El viajero interdimensional - Capítulo 17
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- Capítulo 17 - 17 Capitulo 17 La evolución de Koyuki
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17: Capitulo 17: La evolución de Koyuki 17: Capitulo 17: La evolución de Koyuki La Torre Celestial se había convertido en algo más que un simple desafío para Rubén González; era ahora un telón de fondo, un escenario donde se desarrollaba la más peculiar y productiva de las simbiosis.
Con su relación oficialmente sellada por el pergamino de los estatutos y el beso que lo rubricó, Rubén y Koyuki habían entrado en una danza de contrastes que, lejos de ser disonante, componía una armonía perfecta.
En la privacidad de las habitaciones que habían reclamado en el piso 190, o durante las tranquilas velas en las que compartían raciones de comida obtenidas mediante tokens gacha, Koyuki era una versión de sí misma que muy pocos, quizás nadie, hubieran imaginado.
La feroz guerrera de piernas mortales se transformaba en una dama risueña y, a veces, incluso tímidamente cariñosa.
Se recostaba contra el hombro de Rubén mientras él revisaba las anotaciones de su Hatsu, le pasaba los dedos por el cabello mientras meditaba, y su voz, usualmente desafiante, se suavizaba hasta convertirse en un murmullo cuando le preguntaba sobre su mundo original, sobre “Dark Souls” o sobre los “videojuegos” que tanto le fascinaban.
“¿Y esta ‘Persona’ de la que hablas…
es como un fantasma amigable?” preguntó una noche, con la cabeza apoyada en su regazo.
Rubén sonrió, acariciando su cabello azabache.
“Algo así.
Es una manifestación de tu ‘yo’ interior, de tu máscara frente al mundo.
Pero también es un arma.
En esos juegos, te daba habilidades increíbles.” Sus ojos se perdieron por un momento en el vacío, viendo los menús de su propia habilidad.
“Creo que es perfecta para mí.
No solo para pelear, sino para…
buffear.
Para potenciar a quienes considero mis aliados.” Koyuki no entendía todos los términos, pero entendía la pasión en su voz y la determinación en sus ojos.
Eso le bastaba.
Sin embargo, cuando el sol artificial de la Torre se filtraba por las ventanas del almacén de entrenamiento y sus miradas se cruzaban en el campo de batalla improvisado, la atmósfera cambiaba radicalmente.
La dama enamorada se esfumaba, reemplazada por la Rival Destinada.
Su aura, aunque aún no era Nen, era una presión tangible de pura voluntad combativa.
“¡No pienses que por ser tu novia voy a ir con cuidado, Rubén!” le gritaba, lanzándose en un torbellino de patadas giratorias que cortaban el aire con un silbido agudo.
Y Rubén respondía en kind.
Su sonrisa se volvía feroz, competitiva.
Esquivaba sus ataques con el Soru al máximo, usando un Tekkai sutil para bloquear los impactos que no podía evitar.
“¡Sería un insulto a tu fuerza si lo hicieras, Koyuki!” le respondía, contrarrestando con los flatos de la Hermana Oscura, no para herirla, sino para forzarla a evolucionar, a encontrar ángulos más cerrados, a ser más impredecible.
Era una relación extraña, sin duda.
Un equilibrio precario entre el cariño más genuino y la rivalidad más ardiente.
Pero para ellos, dos almas forjadas en el conflicto, funcionaba a la perfección.
Era el combustible que impulsaba su crecimiento mutuo.
Bajo esta tutela implacable y alentadora, Koyuki comenzó a ascender por los pisos de la Torre con una velocidad que dejaba atónitos a los espectadores.
Los pisos 100 al 120, que para muchos eran una barrera infranqueable, cayeron ante ella uno tras otro.
Su estilo de lucha, ya de por sí depurado, se había vuelto más inteligente, más adaptable.
Aprendió a leer las aperturas en las defensas de sus oponentes con la agudeza que Rubén le había enseñado, y a convertir su propia defensa en el preludio de un contraataque devastador.
Rubén, desde las gradas de los pisos superiores a los que ahora tenía acceso, observaba sus combates.
Una sonrisa de genuino orgullo, un sentimiento que rara vez experimentaba en sus vidas, se dibujaba en su rostro.
La veía esquivar un lanzamiento de cuchillos en el piso 115, usar el brazo de su oponente como punto de apoyo para propulsarse y asestar una patilla circular perfecta en la sien del contrincante.
Aplaudía cuando, en el piso 118, ella, sangrando por un corte en el brazo, usó su propia sangre para cegar momentáneamente al enemigo y rematar la pelea con su técnica signature, la “Avalancha de Pétalos de Koyuki”, una sucesión de patillas bajas, medias y altas tan rápida que parecía una sola flor mortífera floreciendo en un instante.
Ella sentía que estaba al borde de algo grande.
Una energía latente que rugía bajo su piel, ansiosa por ser liberada.
El Nen.
Rubén se lo había explicado, le había descrito los principios del Ten, Zetsu, Ren y Hatsu.
Sabía que estaba cerca.
Cada combate, cada gota de sudor, cada instante de peligro extremo, acercaba más la chispa que encendería el fuego dentro de ella.
Mientras tanto, para Rubén, los pisos superiores, del 190 en adelante, se habían convertido en una rutina.
Una vez que había desbloqueado el Nen y comprendido sus fundamentos, las batallas contra los maestros de la Torre, aunque técnicamente complejas, habían perdido el filo de la vida o muerte.
Sus estadísticas, distribuidas con la precisión de un min-maxero de Dark Souls, su arsenal de técnicas de One Piece y su energía Nen en crecimiento, lo convertían en una fuerza contra la que pocos en la Torre podían competir.
Ahora, veía cada pelea no como un desafío existencial, sino como una granja de experiencia.
Cada oponente derrotado, cada logro completado (como “Derrota a 10 maestros de Nen sin recibir un golpe”), le otorgaba los preciados puntos de EXP.
Y Rubén había decidido no gastarlos.
Los veía acumularse en un contador mental, un tesoro de potencial sin tocar.
Su plan era claro: regresar a su mundo de origen, el loco universo de Dragon Ball Z, y en el momento de su regreso, invertir toda esa experiencia acumulada en una explosión de poder que le permitiera, si no competir, al menos sobrevivir los primeros compases en ese mundo de dioses y planetas destructores.
La habilidad de Caminante de Umbrales era su salvación en este aspecto.
Una de sus funciones más cruciales era la de “Pausa Existencial”.
Su mundo de origen, ese Japón de Dragon Ball Z donde su yo alternativo vivía con sus padres, permanecía en un estado de estasis temporal hasta que él regresara.
No tenía que preocuparse de que sus padres reportaran su desaparición.
Para ellos, el tiempo no habría pasado.
Él, sin embargo, había vivido ya más de un mes y medio en la Torre, y la transformación era abismal.
Comparado con el joven asustado que había llegado, apenas capaz de sobrevivir en los pisos bajos, ahora era un veterano de incontables batallas, con su Arcano en 21 (aquellos 3 niveles extra habían desbloqueado una resistencia mental pasiva notable) y al borde de dominar las técnicas avanzadas del Nen.
Pero su mayor proyecto personal era su Hatsu.
Inspirado por los juegos de Persona que tanto había amado en su vida anterior, había comenzado a esbozar la idea en un cuaderno de notas.
No sería un Hatsu simple de potenciación (Enhancement), que era su categoría natural.
Sería algo más complejo, más versátil.
“HATSU: INVOCADOR DE PERSONAS (BORRADOR)” Concepto: Materializar una “Persona”, una manifestación de mi yo interior y mi voluntad de rebelión, que actúe como un mediador entre mi ser y las habilidades de apoyo/ataque.
Mecánica Base: Invocación: La Persona en sí no consume Nen para ser materializada.
Es una extensión de mi aura, un “segundo yo” etéreo que flota a mi espalda.
Coste de Habilidades: Cada técnica utilizada por la Persona consume mi reserva de Nen, que cuantifico como 360 Unidades de Poder Mágico (MP), basándome en la sensación de mi Ren máximo.
Potencia: Los ataques ofensivos realizados por la Persona son 10 veces más potentes que si los ejecutara un usuario de Nen humano estándar, ya que la Persona canaliza y purifica el aura de manera más eficiente.
Habilidades Previstas: Ataque Elemental (Coste: 15-30 MP): Agi (Fuego), Zio (Rayo), Bufu (Hielo), Garu (Viento).
Ataques de un solo objetivo o área.
Ataque Sagado/Oscuro (Coste: 20-40 MP): Kouha (Light), Eiha (Oscuridad).
Efectivos contra oponentes con afinidades específicas.
Curación (Coste: 10-50 MP): Dia (Cura leve), Diarama (Cura media), Media (Cura grupal leve), Mediarama (Cura grupal media), Amrita Shower (Cura estados alterados).
Buffos/Debuffos CRUCIALES (Coste: 25 MP por objetivo): Matarukaja: Aumenta el ataque físico de aliados.
Marakukaja: Aumenta la defensa física de aliados.
Masukukaja: Aumenta la velocidad/agilidad de aliados.
Matarunda: Disminuye el ataque de enemigos.
Marakunda: Disminuye la defensa de enemigos.
Masukunda: Disminuye la velocidad de enemigos.
Este último grupo era el núcleo de su estrategia.
En un mundo como Dragon Ball Z, donde las diferencias de poder eran astronómicas, la capacidad de potenciarse a sí mismo y a sus aliados, o de debilitar a sus enemigos, incluso marginalmente, podría ser la línea entre la vida y la muerte.
Sin embargo, una duda persistía en su mente.
“¿No es esto más propio de un Conjurer?” se preguntaba, frotándose la barbilla mientras releía sus notas.
“Invocar una entidad semi-independiente…
suena a Conjuration pura.
Y yo soy un Enhancer.
La eficiencia sería del 60% como mucho.
Un coste de 40 MP por un Agi se convertiría en…
66 MP.
Un desperdicio.” Lo que Rubén ignoraba, un dato crucial que su habilidad Caminante de Umbrales había asimilado en silencio y que aún no le había revelado, era que su naturaleza como viajero interdimensional trascendía las limitaciones comunes del Nen.
Su alma, templada al cruzar umbrales y existir en múltiples realidades, tenía una afinidad plástica única.
Mientras que para otros, el gráfico de afinidad de Nen era rígido, para él era maleable.
Caminante de Umbrales actuaba como un modificador, permitiéndole usar cualquier categoría de Nen con una eficiencia base del 90%, sin importar cuál fuera su tipo natural.
Podía ser un Enhancer de corazón, pero podía Conjurar o Manipular con una facilidad que haría llorar de envidia a cualquier especialista.
Este experimento, lejos de ser un intento condenado al fracaso, estaba destinado a un éxito rotundo.
Mientras Rubén se sumergía en sus teorías, una noticia corrió como un reguero de pólvora por los pisos medios de la Torre.
Koyuki Akashi, la “Dama de las Piernas de Acero”, había llegado al piso 125.
Y su oponente designada era nada más y nada menos que Lady Lyra, la “Puño de Hierro”.
Lyra.
El nombre resonó en la mente de Rubén.
Su propia batalla en el piso 101 contra ella había sido un punto de inflexión.
Una mujer de musculatura densa y técnica impecable, cuyos golpes contundentes podían pulverizar roca.
Era una experta en el estilo de los puños, una contraparte perfecta para el estilo de piernas de Koyuki.
La noticia electrizó a la Torre.
Era un enfrentamiento de estilos puros, un choque de titanes en el arte marcial.
La grada del coliseo del piso 125 estaba abarrotada.
Rubén se situó en un lugar privilegiado, sus ojos analíticos escaneando el campo de batalla.
Koyuki entró primero.
Su rostro mostraba una concentración feroz.
Sabía quién era Lyra.
Sabía que había sido un obstáculo significativo para el propio Rubén en el pasado.
Esto no era solo otro escalón; era una prueba de fuego.
Lyra hizo su entrada con una calma imponente.
Su aura, aunque aún no era Nen para los espectadores comunes, era una promesa de poder contenido.
Sus puños, vendados con tiras de cuero, se abrían y cerraban lentamente.
El árbitro dio la señal.
El combate comenzó con la cautela de dos depredadores que se miden.
Koyuki fue la primera en moverse, un Soru básico pero efectivo que la llevó al flanco de Lyra, lanzando una rápida patilla baja para probar sus defensas.
Lyra no se inmutó.
Giró sobre su eje, bloqueando la patilla con su espinilla con un sonido sordo y contrarrestando inmediatamente con un directo de izquierda al estómago de Koyuki.
¡Bof!
El aire salió de los pulmones de Koyuki, pero ella absorbió el impacto, retrocediendo un paso para recuperar la distancia.
Sus ojos se encontraron.
No había animosidad, solo un respeto mutuo teñido de una determinación férrea.
La pelea se intensificó.
Koyuki era el viento, un torbellino de movimiento constante.
Sus patillas eran como látigos, buscando aperturas en la guardia de Lyra desde todos los ángulos.
Alta, baja, giratoria, frontal.
Era una lluvia de golpes que hubiera noqueado a cualquiera en pisos inferiores.
Pero Lyra era la montaña.
Sus defensas eran sólidas, económicas.
Bloqueaba, desviaba, absorbía.
Y cuando contraatacaba, lo hacía con la fuerza de un martillo hidráulico.
Sus golpes, aunque menos numerosos, cargaban con un peso devastador.
Cada impacto que conectaba, incluso si era bloqueado, hacía vibrar los huesos de Koyuki.
Rubén observaba, inmóvil.
Veía la estrategia.
Lyra estaba dejando que Koyuki se cansara, esperando el momento perfecto para un contraataque decisivo.
Koyuki, por su parte, confiaba en su velocidad y resistencia para encontrar una brecha antes de que su cuerpo cediera.
Minutos pasaron.
El sudor brillaba en ambas combatientes.
Koyuki respiraba con dificultad, un moretón comenzaba a formarse en su muslo donde un golpe de Lyra había conectado limpiamente.
Lyra, por su parte, tenía un corte en la ceja, producto de una patilla alta que apenas había logrado esquivar.
“Tienes fuerza, chica,” dijo Lyra, su voz un rumor grave.
“Pero la fuerza bruta, al final, siempre prevalece.” “La velocidad es una fuerza en sí misma,” replicó Koyuki, jadeando pero con la mirada intacta.
Fue entonces cuando Lyra cambió de táctica.
En lugar de esperar, avanzó.
Su Ren, su presión de aura, se intensificó hasta ser casi palpable para Koyuki.
No era Nen, pero era el preludio, el pináculo de lo que un humano podía lograr sin él.
Se abalanzó sobre Koyuki, ignorando una patilla que le golpeó el hombro, y descargó una sucesión de golpes cortos y brutales al torso de su rival.
¡Bam!
¡Bam!
¡Bam!
Koyuki retrocedió, tambaleándose.
El dolor era cegador.
Por un momento, vio a Rubén entre la multitud.
Su expresión era seria, pero no de preocupación, sino de expectación.
“Piensa,” parecían decir sus ojos.
“Eres más que patadas.” En ese instante de agonía y claridad, algo hizo clic en la mente de Koyuki.
Lyra confiaba en su poder de penetración.
Sus defensas, aunque sólidas, estaban diseñadas para golpes lineales, para la fuerza frontal de sus propios puños.
Con un esfuerzo sobrehumano, Koyuki, en lugar de seguir retrocediendo, cargó contra el próximo golpe de Lyra.
No para recibirlo, sino para enganchar el brazo de su oponente con el suyo propio, atrapándolo.
Fue un movimiento arriesgado, casi suicida, que dejó su costado completamente expuesto.
Lyra, sorprendida, intentó liberar su brazo, pero Koyuki, usando todo el peso de su cuerpo y el leverage de su pierna de apoyo, giró.
No era un movimiento de patada, sino una proyección, un derribo de judo adaptado a su estilo.
Llevó a Lyra al suelo, rompiendo por completo su estructura y su equilibrio.
Por una fracción de segundo, Lyra estuvo vulnerable, su guardia deshecha.
Koyuki no lo desperdició.
Liberó el brazo y, con el último resto de su fuerza, ejecutó su técnica más rápida y precisa: la “Estocada del Lirio de Hielo”, una patilla frontal y directa con la punta del pie, concentrando toda su potencia en un punto diminuto.
El golpe conectó justo en el plexo solar de Lyra.
Un sonido sordo, un jadeo seco.
Lyra se quedó sin aire, sus ojos se dilataron de shock y dolor.
La fuerza no había sido abrumadora, pero la precisión y el timing habían sido perfectos.
La mujer de los puños de hierro se desplomó en la lona, incapaz de levantarse.
El silencio fue absoluto por un momento, antes de que estallara un rugido atronador en la grada.
Koyuki, tambaleándose, con el costado en llamas y respirando en jadeos cortos, se mantuvo en pie.
Había ganado.
Había derrotado a un pilar de los pisos medios.
Sus ojos buscaron a Rubén entre la multitud.
Él ya no estaba en su asiento.
De repente, lo sintió a su lado, sosteniéndola suavemente para que no cayera.
“Lo lograste,” susurró él, su voz cargada de un orgullo que le llenó el pecho de una calidez que rivalizaba con el dolor.
“No solo ganaste.
Evolucionaste.” Ella, agotada pero eufórica, apoyó la cabeza en su hombro.
En ese momento, sintió una chispa.
No una metafórica, sino una real, un hormigueo de energía que recorrió su cuerpo, sanando levemente sus magulladuras y llenándola de una vitalidad que no entendía.
Era el Nen.
Su cuerpo, en el clímax del triunfo y la superación, había abierto sus puertas por primera vez.
El Ten había comenzado a funcionar de manera instintiva.
Mientras ayudaba a Koyuki a salir del ring, Rubén miró hacia el futuro.
Su amante y rival estaba despertando.
Su propio Hatsu estaba a punto de nacer.
Y la Torre Celestial, con sus 199 pisos, estaba casi conquistada.
El umbral a Dragon Ball Z los esperaba, y por primera vez, Rubén no lo veía con aprensión, sino con la confianza de quien camina acompañado, potenciado por una sinergia que prometía cambiar las reglas del juego, un buff a la vez.
La euforia de la victoria aún palpitaba en el aire del coliseo del piso 125, pero para Rubén, el verdadero triunfo de Koyuki no estaba en el derribo de Lady Lyra, sino en el destello casi imperceptible que había visto brotar de su amante en el instante preciso del K.O.
Un brillo sutil, una neblina tenue de energía vital que se escapó de sus poros como un suspiro de la propia Tierra.
Era Nen.
Crudo, sin refinar, pero indudablemente Nen.
Mientras ayudaba a una Koyuki magullada y exhausta a bajar del ring, su voz fue un susurro firme y cercano a su oído, ahogando los vítores del público.
“Lo lograste, Koyuki.
No solo ganaste.
Has abierto la puerta.” Ella, con la mente nublada por el dolor y la adrenalina, apenas procesó sus palabras.
“¿La puerta…?” murmuró, apoyando su peso en él con una confianza que se había vuelto natural.
“La puerta a tu propia energía.
El Nen.
Lo he visto.
Es solo un hilo, pero está ahí.” Esas palabras obraron un milagro menor.
El cansancio pareció retroceder un paso, reemplazado por un asombro vibrante.
“¿En serio?
¿Como el tuyo?” Sus ojos, empañados por el esfuerzo, se abrieron con una chispa de incredulidad y anhelo.
“Como el mío, y como el de todos los que caminan este camino,” afirmó Rubén, guiándola a través de los túneles de salida, lejos de las miradas curiosas.
“Pero es solo el principio.
Ahora viene la parte delicada.” De regreso en la relativa seguridad de su base en el piso 190, Rubén se convirtió en el centinela.
Mientras Koyuki descansaba en la cama, sumida en un sueño reparador, él permaneció sentado en el suelo, cruzado de piernas, en un estado de Zetsu tan perfecto que era casi invisible para los sentidos.
Pero su mente y su Gyo, concentrado en sus ojos, estaban hiperalertas, escudriñando el aura dormida de su compañera.
Observaba el flujo errático de esa energía recién liberada, como un río que acaba de romper un dique y busca desesperadamente su cauce.
No era un torrente peligroso aún, pero la potencialidad estaba ahí.
Un mal paso, un shock emocional fuerte, y esa energía podría volverse en su contra, drenándola o, en el peor de los casos, causándole un daño permanente.
Sabía que cuando despertara y, bajo su guía, se concentrara deliberadamente en abrir sus poros por completo, el flujo se convertiría en una cascada.
Y tenía que estar preparado.
La tarde llegó con los tonos anaranjados del sol artificial filtrándose por la ventana del almacén que usaban como dojo privado.
Koyuki despertó, dolorida pero con una lucidez renovada.
Después de una comida ligera, Rubén, con una seriedad que rara vez empleaba fuera del combate, la llevó al centro de la habitación.
“Es hora, Koyuki,” dijo, su voz era calmada pero inflexible.
“La energía que sentiste, el destello que viste en el combate, está ahí, esperando.
Ahora vas a invitarla a salir por completo.
No con fuerza, sino con intención.
Vas a meditar, a concentrarte en la sensación de vida dentro de ti, y luego, visualizarás cada poro de tu piel abriéndose para dejarla fluir.” Koyuki, aún adolorida, asintió.
Confiaba en él ciegamente en esto.
Se sentó en la posición de loto, cerró los ojos y respiró hondo, siguiendo sus instrucciones.
Rubén se situó frente a ella, también en Zetsu, listo para actuar.
Las primeras horas fueron de una calma tensa.
Koyuki respiraba profundamente, su rostro era una máscara de concentración.
Rubén podía ver, con su visión de Nen experto, cómo los pequeños hilos de aura que escapaban de ella se volvían un poco más densos, un poco más numerosos.
Era como ver una semilla germinando a cámara lenta.
Entonces, llegó el punto de inflexión.
Fue como si un segundo corazón hubiera empezado a latir en el centro de su ser.
Una oleada de poder tan vasta y primaria que le hizo contener la respiración.
De repente, los delgados hilos de aura se convirtieron en un géiser invisible.
Un torrente rugiente de energía vital explotó desde el cuerpo de Koyuki, un vendaval silencioso que levantó el polvo del suelo del almacén y hizo temblar ligeramente las herramientas colgadas en las paredes.
Koyuki abrió los ojos de par en par, jadeando.
La sensación era abrumadora.
Era como si toda su vida hubiera estado usando solo el diez por ciento de su cuerpo y, de repente, tuviera acceso al cien por cien.
La fuerza que sentía en sus músculos era real, el agudo de sus sentidos era casi doloroso.
Podía oler el metal del suelo, sentir la textura del aire contra su piel con una definición microscópica.
Una sonrisa de puro éxtasis y poder se dibujó en sus labios.
“¡Ruben!
¡Lo siento!
¡Es increíble!
¡Es como si pudiera…
pudiera con todo!” Su voz temblaba de emoción.
Pero Rubén no sonreía.
Su rostro era una máscara de concentración absoluta.
“Koyuki,” dijo, su voz cortando como un cuchillo a través de su euforia.
“¡Concéntrate!
El poder te está cegando.
¡Está saliendo de ti sin control!
Si no lo contienes, te consumirá.
Se te escapará como agua de un colador y te dejará vacía.” La urgencia en su voz la sobresaltó.
Ella intentó agarrar esa sensación de poder, contenerla, pero era como intentar atrapar el mar con las manos.
La energía fluía a su alrededor en un torbellano caótico e invisible, pero para los sentidos de Nen de Rubén, era un huracán desatado.
Vio cómo su reserva de aura, brillante y plena, comenzaba a erosionarse lentamente, desperdiciándose en el ambiente.
“¡No luches contra ella!” instruyó él, moviéndose a su lado sin tocarla.
“No es un enemigo.
Es tú.
Imagínala…
imagínala como un abrigo.
Un abrigo invisible, liviano, que te cubre de la cabeza a los pies.
No dejes que se escape por los bordes.
Siente cómo se adhiere a tu piel, cómo te envuelve en una capa protectora.
Eso es el Ten.
La aplicación más básica y crucial.” Koyuki cerró los ojos de nuevo, forcejeando internamente.
Fruncía el ceño, sudaba.
Podía sentir la energía, poderosa y salvaje, pero la idea de “vestirla” le resultaba abstracta y difícil.
Durante varios minutos largos y tensos, el aura siguió escapándose, fluctuando salvajemente.
Rubén contuvo el aliento, sus músculos listos para intervenir y usar su propio Ren para suprimir el de ella si era necesario, un procedimiento arriesgado pero a veces esencial.
Entonces, vio un cambio sutil.
La respiración entrecortada de Koyuki se suavizó.
El ceño fruncido se relajó.
Ya no estaba luchando contra la energía; estaba sintiéndola.
Estaba visualizando, como él le había dicho.
Ya no era un torrente que había que domar, sino una tela sedosa que había que drapear sobre su cuerpo.
Lentamente, el vendaval invisible comenzó a calmarse.
Los remolinos de aura que escapaban de ella se replegaron, como atraídos por un imán hacia su silueta.
La capa de energía, que antes era irregular y explosiva, comenzó a suavizarse, a volverse uniforme.
Se estrechó, se afinó, hasta que ya no era una tormenta, sino una segunda piel perfecta, un abrigo invisible que la recubría por completo sin un solo centímetro de desperdicio.
El Ten estaba activo.
Koyuki abrió los ojos.
Esta vez, no había euforia descontrolada en ellos, sino una profunda y serena maravilla.
La sensación de poder omnipotente se había transformado en una de fortaleza controlada, de potencial listo para ser usado.
Miró sus manos, girándolas, y aunque no podía verlo, podía sentir la capa de energía, tangible y obediente, protegiéndola.
Rubén finalmente exhaló, un suspiro largo y profundo de alivio.
La tensión abandonó sus hombros.
Una sonrisa genuina, cálida y orgullosa, iluminó su rostro.
“Lo lograste, Koyuki,” dijo, y su voz ahora estaba llena de una calidez que era un bálsamo.
“Has establecido el Ten.
Has dado el primer y más importante paso.
Eres, oficialmente, una usuaria de Nen.” La emoción que había sido contenida por la disciplina estalló entonces en Koyuki.
La enormidad del momento, la superación, la guía de Rubén, todo se conjuró en una oleada de gratitud y alegría tan intensa que le nubló la vista con lágrimas.
Sin pensarlo, se lanzó hacia adelante y lo envolvió en un abrazo apretado, enterrando su rostro en su pecho.
“Gracias,” murmuró, su voz ahogada por la tela de su gi.
“Gracias, Ruben.” Él la rodeó con sus brazos, devolviendo el abrazo con igual fuerza.
La sintió temblar levemente, no por debilidad, sino por la descarga de emociones y la fatiga residual del esfuerzo.
En ese abrazo, no había rivalidad, no había estrategia, solo dos personas que habían compartido un momento de transformación fundamental.
Esa noche, Koyuki Akashi cruzó un umbral del que no había vuelta atrás.
Había dejado atrás el reino de lo “normal” para entrar en el mundo de lo “extraordinario”.
Pero con ese nuevo poder llegaba una nueva y abrumadora responsabilidad.
Al día siguiente, durante su primera sesión de sparring desde su despertar, la realidad de su nueva fuerza se hizo dolorosamente evidente.
Un simple bloqueo con la pierna, recubierto inconscientemente con su Ten, hizo añicos el grueso escudo de entrenamiento de madera contra el que practicaba.
El estruendo fue seco y violento.
Koyuki se quedó mirando los restos astillados, con los ojos como platos.
“Un humano normal…
si esa patada le hubiera dado…” no pudo terminar la frase.
Una oleada de nausea la recorrió.
Ruben asintió, grave.
“Exacto.
Tu Ten básico multiplica tu fuerza y resistencia de manera pasiva.
Una patada tuya, sin control, podría ser letal para alguien que no use Nen.
Y ni siquiera estás usando Ren para aumentar tu poder ofensivo.” Así comenzó la verdadera prueba.
La semana siguiente no se trató de ascender pisos o aprender técnicas flashy.
Se trató de un entrenamiento meticuloso, casi obsesivo, de control y sensibilidad.
Rubén la guió a través de ejercicios de precisión extrema.
Ella tenía que patear frutas colocadas sobre bloques de piedra sin dañar la fruta y sin destruir la piedra, solo usando la cantidad exacta de aura necesaria en el punto de impacto.
Tenía que caminar sobre una capa fina de harina esparcida en el suelo sin dejar una sola huella, un ejercicio que forzaba un Ten de una fineza exquisita.
Aprendió Zetsu, no como un arma para acercarse sigilosamente a un enemigo, sino como una herramienta para sentir el mundo a su alrededor.
Con los ojos vendados, tenía que esquivar los golpes suaves de Rubén, confiando únicamente en la enhanced sensibilidad que le daba el cerrar sus poros y amplificar su percepción ambiental.
Fallaba una y otra vez, pero cada vez, su reacción era un microsegundo más rápida.
Practicó el Ren, liberando su aura en ráfagas controladas.
No para intimidar, sino para medirla.
Rubén le había hecho visualizar su “piscina” de aura interna.
Ella tenía que aprender a llenar un “vaso” (una pequeña liberación), una “cubeta” (un Ren medio para combate) o, eventualmente, vaciar toda la “piscina” en un ataque desesperado.
Vieron cómo, al activar su Ren, la barra de relación en la interfaz de Rubén parpadeaba, mostrando un pequeño bonus temporal a su poder ofensivo cuando estaban sincronizados.
Fue una semana agotadora, frustrante y, a veces, aterradora para Koyuki.
Se sentía como un gigante tratando de enhebrar una aguja.
La potencia que ahora poseía era un arma de doble filo, y el más mínimo error podía tener consecuencias terribles.
Pero Rubén fue un pilar de paciencia y apoyo.
No la regañaba cuando fallaba, sino que señalaba el error y le ofrecía un ángulo nuevo para abordar el problema.
Al final de esos siete días intensivos, la transformación era palpable.
Koyuki ya no irradiaba poder de forma caótica.
Su Ten era una presencia constante, suave y eficiente, como la respiración.
Podía ajustar la potencia de sus patadas con la precisión de un cirujano, desde un toque que no movería un papel hasta un golpe que podía abollar el acero.
Había domesticado la tormenta y la había convertido en una brisa obediente.
De pie en el almacén, observando cómo Koyuki realizaba un kata complejo, moviéndose con una gracia y control que ahora estaban impregnados de una autoridad silenciosa, Rubén sintió una profunda satisfacción.
Ella ya no era solo su amante y rival.
Era su discípula en el camino del Nen, y su primera y más importante aliada.
La Torre Celestial, con sus últimos pisos, ya no era un obstáculo insuperable.
Era el campo de pruebas final antes del regreso.
Y al mirar a Koyuki, con su aura ahora firmemente bajo su dominio, supo que enfrentarían lo que viniera, no como dos individuos, sino como las dos mitades de una misma arma perfectamente afilada.
El viaje a través del umbral a Dragon Ball Z se acercaba, y ahora, por primera vez, la palabra “supervivencia” empezaba a sonar demasiado modesta.
La palabra correcta, tal vez, era “oportunidad”.
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