El viajero interdimensional - Capítulo 14
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- Capítulo 14 - 14 Capitulo 13 Primera batalla con Nen
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14: Capitulo 13: Primera batalla con Nen 14: Capitulo 13: Primera batalla con Nen El amanecer en la Torre Celestial bañó los pisos de combate con una luz fría y determinista.
Ese día, dos batallas separadas pero entrelazadas por un hilo invisible de afecto y rivalidad tendrían lugar, marcando un punto de inflexión no solo en el poder, sino en los corazones de los contendientes.
El primer combate de la mañana fue el ascenso de Koyuki Akashi al piso 94.
Cuando hizo su entrada a la arena, Rubén, que observaba desde un asiento privilegiado, notó el cambio de inmediato.
No llevaba el ajustado qipao escarlata que acentuaba cada curva con una intención letal y sensual.
En su lugar, vestía un conjunto de entrenamiento funcional y elegante, de un color azul oscuro, que, si bien se ceñía a su figura atlética, cubría mucho más.
Los cortes estratégicos que antes mostraban generosas porciones de piel suave y tersa habían desaparecido.
Su belleza seguía siendo deslumbrante, pero ahora era una belleza serena, menos un arma y más una armadura.
Intrigado, Rubén accedió a su pestaña de Relaciones.
La descripción junto a su estado emocional lo dejó reflexionando.
Koyuki Akashi.
Estado: 😌 Determinada / 💘 Enamoramiento (58%).
Observaciones del Sistema: La usuaria ha experimentado un cambio significativo en su auto-percepción.
Considera incorrecto y poco profesional exhibir su cuerpo de manera deliberada frente a oponentes que no merecen su confianza o atención.
Su estrategia se ha refinado, priorizando la eficiencia pura sobre la distracción psicológica basada en el deseo.
Vínculo: Rival Destinado (100%).
Rubén asintió para sí mismo, interpretando el cambio desde su lógica.
“Tiene sentido,” pensó.
“Después de su entrenamiento con el Nen y de enfocarse en ser más fuerte por mérito propio, esas tácticas baratas le parecen beneath her.” Se imaginó que, cuando se enfrentaran de nuevo, ella mantendría esta nueva elección de vestimenta, tratándolo con la misma seriedad profesional.
No podía estar más equivocado.
La razón verdadera, que el sistema no explicitaba pero que un observador astuto podría haber deducido, era mucho más simple y profunda: de alguna manera visceral que ella misma no terminaba de comprender, le desagradaba la idea de mostrar su piel a ojos que no fueran los de Rubén.
Su cuerpo, antes una herramienta de guerra y manipulación, ahora sentía que era…
suyo.
Un territorio íntimo que solo debía ser explorado por aquel que había logrado, a base de “accidentes” y poder bruto, conquistar no solo su atención, sino un rinconcito de su orgulloso corazón.
La batalla misma fue una demostración de esta nueva filosofía.
Koyuki era un torbellino de precisión implacable.
Sus patadas de Savate, siempre elegantes, ahora carecían de la floritura seductora.
Eran golpes directos, económicos, destinados a puntos débiles con una eficiencia aterradora.
Su velocidad parecía haber aumentado, no por un boost estadístico, sino por la eliminación de cualquier movimiento superfluo.
Su oponente, un luchador que dependía de leer los patrones de sus adversarios, se encontró con un muro de seriedad marcial.
No hubo miradas provocativas, no hubo gestos que invitaran a bajar la guardia.
Solo la fría aplicación de la fuerza y la técnica.
Koyuki dominó el combate de inicio a fin.
Su contrincante no tuvo oportunidad.
Fue una victoria limpia, rápida y decisiva.
Cuando su mano fue alzada por el árbitro, su rostro no mostró triunfo, sino una satisfacción tranquila.
Había ascendido al piso 94 no por ser la “Garza Escarlata”, la femme fatale de la Torre, sino por ser simplemente Koyuki Akashi, la luchadora.
Rubén la esperaba en la antesala, una sonrisa de genuino orgullo en su rostro.
Al verla acercarse, con ese nuevo aire de confianza serena, se sintió impulsado a felicitarla.
Quería ser sincero, reconocer su crecimiento.
“Koyuki, eso fue…”, comenzó a decir, extendiendo su brazo para tal vez darle una palmada amistosa en el hombro, un gesto de camaradería que consideraba seguro.
Pero su habilidad pasiva, el Pervertido con Suerte, era una fuerza cósmica que no entendía de intenciones ni de momentos apropiados.
Operaba en un plano de realidad donde las leyes de la física eran meras sugerencias y la probabilidad era su juguete personal.
Justo cuando su mano iba a tocar su hombro, el pie de Koyuki, que pisaba con la elegancia de un felino, encontró un desnivel microscópico en el suelo pulido.
Al mismo tiempo, Rubén, por una razón que solo el destino perverso conocía, tropezó con su propio pie.
Fue un colapso coordinado de equilibrio, una danza de torpeza forzada.
“¡Ah!” “¡Umph!” Él cayó hacia adelante.
Ella, desequilibrada, se lanzó hacia él.
Sus cuerpos chocaron, y en el forcejeo caótico por no caer al suelo, sus rostros se encontraron.
El mundo se detuvo.
No fue un roce.
Fue un contacto completo, suave y sorprendentemente cálido.
Los labios de Rubén se posaron sobre los de Koyuki con una presión exacta, ni demasiado fuerte ni demasiado débil.
Fue un beso accidental, pero perfecto en su ejecución.
Una oleada de electricidad silenciosa recorrió a ambos.
Rubén pudo sentir la suavidad increíble de sus labios, el leve sabor a cereza de su brillo labial.
Sus ojos se abrieron de par en par, mirando los ojos de Koyuki, que también estaban abiertos, reflejando la misma incredulidad absoluta.
Para sorpresa de ambos, especialmente de Koyuki, no sintió la explosión de ira que esperaba.
No hubo ganas de gritar o golpearlo.
En su lugar, una sensación de calor se expandió desde su pecho, una calma placentera que anuló por completo la vergüenza inicial.
El beso, aunque no buscado, fue…
agradable.
Muy agradable.
Su mente, siempre tan rápida para analizar, se nubló por una niebla de confusión dulce.
Fue ella quien, recordando abruptamente su orgullo y las convenciones, se separó primero.
Dio un paso atrás, llevando los dedos a sus labios, sus mejillas teñidas de un rojo escarlata que rivalizaba con su antiguo vestuario.
“Tú…
eso…”, tartamudeó, incapaz de formar una frase coherente.
Su corazón latía como un tambor de guerra.
Rubén, todavía aturdido, accedió a su interfaz por puro reflejo.
Koyuki Akashi.
Estado: 😳 AVERGONZADA / 😊 Soñadora / 💘 AMOR VERDADERO (65%).
Intención: Confusión extrema.
El beso fue inesperado pero profundamente placentero.
Desea que él haga un movimiento, pero su narcisismo exige que sea él quien se declare primero.
Considera que una mujer de su estatura merece una confesión formal, no al revés.
Vínculo: Rival Destinado (100%).
El salto fue monumental.
De “Enamoramiento” a “AMOR VERDADERO”.
Y los emojis…
soñadora.
Ella estaba, en el fondo, disfrutando del recuerdo.
Rubén se sintió en shock.
En sus fantasías de otaku, siempre había imaginado conquistar a una heroína de una historia principal, una Bulma, una Noelle, alguien con un peso narrativo inmenso.
Koyuki era un personaje original, una creación única de este mundo alternativo de Hunter x Hunter.
Y sin embargo, al ver esos porcentajes y recordar la expresión de genuina felicidad en su rostro durante la pelea, y ahora esta confusión adorable, no sentía ni un ápice de arrepentimiento.
Ella era única, fuerte, obstinada y, en su propia manera complicada, increíblemente genuina.
Había demostrado una capacidad de crecimiento y adaptación que lo había impresionado profundamente.
Pero ese mismo crecimiento y la profundidad del sentimiento que ahora veía reflejado en la interfaz, le traían un nuevo peso a la conciencia.
Él era un Caminante de Umbrales.
Su poder, su misma supervivencia, dependía en parte de los bonos pasivos que obtenía de formar vínculos.
Y la pestaña de Amantes prometía recompensas “significativamente mayores”.
No podía, ni quería, limitarse a una sola relación.
Necesitaba viajar a otros mundos, formar más lazos.
Pero no quería que fueran conexiones vacías, transacciones de poder.
Quería que fueran reales, significativas, como lo que estaba empezando a florecer con Koyuki.
¿Cómo explicarle eso sin revelar su naturaleza de viajero interdimensional?
¿Sin sonar como un mujeriego egoísta?
Sabía, por su estado, que ella esperaba una declaración.
Pero él necesitaba tiempo.
Tiempo para que ella lo conociera mejor, y para que él pudiera encontrar la manera de allanar el camino para la compleja verdad de su existencia.
Los siguientes días estuvieron cargados de una tensión nueva y eléctrica.
Koyuki, desde su nueva habitación en el piso 94, no dejaba de observarlo en secreto.
Sus miradas, antes de evaluación o frustración, ahora estaban llenas de una expectativa nerviosa.
Esperaba su reacción, su movimiento.
Rubén lo sabía.
Podía sentir su mirada en la nuca, y su interfaz confirmaba su estado de espera ansiosa.
Finalmente, decidió abordar el tema de frente, pero a su manera.
La encontró en el almacén abandonado, practicando sus formas con una concentración que parecía forzada.
“Koyuki,” dijo, su voz firme, haciendo que ella se detuviera en seco.
Ella se volvió, tratando de parecer serena, pero el leve temblor en sus manos la delataba.
“¿Sí?” Rubén respiró hondo.
“No voy a disculparme por lo del beso.” Sus ojos ámbar se abrieron ligeramente, sorprendidas por la frontalidad.
“Disculparme,” continuó él, manteniendo su mirada, “significaría que me arrepiento de haber robado lo que probablemente fue tu primer beso.
Y ese no es mi ideal como hombre.
No me arrepiento de haber tenido ese contacto contigo.” Koyuki contuvo la respiración.
Sus mejillas se sonrojaron, pero una chispa de algo brillante y esperanzado encendió sus pupilas.
“Lo único que te diré,” concluyó Rubén, con una honestidad que le salía de las entrañas, “es que me gustó.
Me gustó el beso.” El efecto fue instantáneo.
La sonrisa que Koyuki había estado conteniendo estalló en sus labios.
No fue una sonrisa triunfante o burlona, sino una sonrisa genuina, amplia y llena de una alegría tan pura que iluminó todo el almacén polvoriento.
Su orgullo se sintió halagado de la manera más profunda posible.
Él no se arrastraba pidiendo perdón; reclamaba el acto con una masculinidad confiada que resonaba con lo más profundo de su ser.
Sin decir una palabra, cerró la distancia entre ellos y lo envolvió en un abrazo cálido y fuerte.
No fue un abrazo sensual o apasionado, sino uno lleno de cariño y un toque de alivio.
Enterró su rostro en su pecho por un segundo, sintiendo el latido acelerado de su corazón, antes de separarse y mirarlo a los ojos, su sonrisa aún en su lugar.
Rubén no necesitó revisar su interfaz para sentir el cambio.
Un nuevo calor, una conexión más profunda, fluyó entre ellos.
Cuando lo consultó mentalmente, confirmó lo que ya sabía: 💘 AMOR VERDADERO (68%).
Y su Bonus de Vínculo había aumentado, pasando del +12% al +15% en efectividad de Destreza y pool de Estamina.
La relación amorosa se estaba solidificando, incluso sin una declaración formal.
Koyuki seguía en la pestaña de Rivales, ahora con la designación Rival Destinada en un firme 100%.
Era un contraste fascinante.
Su amor por él no disminuía su deseo de superarlo, de enfrentarse a él en su mejor momento.
Al contrario, lo potenciaba.
Ella no quería ser solo su amante; quería ser su igual, su contraparte, la espada contra la cual él afilaría su filo.
Rubén intuyó que este equilibrio, esta dualidad de rivalidad y amor, era la esencia misma de su vínculo.
No sabía qué pasaría cuando su enamoramiento alcanzara el 100% o si él se declaraba formalmente.
Tal vez la rivalidad se transformaría en algo más, o quizás se mantendría como el pilar fundamental de su dinámica, un recordatorio eterno de que su camino, aunque juntos, siempre estaría desafiado por la excelencia del otro.
Por ahora, con el sabor de un beso accidental aún en sus labios y el calor de un abrazo genuino en su pecho, Rubén González comprendió que su viaje en este mundo se había enriquecido de una manera que nunca había anticipado.
El poder del Nen, la ascensión en la Torre, la promesa de otros mundos…
todo palidecía ante la complejidad y la belleza de forjar un lazo verdadero.
La forja de su corazón había comenzado, y el yunque era la mirada de una Garza que había decidido, contra todo pronóstico, anidar en el alma del Caminante de Umbrales.
La declaración de Rubén, más una afirmación de voluntad que una confesión de amor, había dejado un eco vibrante en el aire del almacén.
Un nuevo entendimiento, frágil pero palpable, se había establecido entre él y Koyuki.
Ella ya no era solo la rival obstinada o la perseguidora exasperada; era una mujer que sonreía con genuina felicidad ante sus palabras, cuyo abrazo había transmitido una aceptación cálida y llena de promesas tácitas.
Esa energía, cargada de un potencial romántico recién descubierto, lo acompañó mientras se preparaba para su propia batalla esa tarde.
El ambiente en la arena del piso 141 era una versión más pulida y estridente del espectáculo al que se había acostumbrado.
Luces más brillantes, una multitud más ruidosa y expectante, y una sensación palpable de que cada combate aquí era un evento en sí mismo.
Subir el primer escalón después del simbólico piso 140 sentaba un precedente.
Su oponente era la encarnación de la fuerza bruta tradicional: un coloso de músculos marcados y venas sobresalientes, conocido como “Titanio”.
Sus puños, vendados con esmero, eran mazos de carne y hueso que prometían un poder destructivo simple y directo.
Rubén se situó en su esquina, sintiendo el flujo de su aura, ese río dorado y vibrante que ahora era una parte consciente de su ser.
Había decidido no usar el Ren, cuya potencia descontrolada podía ser letal.
En su lugar, activó el Ten Intermedio, la capa protectora y potenciadora que envolvía su cuerpo con una defensa del 70% y un buff pasivo del 35% a todas sus estadísticas.
Era más que suficiente.
Su plan era simple: terminar la pelea rápido, sin florituras, y probar su nueva percepción del mundo.
El gong sonó, marcando el inicio.
Y entonces, el mundo cambió para Rubén González.
No fue que Titanio se moviera lento; fue que todo, absolutamente todo, pareció sumergirse en un pesado jarabe de tiempo.
Los pasos de su oponente, que cargaba con la fuerza de un toro, eran arrastrados y predecibles.
El puño que se disparó hacia su rostro, un directo que sin duda había noqueado a docenas de luchadores, avanzó con una lentitud casi cómica.
Rubén podía ver cada micro-músculo tensándose en el brazo de Titanio, la vibración del aire desplazado por el puño, la gota de sudor que se desprendía de la ceja de su contrincante.
Era el Nen.
No solo la mejora física, sino una agudización sensorial monumental.
Su cerebro, potenciado por el aura y sus stats de Inteligencia y Arcano, procesaba la información a una velocidad sobrehumana.
El mundo para los no iniciados, incluso para luchadores de élite como Titanio, era una secuencia de fotogramas.
Para Rubén, era una película en alta definición y cámara lenta.
Con un suspiro de casi aburrimiento, Rubén decidió no usar el Soru.
No había necesidad.
Mientras Titanio luchaba contra la gravedad y la inercia, Rubén simplemente…
caminó.
Un paso lateral, casual, elegante, que lo sacó del camino del golpe con un margen de centímetros que fue a la vez insultante y aterrador.
La confusión en los ojos de Titanio fue instantánea.
¿Cómo era posible?
Su golpe había fallado por completo, y su oponente ni siquiera había parecido esforzarse.
Rubén alzó su mano derecha, la palma abierta y relajada.
No concentró una cantidad masiva de aura; solo un flujo mínimo, un hilillo de poder que recorrió su brazo y se acumuló en su palma.
No era un Ko devastador, ni siquiera un Ren focalizado.
Era la aplicación más básica y pura del principio de Reforzamiento: imbuir un objeto, o en este caso, su cuerpo, con aura para potenciar sus propiedades naturales.
En este caso, la propiedad a potenciar era la fuerza de un empuje.
Con la misma naturalidad con la que uno aparta una cortina, Rubén apoyó su palma abierta contra el abdomen de Titanio.
El contacto fue suave, casi un toque.
El efecto fue cataclísmico.
Para Titanio, fue como si una fuerza primordial, un tsunami invisible, hubiera nacido en el centro de su ser.
No sintió un dolor agudo, sino una presión absoluta e innegable que anuló por completo su masa y su fuerza.
El aire fue expulsado de sus pulmones en un silbido seco.
Sus pies se despegaron del canvas.
Su cuerpo, de más de cien kilos de puro músculo, se elevó como una pluma y salió proyectado hacia atrás como un proyectil humano.
Voló sobre el ring, sobre la primera fila de espectadores atónitos, y cruzó los más de diez metros que separaban el ring de la base de las gradas de cemento.
Impactó contra la pared con un crujido sordo y profundo, una mezcla de cuerpo y hormigón que hizo temblar la estructura, antes de desplomarse en un montón inconsciente e inmóvil.
El silencio fue absoluto.
Luego, el estallido.
Rubén permaneció en el centro del ring, su mano aún extendida, la palma ligeramente sonrojada.
No jadeaba.
No sudaba.
Había replicado, de manera instintiva y con una escala de poder abismalmente superior, la hazaña que Gon Freecss había realizado en el piso 1 de la Torre Celestial.
La única diferencia era el contexto: Gon lo había hecho como una promesa de potencial.
Rubén lo había hecho como una declaración de poder ya realizado.
Era el cazador que había superado al aprendiz.
La notificación fría de su interfaz apareció, confirmando lo obvio.
+2,800 EXP adquiridos.
Mientras bajaba del ring, ignorando los flashes de las cámaras y los gritos de su nombre, su mente ya estaba en el futuro.
Los pisos que quedaban, del 141 al 199, ya no se presentaban como desafíos.
Eran granjas.
Campos de cultivo de experiencia donde acumularía la inmensa cantidad de EXP necesaria para aquellos últimos y costosos niveles en Inteligencia y Arcano que necesitaría para técnicas de Nen más avanzadas, y para desbloquear otros sistemas de poder en el Grimorio.
Su viaje en el mundo de Hunter x Hunter tenía, por primera vez, una fecha de caducidad en su mente.
Una vez alcanzado el piso 199, habría exprimido todo lo que este mundo podía ofrecerle en términos de crecimiento base.
Pero entonces, la imagen de Koyuki, con su sonrisa genuina y su abrazo cálido, cruzó su mente como un suave recordatorio.
Un nuevo factor, uno que no estaba en sus planes originales.
Ella era un hilo dorado en el tejido de su destino aquí.
No podía simplemente desaparecer, cruzar el umbral y dejarla atrás, preguntándose qué había sido de él, el hombre que le había robado su primer beso y le había mostrado un camino de poder más allá de su comprensión.
La idea comenzó a germinar en su mente, audaz y aterradora.
¿Y si se la llevaba?
¿Si le ofrecía no solo ser su rival y tal vez su amante en este mundo, sino su compañera en la odisea multiversal que era su vida?
La noción de tener a alguien a su lado, una aliada fuerte y confiable en el mundo apocalíptico de Dragon Ball Z, era tremendamente seductora.
Pero para ello, necesitaba confiar en ella con la verdad más profunda de su ser.
Debía revelarle su habilidad: el Caminante de Umbrales.
Explicarle que no era de este mundo, que su destino estaba ligado a una realidad donde la muerte planetaria era una amenaza constante, y que su poder crecía no solo con el entrenamiento, sino con los lazos que formaba.
Tenía que aclarar, con la crudeza que la situación merecía, si su habilidad le permitía llevarse a alguien consigo a través de los umbrales dimensionales.
Su intuición, alimentada por su Arcano 18, le susurraba que sí, que un vínculo tan fuerte como el que estaban forjando podría anclarla a él a través del viaje.
Sin embargo, la revelación era un riesgo monumental.
¿Cómo reaccionaría una mente que solo conocía una realidad a la idea de los multiversos?
¿Aceptaría dejar atrás todo lo que conocía por un hombre y una misión que sonaban a locura?
Y luego estaba el asunto más delicado.
Su poder, su misma supervivencia a largo plazo, dependía de formar más vínculos.
Más amantes.
No podía ofrecerle una relación monógama tradicional, no si quería alcanzar el poder necesario para enfrentarse a Bills o a cualquier otro dión destructor.
Tenía que encontrar la manera, con una honestidad brutal pero compasiva, de comunicarle que, si se unía a él, no sería la única.
Que su corazón, o al menos su destino, tendría que tener espacio para otros.
No por lujuria vacía, sino por una necesidad existencial.
Era una conversación que haría parecer un combate contra un Maestro Nen como un juego de niños.
Había pasado más de un mes y medio desde que llegó a este mundo, traumatizado y aterrado.
Ahora, era una fuerza de la naturaleza, un usuario de Nen, y estaba al borde de entrelazar su vida con la de otra persona de una manera que trascendía las dimensiones.
Antes de dar el paso final en la Torre, antes de enfrentarse a la decisión de partir, debía avanzar su relación con Koyuki hasta un punto de confianza inquebrantable.
Debía llevarla al límite de sus sentimientos, hasta ese borde donde el amor y la devolución son capaces de aceptar lo imposible.
Miró hacia las gradas, buscándola intuitivamente.
Y allí estaba, en la misma ubicación de siempre.
Pero su expresión no era de asombro por su poder.
Era más compleja.
Había admiración, sí, pero también una chispa de esa rivalidad feroz, y por debajo, una capa de una ternura profunda que solo él podía discernir.
Ella lo miraba no como a un monstruo, sino como a su igual, su destino, su Rubén.
El camino hacia el piso 199 estaba claro.
Pero el camino hacia el corazón de Koyuki, y la revelación de la verdad que llevaría a su inevitable partida o a su unión interdimensional, era el desafío más grande que había enfrentado hasta ahora.
La forja de su poder estaba casi completa.
La forja de su alma, y quizás de su clan multiversal, acababa de comenzar.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES Seath_Scale Apoyame en mi patreon para seguir escribiendo mas de estas historias.
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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com