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El viajero interdimensional - Capítulo 1

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1: Prologo 1: Prologo El sol de la tarde en la Ciudad de México se inclinaba perezosamente, bañando las fachadas coloridas y las calles bulliciosas de la colonia Guerrero con una luz áurea y polvorienta.

Para Rubén González, este era el escenario cotidiano de su vida, un telón de fondo familiar que rara vez inspiraba grandiosas reflexiones, sino una tranquila, a veces monótona, sensación de pertenencia.

A sus dieciocho años, era el cuarto hijo en un hogar donde el amor y la humildad eran la moneda corriente.

Su familia, un mosaico de voces, risas y disputas menores, era su fortaleza.

Hoy, como muchos otros días, su contribución a la dinámica familiar consistía en una misión simple, casi ritualística: ir al supermercado.

Colgadas de sus hombros, varias bolsas de plástico vacías se agitaban con un crujido suave al ritmo de sus pasos.

En su mano derecha, sostenía con desdén una hoja de cuaderno arrancada que más bien parecía un pergamino de compras medieval, tan extensa era la lista de provisiones que su madre había garabateado con fervor.

“Para una familia numerosa, las compras nunca son una batalla pequeña”, solía decir su padre.

Rubén asintió para sus adentros, sintiendo el peso no de las bolsas vacías, sino de la responsabilidad implícita en ese papel.

Revisó el dinero en el bolsillo de sus jeans, confirmando su presencia.

Era una suma considerable, fruto del sudor de sus padres, y no podía permitirse perderla.

Caminaba absorto en sus pensamientos, imaginando qué anime vería esa noche para escapar de la aplastante realidad de los exámenes pendientes, cuando un sonido discordante cortó la sinfonía urbana como un cuchillo.

Eeeeeee- CRAC!

El chirrido de llantas desgarrándose contra el asfalto, seguido de un impacto sordo y violento, le heló la sangre.

Todas las cabezas en la calle se volvieron al unísono, como marionetas tironeadas por el mismo hilo del terror.

Una camioneta pickup, un monstruo de metal y humo, avanzaba a una velocidad demencial, completamente indiferente al semáforo en rojo que colgaba como un falso testimonio del orden.

Su trayectoria era errática, serpentante, trazando una línea de destrucción a su paso.

Volcó un puesto de periódicos, mandando una explosión de papel blanco y tinta al aire; arrancó de cuajo el parachoques de un auto estacionado con un crujido metálico que erizó la piel de Rubén.

El caos estalló.

Gritos agudos, desgarradores, se elevaron desde todas las direcciones.

La gente corría como hormigas cuyo hormiguero había sido pisoteado, empujándose, tropezando, buscando refugio en los portales de las tiendas.

Rubén se quedó paralizado por un instante, sus pies clavados al pavimento.

Su mente, acostumbrada a la narrativa estructurada del anime, luchaba por procesar la brutalidad caótica de la realidad.

Su mirada, sin embargo, se fijó en un punto fijo en medio del torbellino.

Una señora mayor, doña Carmen, la anciana que siempre vendía dulces en la esquina, había quedado atrapada en el epicentro del peligro.

Sus piernas, frágiles como ramas secas, se negaban a obedecer el mandato de huir.

El miedo había petrificado su rostro, surcado por las arrugas de una vida entera.

Miraba a la camioneta que se abalanzaba sobre ella con los ojos desorbitados, una mirada de resignación final.

En ese momento, para Rubén González, el mundo entero se redujo a un solo fotograma.

No hubo un discurso heroico interno, no hubo una evaluación de riesgos, ni siquiera un pensamiento claro.

Solo un instinto visceral, una chispa que saltó por encima de toda lógica, alimentada por innumerables horas viendo héroes hacer lo correcto en la pantalla.

Fue un acto puro, irreflexivo.

Las bolsas vacías cayeron al suelo.

La lista de compras se elevó como una pluma llevada por el viento de su estampida.

Sus músculos, jóvenes y fuertes, impulsaron su cuerpo hacia adelante con una fuerza que no sabía que poseía.

El tiempo pareció dilatarse, volverse pesado y elástico.

Vio cómo los fragmentos de vidrio flotaban en el aire como diamantes malditos, cómo la boca de doña Carmen se abría en un grito silencioso, cómo la parrilla deformada de la camioneta se acercaba, un monstruo hambriento de metal.

“¡CORRA!” – gritó, pero su voz se perdió en el estruendo.

Alcanzó a la señora, y con un impulso final y desesperado, la empujó con todas sus fuerzas.

Doña Carmen salió despedida, una marioneta liviana, y cayó sobre el césped bien cuidado de una jardinera pública, rodando sobre sí misma con un quejido ahogado.

Estaba a salvo.

Herida, asustada, pero a salvo.

Para Rubén, sin embargo, el impulso había sido su sentencia.

El momento de inercia lo dejó expuesto, girando sobre sus talones.

Volteó, y el aliento se le cortó.

La masa gris de la camioneta ya llenaba todo su campo visual.

No había distancia, no había tiempo.

Estaba a milímetros, un aliento caliente de gasolina y muerte.

Entonces, su mente, en un último acto de autopreservación, se desconectó de la realidad inmediata y se refugió en el único lugar que conocía: el pasado.

Su vida no pasó frente a sus ojos como una película coherente, sino como un torbellino de flashbacks desordenados y superpuestos a alta velocidad.

Vio el rostro sonriente de su madre cuando le enseñó a montar bicicleta, la mano callosa de su padre en su hombro el primer día de secundaria, las peleas tontas y las risas clandestinas con sus hermanos, el sabor del chocolate caliente en un día de lluvia, la emoción de ver por primera vez a Goku convertirse en Super Saiyajin en su pequeña televisión, la cálida pesadez de su manta en las madrugadas de invierno, el olor a pan recién hecho de la tienda de la esquina, la promesa incumplida de ir a la universidad, el primer amor que nunca se atrevió a confessar…

Era un caleidoscopio de emociones, un collage de una vida humilde pero plena.

Y tan rápido como comenzó, terminó.

La última imagen fue la de la lista de compras, flotando.

Luego, la oscuridad.

Una nada absoluta, silenciosa, carente de tiempo y espacio.

No era paz, sino la ausencia total de todo.

Rubén González había dejado de existir.

La primera sensación fue la de una presión suave en su espalda.

Luego, un calor agradable.

El sonido de su propia respiración, lenta y regular, llenó el vacío.

La conciencia regresó a empujones, como un programa de computadora reiniciándose tras un fallo catastrófico.

Sus párpados se abrieron con dificultad, pesados como compuertas de acero.

Lo primero que vio fue un techo.

No era el techo familiar de su cuarto, con esas pequeñas grietas que formaban constelaciones imaginarias.

Este era liso, blanco, impecable.

Un techo anónimo.

Giró la cabeza, los músculos del cuello protestando con un dolor sordo.

La habitación era espaciosa, ordenada.

Una estantería con algunos libros y figurillas, una silla, un escritario.

Y un espejo de cuerpo entero en la puerta del armario, algo que él nunca había tenido.

Una voz, aguda y femenina, atravesó la puerta cerrada.

“¡Ruben!

¡El almuerzo está listo, baja ya o se te va a enfriar!” Se incorporó de golpe, la cabeza dándole vueltas.

Esa voz…

no era la de su madre.

No tenía el tono grave y cansado de la mujer que lo había criado.

Era más joven, más estridente.

Y sin embargo, había dicho su nombre.

Su nombre.

Con un nudo de aprensión creciente en el estómago, se levantó de la cama.

Sus piernas se sintieron extrañas, más ligeras.

Caminó hacia el espejo, cada paso un eco en el silencio de la habitación.

Lo que vio reflejado lo dejó sin aliento.

Ya no era el joven de 18 años, delgado y con la sombra incipiente de la preocupación adulta en el rostro.

El que lo miraba desde el cristal era un chico más joven, de no más de 16, con el rostro más lleno, la piel más tersa.

Pero lo más impactante era su físico.

Donde antes había delgadez, ahora había una constitución atlética, definida.

No era la masa exagerada de un fisicoculturista, sino la complexión sólida y eficiente de un gym bro dedicado o un jugador de fútbol americano.

Músculos delineados en brazos y pecho, hombros anchos.

Se tocó el rostro, se pellizco el brazo.

La imagen en el espejo imitó cada movimiento con perfecta sincronización.

Era él, pero no él.

“¡RUBEN!

¡La última vez que aviso!” – gritó de nuevo la voz desconocida.

Aturdido, obligó sus nuevas piernas a moverse.

Bajó las escaleras, cada peldaño un recordatorio de que esta casa no era la suya.

El olor a comida era familiar, reconfortante, pero no podía identificar el platillo.

Llegó a la cocina.

Una mujer de cabello castaño claro, con un delantal floreado, removía algo en una olla.

Un hombre, con gafas y el periódico en la mano, estaba sentado a la mesa.

Ninguno de los dos le resultaba familiar.

Sin embargo, la mujer se volvió y le sonrió con una naturalidad que lo desconcertó.

“Por fin, dormilón.

Siéntate, tu papá y yo ya vamos por el segundo plato.” ¿Papá?

Su verdadero padre era un hombre moreno, de bigote y manos encallecidas por el trabajo en una fábrica.

Este hombre era más delgado, con una presencia más burocrática.

Rubén se dejó caer en una silla, su mente era un torbellino de confusión.

Su mirada se desvió hacia la televisión encendida en la sala contigua.

Era un modelo antiguo, de pantalla abombada, y emitía un programa de noticias con una gráfica y una melodía que le provocaban una punzada de nostalgia y un miedo irracional.

La marca del canal, en la esquina superior, era “ZTV”.

Un nombre que nunca había oído, pero que resonaba en algún rincón oscuro de su memoria con una inquietante familiaridad.

No podía concentrarse en la comida, aunque su estómago rugía.

Mecánicamente, llevó la cuchara a la boca.

Era una sopa de algo, sabrosa, pero su paladar estaba entumecido por el shock.

Fue entonces cuando la presentadora de noticias en la ZTV cambió de segmento.

“…y en otras noticias, la Corporación Cápsula continúa su expansión global con el lanzamiento de su nueva línea de vehículos todo terreno adaptables.

Nuestra reportera estuvo en la presentación…” Rubén se quedó inmóvil, la cuchara a medio camino entre el plato y su boca.

Corporación Cápsula.

El nombre le golpeó como un martillo.

En la pantalla apareció una mujer joven, de cabello azul índio y una sonrisa llena de confianza, hablando frente a un micrófono.

Era…

Bulma.

No la niña de Dragon Ball, sino una versión más madura, la Bulma de los primeros episodios de Dragon Ball Z.

Su corazón comenzó a latir con una fuerza descomunal, golpeando sus costillas como un tambor de pánico.

“Es una broma…

una coincidencia…

un sueño…” murmuró para sus adentros.

Pero entonces, su “madre”, riendo por algo que había dicho su “padre”, abrió un estuche que estaba sobre la mesa y sacó de su interior una pequeña esfera con un botón.

“Se nos olvidaron las botanas, cariño,” dijo alegremente.

Presionó el botón y arrojó la esfera al suelo.

Con un POOF característico y una nube de humo blanca, una gran bolsa de frituras apareció donde antes solo había aire.

Cápsulas Hoi-Poi.

Tecnología de la Corporación Cápsula.

El mundo de Rubén González se desmoronó por completo.

Un zumbido agudo llenó sus oídos.

La cuchara cayó de su mano con un ruido metálico que pareció ensordecedor.

El rostro se le había vuelto de un blanco cadavérico.

Ya no podía fingir.

La evidencia era abrumadora, imposible de negar.

“¿Ruben?

¿Te sientes bien, hijo?” – preguntó la mujer con genuina preocupación.

Él se levantó tambaleándose, casi derribando la silla.

“Sí…

sí, solo…

un poco mareado.

Gracias por la comida, estaba…

deliciosa.” Las palabras le salieron automáticas, robóticas.

Subió las escaleras lo más rápido que pudo sin correr, entró en su habitación y cerró la puerta de golpe, apoyando la espalda contra la madera mientras jadeaba, como si hubiera corrido un maratón.

El corazón le palpitaba en el pecho.

Dragon Ball Z.

Estaba en el maldito universo de Dragon Ball Z.

Reencarnado.

En un cuerpo alterno.

Con unos padres alternos.

La lógica, la razón, todo se había esfumado.

Se pellizcó el brazo con fuerza, hasta que el dolor le hizo contener el aliento.

Se dio una palmada en la cara.

Nada.

No despertaba.

Con manos temblorosas, abrió la laptop que estaba sobre el escritorio.

Su única esperanza era que todo fuera una elaborada fantasía, un sueño lúcido increíblemente detallado.

Encendió el dispositivo.

El sistema operativo no era Windows ni Mac.

Era algo llamado “Cápsula OS”.

Ignoró el detalle y abrió el navegador.

Empezó a buscar desesperadamente.

“Facebook”.

No existía.

“Google”.

No era el que él conocía.

“YouTube”.

Nada.

“México”.

Los resultados mostraban un país con una historia ligeramente diferente, una bandera con pequeños matices distintos.

La desesperación crecía como una bola de nieve.

En un acto de puro delirio, tecleó la dirección de su sitio web para adultos favorito.

Error 404.

Ni siquiera eso, el universo alternativo era tan coherente que ni siquiera existía el porno que él conocía.

Finalmente, tecleó “Corporación Cápsula”.

El sitio web oficial cargó instantáneamente, mostrando a el Dr.

Brief y a Bulma como las cabezas visibles de la empresa.

Buscó “Torneo de Artes Marciales”.

Encontró archivos.

El ganador del 22º Tenkaichi Budokai: Son Goku.

El perdedor que desapareció después: lo mismo.

Buscó a “Son Goku” más a fondo.

Había registros de su matrimonio con Chi-Chi, de que vivía en el Monte Paozu.

Y entonces, encontró una noticia reciente: “Bulma Briefs, presidenta de Desarrollo de la Corporación Cápsula, anuncia colaboración con el Ejército Red Ribbon”.

El Ejército Red Ribbon había sido reformado.

La línea de tiempo…

no era perfecta, pero se acercaba peligrosamente.

Su mirada cayó en la fecha y hora en la esquina inferior de la pantalla.

Año 760.

Rubén dejó escapar un gemido ahogado.

Su conocimiento de otaku le permitió conectar los puntos al instante.

La serie Dragon Ball Z comenzaba en el año 761, con la llegada de Raditz.

Solo faltaba un año.

Un año para que un Saiyajin de nivel bajo llegara y demostrara que los humanos como él eran poco más que insectos.

Un año para el comienzo de una cadena de eventos que incluiría la invasión de Vegeta y Nappa, la llegada de los Androides, la aparición de Cell, la absorción de la Tierra por Majin Buu, la destrucción del planeta a manos de Bills…

Este mundo era una trampa mortal, una bomba de relojería cósmica cuyo temporizador ya estaba en la cuenta regresiva.

Él era un humano común.

No tenía ki.

No tenía poder de pelea.

No tenía linaje Saiyajin.

En el mejor de los casos, sería una estadística, una de las millones de víctimas que morían cada vez que un villano estornudaba, para ser revivido después con las Esferas del Dragón como si nada hubiera pasado.

Pero él recordaba.

Él sabía lo que se avecinaba.

La impotencia lo engulfió, una marea negra de pánico y desesperación que amenazaba con ahogarlo.

Se desplomó de rodillas frente a la cama, enterrando el rostro en las manos.

No podía llorar; el shock era demasiado profundo.

“Estoy atrapado…

voy a morir…

una y otra vez…

sin poder hacer nada,” susurró entre dientes, su voz cargada de un horror existencial.

Fue en ese momento de absoluta desesperanza, cuando su mente tocó fondo, que algo dentro de él se quebró.

O tal vez, se abrió.

Una sensación de calor, completamente diferente a la de la fiebre o el ejercicio, brotó de su plexo solar.

Era una energía etérea, serena pero poderosa.

La sintió fluir por sus venas, recorrer sus brazos y concentrarse en la palma de su mano derecha.

Abrió los ojos, sorprendido.

De su palma emanaba un tenue resplandor blanco, como el brillo de una luciérnaga pero infinitamente más complejo.

Ante sus ojos, en el aire mismo, unas letras de un color azul pálido y translúcido comenzaron a formarse, como si estuvieran siendo escritas por una mano invisible.

Eran claras, nítidas, y solo visibles para él.

Felicidades, Usuario: Ruben Gonzalez.

Habilidad Única detectada y activada.

Designación: “Caminante de Umbrales”.

Rubén contuvo la respiración, sus ojos abiertos como platos, fijos en el mensaje flotante.

La desesperación dio paso a una incredulidad absoluta.

Descripción: El portador posee la capacidad innata de percibir y atravesar los “Umbrales Dimensionales”, puntos de conexión entre realidades adyacentes.

Esta habilidad permite al usuario viajar a mundos alternativos, cuyas leyes físicas, sistemas de poder y realidades culturales pueden diferir radicalmente de su mundo de origen.

Los destinos son aleatorios en su base, pero pueden ser influenciados por la fuerza de voluntad, el deseo y la afinidad del usuario.

Funcionalidad: El usuario puede abrir un portal a un mundo aleatorio.

El tiempo fluye de manera no lineal entre dimensiones.

El usuario puede permanecer en el mundo de destino el tiempo que desee o hasta que su energía dimensional se agote, pudiendo regresar a su punto de origen en cualquier momento.

Estado: Nivel 1.

Umbrales accesibles: 1.

Energía Dimensional: 100%.

Rubén se quedó mirando la ventana flotante durante lo que pareció una eternidad.

Su mente, antes nublada por el pánico, ahora hervía con una nueva y frenética energía.

¿Viajes interdimensionales?

¿Mundos alternativos?

¿Otros animes?

No era un poder de pelea, no era ki…

era algo mucho más profundo, más fundamental.

Era una llave.

Una llave a infinitas posibilidades.

En esos otros mundos, existían otras reglas.

La magia, el reiatsu, el chakra, el manejo de elementos, las técnicas marciales prohibidas, los sistemas de poderes únicos…

Todo lo que los guerreros de Dragon Ball despreciaban por depender de la “fuerza bruta” pura.

Todo eso estaba ahora, potencialmente, a su alcance.

Podía buscar maestros.

Podía aprender.

Podía volverse fuerte no como un Saiyajin, sino como algo completamente diferente.

Algo que ellos no podrían prever.

Una sonrisa temblorosa, la primera desde su renacimiento, se dibujó en sus labios.

La esperanza, un sentimiento que había abandonado su cuerpo hacía apenas minutos, regresó con la fuerza de una inundación.

No estaba condenado.

Tenía una oportunidad.

Una oportunidad desesperada y loca, pero real.

Miró la ventana de nuevo.

“Caminante de Umbrales”.

Podía cruzar a otros mundos.

Mundos de anime.

Su segundo gran deseo, el que alimentaba sus fantasías adolescentes junto con el de tener poder, también se veía reflejado aquí.

La idea de formar vínculos, de encontrar compañeras en esos otros mundos…

la idea de un harén, dejó de ser una fantasía ociosa y se convirtió en una posibilidad tangible, otro horizonte por explorar en su búsqueda de supervivencia y significado.

Pero por ahora, la exhaustación era demasiado grande.

El estrés mental de morir, renacer, descubrir que vivía en un mundo de ficción apocalíptica y despertar un poder interdimensional único, todo en el lapso de unas horas, había drenado por completo sus reservas.

Su cuerpo, joven y fuerte, y su mente, traumatizada, clamaban por descanso.

Con un último vistazo a la ventana translúcida, que se desvaneció lentamente como humo, se desplomó sobre la cama, sin siquiera poder quitarse la ropa.

Las preguntas, los planes, el miedo y la esperanza se mezclaron en un revoltijo incomprensible en su cabeza, hasta que el sueño, pesado e implacable, lo venció.

Mañana.

Mañana probaría su habilidad.

Mañana daría su primer paso en el multiverso.

Por ahora, en el silencio de su habitación en un mundo que no era el suyo, Rubén González, el Caminante de Umbrales, se durmió con una única certeza: su historia apenas comenzaba.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES Seath_Scale Apoyame en mi patreon para mas de estas historias y para comisiones de imagenes.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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