El viajero interdimensional - Capítulo 13
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13: Capitulo 12: Mejoras 13: Capitulo 12: Mejoras La suite del piso 140-05, con su lujo discreto y su dojo privado, se transformó de un símbolo de triunfo personal en el crisol donde dos destinos se entrelazaban con la energía más fundamental de su realidad: el Nen.
La petición de Koyuki, hecha con una determinación que venía de lo más profundo de su ser, había añadido una nueva y pesada capa de responsabilidad sobre los hombros de Rubén.
Ya no se trataba solo de su propia supervivencia o de su ascenso en la Torre; ahora era el faro que debía guiar a otra persona a través de las traicioneras aguas del poder que acababa de descubrir.
Con la seriedad que el momento merecía, Rubén decidió que, para ser un maestro digno, primero debía dominar él mismo los cimientos.
No podía guiar a Koyuki a través de un territorio que apenas comenzaba a cartografiar.
Su plan era metódico y pragmático, como si su Inteligencia 15, recién afinada, estuviera trazando el camino más eficiente: entrenar cada uno de los Cuatro Principios Mayores de manera individual y exhaustiva, comprendiendo sus matices y exigencias antes de intentar integrarlos.
El Manto Inquebrantable: Ten Comenzó con Ten, el principio más básico y, en teoría, el más sencillo.
Se sentó en la posición de loto en el centro del dojo privado, con Koyuki observando desde un rincón, sus ojos ámbar captando cada mínimo detalle.
Cerró los ojos y se concentró en la energía que ahora fluía libremente dentro de él, ese océano de potencial latente que era su aura.
La instrucción mental era simple, casi primitiva: Envuelve tu cuerpo.
Contén la fuga.
Haz de tu piel un recipiente perfecto.
Para su asombro, el proceso fue absurdamente fluido.
Como si su cuerpo, fortalecido y afinado por innumerables batallas y mejoras de stats, ya estuviera predispuesto a esta hazaña.
Sintió el aura brotar de sus poros, una energía cálida y vibrante, y con un acto de voluntad, la contuvo, formando una capa invisible y elástica a pocos milímetros de su piel.
No era un escudo rígido, sino una segunda piel energética que se movía con él.
Y entonces, su interfaz, fría y objetiva, comenzó a registrar el progreso.
Ten: Novato (1%)…
(2%)…
(3%)…
El porcentaje subía con una constancia metronómica, casi un punto por segundo.
Rubén lo comprendió al instante: el entrenamiento de Ten era una prueba de resistencia y control puro.
Cada segundo que lograba mantener el flujo constante, sin permitir que ni un ápice de aura se escapara o fluctuara bruscamente, su maestría crecía.
Su habilidad pasiva, el Libro de Aprendizaje Rápido, actuaba como un multiplicador de esta experiencia, comprimiendo semanas de comprensión intuitiva en horas de práctica concentrada.
Donde un novato normal podría haber necesitado días para sentir un progreso tangible, Rubén veía cómo la barra se llenaba ante sus ojos.
Permaneció así durante horas, sumido en un estado meditativo, mientras Koyuki observaba en silencio.
Al principio, solo podía sentir el cambio atmosférico, esa densidad alrededor de Rubén.
Pero luego, con su percepción naturalmente aguda comenzando a sintonizar con lo imperceptible, creyó vislumbrar un tenue resplandor áureo, un efecto de luz difusa que coronaba su silueta.
Finalmente, tras lo que pareció una eternidad de concentración ininterrumpida, una notificación dorada brilló en la visión de Rubén.
¡Ten ha alcanzado la Maestría: Intermedia (0%)!
Una nueva oleada de comprensión lo inundó.
El Ten Intermedio no era solo una versión más resistente del novato; era una integración más profunda.
La capa de aura se sentía más densa, más receptiva a su voluntad.
Y lo más crucial, el buff pasivo a todas sus estadísticas mientras lo mantuviera activo saltó del 20% al 35%.
Abrió los ojos y se puso de pie, sintiendo la diferencia de inmediato.
Su cuerpo se sentía más ligero, sus músculos más potentes, su mente más clara.
Era como si hubiera estado cargando con pesas invisibles toda su vida y, de repente, se las hubieran quitado.
Blandió a Hermana Oscura, y la espada pareció cantar con una nueva ligereza, los bonos de su Espadachín Intermedio potenciados aún más por este incremento general.
“Lo lograste,” murmuró Koyuki, acercándose.
No era una pregunta, sino una afirmación cargada de asombro.
“Puedo…
sentirlo.
Es como si estuvieras más…
aquí.
Más real que todo lo demás.” Rubén asintió, una sonrisa de satisfacción genuina en su rostro.
“Es solo el primer paso.
Pero es un paso enorme.” El Silencio del Espectro: Zetsu El siguiente en la lista era Zetsu, el principio opuesto a Ten.
Si Ten era abrirse al mundo, Zetsu era replegarse por completo.
Rubén le explicó el concepto a Koyuki: “Es cerrar los poros, apagar tu presencia.
Te vuelve invisible para los sentidos, especialmente para otros usuarios de Nen, pero te hace tremendamente vulnerable.
Un golpe que conecte mientras usas Zetsu sería catastrófico.” De nuevo, se sentó y se concentró.
Esta vez, la tarea era inversa.
En lugar de guiar el flujo, debía detenerlo.
Imaginar miles de compuertas microscópicas cerrándose en cada poro de su piel, sellando la fuga de aura.
La sensación fue extraña, casi claustrofóbica.
El mundo exterior pareció volverse más distante, los sonidos se amortiguaron, los colores perdieron un poco de su intensidad.
Era como sumergirse en una piscina de silencio interior.
Y de nuevo, la interfaz respondió.
Zetsu: Novato (1%)…
(2%)…
(3%)…
La misma progresión implacable.
Su cuerpo, ya un instrumento de precisión bajo su control, obedecía con una facilidad pasmosa.
El Libro de Aprendizaje Rápido aseguraba que cada segundo de concentración perfecta valiera por diez.
Cuando el Zetsu alcanzó la maestría Intermedia, la diferencia fue palpable.
El efecto de sigilo no era solo una metáfora.
Koyuki, que lo observaba fijamente, parpadeó y, por un momento, sintió que su figura se desdibujaba, como si estuviera viendo a través de un vidrio empañado.
Si cerraba los ojos, su presencia era casi indetectable.
Las habilidades de la interfaz se actualizaron: +100% a Sigilo.
Reducción del 95% en el rango de detección enemigo.
Rubén se sentía como un fantasma, una partícula de polvo en el gran esquema del universo.
Era un poder invaluable para la evasión, el acecho y, potencialmente, para escapar de futuras persecuciones cómicas, aunque sabía que su habilidad pasiva probablemente encontraría la manera de sabotear esta ventaja de la manera más embarazosa posible.
La Tormenta Interior: Ren Ren fue el primer desafío real.
Mientras que Ten y Zetsu eran sobre control y contención, Ren era sobre liberación explosiva.
“Es sacar a relucir toda tu fuerza interior de golpe,” explicó Rubén, adoptando una postura firme.
“Aumenta masivamente tu poder ofensivo y defensivo, pero a un coste enorme.
Es un incendio que consume tu combustible muy rápidamente.” Inhaló profundamente y, en lugar de contener, empujó.
Fue como abrir las compuertas de una presa.
Una oleada de aura mucho más densa y poderosa que la del Ten estalló de su cuerpo, haciendo que el aire del dojo vibrara.
Las lámparas parpadearon levemente y Koyuki dio un paso instintivo atrás, sintiendo una presión física tangible, como si el aire se hubiera vuelto pesado.
El aura alrededor de Rubén ya no era un tenue resplandor; era un halo visible de energía distorsionante, un calor que no quemaba pero que prometía una destrucción inmensa.
El coste, como había anticipado, fue brutal.
Su barra de estamina, ampliada por sus stats y los bonos de rivalidad, comenzó a descender a un ritmo alarmante.
Mantener el Ren activo era como correr un sprint a toda velocidad de manera continua.
Su interfaz le mostró el buff pasivo: un asombroso +50% a todas las estadísticas en su nivel Novato, pero con un aumento del 200% en el gasto de Nen/Aura.
Se forzó a mantenerlo, los músculos tensos, las venas sobresaliendo en su frente.
Aguantó seis minutos de esta agonía gloriosa antes de que una punzada de dolor de cabeza y un vacío en su plexo solar le advirtieran que estaba al borde del agotamiento total.
Cayó de rodillas, desactivando el Ren jadeando, el sudor empapando su ropa.
Fue un recordatorio humillante de que, por mucho que su interfaz acelerara el aprendizaje, la energía cruda tenía sus límites.
Sin embargo, la recompensa por esta tortura fue proporcional.
Tras varias sesiones de este entrenamiento agotador, el Ren también cruzó el umbral hacia Intermedio.
El buff pasivo aumentó a un +65% a todas las estadísticas, una mejora monstruosa que hacía que su forma base se sintiera débil en comparación.
Y lo más crucial, el coste de Nen se redujo al 125%.
Sigue siendo un drenaje significativo, pero ahora era manejable, algo que podría sostener en una batalla prolongada sin colapsar a los pocos minutos.
El Enigma del Ser: Hatsu y la Paciencia de la Garza El cuarto principio, Hatsu, se presentó como un muro.
Era la expresión única del alma, la cristalización de la propia naturaleza en una habilidad.
Y Rubén no podía avanzar a ciegas.
El sistema del Grimorio Infinito, por alguna razón, no le revelaba su tipo de Nen de forma automática.
Necesitaba la Divinación del Agua.
“Necesito una copa llena de agua y una hoja de un árbol,” le dijo a Koyuki, cuya curiosidad se avivó al verlo estancarse.
“Es un ritual para descubrir qué tipo de usuario de Nen soy.
Es el primer paso para desarrollar un Hatsu.” Mientras se ocupaba de conseguir los materiales, su atención se volvió hacia su alumna.
Koyuki había observado todo con la avidez de un halcón, pero su propio progreso era, como Rubén había anticipado, glacial en comparación.
Él se sentó frente a ella en el dojo, guiándola a través de los ejercicios de meditación más básicos.
“Concéntrate en tu interior,” le decía, su voz calmada y paciente, un tono que Koyuki no le había oído antes.
“No busques fuerza.
Busca una sensación, un calor, un latido diferente en tu sangre.
Es tu propia vida, tu aura.
Solo tienes que sentirla.” Koyuki cerraba los ojos con determinación, su hermoso rostro contraído en un ceño de concentración.
Pasaban los minutos, luego las horas, y solo conseguía la quietud de su propia mente, la familiar sensación de su cuerpo entrenado.
La frustración comenzaba a crecer en ella como una mala hierba.
Veía a Rubén alcanzar hitos imposibles en días, mientras ella no podía ni siquiera percibir la energía que debía despertar.
“¡Es inútil!” exclamó al tercer día, abriendo los ojos con exasperación.
“No siento nada.
Solo…
yo.
Mi respiración, mis latidos.
Nada más.” Su orgullo estaba herido.
Quería cerrar la brecha, no verla ampliarse hasta volverse un abismo.
Rubén, tentado por la idea de usar su Ren para forzar sus nodos de aura y darle el “shock” iniciático, recordó instantáneamente las advertencias de la serie.
Podía matarla.
O peor, podía dañar su sistema de Nen de manera irreversible, condenándola a una vida de potencial desperdiciado o habilidades defectuosas.
No.
Él no sería responsable de eso.
El camino seguro, aunque lento, era el único aceptable.
“No te rindas,” le dijo, su voz firme pero no despectiva.
“Tu cuerpo está entrenado, pero esto es diferente.
Es paciencia.
Es escuchar una parte de ti que siempre ha estado ahí, pero en silencio.
Tardó semanas, meses, incluso años para algunos.
Forzarlo es un camino hacia el desastre.
Confía en el proceso.” Su mirada era sincera, y Koyuki, a pesar de su impaciencia, pudo ver la genuina preocupación en sus ojos.
No era condescendencia; era un cuidado real por su bienestar.
Esa comprensión calmó su frustración, reemplazándola con una nueva determinación.
Si él creía que ella podía hacerlo, entonces ella lo haría, sin atajos.
Durante estas sesiones, Rubén fue hiperconsciente de su habilidad Pervertido con Suerte.
Se mantuvo a una distancia prudente, evitaba cualquier contacto innecesario, y su lenguaje corporal era deliberadamente profesional.
Sabía que un tropiezo, un agarre equivocado para “ayudarla” con su postura, o cualquier otro “accidente” podría arruinar la seriedad del momento y la concentración de Koyuki.
Por una vez, su deseo de progresar en su entrenamiento y su rol como mentor superaban las tentaciones cósmicas de su pasiva.
Disfrutaba mentalmente el recuerdo de la suavidad de su piel, pero ahora no era el momento.
Esta paciencia, esta contención, era en sí misma una forma de respeto y, aunque no lo sabía, era otro clavo en el ataúd de la resistencia de Koyuki, mostrándole una faceta madura y responsable del hombre que la volvía loca.
Conclusión: Cimientos Sólidos Al cabo de una semana intensiva, Rubén González había transformado su comprensión del poder.
Ten, Zetsu y Ren estaban firmemente asentados en la maestría Intermedia, otorgándole un conjunto de herramientas versátiles y un buff pasivo colosal que multiplicaba su efectividad en combate de una manera que sus stats por sí solos nunca podrían igualar.
Era como si hubiera estado manejando un automóvil de carreras con el freno de mano puesto, y ahora, por fin, lo hubiera liberado.
El misterio de su Hatsu seguía sin resolverse, pendiente de un simple ritual con agua y una hoja.
Pero eso era una incógnita para el futuro.
Su mayor logro, sin embargo, no estaba en su propia interfaz.
Estaba sentado frente a él, con los ojos cerrados y el ceño fruncido en concentración.
Koyuki aún no sentía su aura, pero algo había cambiado en ella.
La desesperación impaciente había dado paso a una resiliencia tranquila.
Ya no luchaba contra la meditación; se abandonaba a ella, confiando en que, en su momento, el poder despertaría.
Una noche, después de una sesión particularmente larga, Koyuki abrió los ojos.
No había euforia, no había un destello de energía.
Solo una calma profunda.
“Creo…
creo que hoy sentí algo,” dijo en voz baja, casi un suspiro.
“No fue calor o frío.
Fue como…
un zumbido.
Muy leve.
Como el sonido de la electricidad estática, pero dentro de mis huesos.” Rubén sintió una oleada de orgullo que no tenía nada que ver con la rivalidad o la atracción.
Era la satisfacción de un maestro al ver a su alumno dar el primer paso verdadero.
“Eso es,” confirmó, con una sonrisa que le llegó a los ojos.
“Eso es.
Es tu aura.
Solo sigue escuchando.” Koyuki le devolvió la sonrisa, una expresión genuina y desprovista de su habitual arrogancia.
En ese momento, bajo la luz tenue del dojo, la brecha entre el Caminante de Umbrales y la Garza Escarlata pareció acortarse.
No estaban en el mismo nivel de poder, pero ahora estaban en el mismo camino, uno forjado con paciencia, responsabilidad y un respeto mutuo que estaba empezando a florecer en algo mucho más profundo.
La forja de sus espíritus había comenzado, y los cimientos eran más sólidos de lo que cualquiera de los dos podría haber imaginado.
La luna, una guadaña plateada en el cielo nocturno de Ciudad Satán, colgaba sobre la Torre Celestial, testigo silencioso de los esfuerzos que se desarrollaban en su interior.
En la suite 140-05, el dojo privado era un santuario de concentración y esfuerzo.
El aire, cargado con el tenue zumbido del aura recién dominada de Rubén, olía a madera pulida y a ese ozono particular que dejaba la energía vital en ebullición.
Koyuki Akashi, la otrora impasible Garza Escarlata, estaba arrodillada en el tatami, sus ojos cerrados con una intensidad que fruncía su suave frente.
Su cuerpo, una máquina perfectamente afinada para el combate, se encontraba en un territorio desconocido.
No se trataba de fuerza, velocidad o flexibilidad; se trataba de sensibilidad, de escuchar una sinfonía que siempre había estado allí, pero cuyo sonido le había sido negado.
Durante horas, había seguido las instrucciones de Rubén, buscando en su interior ese “zumbido” del que le había hablado.
Rubén, por su parte, observaba desde una distancia prudencial.
Su propio entrenamiento con los principios del Nen había sido un éxito arrollador, pero ahora su rol era el de un ancla, un faro de calma para la tormenta de frustración que veía gestarse en el rostro de Koyuki.
Sabía que su habilidad pasiva, el “Pervertido con Suerte”, era una bomba de relojería cósmica esperando el momento más inoportuno para detonar.
Cada movimiento suyo era calculado, cada paso medido para evitar cualquier contacto que pudiera desvirtuar la seriedad del momento.
Se mantuvo a varios metros de distancia, su presencia era un apoyo silencioso, no una amenaza física.
“Concéntrate en tu respiración,” murmuró, su voz un hilo de sonido en la quietud del dojo.
“No lo fuerces.
Es como intentar escuchar el latido de tu propio corazón en una habitación silenciosa.
Ya está ahí.
Solo deja de hacer ruido para oírlo.” Koyuki asintió levemente, sin abrir los ojos.
Un suave sudor perlaba sus sienes.
“Lo sé…
es solo…
es frustrante.
Puedo sentir mi cuerpo con una claridad absoluta, cada músculo, cada tendón.
Pero esto…
esto es como si me pidieran que sintiera el aire moviéndose entre mis células.” Su voz, normalmente cargada de confianza o de irritación, tenía un matiz de vulnerabilidad que solo Rubén había tenido el privilegio de presenciar.
“Eso es porque es exactamente eso,” respondió él, con una paciencia que le resultaba novedosa incluso a sí mismo.
“El aura es la energía de tu propia vida.
Es tan fundamental que tu cerebro la filtra, como el sonido de tu propia sangre.
Estás desaprendiendo a ignorarla.” Pasaron más horas.
La noche se profundizó fuera de las ventanas.
Koyuki, a pesar de su frustración, no se rindió.
Había una determinación de acero en su espíritu, forjada en mil combates y ahora templada por el deseo de no quedarse atrás, de caminar al lado de este hombre imposible.
Finalmente, un leve suspiro escapó de sus labios.
“Creo…
creo que hoy no será,” dijo, abriendo los ojos.
No había derrota en ellos, solo una resignación cansada.
“Es como si estuviera al borde, pero no puedo cruzar.” Rubén se sintió impulsado a animarla.
Era lo correcto.
Era lo que un buen mentor haría.
Con extrema cautela, dando un paso deliberadamente lento y manteniendo sus brazos pegados a los costados para evitar cualquier interpretación errónea, se acercó.
“Koyuki, escúchame.
El hecho de que lo estés sintiendo, de que sepas que hay algo ahí, es un progreso monumental.
La mayoría ni siquiera llega a este punto en semanas.
Tu cuerpo está listo.
Tu mente es la que necesita aceptarlo.” Ella lo miró, y una sonrisa pequeña y genuina, libre de su habitual arrogancia, se dibujó en sus labios.
Agradecía sus palabras, su fe en ella.
En ese momento de conexión genuina, ambos bajaron la guardia.
Y fue entonces cuando el universo, o más bien, la implacable maquinaria de la habilidad Pervertido con Suerte, decidió que era el momento perfecto para una intervención.
Rubén, dando ese último paso de “apoyo moral”, no notó una imperfección infinitesimal en el tatami, una leve ondulación tan ínfima que era irrelevante para cualquier pie normal.
Pero su cuerpo, afinado por la Destreza 17.92 y potenciado por el Nen, era un instrumento de precisión extrema.
Su pie, en un movimiento que desafió toda ley de la física, la probabilidad y el sentido común, encontró esa irregularidad y se torció de una manera que no debería ser posible sin una fuerza externa aplicada directamente.
“¡Oof!” Con un grito ahogado de absoluta sorpresa, Rubén se lanzó hacia adelante.
No fue una caída torpe; fue una proyección perfecta, casi coreografiada, dirigida como un misil teledirigido hacia Koyuki, quien, distraída por el momento de intimidad emocional, no tuvo tiempo de reaccionar.
El mundo se convirtió en un torbellino de limbs y ropas de seda.
Rubén, en un acto reflejo de puro instinto de supervivencia (y quizás, en el nivel más profundo de su subconsciente, de un deseo largamente reprimido), extendió los brazos para amortiguar la caída de ambos.
Pero las manos, esas traidoras herramientas guiadas por un destino perverso, tenían su propia agenda.
Con una gracia que era a la vez divina y profundamente vulgar, sus palmas se deslizaron, como si estuvieran magnetizadas, directamente dentro de los amplios y sedosos袖口 (sode – mangas) del gi de entrenamiento de Koyuki.
La tela, suave y resbaladiza, no opuso resistencia.
En un instante, la mano izquierda de Rubén encontró su destino en la curva firme, redondeada y voluptuosa de una de sus nalgas, apretando con una firmeza involuntaria pero perfecta.
Su mano derecha, en un acto de sincronización cósmica, se deslizó por la abertura del gi y se posó, con una precisión humillante, sobre uno de sus pechos.
No fue un roce; fue un agarre completo, su palma moldeándose sobre la suave y generosa curva, sintiendo la firmeza y el calor a través de la fina tela de su sujetador deportivo.
La sensación fue instantáneamente eléctrica y, para vergüenza de Rubén, profundamente placentera.
Una oleada de calor recorrió su brazo.
La suavidad era celestial, una textura sedosa y firme que su mente, privada de tal contacto íntimo en esta vida y la anterior, registró como el paraíso.
Por un momento eterno, su cerebro se desconectó.
La voluntad de separar las manos fue aniquilada por un puro y crudo instinto de aferrarse a esa divina sensación.
Lo que lo devolvió a la realidad, con un choque frío, no fue un grito, ni una bofetada, ni una patada.
Fue el silencio.
Koyuki no se había movido.
No había emitido ningún sonido.
Su cuerpo, debajo del de él, estaba quieto.
Con el corazón latiéndole con la fuerza de un tambor de guerra, Rubén, a regañadientes, separó su rostro del cuello de ella y volteó para ver su expresión, esperando encontrar una furia homicida.
Lo que vio lo dejó completamente perplejo.
Koyuki no estaba enfadada.
Sus mejillas estaban sonrojadas, sí, pero no con la rabia escarlata de las veces anteriores.
Era un rubor más profundo, más cálido, que se extendía hasta la punta de sus orejas.
Sus ojos ámbar, entreabiertos, lo miraban no con indignación, sino con…
¿felicidad?
Sus labios, ligeramente separados, sostenían una sonrisa tímida, casi de triunfo.
Parecía…
complacida.
Como si este “accidente” no fuera una violación de su espacio personal, sino un acto de valentía largamente esperado por parte de él.
Aturdido, Rubén accedió frenéticamente a su pestaña de Relaciones.
Koyuki Akashi.
Estado: 😊 Feliz / 😳 Avergonzada (Levemente) / 💘 Enamoramiento (58%).
Intención: Interpreta el “accidente” como un avance audaz y deseado de Rubén.
Su orgullo se siente halagado por su “atrevimiento”.
Ya no hay rastro de ira genuina.
Vínculo: Rival Destinado (100% – Máximo Nivel).
La rivalidad había alcanzado su techo.
Ya no se trataba de superarlo solo en combate; era una rivalidad existencial, un reconocimiento de que sus destinos estaban irrevocablemente unidos.
Y el enamoramiento…
estaba a las puertas del 60%.
Ella ya no veía estos incidentes como desaires o torpezas.
En su mente, retorcida por el narcisismo y ahora por un genuino afecto, cada mano “extraviada” era una confirmación.
Si Rubén, este ser cada vez más poderoso y enigmático, era físicamente incapaz de resistirse a tocar sus “atributos”, era la validación última de su belleza y de la atracción que él, supuestamente, no podía contener.
Lo que antes era una persecución iracunda, ahora era un juego coqueto, un baile donde ella era la reina y sus curvas, el premio que él anhelaba.
Rubén se separó de un salto, esta vez con la velocidad de su Soru Experto, poniendo varios metros de distancia.
“Yo…
lo siento.
Fue…
el suelo…
otra vez,” balbuceó, sintiéndose increíblemente tonto.
Koyuki se incorporó con una languidez deliberada, arreglando su gi con una calma que era todo lo contrario a su reacción habitual.
No lo miró a los ojos directamente, pero una sonrisa jugueteaba en sus labios.
“Deberías tener más cuidado con adónde van esas manos tuyas, Rubén,” dijo, pero su tono no era de advertencia.
Era suave, casi cantarín.
“Parece que tienen mente propia…
y un gusto exquisito.” Al final de la frase, soltó una risita clara y tierna, un sonito que le erizó la piel a Rubén y le hizo estallar el corazón en el pecho.
Luego, sin esperar respuesta, se dio la vuelta y caminó hacia la puerta del dojo.
Pero no fue su salida habitual.
Hubo un meneo de caderas ligeramente más exagerado, un balanceo consciente y significativo que era un mensaje tan claro como las palabras.
Antes de desaparecer, se volvió ligeramente.
“Mañana intentaré llegar al piso 94.
Ya es hora de que esta Garza vuelva a volar.” Y con eso, se fue, dejando a Rubén solo en el dojo, con las palmas de sus manos aún ardientes con el recuerdo de su suavidad y la cabeza dando vueltas.
La relación había dado un vuelco monumental.
Ella ya no era la perseguidora; era la confidente, la cómplice, la que aceptaba y, aparentemente, disfrutaba su “torpeza” como una forma de cortejo.
No sabía si sentirse aliviado, aterrado o increíblemente excitado.
Probablemente las tres cosas a la vez.
La Revelación del Mejorador: El Ritual del Agua Con la mente aún revoloteando alrededor de la imagen sonriente de Koyuki, Rubén sabía que tenía que centrarse.
El siguiente paso en su viaje con el Nen era crucial: descubrir su tipo natural.
Sin el Hatsu, su poder estaría incompleto.
El Grimorio Infinito no le daba esa respuesta, por lo que debía recurrir a la tradición.
Salió discretamente de la Torre y, en un parque cercano, arrancó una hoja verde y fresca de un árbol robusto.
En una tienda, compró un vaso de cristal simple y transparente.
De vuelta en su suite, llenó la bañera con agua tibia, creando un ambiente de tranquilidad forzada, intentando apaciguar el torbellino de sus emociones.
Se sentó en el agua, colocando el vaso lleno hasta el bordo frente a él sobre una pequeña tabla flotante.
Colocó la hoja sobre la superficie del agua.
Respiró hondo, cerrando los ojos, intentando dejar atrás el recuerdo de las curvas de Koyuki y concentrándose en la esencia de su propio ser.
Este era el ritual de la Divinación del Agua.
Las reglas eran claras en su mente, extraídas de su conocimiento de otaku: Reforzador (Enhancer): Aumenta el volumen del agua, haciendo que se desborde.
Transmutador (Transmuter): Cambia el sabor del agua.
Emisor (Emitter): Cambia el color del agua.
Materializador (Conjurer): Crea impurezas, partículas o objetos en el agua.
Manipulador (Manipulator): Hace que la hoja se mueva por sí sola.
Especialista (Specialist): Provoca una reacción única, que no se encaja en las demás.
Colocó sus manos a ambos lados del vaso, sin tocarlo.
No usaría Ten, que era contención.
Usaría Ren, la explosión de poder puro, la liberación cruda de su aura.
Quería que su naturaleza respondiera con fuerza.
“Inhala…
Exhala…” Concentró su voluntad.
Imagínó su aura, ese torrente dorado y vibrante, fluyendo de sus palmas, no para contener, sino para imponerse sobre el elemento frente a él.
Su Ren Intermedio se activó, y una ola de energía invisible pero tangible emanó de él, haciendo que el agua de la bañera ondulara levemente.
¡REN!
Enfocó toda esa potencia hacia el vaso.
Por un momento, nada.
Solo el silbido de su propia respiración y el latido de su corazón.
Luego, un leve temblor.
El agua en el vaso comenzó a agitarse.
No era un cambio de color, ni un sabor en el aire, ni la hoja se movía.
El nivel del agua, claramente definido en el borde del vaso, comenzó a…
hincharse.
Como si una fuente invisible estuviera vertiendo más agua en su interior.
La superficie, antes plana, se curvó hacia arriba, desafiando la gravedad, formando un lente convexo perfecto.
Rubén contuvo la respiración, manteniendo el flujo de su Ren.
La tensión superficial cedió.
Con un fluir suave pero imparable, el agua comenzó a desbordarse.
No fue un chapoteo violento, sino un derramamiento constante y abundante, como una cascada en miniatura.
El volumen de agua que caía de los lados del vaso era claramente mayor que la capacidad del recipiente.
La hoja, atrapada en la corriente, fue arrastrada suavemente y flotó en la bañera.
No hubo duda.
Reforzador.
El agua se desbordó en grandes cantidades, confirmando lo que tal vez, en el fondo, él ya sabía.
Su camino siempre había sido el de la fuerza bruta, mejorada y refinada.
Su cuerpo era su templo y su arma principal.
El Caminante de Umbrales viajaba entre realidades, pero era su forma física, su Salud, Fuerza y Destreza, la que le permitía sobrevivir en ellas.
Este poder, el del Mejorador, era el complemento perfecto.
Una sonrisa de comprensión y determinación se dibujó en su rostro.
Los Mejoradores eran directos, simples en su enfoque, pero con una potencial de poder crudo que podía rivalizar con cualquier otro tipo.
Eran la espada que no necesitaba trucos, porque su filo era lo suficientemente afilado para cortar cualquier ilusión.
Ahora, con su tipo revelado, el camino hacia su Hatsu estaba despejado.
No se trataría de crear armas de la nada o de manipular elementos.
Se trataría de mejorar, de potenciar, de llevar lo que ya era al siguiente nivel.
¿Podría crear una técnica que mejorara temporalmente una estadística específica de su interfaz?
¿O quizás un modo que quemara su aura para multiplicar por diez la efectividad de su Soru o su Tekkai?
Las posibilidades, aunque limitadas por el marco del Reforzamiento, eran inmensas dentro de ese marco.
Miró por la ventana, hacia la imponente silueta de la Torre que se perdía en la noche.
Koyuki estaba ahí fuera, probablemente soñando con su próximo ascenso, con su sonrisa feliz aún grabada en su mente.
Él tenía su Nen desbloqueado, su tipo revelado y una relación que se volvía más compleja y profunda con cada “accidente”.
El viaje de Rubén González, el Caminante de Umbrales y ahora el Mejorador de Nen, avanzaba a una velocidad vertiginosa.
Los pilares de su poder en este mundo estaban casi completos.
Solo faltaba la pieza final: forjar su Hatsu, la expresión única de su voluntad, el arma definitiva que necesitaría para enfrentar no solo los pisos superiores de la Torre, sino los dioses y monstruos que lo esperaban en su mundo de origen.
La forja de su espíritu y su poder estaba lejos de terminar; acababa de entrar en su fase más crucial.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES Seath_Scale Voten si les gusto el episodio y si gustan apoyenme en mi patreon para seguir escribiendo mas de estas historias.
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