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El viajero interdimensional - Capítulo 15

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  4. Capítulo 15 - 15 Capitulo 14 Koyuki
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15: Capitulo 14: Koyuki 15: Capitulo 14: Koyuki El aire en la habitación del piso 94 olía a limpieza impecable y a un tenue aroma a cerezas, su favorito.

Koyuki Akashi se miró en el espejo de cuerpo entero, no con la vanidad vacía de quien se admira, sino con la evaluación crítica de una guerrera que examina su herramienta más preciada: su propio cuerpo.

Llevaba el nuevo conjunto de entrenamiento azul oscuro, y por primera vez en mucho tiempo, se sentía…

cómoda.

No era la comodidad del descanso, sino la de la autenticidad.

Su vida, hasta hacía poco, había sido una coreografía perfecta y predecible.

El Dojo de la Garza Blanca, un nombre que ahora sentía irónicamente apropiado.

No era un lugar cualquiera.

Era un santuario marcial para la élite, donde los hijos de familias adineradas y con talento innato acudían para ser forjados en guerreros de primera línea.

De los diez mil aspirantes que llegaban cada generación con sueños de gloria, solo diez, los más brillantes, los más tenaces, los más puros en su dedicación, eran reconocidos como aptos para el honor supremo: aprender el arte del Nen.

Y todo de manera secreta, bajo el auspicio silencioso de la Asociación de Cazadores, que veía en el dojo una fuente confiable de talento excepcional.

Koyuki había sido la joya de su generación.

Mientras otros dependían de la fuerza bruta o la resistencia pura, ella había perfeccionado un estilo letal que combinaba la elegancia mortífera del Savate con un arma que ninguna otra poseía: su propia belleza.

Había aprendido, desde muy joven, que en un mundo de hombres endurecidos por el combate, un destello de pierna, un escote estratégico, un movimiento que acentuara la curva de sus caderas, podía abrir guardias mejor que cualquier gancho.

No era algo de lo que se enorgulleciera en el fondo; era una táctica, tan fría y calculada como un barrido a la pierna de apoyo.

Su narcisismo no era innato; había sido forjado como un escudo y una espada en un ambiente donde era constantemente observada, deseada y, en el fondo, subestimada.

La prueba de fuego para acceder al Nen era la Torre Celestial.

Llegar al piso 199 usando solo las artes aprendidas en el dojo, sin cruzar al 200.

Una hazaña que separaba a los meramente talentosos de los verdaderamente destinados.

Sus compañeros, los otros nueve elegidos, habían caído uno a uno.

Algunos en el piso 70, otros, los más fuertes, se estrellaron contra el muro de los 90.

Ella, la Garza Escarlata, había volado más alto.

Llegó al piso 93.

Llevaba dos meses en la Torre, cada victoria un tributo a su disciplina y a su estrategia calculada.

Se sentía invencible, la heredera natural del secreto del Nen.

Y entonces, llegó él.

Rubén González.

Un nombre común para una fuerza de la naturaleza completamente inesperada.

Su derrota ante él en el piso 93 no fue solo una pérdida; fue un terremoto existencial.

Él no había caído en sus trampas.

No había seguido el guion.

Sus miradas no estaban nubladas por la lujuria, sino claras y evaluadoras, como las de un depredador que ve a otro.

La había tratado como a un igual, como a una amenaza pura, y la había derrotado con una combinación de resistencia sobrehumana y un golpe frío y preciso.

Esa derrota le había quitado algo, pero también le había dado algo.

Le arrancó la certeza de su invencibilidad, pero plantó la semilla de una curiosidad obsesiva.

¿Quién era ese hombre?

¿Cómo podía ser tan fuerte?

¿Por qué era inmune a ella?

La frustración inicial fue un veneno dulce que se transformó en una necesidad imperiosa de descifrarlo.

Lo persiguió, lo acosó, lo interrogó, convirtiéndose en la sombra exasperante que ahora, al recordarlo, le provocaba una sonrisa tímida.

Miró sus propias manos en el espejo.

Las mismas manos que habían intentado golpearlo, agarrarlo, forzarlo a dar respuestas.

Y ahora…

ahora temblaban ligeramente al recordar la sensación de sus labios.

El beso.

El “accidente”.

A estas alturas, Koyuki había aceptado que con Rubén, los accidentes eran tan predecibles como la salida del sol, y tan divinamente orchestrados como una obra de teatro.

Pero ese…

ese había sido diferente.

No fue una mano en un lugar íntimo, fue un contacto boca a boca.

Un contacto que, para su propio asombro, no había despertado su ira, sino una cacofonía de emociones que aún resonaban en su pecho.

Calor.

Una oleada de calor que le había quemado las mejillas y se había expandido por todo su cuerpo.

Vergüenza.

Una punzada aguda, la voz de su orgullo gritando que eso era inapropiado, indigno.

Placer.

Un sentimiento profundo, tranquilo y abrumadoramente placentero que había anulado todo lo demás.

Y luego, su declaración.

“No voy a disculparme…

me gustó el beso.” Esas palabras habían sellado su destino.

Koyuki Akashi, la guerrera de élite, la futura usuaria de Nen, la belleza inalcanzable del dojo, estaba perdidamente enamorada de ese hombre torpe, poderoso, enigmático y terriblemente atractivo.

Ya no podía engañarse a sí misma.

Lo amaba.

Amaba su determinación, su fuerza silenciosa, la paciencia con la que la guiaba en su meditación, incluso la manera absurda en que el universo parecía conspirar para ponerlo en situaciones comprometedoras con ella.

Él sentía algo por ella.

Lo sabía.

Lo veía en sus ojos cuando creía que ella no lo miraba, en la manera en que su voz se suavizaba cuando le daba instrucciones.

Solo estaba esperando.

¿A qué?

¿Al momento perfecto?

¿A que ella diera el primer paso?

No, eso no podía ser.

Una mujer de su estatura, de su belleza y su linaje, merecía ser cortejada.

Merecía una declaración formal, un gesto que reconociera su valor.

Se haría un poco del rogar, por supuesto, para no parecer demasiado fácil, pero en el fondo de su corazón, la respuesta era un “sí” rotundo, definitivo y lleno de anticipación.

Pero entonces, un pensamiento más oscuro, como un nubarrón en un día soleado, cruzó su mente.

Ruben no era un hombre común.

Tenía ese…

aire.

Un aura de potencial que atraía las miradas.

En el dojo, había crecido rodeada de hombres poderosos, maestros respetados y cazadores famosos.

Y una constante entre ellos era que rara vez se conformaban con una sola mujer.

Tenían harems, séquitos de admiradoras y amantes.

Era un símbolo de estatus, de poder.

¿Y si más mujeres se fijaban en Rubén?

La idea debería haberla llenado de disgusto, de rabia.

Pero, para su propia sorpresa, no fue eso lo que sintió.

En lugar de asco, una sensación extraña de…

posesividad tranquila la invadió.

Ruben tenía el aire de un mujeriego, sí, pero era un novato.

Un principiante torpe y poderoso que, hasta ahora, no tenía a nadie.

Ella era la primera.

La que había logrado descifrarlo, la que había resistido sus persecuciones, la que había recibido su primer beso (accidental o no), la que estaba a su lado mientras despertaba a un poder que ni siquiera los maestros de su dojo podían comprender del todo.

Su narcisismo, esa fuerza que siempre la había definido, se alzó como un aliado inesperado.

No se sintió amenazada; se sintió…

afianzada.

Si él, un ser tan excepcional, terminaba rodeado de otras mujeres, sería una prueba más, la prueba definitiva, de su propio valor.

Porque ella sería la Primera.

La Número Uno.

La que dictaminaría quién era digna de acercarse y quién no.

La que mantendría su lugar no por lástima o por obligación, sino porque era, simplemente, la más bella, la más fuerte, la más digna de estar a su lado.

La idea de un harén, en lugar de repelerla, alimentaba su ego de una manera profunda y compleja.

Ella sería la piedra angular, la reina de ese pequeño reino.

Mientras mantuviera su posición, ¿qué importaban las demás?

Serían solo adornos que realzaban la gloria de estar con un hombre como Rubén, y por extensión, la gloria de ser la mujer que él había elegido primero y que reinaba sobre todas.

Una sonrisa segura, llena de una nueva determinación, se dibujó en sus labios.

Abrió la puerta de su habitación y salió al pasillo.

Tenía una misión.

Ruben estaba entrenando, lo sabía.

Y ella, su rival destinada y su futura amante, no podía quedarse atrás.

Quería que él la entrenara, que la guiara en el despertar de su Nen, incluso si eso significaba arriesgarse a más “accidentes”.

Cada caída, cada roce, cada beso fortuito, era ahora un recordatorio de su conexión, un paso más en el baile extraño y maravilloso que compartían.

Caminó con determinación hacia el almacén, su nuevo dojo personal.

No iba a esperar pasivamente su declaración.

Iba a seguir estando a su lado, desafiándolo, apoyándolo, y recordándole, con cada mirada y cada sonrisa, que la mujer que merecía estar a su lado, la primera y la más bella, ya estaba aquí.

El viaje de Koyuki Akashi ya no era solo sobre alcanzar el piso 199 o desbloquear el Nen.

Era sobre forjar un lugar a lado de un hombre que había llegado para cambiar su mundo, y asegurarse de que, en el corazón de cualquier tormenta que el futuro les deparara, su lugar como su principal confidente, su rival eterna y su primer amor, estuviera grabado en piedra.

El aire en la suite del piso 180 era tranquilo, cargado con el tenue zumbido del aura controlada y el susurro del afecto compartido.

Para Rubén González, estas últimas semanas habían sido una extraña mezcla de progreso meteórico y doméstica tranquilidad.

Su ascenso a través de los pisos de la Torre Celestial, ahora potenciado por el Nen, se había vuelto casi trivial.

Los oponentes entre el piso 141 y el 180, aunque formidables, se enfrentaban a un muro móvil e impasible.

Su Ten Intermedio lo convertía en una fortaleza, su Soru Experto en un relámpago inalcanzable, y su comprensión del Reforzamiento le permitía terminar las peleas con una eficiencia aterradora.

Cada victoria era un torrente de EXP, acumulándose para el salto final que necesitaba en Inteligencia y Arcano para dominar el Nen por completo.

Al otro lado de este paisaje de poder se encontraba Koyuki Akashi.

Su propio ascenso, aunque más lento, era constante.

Había llegado al piso 98, su Savate refinado hasta la esencia pura de la eficiencia.

Pero el cambio más profundo estaba en su interior.

Las horas de meditación guiadas por Rubén estaban dando frutos.

A veces, durante la quietud más profunda, sentía un hormigueo distintivo, un calor que no era físico sino energético, brotando de su plexo solar.

Era su aura, al borde del despertar.

Rubén podía sentirlo incluso sin su interfaz; el aire a su alrededor comenzaba a tener una calidad diferente, una promesa de poder latente.

Su relación había evolucionado hacia algo cómodo y profundamente cariñoso.

Los “accidentes” perpetrados por la habilidad pasiva de Rubén no habían cesado, pero la reacción de Koyuki se había transformado.

Donde antes había gritos de “¡Pervertido!” y persecuciones iracundas, ahora había sonrojos sonrientes, miradas cómplices y una risa tierna y burlona.

“Parece que mi espalda es un imán para tu frente,” había dicho el otro día, después de que Rubén, intentando alcanzar un frasco de especias en una estantería alta, tropezara de manera tan elaborada que terminó con la cara enterrada entre sus omóplatos.

Ella se rió, un sonido claro y musical, y se volvió para darle un suave pellizco en la mejilla.

“Tan torpe, y a la vez tan fuerte.

Es un contraste adorable.” Él la había tocado prácticamente en todas partes de manera “accidental”: sus manos se habían posado en sus caderas, sus nalgas, su vientre, sus piernas; su rostro había encontrado refugio en su escote, su espalda, su cuello.

Y en cada ocasión, en lugar de indignación, encontraba aceptación e, incluso, un placer sutil.

Ella interpretaba cada tropiezo, cada agarre fortuito, como un tributo involuntario pero bienvenido a su belleza, y como una prueba de la atracción que Rubén, en su supuesta torpeza, no podía contener.

Sin embargo, un muro invisible se interponía entre ellos.

Rubén lo veía claramente en su interfaz, noche tras noche.

Koyuki Akashi.

Estado: 😊 Feliz / 💕 Profundamente Enamorada / 💘 AMOR VERDADERO (99%).

Intención: Espera ansiosamente una confesión formal.

Está segura de sus sentimientos y cree que los de Rubén son igual de profundos.

Su orgullo espera que él dé el primer paso.

Vínculo: Rival Destinada (100%).

Amante Potencial (99%).

El 99%.

Estancado.

Su teoría era sólida: para cruzar ese último umbral, se necesitaba una declaración verbal, un reconocimiento mutuo y consciente de lo que eran el uno para el otro.

Pero antes de que pudiera pronunciar esas palabras, había una verdad mucho más grande y aterradora que debía compartir.

No podía pedirle que fuera suya, ni siquiera insinuar la complejidad de su futuro, sin antes ser completamente honesto.

El peso de sus secretos se había vuelto una losa sobre su corazón.

Esa noche, estaban en el balcón de su suite, mirando las luces de la ciudad que se extendían hasta donde alcanzaba la vista.

Koyuki estaba recostada contra él, su espalda apoyada en su pecho, la cabeza en su hombro.

Su aroma, una mezcla de jabón caro y su perfume floral favorito, lo envolvía.

Era un momento de paz perfecta, y él sabía que iba a destrozarlo.

“Koyuki,” dijo suavemente, su voz un poco más grave de lo habitual.

Ella se giró ligeramente para mirarlo, sus ojos ámbar brillando con afecto en la penumbra.

“¿Sí, Rubén?” “Hay…

hay cosas que necesito contarte.

Cosas sobre mí.

Cosas que no son fáciles de escuchar, y mucho menos de creer.” La sonrisa en su rostro se desvaneció, reemplazada por una expresión de curiosidad y una pizca de preocupación.

Se enderezó, girándose para enfrentarlo completamente.

“¿Qué sucede?

Pareces…

serio.” “Lo estoy.” Respiró hondo, buscando la fuerza en su Fe 10 y en la certeza de que, si lo que sentían era real, esto era necesario.

“Para entender por qué soy como soy, por qué aprendo tan rápido, por qué tengo esas ‘habilidades imposibles’…

tienes que entender de dónde vengo.

Y la respuesta no es ‘de otro dojo’ o ‘de un linaje secreto’.” La miró directamente a los ojos, su expresión era sombría.

“Koyuki, yo no soy de este mundo.” Ella parpadeó, confundida.

“¿Qué quieres decir?

¿Como…

de otro país?” “No.” Negó con la cabeza lentamente.

“Quiero decir de otro universo.

De una realidad completamente diferente.” Koyuki abrió la boca para decir algo, probablemente una broma o una réplica escéptica, pero la intensidad en sus ojos la detuvo.

“Estás…

hablando en serio.” “Completamente.” Comenzó la historia desde el principio.

Le habló de su vida anterior, en la Ciudad de México, de su familia, de su existencia como un joven normal, un otaku con sueños de poder y aventuras.

Le describió con un realismo doloroso la camioneta pickup fuera de control, el sonido de las llantas desgarrándose, el instinto visceral que lo impulsó a empujar a doña Carmen, y la oscuridad absoluta que siguió al impacto.

“Morí, Koyuki.

En ese mundo, en esa calle, dejé de existir.” Luego, describió la sensación de despertar en una habitación desconocida, en un cuerpo más joven y atlético, con unos padres que no reconocía.

Le habló del shock de ver la tecnología de las Cápsulas Hoi-Poi, de escuchar el nombre de la Corporación Cápsula en las noticias, del horror de darse cuenta, pieza por pieza, de que había renacido en el universo de Dragon Ball Z.

“¿Dragon Ball…

Z?” preguntó Koyuki, su voz era un hilo de incredulidad.

“¿Esa serie de anime?

¿Eso es…

real?” “En algún lugar, sí.

Y es un mundo de pesadilla.” Su voz se volvió urgente.

“Es un lugar donde los guerreros pueden destruir planetas con un gesto, donde las razas alienígenas llegan para conquistar o exterminar, donde los androides asesinan por deporte y los monstruos cósmicos devoran galaxias.

Donde yo estaba, el año era 760.

Solo faltaba uno para la llegada del primer Saiyajin, un ser que, por sí solo, podría acabar con toda la civilización de este planeta sin inmutarse.

Yo era, y sin poder, seguiría siendo, un humano común.

Una estadística.

Algo que muere y es revivido con esferas mágicas como si nada hubiera pasado, sin siquiera recordarlo.

Pero yo sí recordaría.

Yo sabría lo que se avecinaba.” La conmoción en el rostro de Koyuki era palpable.

Estaba pálida, sus dedos se aferraban al borde de su silla.

Estaba luchando por procesar la escala de lo que él le decía.

“Fue en ese momento de desesperación absoluta,” continuó Rubén, “cuando despertó mi verdadera habilidad.

No es Nen, Koyuki.

Es algo más profundo, más fundamental.” Extendió su mano, y ante sus ojos, la familiar pantalla azul translúcida se materializó.

Ella no podía verla, pero podía ver cómo su mirada se enfocaba en algo en el aire.

“Mi habilidad se llama ‘Caminante de Umbrales’.

Me permite percibir y atravesar los puntos de conexión entre realidades.

Mundos alternativos, como este de Hunter x Hunter, con sus propias leyes y sistemas de poder.” Koyuki dio un respingo.

“¿Hunter x…

Hunter?

¿Este…

este mundo es…?” “Un anime en mi mundo original.

O una representación de él.

Como lo es Dragon Ball Z.” La miró con intensidad.

“Llegar aquí no fue un plan.

Fue aleatorio.

Mi primera y única opción en ese momento era huir, encontrar un lugar donde pudiera entrenar, volverme fuerte, aprender cualquier sistema de poder que pudiera darme una oportunidad contra las amenazas de mi mundo de origen.

Este mundo, tu mundo, fue mi salvación.

La Torre Celestial fue mi campo de entrenamiento.” Luego, procedió a explicarle la interfaz, el sistema de estadísticas.

Le habló de los puntos de Salud, Fuerza, Destreza, y cómo podía mejorarlos directamente con la Experiencia ganada en combate.

Le contó sobre el Grimorio Infinito, la biblioteca cósmica de técnicas que se desbloqueaba al cumplir ciertos requisitos de stats, lo que explicaba cómo había aprendido el Soru o el Tekkei sin un maestro.

“Por eso aprendo tan rápido, Koyuki.

No es solo talento.

Es…

es una interfaz.

Un sistema que cuantifica mi crecimiento.

Cada golpe que recibo, cada victoria, se convierte en puntos que puedo invertir para volverme más fuerte, más rápido, más resistente.

Es un atajo, una trampa.

Y por eso tu maestro tenía razón; la maestría debería llevar años.

Yo solo estoy…

desbloqueando niveles.” La habitación cayó en un silencio pesado.

Koyuki lo miraba como si lo viera por primera vez.

Todas las piezas del rompecabezas imposible que era Rubén González finalmente encajaban, formando una imagen tan vasta y aterradora que le quitaba el aliento.

Su rival, el hombre del que se había enamorado, era un viajero dimensional, un refugiado de un apocalipsis, un ser cuya existencia estaba gobernada por las reglas de un videojuego cósmico.

Finalmente, encontró la voz, temblorosa.

“¿Y…

yo?

¿Nuestros…

‘accidentes’?

¿Eso también es parte de tu…

sistema?” Rubén sintió un dolor en el pecho.

“Sí y no.” Abrió la pestaña de Relaciones y le explicó el concepto.

“Formar vínculos, conexiones genuinas, me hace más fuerte.

Me da bonos pasivos.

Tu rivalidad, desde el principio, aumentó mi Destreza y mi Estamina.” Hizo una pausa, sabiendo que lo que venía era lo más difícil.

“Y hay…

una pestaña para Amantes.

Los bonos que otorga un vínculo amoroso genuino son, según el sistema, ‘significativamente mayores’.” Koyuki lo miró, un destello de esperanza asomando en sus ojos.

“¿Entonces…

lo que sientes por mí…

es real?

No es solo…

por un bono?” “¡No!” La negación fue vehemente, sincera.

“Koyuki, te lo juro por todo lo que soy.

Lo que siento por ti es real.

Nació en el sudor y la sangre de la Torre, creció con tu terquedad y tu fuerza, y se solidificó con tu sonrisa y tu abrazo.

El sistema solo lo…

cuantifica.

No lo crea.

Mi corazón lo hizo por sí solo.” Señaló la pantalla invisible.

“Por eso está en 99%.

Porque lo que siento es real, pero falta la declaración.

La promesa.” Ella exhaló un tembloroso suspiro de alivio, pero su expresión seguía siendo cauta.

“Entonces…

¿qué falta?

¿Qué es lo que aún no me has dicho?” Rubén cerró los ojos por un segundo, reuniendo valor.

Este era el precipicio.

“Mi misión no ha terminado, Koyuki.

Debo regresar a mi mundo de origen.

Tengo que enfrentar lo que sea que venga.

Y para tener la más mínima posibilidad, necesito ser más fuerte de lo que soy ahora.

Necesito desbloquear más sistemas de poder, viajar a más mundos, acumular más EXP…

y necesito formar más vínculos.” La confusión regresó a su rostro.

“¿Más…

vínculos?” “Sí.” Su voz era áspera, cargada de la horrible inevitabilidad de sus propias palabras.

“El poder que obtengo de los lazos es crucial.

Y la pestaña de Amantes…

Koyuki, para sobrevivir, para proteger cualquier cosa que tenga la esperanza de construir…

no puedo limitarme a una sola conexión de ese tipo.

Mi camino…

la única forma en que veo para alcanzar el poder necesario…

implica formar un harem.” La palabra cayó entre ellos como una losa de plomo.

Koyuki se puso de pie de un salto, alejándose de él como si lo hubiera golpeado.

Todos los colores habían abandonado su rostro.

“¿Un…

harem?” La palabra salió de sus labios como un susurro de incredulidad absoluta.

“¿Estás diciendo que…

que quieres estar conmigo…

y con otras?

¿Al mismo tiempo?” “No es por lujuria, Koyuki.

¡Es por supervivencia!” Su propia voz sonaba desesperada ahora.

“¿Crees que quiero esto?

¿Crees que soñé con llegar a mi amada y decirle ‘necesito un harem para enfrentarme a un dios destructor’?

¡Es ridículo!

¡Es humillante!

Pero es la verdad.

El sistema recompensa esos vínculos.

Y en el universo al que debo regresar, la fuerza bruta lo es todo.

Sin cada ventaja, cada bono, cada gramo de poder que pueda reunir, estoy muerto.

Y todo lo que importe para mí, incluida la persona con la que esté, estará muerta conmigo.” “¿Y yo no soy suficiente?” Su voz se quebró, el dolor era un cuchillo en cada palabra.

“¿Mi amor, mi poder, mi lealtad…

no son suficientes para darte la fuerza que necesitas?” “¡No se trata de ser suficiente!” gritó él, la frustración y la angustia burbujeando.

“¡Se trata de las reglas de mi maldita existencia!

Es como si te dijera que necesito respirar oxígeno y tú me ofrecieras agua.

¡No es una cuestión de calidad, es una cuestión de mecánica!

Tu vínculo me haría más fuerte, mucho más fuerte de lo que soy ahora.

Pero otros vínculos, en otros mundos, con otras personas que pudieran unirse a nosotros…

podrían darme la fuerza marginal, el bono pasivo único, la habilidad combinada que podría marcar la diferencia entre salvar una galaxia o verla reducida a polvo.” Koyuki lo miraba, y por primera vez desde que la conocía, Rubén vio lágrimas brillando en sus ojos.

No eran lágrimas de rabia, sino de un corazón roto, de un sueño destrozado.

“¿’Unirse a nosotros’?” repitió, con una amarga ironía.

“¿Quieres que sea…

la primera dama de tu…

tu harén multiversal?

¿Que comparta al hombre que amo con desconocidas de otros mundos?

¿Que espere pacientemente en casa mientras tú viajas para…

para ‘reclutar’?” “¡No es así!” Se acercó a ella, pero ella retrocedió, levantando una mano como un escudo.

“Koyuki, escúchame.

No sería una colección de trofeos.

Serían lazos genuinos, como el nuestro.

Aliadas.

Compañeras en esta lucha.

Una familia, por extraño que suene.

Y tú…

tú serías la primera.

La piedra angular.

Mi Rival Destinada.

Nada, ni nadie, podría cambiar eso.” “¿Y mi orgullo?” Susurró, las lágrimas comenzaron a caer por fin, trazando líneas húmedas en sus mejillas.

“¿Qué queda de Koyuki Akashi, la Garza Escarlata, si acepta convertirse en una de muchas?

¿En un número en tu…

tu sistema de poder?” Se llevó una mano al pecho.

“Te amo, Rubén.

Con todo mi ser, con un 99% o un 100%, te amo.

Pero esto…

esto es pedir que renuncie a quien soy.” Rubén sintió que el mundo se desmoronaba a su alrededor.

La veía sufrir, y cada lágrima suya era un fracaso para él.

“No te pido una respuesta ahora.

Solo…

solo te pido que lo consideres.

Que entiendas que no lo hago por capricho, sino por una necesidad desesperada.

Y…

hay una cosa más.” Ella no dijo nada, solo lo miró, sus ojos suplicando que no hubiera más revelaciones.

“Mi habilidad…

creo, siento, que podría llevarte conmigo.

A través del umbral.

No tendrías que quedarte aquí.

Podrías ver otros mundos, entrenar, volverte increíblemente fuerte a mi lado.

Podríamos enfrentarnos al universo juntos.” Esa última parte, la posibilidad de una aventura compartida más allá de los confines de su mundo, pareció alcanzarla a través de su dolor.

Un destello de esa antigua chispa de ambición brilló en sus ojos húmedos.

Sin decir una palabra más, Koyuki se dio la vuelta y caminó hacia la puerta.

Se detuvo en el umbral, su espalda rígida.

“Necesito…

tiempo, Rubén,” dijo, su voz era frágil como el cristal.

“Me has dado demasiado que procesar.

La verdad sobre ti, sobre este mundo, sobre tu misión…

y este…

este ultimátum sobre mi corazón y mi dignidad.” Él asintió, sintiéndose vacío.

“Lo entiendo.” Ella salió, cerrando la puerta suavemente detrás de ella.

El sonido del clic final resonó en el silencio de la suite como un disparo.

Rubén se desplomó en el sofá, enterrando su rostro en sus manos.

La había herido profundamente.

Había arriesgado lo más preciado que había encontrado en este o en cualquier otro mundo.

Pero no había tenido otra opción.

La honestidad, por brutal que fuera, era el único cimiento sobre el que podía construir algo real.

Miró su interfaz.

El porcentaje de Koyuki seguía en 99%.

El amor todavía estaba ahí, luchando por sobrevivir al shock y al dolor.

Ahora, todo dependía de ella.

De si su amor por él, y su propio espíritu de guerrera y aventurera, podían superar el muro final de su orgullo y aceptar una realidad más grande y más aterradora de lo que jamás había imaginado.

La forja de su poder continuaba.

Pero esta noche, la forja de su corazón había sido sometida a la prueba más ardiente.

Y no sabía si saldría intacta.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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