El viajero interdimensional - Capítulo 19
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- Capítulo 19 - 19 Capitulo 19 Batalla destinada
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19: Capitulo 19: Batalla destinada 19: Capitulo 19: Batalla destinada Los días previos a la gran batalla transcurrieron con una calma eléctrica en los pisos altos de la Torre Celestial.
Koyuki Akashi, con la determinación de una tigresa y la gracia de una bailarina, había sellado su ascenso hasta el piso 190.
Cada victoria era un testimonio de su crecimiento, no solo en poder, sino en el control exquisito de su Nen recién descubierto.
Sus oponentes caían ante patillas que eran a la vez elegantes y devastadoras, pero siempre controladas, dejándolos con heridas superficiales y una lección de humildad.
Mientras tanto, Rubén González aguardaba en el piso 198, un centinela en la cima del mundo que habían elegido para forjarse.
Su presencia era tan constante e inmutable como las piedras de la Torre.
El plan estaba trazado con la precisión de un general: Koyuki enfrentaría y superaría el piso 197.
Luego, Rubén ascendería al 199, despejando el camino para el acto final.
Él sería el último guardián, la prueba definitiva en el piso 199.
El personal de la Torre, entusiasmado ante la perspectiva de un choque semejante entre dos prodigios que habían irrumpido en su mundo como meteoros, accedió de inmediato, promocionando el evento como “El Duelo del Umbral: El Amante versus La Rival”.
La víspera del combate, en la quietud de su almacén, Koyuki miró a Rubén con una intensidad que iba más allá del desafío.
“Mañana,” dijo, su voz firme como el acero, “no te contengas.
Prométemelo.
Quiero sentir todo tu poder, todo tu Nen.
No me hagas el favor de ir con cuidado.
Si he de caer, que sea ante la mejor versión de ti.” Ruben sostuvo su mirada, viendo en sus ojos oscuros no una petición, sino una exigencia nacida del amor y del respeto más profundo.
Sabía que para ella, ser tratada con condescendencia sería el mayor de los insultos.
“Lo prometo,” respondió, su voz un eco grave de solemnidad.
“Pelearé como si mi vida dependiera de ello.
Porque tu crecimiento, tu camino, son tan importantes como los míos.” Una sonrisa de genuina alegría iluminó el rostro de Koyuki.
Sellaron el pacto con un beso.
Inicialmente fue un contacto suave, un gesto de cariño y complicidad.
Pero en el instante en que sus labios se encontraron, el universo, o más bien, la caprichosa maquinaria de la habilidad única de Rubén, decidió intervenir.
Habilidad Pasiva: Pervertido con Suerte (Nivel Arcano 18) – ¡Activada!
Un tropiezo absurdo, una pérdida de equilibrio tan perfectamente sincronizada que solo podía ser obra de una probabilidad manipulada.
Rubén, intentando mantener el equilibrio, instintivamente extendió las manos para agarrarse de lo primero que encontró, que resultaron ser las firmes y bien formadas nalgas de Koyuki.
El beso inocente se transformó en un instante de contacto íntimo y torpe.
La presión de sus manos sobre su cuerpo, combinada con la sorpresa, convirtió el beso en algo más profundo, más pasional y cargado de un erotismo repentino.
Koyuki se separó unos segundos después, jadeando levemente, pero en lugar de enfadarse, una carcajada cristalina escapó de sus labios.
Una sonrisa amplia y despreocupada que Rubén no le había visto en semanas.
“¡Por los dioses!
¡Ya creía que tu maldita suerte pervertida se había olvidado de nosotros!” exclamó, frotándose la zona donde sus manos habían estado.
“¡Qué timing más ridículo!” Ruben, un poco avergonzado pero también divertido, se encogió de hombros.
“No puedo controlarlo.
Es el universo…
o mi Arcano, conspirando.” La tensión previa a la batalla se había disipado, reemplazada por un ambiente juguetón y cálido.
Koyuki estaba de un humor excelente.
Esos “accidentes”, que antes podían ser fuente de conflicto, ahora eran recordatorios cómicos de la peculiaridad de su relación y de la naturaleza única del hombre al que amaba.
Le recordaban que, más allá del poder y la rivalidad, había espacio para la risa y la pasión imprevista.
El gran día llegó.
El coliseo del piso 199 era una obra maestra de la arquitectura de la Torre, con gradas que se elevaban hacia un techo abovedado del que colgaban banderas de todos los pisos.
El aire vibraba con la expectación de miles de espectadores, desde maestros Nen veteranos hasta novatos que habían subido solo para presenciar la leyenda.
El presentador, con una voz amplificada por altavoces de tecnología avanzada, anunció la llegada del primer combatiente.
“¡Desde las profundidades de un mundo de pesadilla, el guerrero que cruza umbrales, el maestro de la espada y la energía, el indomable Rubén Goooonzáleeeeeez!” Una explosión de luces, fuegos artificiales y vítores ensordecedores acompañaron la entrada de Rubén.
Caminó con una calma imponente, su Ten experto ya activo, haciendo que su presencia se sintiera como una montaña caminando.
Su rostro era una máscara de serenidad, pero sus ojos, escaneando el pasillo opuesto, brillaban con anticipación.
Luego, llegó el turno de su contrincante.
“¡Y su rival, la dama cuyas piernas pintan el aire de destrucción, la flor mortal que floreció en la Torre, la orgullosa Koyukiiiii Akaaaaaashiiii!” Koyuki emergió, y el coro de porras que la recibió fue, si era posible, aún más fuerte.
Lucía su ropa de combate, ajustada y funcional, y su caminar era un desafío en sí mismo.
Una sonrisa confiada y emocionada jugueteaba en sus labios.
Sabía que estaba en desventaja, pero eso solo alimentaba su espíritu competitivo.
Avanzó hacia el ring, sintiendo las miradas de admiración y asombro.
Se encontraron en el centro del coliseo, bajo la mirada del árbitro.
El ruido del público era un rugido continuo.
“¿Lista?” preguntó Rubén, su voz solo un murmullo para ella.
“Nací lista,” replicó Koyuki, su sonrisa transformándose en una expresión de concentración feroz.
El árbitro alzó la mano.
Un silencio repentino y expectante cayó sobre el coliseo.
La mano bajó.
Un gong metálico y resonante marcó el inicio.
Y el mundo explotó.
No hubo un momento de tanteo.
Fue un estallido inmediato de violencia controlada.
Koyuki cerró la distancia con un Soru que, aunque no era tan eficiente como el de Rubén, era explosivamente rápido.
Su primera patilla, cargada de Ren, silbó hacia la cabeza de Rubén con la fuerza para decapitar a un rinoceronte.
Ruben no esquivó.
Bloqueó el golpe con su antebrazo, recubierto de un Ten experto.
El impacto sonó como un cañonazo, una onda de choque que sacudió el aire y envió una polvareda desde el punto de contacto.
La Torre entera pareció temblar.
Así comenzó una danza visceral de poder bruto.
Koyuki era un torbellino de extremidades, cada patilla, cada rodillazo, cada puño, estaba imbuido de su aura, brillando con un tenue resplandor para los que podían ver el Nen.
Los golpes conectaban con el cuerpo de Rubén con una frecuencia aterradora.
¡Bam!
¡Bam!
¡Crac!
Pero Rubén, con su salud y defensa sobrehumanas, los absorbía.
Cada impacto dolía, era como ser golpeado por un martillo neumático, pero no era suficiente para derribarlo.
Su experiencia en combate y su cuerpo endurecido por el Tekkai pasivo le permitían aguantar el torrente, estudiando sus patrones.
“¡No es suficiente, Koyuki!” gritó, esquivando una patilla circular que cortó el aire donde su cabeza había estado.
“¡Sabes que no lo es!” Koyuki, jadeando, con el sudor bañando su rostro, no respondió con palabras.
Sus ojos dijeron todo: la frustración de ver que su asalto frontal no surtía el efecto deseado.
Entonces, algo cambió en ella.
Su postura se ajustó, la furia ciega se transformó en una calma mortal.
La energía a su alrededor se serenó, volviéndose más densa, más enfocada.
Era el momento.
La Danza de la Garza Escarlata.
Su estilo de lucha se transformó.
Ya no eran simples patillas poderosas.
Era un flujo continuo de movimientos.
Usaba sus manos para enganchar, desviar y crear aperturas.
Sus piernas se movían con una precisión de relojería suiza, atacando desde ángulos imposibles: patillas bajas para desestabilizar, medias para dañar órganos, altas para la cabeza, todo en una sucesión fluida que no daba respiro.
Era arte y era muerte, una coreografía que había perfeccionado durante años y que ahora, potenciada por el Nen, era aterradoramente hermosa.
Ruben se encontró por primera vez genuinamente a la defensiva.
Sus bloqueos con los brazos empezaban a doler de verdad.
Un golpe en el costillo le hizo sentir el crujido de un hueso magullado.
Otro, en el muslo, le entumeció la pierna por un segundo crítico.
Koyuki no solo era rápida; era inteligente.
Estaba encontrando los puntos débiles en su guardia, explotando las micro-aperturas que dejaba entre un bloqueo y otro.
“¡Así!” rugió Rubén, una sonrisa feroz apareciendo en su rostro.
Esto era lo que quería.
Esto era lo que necesitaba.
“¡Así es como se pelea!” Sabía que no podía seguir así.
Su defensa, por muy elevada que fuera, no soportaría indefinidamente un asalto tan concentrado y preciso.
Tenía que cambiar la dinámica.
Con un movimiento casi imperceptible, su cuerpo se tensó.
“Tekkai.” No fue el Tekkai pasivo que siempre mantenía.
Fue la activación completa, experta.
Su piel, su músculo, su aura, se compactaron hasta volverse la consistencia del adamantium.
Koyuki, en medio de su danza, lanzó una patilla frontal directa a su plexo solar.
El sonido no fue el de un impacto de carne, sino el de un martillo golpeando una losa de acero.
Un sonido metálico, sordo y resonante.
Un dolor agudo e inmediato se disparó desde el pie de Koyuki hasta la cadera.
Ella gritó, más por la sorpresa y la vibración que por el dolor mismo, y retrocedió cojeando, sacudiendo la pierna.
Había sido como patear una montaña.
Esa fue la apertura que Rubén necesitó.
Antes de que Koyuki pudiera recuperar completamente el equilibrio, él desapareció.
“Soru.” No fue un movimiento, fue una desaparición.
Un parpadeo, y estaba detrás de ella.
Otro, y estaba a su izquierda.
Un tercero, y un golpe de palma cargado de Ren impactó en su espalda, enviándola a volar varios metros a través del ring.
Koyuki rodó por el suelo, tosiendo, pero se levantó inmediatamente, su Ten amortiguando el daño pero no evitando el dolor.
La batalla se transformó.
Ahora era el juego del gato y el ratón, pero ambos eran depredadores.
Ruben usaba el Soru para atacar desde puntos ciegos, sus golpes eran menos numerosos pero más decisivos.
Koyuki, con sus sentidos agudizados por el Nen y su instinto de guerrera, intentaba predecir sus movimientos, girando en el último segundo para bloquear o esquivar.
Cuando lo lograba, contraatacaba con la Garza Escarlata, forzando a Rubén a usar el Tekkai de nuevo para crear distancia.
Fue un espectáculo que dejó al público sin aliento.
Era una sinfonía de poder: el estruendo de los golpes contra el Tekkai, el silbido del Soru cortando el aire, los destellos de aura chocando.
Mostraba no solo fuerza y velocidad, sino una inteligencia táctica de primer nivel.
Era una batalla que trascendía el mero combate; era una conversación entre dos almas que se entendían en el nivel más fundamental.
Las horas pasaron.
El sol artificial de la Torre comenzó a declinar, tiñendo el coliseo de tonos anaranjados y morados.
Ambos combatientes estaban al límite.
Rubén respiraba pesadamente, su reserva de Nen mermada por el uso constante del Ren y el Soru.
Koyuki era un espectro de su yo inicial; su ropa estaba rasgada, su cuerpo cubierto de moretones y cortes superficiales, y su respiración era un jadeo entrecortado.
Pero su espíritu, su orgullo, seguía intacto.
Se negaba a caer.
Finalmente, Rubén vio su oportunidad.
Koyuki, exhausta, cometió un error minúsculo.
Su guardia bajó una fracción de segundo al lanzar una patilla.
Fue todo lo que él necesitó.
Usó un último Soru para aparecer frente a ella, no a su lado.
En lugar de un golpe devastador, su mano se cerró alrededor de su tobillo en pleno vuelo.
La inercia de su patilla, combinada con su fuerza, le permitió levantarla y, con un movimiento circular, lanzarla suavemente pero con firmeza contra la lona.
El impacto, aunque controlado, sacudió los últimos vestigios de su fuerza.
Koyuki intentó levantarse, sus brazos temblorosos empujando su torso.
Pero sus músculos, drenados de toda energía, fallaron.
Cayó de nuevo sobre la lona, inconsciente por el agotamiento absoluto.
Un silencio sepulcral llenó el coliseo por un instante, roto solo por la respiración jadeante de Rubén.
Luego, el árbitro se acercó y alzó su mano.
“¡El ganador…
Rubén González!” El rugido que estalló entonces fue de una intensidad que realmente podría haber reventado tímpanos.
Era el sonido del respeto, la admiración y el asombro por una batalla que, todos lo sabían, quedaría grabada en la historia de la Torre para siempre.
Ruben, ignorando los vítores, se acercó inmediatamente a Koyuki.
Se arrodilló a su lado y la examinó con cuidado.
Solo estaba inconsciente, agotada.
Un suspiro de alivio escapó de sus labios.
La recogió con suavidad, como si fuera la cosa más preciada del mundo, y la cargó en brazos.
Salió del ring bajo una lluvia de aplausos y flores lanzadas desde las gradas.
No era la salida de un conquistador, sino la de un guardián.
Cargó a su rival, a su amante, a través de los pasillos silenciosos, lejos del bullicio, de regreso a su habitación en el piso 190.
La colocó suavemente en la cama, cubriéndola con una manta.
Se sentó a su lado, observando cómo su pecho se elevaba y descendía con un ritmo calmado.
En su rostro, a pesar de la suciedad y la fatiga, había una paz y una ligera sonrisa.
Estaba satisfecha.
Había dado todo, absolutamente todo, y había sido derrotada con honor.
La odisea en la Torre Celestial había llegado a su fin.
El reto de los 199 pisos había sido completado.
Pero un capítulo terminaba para que otro, infinitamente más peligroso, comenzara.
Era hora de regresar a Dragon Ball Z.
Pero primero, descansar.
Y mañana, cuando Koyuki despertara, tendría que darle la noticia.
Tendría que despedirse de este mundo y de las personas que, como la familia que la acogió en los pisos bajos, ahora consideraba suyas.
El umbral los esperaba, y al cruzarlo, nada volvería a ser igual.
Los primeros rayos del sol artificial de la Torre Celestial se filtraban por la ventana de la habitación del piso 190, pintando las paredes de tonos dorados y anaranjados.
Koyuki Akashi despertó lentamente, como emergiendo de las profundidades de un océano de fatiga.
Su cuerpo protestaba con cada movimiento, un recordatorio vivo y doloroso de la batalla épica del día anterior.
Cada músculo, cada tendón, cantaba una canción de esfuerzo sobrehumano.
Pero, contradictoriamente, en su pecho anidaba una sensación cálida, una profunda satisfacción que transcendía el dolor físico.
Antes de siquiera abrir los ojos por completo, se dio cuenta de la fuente de ese calor.
Rubén estaba detrás de ella, durmiendo profundamente, su respiración era un ritmo constante y tranquilizador contra su espalda.
Y sus manos…
sus manos estaban posicionadas de una manera que hizo sonreír a Koyuki incluso en su estado de semiinconsciencia.
Cada una de sus palmas cubría firmemente uno de sus pechos, y incluso en sueños, sus dedos se contraían levemente de vez en cuando, apretándolos con una suavidad instintiva y posesiva.
Ella suspiró, no con fastidio, sino con una resignación cariñosa.
“Este hombre…
en verdad tiene unas manos que encuentran el camino más perverso incluso cuando está inconsciente,” pensó, sin poder evitar una sonrisa más amplia.
Recordó el “accidente” previo a la batalla y rio internamente.
No lo cambiaría por nada.
Esta intimidad torpe, estos momentos robados por su peculiar suerte, eran parte del mosaico único que era su relación con Rubén.
Él era su novio, su rival, su compañero de entrenamiento y, al parecer, incluso en sueños, un pervertido de buen corazón.
Rodeada por sus brazos y con sus manos en un lugar tan íntimo, se sentía increíblemente segura y amada.
No podía darse la vuelta sin molestar ese abrazo, así que en su lugar, colocó sus propias manos sobre las de él, entrelazando sus dedos con los de Rubén y acurrucándose aún más contra su cuerpo.
Cerró los ojos, saboreando la calma, la paz después de la tormenta de la batalla.
Su mente repasó los momentos clave del combate: la frustración inicial, el clímax de la Danza de la Garza Escarlata, el muro impasible de su Tekkai, la velocidad alucinante de su Soru.
Había aprendido más en esas horas que en meses de entrenamiento solitario.
Su Nen, que antes era una herramienta nueva y algo torpe, ahora se sentía como una extensión natural de su ser, un músculo que había sido forzado al límite y había respondido con un crecimiento exponencial.
Fue el movimiento de Rubén al despertar lo que interrumpió su ensoñación.
Él emergió lentamente del sueño, y lo primero que registró su cerebro adormilado fue la suave, firme e inconfundible sensación bajo sus palmas.
La textura de la tela de su camisón, la cálida curvatura que llenaba perfectamente sus manos…
Sus ojos se abrieron de par en par, y un segundo de pánico lógico lo atravesó al darse cuenta de la situación.
Pero ese pánico se disipó instantáneamente cuando sintió las manos de Koyuki sobre las suyas, no empujándolo, sino acariciándolas, y cuando giró la cabeza lo suficiente para ver su perfil sonriente.
“Buenos días,” susurró Koyuki, su voz aún ronca por el sueño, volviendo la cabeza para darle un beso suave y cariñoso en los labios.
“Buenos días…
yo, eh…” tartamudeó Rubén, sintiéndose ligeramente avergonzado.
“Shhh,” ella lo interrumpió, su sonrisa tornándose juguetona.
“Tus manos parecen tener mente propia, pero no me desagrada su…
iniciativa.” Ruben se rió, aliviado, y le devolvió el beso con un poco más de pasión antes de, con cierto pesar, retirar sus manos.
Se levantaron de la cama, el cuerpo de Koyuki protestando con cada movimiento.
Mientras ella se dirigía cojeando ligeramente hacia el baño para darse una ducha caliente que aliviara sus músculos doloridos, Rubén se puso a preparar el almuerzo.
Mientras cortaba verduras y calentaba un estofado que había obtenido de un token gacha, su mente no estaba en la comida.
Estaba en la conversación que tendrían después.
El capítulo de la Torre Celestial había terminado.
Su habilidad, Caminante de Umbrales, le susurraba que era hora de partir.
El mundo de Dragon Ball Z, su mundo de origen, los esperaba.
O, más bien, los aguardaba, con toda su locura y peligro existencial.
Sabía que tenía que decírselo a Koyuki.
Y tenía que preguntarle la pregunta más importante: si lo acompañaría.
La idea de dejarla atrás le producía un frío en el estómago.
Se habían vuelven uno en el combate y en la vida.
Su sinergia, los bonus que obtenían al estar juntos, no eran solo mecánicas de un sistema; eran la representación de un vínculo real y poderoso.
Pero no podía, ni quería, obligarla.
El mundo al que regresaba era infinitamente más peligroso que la Torre.
Era una sentencia de muerte potencial.
Una vez que terminaron de almorzar, con Koyuki visiblemente más recuperada y de mejor humor gracias a la comida y el descanso, Rubén se levantó.
“Voy a darme una ducha rápida,” anunció.
“Y luego…
tenemos que hablar de algo importante.” Koyuki lo miró, y algo en la seriedad de su tono hizo que su sonrisa se desvaneciera ligeramente.
Asintió en silencio.
Bajo el chorro de agua caliente, Rubén ensayó mentalmente las palabras.
“Koyuki, es hora de que regrese a mi mundo.” “El peligro allí es inmenso, pero te necesito conmigo.” “¿Estarías dispuesta a dejar todo esto atrás?” Sonaba a discurso de película, pero era la cruda realidad.
Cuando salió del baño, envuelto en una toalla y con el cabello aún húmedo, encontró a Koyuki sentada en la cama, esperándolo con una expresión calmada pero expectante.
“¿De qué querías hablar?” preguntó directamente.
Ruben se sentó a su lado, tomando sus manos entre las suyas.
Respiró hondo.
“Es hora, Koyuki,” comenzó, su voz era suave pero firme.
“He cumplido mi objetivo aquí.
He crecido, me he fortalecido.
Pero mi mundo de origen, ese lugar del que te hablé…
Dragon Ball Z…
me espera.
El tiempo allí está en pausa, pero no puedo postergar mi regreso para siempre.
Los peligros que se avecinan…
necesito estar preparado.” Vio cómo sus ojos se ensanchaban levemente, pero no mostró sorpresa, solo una tristeza resignada.
“Entiendo,” murmuró ella.
“¿Cuándo…
te vas?” “Ahora.
Hoy,” respondió Rubén, apretando sus manos.
“Pero hay una pregunta que debo hacerte.
La pregunta más importante.” Hizo una pausa, buscando sus ojos.
“¿Vendrías conmigo?
Sé que es egoísta pedírtelo.
Es un mundo loco y aterrador, mucho más que este.
Pero…
no quiero irme sin ti.
No puedo.” Esperó la avalancha de preguntas, las dudas, la posible negativa.
Pero la reacción de Koyuki no fue la que él esperaba.
Ella sonrió, una sonrisa triste pero llena de determinación.
“Rubén, mi amor, mi tonto y maravilloso hombre,” dijo, su voz cargada de ternura.
“¿Crees que no lo sabía?
¿Crees que no he visto la mirada distante que tenías últimamente, la urgencia en tu entrenamiento?” Se levantó y caminó hacia un cajón, de donde sacó un sobre sellado.
“Ayer, antes de nuestra batalla, envié mis cartas.
A la familia que me acogió en los pisos bajos, a los pocos amigos que considero tales, incluso una carta de agradecimiento al staff de la Torre.
Me despedí de todos.” Ruben se quedó boquiabierto, mirando el sobre en sus manos.
Una oleada de alivio, admiración y un amor abrumador lo inundó.
Ella ya lo sabía.
Ella ya había tomado su decisión.
Se había adelantado a él.
“¿Por qué…?
¿Cómo…?” fue todo lo que pudo balbucear.
Koyuki se rió, una risa clara y genuina.
“Porque te conozco, idiota.
Porque sé que, a pesar de toda tu fuerza y tu habilidad de dios, a veces eres terriblemente tonto para las cosas importantes.
Sabía que esto llegaría, y sabía que mi lugar está a tu lado, sin importar el universo.” Su sonrisa se suavizó.
“Además, alguien tiene que asegurarse de que no te maten por sobrado en ese mundo de locos.
Y yo, como tu rival destinada, soy la única calificada para el trabajo.” La emoción fue demasiado para Rubén.
Se levantó y la envolvió en un abrazo tan fuerte que a ella le faltó el aire, enterrando su rostro en su cabello.
“Gracias,” susurró, su voz quebrada por la emoción.
“Gracias, Koyuki.” Ella le devolvió el abrazo con igual fuerza.
“No hay nada que agradecer.
Es mi elección.
Ahora,” se separó, secándose una lágrima furtiva, “¿nos vamos de una vez?
Este mundo ya no tiene más que ofrecernos.” Tomados de la mano, como lo habían estado tantas veces en el campo de batalla, salieron de su habitación por última vez.
No llevaban muchas pertenencias; lo esencial estaba en el inventario de Rubén o en los tokens gacha.
Bajaron en el elevador, sintiendo el familiar tirón de la gravedad.
Las puertas se abrieron en el piso 1, el bullicioso vestíbulo principal de la base de la Torre.
Caminaron hacia la gran entrada, ignorando las miradas de reconocimiento y respeto que recibían.
Al cruzar el umbral de la puerta principal, se detuvieron y voltearon una última vez.
La Torre Celestial se alzaba ante ellos, una aguja imponente que perforaba las nubes, un monumento a su esfuerzo, su crecimiento y el nacimiento de su vínculo.
Fue aquí donde dejaron de ser dos individuos para convertirse en una pareja, en un equipo.
Mientras admiraban la vista, dos figuras jóvenes y llenas de energía pasaron corriendo a su lado, empujándose y riendo.
Un niño de pelo espigado y negro con ropa verde, y un niño de pelo blanco como la nieve y ojos azules intensos.
Ian directo hacia la recepción, sus voces llenas de emoción.
“¡Vamos, Killua!
¡Apúrate!
¡Quiero inscribirme ya!” gritó el de pelo negro.
“Tranquilo, Gon.
La Torre no se va a ir a ningún lado,” respondió el de pelo blanco con una sonrisa despreocupada.
Ruben y Koyuki intercambiaron una mirada.
Eran Gon Freecss y Killua Zoldyck.
Dos nombres que, sin saberlo, dejarían su propia marca legendaria en la Torre.
Era un recordatorio de que el mundo seguía girando, de que nuevas historias estaban por comenzar.
Pero la suya aquí había terminado.
Sin decir una palabra, se dieron la vuelta y se adentraron en la ciudad que rodeaba la Torre.
Buscaron un callejón desierto, un lugar apartado lejos de miradas curiosas.
Una vez seguros de su privacidad, Rubén se volvió hacia Koyuki.
“¿Lista?” preguntó.
Ella asintió, su mano apretando la suya con fuerza.
“Siempre lista.” Ruben cerró los ojos.
En su mente, accedió a la interfaz de Caminante de Umbrales.
No necesitaba gestos dramáticos ni palabras de poder.
Solo voluntad.
Visualizó el umbral, la puerta entre mundos.
Sintió cómo su energía, combinada con la naturaleza única de su habilidad, comenzaba a tejer la realidad frente a ellos.
El aire en el callejón comenzó a vibrar.
Una neblina tenue, como el calor que emana del asfalto en verano, se arremolinó en el centro.
Luego, la luz se dobló.
Un portal comenzó a formarse, no como un agujero negro, sino como un espejo de agua vertical, ondulante e iridiscente.
A través de él, no se veía el otro lado, solo un remolino de colores y energías cósmicas.
Un viento suave, que olía a ozono y a estática, sopló desde el portal.
En la interfaz de Rubén, el indicador de “Carga de Umbral” que estaba en un 100% después de su estancia, cayó a 0%.
La puerta estaba abierta.
“Es hermoso,” susurró Koyuki, mirando fijamente el portal con una mezcla de temor y asombro.
“Es el principio de todo,” respondió Rubén.
Miró a su amante, a su rival, a su compañera.
“Juntos.” “Juntos,” afirmó ella.
Sin vacilar, dieron un paso al frente, de la mano, y cruzaron el umbral.
La sensación fue indescriptible.
No era como caminar; era como ser disuelto y reensamblado al instante.
Una cacofonía de sensaciones, colores y sonidos los atravesó, una corriente de pura existencia que amenazaba con borrar su conciencia.
Pero se aferraron el uno al otro, sus mentes y almas entrelazadas por el vínculo que la misma Torre había reconocido, anclándose mutuamente en la tormenta interdimensional.
Fue un viaje que duró un eternidad y un solo instante.
Y entonces, la tormenta cesó.
El portal se cerró detrás de ellos sin dejar rastro, sellando su partida del mundo de Hunter x Hunter.
No quedó nada en el callejón más que el silencio y el polvo moviéndose perezosamente.
Habían desaparecido por completo, como si nunca hubieran estado allí.
Su aventura en la Torre Celestial había concluido.
Ahora, una nueva y mucho más peligrosa estaba a punto de comenzar en los verdes campos y bajo el cielo azul de un mundo gobernado por guerreros que podían sacudir el universo con un puñetazo.
El umbral los había llevado a casa.
A Dragon Ball Z.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES Seath_Scale Vota si te gusto el episodio y apoyame en mi patreon para seguir escribiendo mas de estas historias: Mi patreon: SeathScale
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