

Tóxica.

La araña chilló, un sonido que perforó los oídos.

Mireth apretó los dientes.

—¡Sí…!

Pero Anna no se dejó engañar.

No era suficiente.

Esa cosa todavía tenía demasiado cuerpo, para caer asi… mientras Cedric se apartaba para no quedar bajo las patas…

Anna ya estaba moviéndose.

Un frasco en la mano.

Un líquido más oscuro, más agresivo que el anterior, mas toxico

Lo lanzó con precisión llegando directo a su objetivo, vidrio explotó contra la cara de la bestia esparciendo el veneno sobre sus ojos y colmillos.

La Segadora de Bruma se sacudió, arrastrando sus patas sobre el barro sintiendo como su visión se apagaba por unos segundos, su resistencia bajó.

No lo suficiente.

Pero algo cambió.

Su movimiento se volvió un poco más pesado.

Su respiración… más irregular.

Lyra lo sintió.

—Está afectándole…

Anna apretó los dientes.

—Un poco.

Rolando retrocedió, escudo alzado.

Cedric respiraba como un animal herido.

Mireth mantenía el soporte, sudando frío.

Y la araña…

la araña volvió a levantar el cuerpo.

Su abdomen se tensó otra vez.

El aire alrededor comenzó a vibrar.

Mana acumulándose.

Otra vez.

No solo para atacar.

Para borrar.

Lyra sintió el viento volverse afilado de nuevo.

Mireth casi se cayó de rodillas.

Cedric abrió los ojos con rabia.

—¡Otra vez no!

Rolando se plantó.

—¡No le den espacio!

Anna levantó el brazo.

Sus dedos tocaron el cinturón.

Le quedaban dos artefactos de luz.

Solo dos.

Y el monstruo ya estaba reuniendo el aire como una guillotina invisible mientras peleaba con ellos, como si lanzar muerte y moverse al mismo tiempo fuera natural, estaba hecha para matar.

Y aun así…

el grupo no retrocedió.

Porque si retrocedían…

morían.

Anna apretó la mandíbula.

Miró a Lyra.

Miró a Mireth.

Miró a Cedric y Rolando.

Y habló con una calma que solo existía cuando alguien ya había aceptado la posibilidad de no salir vivo.

—No se lo pondremos fácil.

—batalla de agotamiento—

Cedric ya no sentía los brazos.

Rolando ya no sentía las piernas.

Pero ninguno se detenía.

Porque detenerse era morir.

La Segadora de Bruma se movía con una furia pesada, sacudiendo el barro con cada golpe de sus patas. Cada vez que intentaba levantar su cuerpo para buscar altura, Rolando se estrellaba contra ella con el escudo como una muralla viviente.

Y Cedric…

Cedric entraba como un animal rabioso, buscando carne, buscando grietas, la sangre verde ya manchaba el suelo, la herida del abdomen seguía abierta, el veneno en su rostro la hacía parpadear con torpeza.

Y aun así…

seguía siendo un monstruo rango A.

Seguía siendo una cosa hecha para matar.

Anna se movía detrás de ellos, con el cinturón cada vez más liviano.

Frascos menos.

Opciones menos.

—¡Cedric, a la izquierda! —ordenó, lanzando una poción al suelo.

El vidrio explotó y una neblina fina se levantó alrededor del caballero.

Un impulso de energía le recorrió el cuerpo, como si el cansancio se apartara por un segundo.

Cedric rugió y golpeó de nuevo.

Rolando recibió otra poción en el brazo, una mezcla que endurecía músculos y bajaba el dolor.

—No me mires así —murmuró Anna sin girarse—. No te estoy curando por cariño. Te estoy curando porque me sirves vivo.

Rolando, jadeando, soltó una risa ronca.

—Eso… suena justo.

Pero el tiempo se les acababa.

Se veía en los movimientos de Cedric, más lentos.

En el escudo de Rolando, cada vez más bajo.

En Mireth, temblando detrás, sosteniendo soporte sobre Lyra como si estuviera exprimiendo su propia alma.

Lyra tenía los ojos cerrados.

El viento alrededor de ella giraba como un remolino contenido.

No era un hechizo simple.

Era algo grande.

Algo que, si fallaba…

los borraba a todos.

La Segadora de Bruma lo sintió, no era tonta sabia quien era la mas peligrosa del grupo y a quien debía de eliminar primero.

Y su abdomen vibró.

El aire se afiló.

Mana acumulándose.

Rolando abrió los ojos.

—¡Viene otra vez!

Cedric apretó los dientes.

—¡Que lo intente!

Pero esta vez el ataque no fue una lluvia.

Fue un tajo desordenado como el anterior, era un corte único fino, con un solo objetivo claro. Las cuchillas de aire cayeron como una guillotina invisible sobre el campo, arrancando barro, partiendo raíces, abriendo surcos como si el suelo fuera carne.

Rolando levantó el escudo.

El impacto lo empujó hacia atrás.

Cedric rodó, sintiendo el filo pasar a centímetros.

Mireth gritó una palabra de soporte, reforzando reflejos…

pero no era suficiente.

Porque el ataque no estaba dirigido a ellos.

Estaba dirigido a lo que estaban protegiendo.

A Lyra.

A Mireth.

Anna lo vio.

Y se movió antes de pensar.

Activó el segundo artefacto.

Un clic seco.

Un brillo blanco.

Y una cúpula de luz estalló frente a ellas, levantándose como un muro cristalino, las cuchillas chocaron y el escudo resistió… pero el golpe fue distinto no era un ataque disperso, ra un golpe concentrado. Con una sentencia clara eliminar a lo único que la Segadora sabia que podía dañarla. La barrera se llenó de grietas luminosas, como cristal rompiéndose desde dentro.

Anna apretó los dientes.

El impacto le destrozó el aire de los pulmones.

Su cuerpo tembló.

La luz se dobló.

Y entonces…

la barrera estalló.

Anna salió volando hacia atrás.

Su cuerpo giró en el aire, golpeó el barro, rodó, y se clavó en el suelo como si el bosque la hubiera escupido.

El silencio duró menos de un segundo.

Pero en ese segundo…

la Segadora ya se estaba moviendo.

La Segadora de Bruma lo sintió.

Y decidió cortar el problema de raíz.

Su abdomen vibró.

El aire se afiló.

Pero esta vez…

no lanzó el ataque al campo, nada fue al azar su cuerpo y mana se movió en solo una dirección apuntando a donde sabia que estaba la esperanza del grupo para sobrevivir, queriendo cortar toda posible esperanza de supervivencia.

Apuntó.

Directo.

A ellas dos.

A Lyra.

A Mireth.

Una descarga de viento comprimido salió como una lanza invisible.

Mireth abrió los ojos, horrorizada.

Su bastón estaba alzado…

pero no había tiempo, Lyra estaba con el hechizo a medio formar, el cuerpo rígido por el esfuerzo, el mana girando en espiral dentro de ella como un huracán que todavía no encontraba salida no podía hacer nada.

La cuchilla de aire iba a atravesarla.

Y Anna lo supo, sabia que solo había una solución, no podía dudar ni dar marcha atrás, era ahora o nunca.

Su mano fue al cinturón.

El último artefacto de luz.

Lo activó.

No sobre ella.

Sobre Lyra.

Un destello blanco estalló en el aire.

Una barrera cristalina se levantó justo frente a la chica en el mismo instante en que la cuchilla llegó, impactando contra el muro de luz, un sonido seco se escucho en el aire. Como si el mundo hubiese golpeado una pared de vidrio.

La luz resistió…

por una fracción de segundo.

Lo suficiente.

Lyra sobrevivió.

Pero Anna… no tuvo la misma suerte el viento la alcanzó a ella de lleno, una espada invisible que impacta sin dudar y aun que estuviera debilitada, el golpe fue mortal.

Y el silencio se volvió insoportable.

Cedric lo vio desde el flanco.

Rolando lo vio desde el frente.

Mireth lo vio con el alma encogida.

Y Lyra…

Lyra lo vio como si el tiempo se hubiera roto, en ese momento el tiempo se congelo para todos ellos, al ver la escena que no esperaban ver de alguien como Anna. Les había dado las llaves de la victoria aun cuando ella saliera lastimada.

Anna dio un paso, solo uno cayendo de rodillas mientras su uniforme ya comenzaba a mancharse de rojo desde el vientre hacia el piso. Su cuerpo aun intentando obedecerle, aunque ya estuviera perdido. Sus manos temblaban, y una línea roja salía de sus labios.

Su boca se abrió, sus ojos llenos de una determinación férrea. el sonido que salió de ella no fue un grito, o fue una súplica.

Fue una orden.

Una palabra hecha con sangre.

—…Hazlo…

Lyra se quedó helada.

Sus ojos temblaron.

La mana dentro de ella se agitó con violencia.

—Anna…

Anna levantó la mirada.

Los labios manchados.

Los ojos abiertos.

Todavía mandando.

—¡Hazlo…!

Y entonces cayó hacia adelante.

Como si el bosque por fin la hubiera reclamado.

Lyra sintió que algo dentro de su pecho se partía.

No era rabia.

No era valentía.

Era desesperación pura.

Un terror tan absoluto que se convirtió en odio.

No contra la Segadora.

Contra el hecho de que el mundo permitiera cosas así.

Su garganta se abrió.

Y el sonido que salió de ella no fue humano.

Fue un grito que parecía arrancado del viento mismo.

—¡AAAAAAAH!

El aire alrededor de Lyra explotó.

No como brisa.

No como magia elegante.

Como un cielo destrozándose.

Cientos de cuchillas de aire nacieron a su alrededor.

Una tras otra.

Una lluvia invisible.

Un huracán hecho de filos.

Golpearon a la Segadora.

Rasgando.

Abriendo.

Desgarrando.

La bestia chilló, desesperada, sacudiendo patas como columnas, intentando protegerse, intentando levantar una defensa de viento…

pero Lyra no se detuvo.

No le importaba agotarse.

No le importaba romperse.

No le importaba morir después.

Solo tenía un objetivo.

Destruir.

Cada ráfaga era un castigo.

Cada cuchilla era un “no”.

Un “no” a lo que le habían hecho.

Un “no” a que Anna cayera.

Un “no” a que esa cosa siguiera respirando.

La sangre verde salpicó el aire.

Las placas se abrieron.

El abdomen, ya herido, se volvió una herida viva.

La Segadora retrocedió, tambaleándose, lanzando chillidos agudos, como si el bosque entero estuviera siendo arañado por dentro.

Fueron unos segundos que parecieron eternos donde a furia de una sola persona quisiera destruir el mundo entero.

Y luego…

el viento de Lyra se apagó.

No porque quisiera parar.

Sino porque su cuerpo ya no podía dar más.

Sus rodillas tocaron el barro.

Sus manos temblaron.

Sus ojos se quedaron abiertos, vacíos, jadeando como si se ahogara en tierra.

La Segadora seguía en pie.

Malherida.

Destrozada.

Pero todavía viva.

Todavía intentando moverse.

Todavía intentando matar.

Lyra apretó los dientes.

Su garganta ardía.

Sus pulmones quemaban.

Intentó reunir aire otra vez.

Solo una ráfaga más.

Una última cuchilla.

Pero no salió nada.

Nada.

El viento… no respondió.

Lyra bajó la mirada, temblando.

Y la rabia que la atravesó no fue contra la Segadora.

Fue contra ella misma.

Contra su cuerpo.

Contra su límite.

—Maldita… —escupió, con la voz rota—.

No era un insulto hacia la bestia.

Era hacia su propia debilidad.

Por no haberla matado con sus propias manos…

para Lyra…

era humillante.

Su mano se cerró en el barro, apretándolo como si pudiera exprimir mana de la tierra.

Pero no había nada.

Solo vacío.

Solo cansancio.

Solo impotencia.

La Segadora dio un paso.

Pesado.

Inestable.

Pero un paso al fin.

Cedric la vio.

Y en ese instante…

no pensó.

No dudó.

No miró a nadie.

Solo escuchó en su cabeza la voz de Anna.

Debajo de la mandíbula.

La abertura.

El punto exacto.

Cedric apretó la espada con ambas manos.

Y se lanzó.

Se metió bajo el cuerpo enorme mientras las patas temblaban sobre él como pilares a punto de caer.

El barro le golpeó la cara.

La sangre verde le cayó en el cuello.

Pero Cedric no se detuvo.

Encontró la apertura.

El hueco justo donde el monstruo dejaba de ser invencible…

y se volvía carne.

—¡MUERE! —rugió.

Clavó la espada.

El acero atravesó.

Entró.

Subió.

Y perforó la cabeza hasta salir por el otro lado.

La Segadora de Bruma se congeló.

Un segundo.

Dos.

Luego su cuerpo se desplomó como una montaña muerta.

El impacto sacudió el suelo.

La niebla se movió como si el bosque mismo hubiera exhalado.

Silencio.

Silencio absoluto.

Y entonces…

algo más cambió.

La presión en el aire desapareció.

La barrera invisible que había bloqueado el teletransporte se desvaneció como humo.

Mireth lo sintió al instante.

—La… barrera…

Lyra cayó de rodillas, jadeando, con el cuerpo vacío.

Cedric se quedó quieto, mirando su espada atravesada en el cráneo del monstruo, como si no creyera que seguía vivo.

Rolando giró de inmediato.

—¡La piedra! —gritó.

No esperó respuestas.

Corrió hacia Anna.

Ella estaba en el suelo.

Inconsciente.

Su cuerpo temblaba apenas.

La sangre le manchaba el cuello, la boca, la ropa.

Rolando la tomó en brazos con fuerza, como si fuera lo único importante en ese mundo.

—¡Todos conmigo! —ordenó.

Cedric reaccionó, dando un paso.

Lyra intentó levantarse, pero sus piernas no respondían.

Mireth la sostuvo, casi cargándola.

Rolando apretó la piedra de teletransporte.

Y por primera vez desde que comenzó el infierno…

la magia respondió.

Un círculo de luz se abrió bajo sus pies.

La niebla se rompió.

El bosque desapareció.

Y con el último pensamiento antes de ser tragados por el resplandor…

Rolando solo tuvo una certeza:

si llegaban tarde… Anna no volvería a abrir los ojos

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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