El viajero interdimensional - Capítulo 2
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- Capítulo 2 - 2 Capitulo 1 Buen Cazador
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2: Capitulo 1: Buen Cazador 2: Capitulo 1: Buen Cazador El sueño que consumió a Rubén no fue un simple descanso, sino un coma inducido por el trauma dimensional.
Su cuerpo, aunque rejuvenecido y fortalecido, y su psique, recién estrenada en una realidad imposible, habían alcanzado un límite crítico.
No soñó con camionetas desbocadas ni con esferas de dragón; su mente se hundió en un pozo de oscuridad silenciosa y reparadora, un lugar donde ni el pasado mexicano ni el futuro apocalíptico podían alcanzarlo.
Tanto fue así, que no sintió cuando la puerta de su habitación se abrió con un suave chirrido.
La mujer que en este mundo era su madre asomó la cabeza, su rostro marcado por una arruga de preocupación.
Lo vio tumbado, vestido, respirando con la profundidad de quien ha sido golpeado por un hechizo de sueño.
Suspiro y entró, acercándose a la cama.
Con un cuidado que denotaba cariño, incluso si era dirigido a un fantasma que habitaba el cuerpo de su hijo, le quitó los zapatos y lo cubrió con la manta hasta los hombros.
“Pobre niño,” murmuró para sí misma, pasando una mano por su frente para comprobar si tenía fiebre.
“Debe de estar incubando algo.
Hoy en la cena estaba pálido como un espectro.” Su “padre” apareció en la puerta.
“¿Está bien?” “Solo agotado, creo.
Mejor lo dejamos descansar.
Mañana amanecerá como nuevo.” Cerraron la puerta y lo dejaron en paz, en la quietud de la noche de Ciudad Satán.
Para ellos, era solo un día más.
Para el ser que habitaba ese cuerpo, había sido el fin y el principio de todo.
La luz del alba, pálida y determinada, se filtró por la ventana y acarició los párpados de Rubén.
Se despertó no con un sobresalto, sino con una lentitud gradual, como emergiendo de las aguas profundas de un lago.
Por un instante, la confusión fue total.
¿Dónde estaba?
El techo blanco y liso le resultó chocante, pero esta vez la memoria no tardó en llegar, cargada de un peso frío y metálico.
Dragon Ball Z.
Renacimiento.
Habilidad.
Se sentó en la cama.
Su cuerpo respondía con una vitalidad que le resultaba ajena y maravillosa.
Los músculos no le dolían, solo sentía una energía latente, como un motor recién afinado.
Su mente, por fin, estaba clara.
El pánico de ayer se había transformado en una resolución nerviosa, una urgencia por actuar.
No podía permitirse el lujo de paralizarse again.
Tenía una herramienta, y era hora de usarla.
Con la concentración puesta en ese concepto extraño que ahora formaba parte de su ser, pensó con fuerza: “Caminante de Umbrales”.
Inmediatamente, como si hubiera estado esperando tras un velo invisible, la pantalla azul translúcida se materializó frente a sus ojos.
Esta vez, con la calma que no tuvo antes, se dedicó a leer cada palabra, a analizar cada línea de la descripción.
No era un juego, era un manual de supervivencia interdimensional.
Habilidad Única: Caminante de Umbrales.
Nivel: 1.
Energía Dimensional: 100%.
Umbrales Accesibles: 1.
Detalles: Apertura de Umbral: El usuario puede invocar un portal a una realidad dimensional aleatoria.
El coste de energía para abrir el umbral es del 100% de la Energía Dimensional actual.
Flujo Temporal Diferencial: El tiempo entre dimensiones conectadas a través de un umbral fluye de manera no lineal y asincrónica.
Para el usuario, el tiempo transcurrido en el mundo de destino será real.
Sin embargo, desde la perspectiva del mundo de origen, el regreso del usuario se producirá meros segundos después de su partida, independientemente de cuánto tiempo haya permanecido fuera.
Este efecto es recíproco: si el usuario regresa a su mundo de origen y pasa tiempo en él, al volver al mundo de destino, este habrá experimentado solo segundos de su ausencia.
Recarga de Energía Dimensional: Una vez cruzado el umbral, la Energía Dimensional se reducirá a 0%.
Comenzará a recargarse automáticamente en el mundo de destino a una tasa constante.
El tiempo estimado para una recarga completa al Nivel 1 es de dos semanas terrestres.
Solo con una recarga del 100% el usuario puede abrir un nuevo umbral para regresar a su mundo de origen o viajar a otro nuevo.
Rubén exhaló un suspiro de alivio tan profundo que casi le duele el pecho.
El flujo temporal era la clave.
Era el regalo más valioso que podía haber recibido.
Significaba que podía pasar años, décadas incluso, entrenando en otros mundos, y regresar a Dragon Ball Z justo a tiempo para evitar un desastre o, mejor aún, para prevenirlo por completo con un poder que nadie esperaría.
No había excusas.
No había tiempo que perder aquí.
Sin permitir que la duda lo frenara, se puso de pie.
Se acercó a la ventana y miró la tranquila calle donde vivía su familia de este mundo.
No los conocía, pero una parte de él, tal vez un eco del Rubén original, sintió un pinchazo de culpabilidad por irse sin una explicación.
Pero no podía arriesgarse.
Esto era más importante que cualquier convención social.
Se volvió hacia el centro de la habitación.
Respiró hondo, concentrándose en la habilidad.
“Abrir Umbral”, ordenó en su mente.
La respuesta fue inmediata y espectacular.
El aire frente a él comenzó a vibrar, emitiendo un zumbido de baja frecuencia que sentía en los huesos más que en los oídos.
La Energía Dimensional indicada en la pantalla azul cayó en picado del 100% al 0%.
Luego, como si una tela invisible se rasgara, una grieta en la realidad se abrió ante sus ojos.
No era un portal redondo y brillante como en las películas; era más bien una distorsión vertical, un espejismo turbulento y ondulante a través del cual no podía verse el otro lado, solo remolinos de colores etéreos y destellos de luz blanca.
Era aterrador y fascinante a partes iguales.
No había vuelta atrás.
Con una última mirada a la habitación que había sido su refugio por un día, Rubén González apretó los puños y dio un paso firme hacia la distorsión.
La sensación fue indescriptible.
No era como caminar; era como ser desintegrado y reconstruido al instante.
Una presión inmensa lo aplastó desde todos los ángulos, una fuerza de gravedad multiplicada por mil.
Vió destellos de paisajes imposibles, oyó ecos de idiomas desconocidos, sintió el calor de soles extraños y el frío del vacío interestelar, todo en una fracción de segundo.
Fue un viaje que no debería haber sobrevivido, pero la energía del umbral lo envolvió como un capullo, protegiendo su frágil forma humana.
Y entonces, cesó.
El mundo se recompuso a su alrededor con un golpe seco de realidad.
Rubén cayó de rodillas sobre una superficie fría y lisa, jadeando, con la cabeza dando vueltas.
El zumbido en sus oídos fue cediendo, reemplazado por el sonido de…
tráfico.
Cláxones lejanos, el rumor de una multitud, el zumbido constante de una ciudad viva.
Se encontraba en un callejón estrecho, entre dos edificios altos de diseño moderno y funcional.
Olía a concreto, a comida callejera de algún puesto cercano y a ese ozono particular de las urbes densamente pobladas.
Se levantó, tambaleándose, y se apoyó contra la pared fría.
Su cuerpo estaba entero.
Su mente, aunque mareada, estaba intacta.
“Lo logré,” susurró, y su propia voz sonó extraña, como si aún estuviera adaptándose a la nueva atmósfera.
Asomó la cabeza con cautela hacia el final del callejón, que desembocaba en una avenida amplia y abarrotada.
La ciudad era un hervidero de actividad.
Coches de diseños que no reconoció circulaban por las calles.
Las pantallas publicitarias, enormes y brillantes, mostraban productos y anuncios con una estética vibrante, a veces casi caricaturesca.
La gente pasaba a su lado con prisas, vistiendo estilos que mezclaban lo contemporáneo con toques de moda que le recordaban vagamente a…
¿a qué?
Y entonces, alzó la vista.
Y el mundo se detuvo.
Más allá de los rascacielos, perforando la capa de nubes con una arrogancia arquitectónica que desafiaba toda lógica, se erguía una estructura que no podía ser real.
Era una torre, pero de una escala tan colosal que hacía parecer a los edificios de alrededor como juguetes de niños.
Su base era ancha, elevándose en una espiral perfecta, un cilindro gigantesco que se perdía en lo alto, tan alto que desde donde él estaba no podía distinguir su cima.
Solo podía ver cómo se iba haciendo más delgada hasta desaparecer en la bruma atmosférica, una aguja cósmica clavada en el corazón del planeta.
Su conocimiento de otaku, su geografía mental de mundos de ficción, hizo clic instantáneamente.
“La Torre Celestial…” La palabra salió de sus labios como un suspiro de incredulidad y terror.
“Estoy en…
¿Yorknew?
Esto es…
Hunter x Hunter.” Un nuevo escalofrío, diferente al de Dragon Ball, le recorrió la espina dorsal.
Hunter x Hunter no era un mundo más amable.
Era un lugar de belleza brutal y reglas despiadadas.
Un mundo donde un niño podía arrancarte el corazón sin pestañear, donde corporaciones siniestras operaban en la sombra, y donde una organización de cazadores, supuestos guardianes de la ética y el descubrimiento, estaba llena de individuos tan peligrosos como los tesoros que perseguían.
Y si había llegado en el punto equivocado de la línea temporal…
su mente evocó imágenes de criaturas insectoides con inteligencia humana y un hambre voraz: las Hormigas Quimera.
El peligro aquí era más sutil, más insidioso.
No era una explosión planetaria, era una cuchilla en la oscuridad.
Se recluyó de nuevo en la relativa seguridad del callejón, apoyando la espalda contra la pared fría mientras su mente procesaba la nueva realidad.
El pánico quería apoderarse de él, pero lo ahuyentó con un esfuerzo de voluntad.
Había elegido esto.
Había cruzado el umbral por una razón.
Y entonces, como un rayo de luz a través de la tormenta, vio la oportunidad.
La misma Torre Celestial que se erigía como un recordatorio del peligro, también era un símbolo de una de las mayores fuentes de poder de este mundo: Nen.
Pero para llegar al Nen, primero necesitaba una base.
Y justo ahí, en esa torre, estaba el lugar perfecto para forjarla.
La Arena de los Cielos.
Doscientos pisos de batalla ininterrumpida.
Un microcosmos del mundo Hunter, con su propia jerarquía de poder.
Allí, en los pisos bajos, los luchadores dependían puramente de su habilidad marcial, su fuerza física y su astucia.
No había Nen, solo la cruda y sudorosa realidad del combate cuerpo a cuerpo.
Era el campo de entrenamiento perfecto.
Un plan comenzó a formarse en su mente, frío, claro y práctico, como un esquema de supervivencia.
Paso 1: La Forja en la Torre.
Se inscribiría en la Arena de los Cielos.
Usaría los pisos inferiores, donde los luchadores no usaban Nen, para temperar su nuevo cuerpo.
Aprendería a pelear de verdad, a recibir golpes, a dosificar su fuerza, a desarrollar instintos de combate que ninguna vida pacífica en México o en Ciudad Satán le podría dar.
Su cuerpo de “gym bro” tenía potencial, pero era un diamante en bruto que necesitaba ser tallado con los martillos del conflicto real.
Paso 2: La Licencia de Cazador.
Una vez que hubiera ascendido lo suficiente en la Torre y se sintiera seguro en sus habilidades físicas puras, se presentaría al Examen de Cazador.
Era una prueba notoriamente mortal y impredecible, pero era la única puerta de acceso legítima al conocimiento del Nen.
Sin ella, estaría limitado para siempre al nivel de un luchador callejero excepcional, completamente vulnerable a cualquier usuario de Nen, por débil que fuera.
Paso 3: Dominar el Nen.
Si sobrevivía al examen, encontraría un maestro.
Aprendería las bases del Nen, los cuatro principios mayores, el Ten, Zetsu, Ren, Hatsu.
Desbloquearía su tipo de Nen y desarrollaría una habilidad única.
Ese sería el verdadero botín de este mundo.
Un sistema de poder versátil, profundo y personalizable que, en teoría, no dependía de la biología Saiyajin ni de niveles de ki planetarios.
Miró hacia el cielo, hacia la imponente Torre Celestial.
Ya no era solo una estructura aterradora; era una escalera.
Una escalera de 200 peldaños de dolor y sudor que lo llevarían a la puerta de su propia revolución.
Revisó su pantalla azul mental.
La energía dimensional estaba en 0%.
La recarga había comenzado.
Tenía dos semanas.
Catorce días para establecerse, para ganar algo de dinero, para averiguar en qué punto de la cronología estaba y, sobre todo, para dar el primer paso en su entrenamiento.
Se enderezó, sacudiendo el polvo imaginario de sus ropas (las mismas con las que había llegado de Dragon Ball).
Tomó una decisión consciente de dejar atrás al Rubén mexicano, al Rubén aterrorizado de Ciudad Satán.
Aquí, en este callejón de Yorknew, bajo la sombra de la Torre Celestial, solo había un Rubén: un Caminante de Umbrales con una sed de poder y una voluntad férrea de no convertirse en un peón en el juego de los dioses.
Con un nuevo propósito ardiendo en sus ojos, salió del callejón y se mezcló con la multitud, su mirada fija en la base distante de la torre.
Su odisea había comenzado en serio.
El primer mundo lo había recibido con un desafío monumental, y él estaba listo para aceptarlo.
Cada golpe que recibiera, cada piso que ascendiera, sería un clavo más en el ataúd de la impotencia que sentía.
El camino sería largo y doloroso, pero cada paso lo acercaba a la fuerza necesaria para enfrentar el destino que le esperaba al otro lado del umbral.
La Torre Celestial no era solo una estructura; era un organismo vivo que respiraba violencia y ambición.
El primer impacto al cruzar sus puertas automáticas fue sensorial.
El rugido de la multitud era un animal de mil cabezas, un sonido constante y envolvente que vibraba en el plexo solar.
El aire, reciclado y cargado de ozono, olía a sudor, desinfectante y la electricidad estática de las pantallas gigantes que transmitían decenas de combates simultáneamente.
Luces estroboscópicas de neón marcaban los caminos hacia diferentes ascensores y arenas, cada una designada para un rango de pisos específico.
Ruben se sintió como una partícula de polvo en un huracán.
A su alrededor, una miríada de personajes pasaban con determinación feroz en sus ojos.
Gigantes musculosos que hacían crujir los nudillos, mujeres ágiles con miradas de halcón, tipos enclenques cuyas sonrisas desprendían una peligrosidad que no cuadraba con su físico.
Todos tenían un objetivo: subir.
Y Ruben, con su cuerpo de atleta novato y su aire de recién llegado, era invisible para ellos, o en el mejor de los casos, presa.
Su plan, que en la tranquilidad de su pequeño departamento había sonado tan lógico y directo, de repente se reveló en toda su ingenuidad monumental.
Llegar al piso 199 sin Nen no sería un camino; sería una guerra de desgaste, un Calvario de doscientos escalones donde cada uno estaba manchado con la sangre y los sueños rotos de miles de aspirantes.
La primera semana fue un despertar brutal a la realidad de la Torre.
Las batallas en los pisos inferiores (del 1 al 10) fueron contra novatos como él, o contra veteranos estancados cuya técnica era tan pobre como la suya.
Ganó, pero no con la facilidad que su cuerpo mejorado le había hecho esperar.
Su “estilo” de pelea era, para ser generosos, catastrófico.
Era un revoltijo inconsciente de instinto callejero, recuerdos borrosos de boxeo de preparatoria y movimientos robados de películas de acción.
Golpeaba con fuerza, sí, pero desperdiciaba energía en cada swing, su guardia era inexistente y su respiración, un caos que lo dejaba jadeando después de dos asaltos.
Ascendió, piso a piso, cada victoria un poco más costosa que la anterior.
Para cuando llegó al piso 40, ya no era el chico invisible.
Había ganado una pequeña reputación como “el Salvaje”, un luchador desordenado pero tenaz, con un golpe sorprendentemente potente y una capacidad para encajar castigos que rayaba en lo masoquista.
El dinero, que al principio fue una trickle de unos miles de jenny, se convirtió en un flujo más constante.
Pudo alquilar ese pequeño estudio cerca de la torre, una habitación espartana con una cama, una ducha y una pequeña cocina, que se convirtió en su refugio del caos.
Comía básico: arroz, proteínas, vegetales.
Su vida se redujo a un ciclo monótono y doloroso: pelear, ganar (o a veces apenas sobrevivir), cobrar, comer, dormir, entrenar y volver a pelear.
El “entrenamiento” era su mayor frustración.
Sin un mentor, sin un sistema, estaba dando palos de ciego.
Pasaba horas en su habitación o en gimnasios públicos, intentando imitar lo que veía en videos de artes marciales que encontraba en internet.
Practicaba combinaciones de boxeo, patadas bajas de Muay Thai, algunos derribos de lucha.
Pero eran movimientos desconectados, sin la fluidez, la base ni la comprensión de los principios subyacentes.
Era como intentar construir un rascacielos con bloques de Lego sin un manual.
Podía apilarlos, pero la estructura era inestable y se vendría abajo bajo presión.
La batalla en el piso 42 fue un punto de inflexión doloroso.
Se enfrentó a un luchador llamado “Kraven”, un tipo escurridizo especializado en sumisiones.
Ruben, confiado en su fuerza bruta, se lanzó como un toro.
Kraven esquivó, se enrolló alrededor de su brazo como una serpiente y lo sometió con una llave de brazo que estuvo a milímetros de romperle el codo.
Ruben solo se salvó por pura terquedad y por forzar la articulación con una brutalidad que le dejó el brazo magullado e inflamado durante días.
Ganó, técnicamente, porque Kraven se exhaustó primero intentando doblegarlo, pero fue una victoria pírrica.
Ruben comprendió, sudoroso y jadeante en el suelo de la arena, que la fuerza sin dirección era inútil.
Sin una base técnica, no pasaría del piso 50.
La sombra de la próxima pelea, la del piso 45, se cernía sobre él como un presagio.
Se sentía estancado.
Su cuerpo había llegado a un plateau.
Los entrenamientos ya no producían mejoras tangibles.
La frustración era un sabor amargo en su boca.
Sentado en el suelo de su habitación, después de otra sesión de entrenamiento infructuosa, se preguntó si no había subestimado grotescamente el desafío.
¿Realmente podría sobrevivir dos años aquí, como planeaba, a este ritmo?
¿Llegaría siquiera al piso 100?
Fue en ese momento de profunda duda, con el cuerpo dolorido y el espíritu cansado, que el universo—o su habilidad única—decidió intervenir.
Justo frente a sus ojos, superpuesta a la pared blanca de su habitación, la familiar pantalla azul del Caminante de Umbrales se materializó.
Pero no era la misma.
Era más compleja, con nuevos iconos y textos.
En la parte superior, donde antes solo decía “Nivel 1”, ahora brillaba con un suave resplandor dorado: “Nivel 2”.
Ruben se quedó boquiabierto.
¿Nivel?
¿Mi habilidad subió de nivel?
¿Cómo?
¿Cuándo?
Antes de que pudiera formular la pregunta, una oleada de información fluyó hacia su mente, no como palabras, sino como comprensión intuitiva.
Su habilidad se alimentaba de la “experiencia”.
No solo de la experiencia de viajar entre mundos, sino de vivir, de superar desafíos, de pelear.
Cada batalla en la Torre, cada golpe dado y recibido, cada victoria sudada, había estado acumulando “Puntos de Experiencia” de manera silenciosa.
Y ahora, al alcanzar un umbral, el Caminante de Umbrales había evolucionado.
La pantalla se desglosó ante su asombrada mirada: CAMINANTE DE UMBRALES – NIVEL 2 Energía Dimensional: 78% (Recargando…
Tiempo restante: 4 días, 12 horas) Umbrales Accesibles: 1 ESTADÍSTICAS DE USUARIO Una imagen holográfica de su propio cuerpo, esculpido y marcado por los moretones recientes, rotó suavemente en el centro de la pantalla.
A su derecha, una lista de estadísticas, presentadas con la austera elegancia tipográfica de un menú de Dark Souls o Elden Ring.
Nivel: 1 Salud (SAL): 5 Estamina (EST): 5 Fuerza (FUE): 5 Destreza (DES): 5 Inteligencia (INT): 5 Fe (FE): 5 Arcano (ARC): 5 Puntos de Experiencia Acumulados: 10,980 Ruben no podía creer lo que veía.
Era el sistema de estadísticas de los juegos de rol que tanto había adorado en su vida pasada, superpuesto a su propia existencia.
No era un juego; era una interfaz, una cuantificación perfecta de su ser físico y mental.
Todos sus stats base estaban en 5, un punto de partida presumiblemente “normal” para un humano en su condición.
Pero lo más crucial era ese número: 10,980 Puntos de Experiencia.
Y al focalizar su atención en cada stat, un tooltip aparecía mostrando el coste para mejorarlo.
Subir un punto de FUE o DES de 5 a 6 costaba 500 EXP.
De 6 a 7, 550, y así sucesivamente.
El coste escalaba.
La emoción que sintió fue tan intensa que casi olvidó el dolor de sus músculos.
Esto cambiaba todo.
No necesitaba un maestro que le enseñara la “forma” correcta durante meses.
Podía mejorar la materia prima de inmediato.
Podía volverse más fuerte, más rápido, más resistente, de la noche a la mañana.
Era el atajo definitivo, la herramienta que igualaba las reglas del juego en un mundo de monstruos.
Sin perder un segundo, su mente comenzó a calcular.
Su plan era claro: priorizar lo físico.
La Salud y la Estamina eran su colchón de supervivencia.
La Fuerza y la Destreza eran sus armas.
La Inteligencia, Fe y Arcano sonaban a stats para magia o milagros, cosas que no existían aquí…
o tal vez, se preguntó por un instante, si el Nen estaría relacionado con alguno de ellos.
Pero por ahora, lo ignoraría.
No podía permitirse divagaciones.
Decidió ser agresivo.
Gastaría casi toda su EXP acumulada en una masiva inyección de poder.
Se concentró y empezó a asignar puntos.
Salud (SAL): 5 -> 6 (Costo: 500 EXP) -> 7 (550 EXP) -> 8 (605 EXP) -> 9 (665 EXP).
Un total de 4 puntos.
Sentiría cada mejora como un incremento en su sensación de vitalidad, como si su cuerpo se volviera más denso, más resistente a la enfermedad y la fatiga profunda.
Estamina (EST): 5 -> 6 (500) -> 7 (550) -> 8 (605) -> 9 (665).
Otros 4 puntos.
Imaginó sus pulmones expandiéndose, sus músculos recibiendo un mejor flujo de oxígeno, pudiendo pelear un asalto más, esquivar un golpe crítico.
Fuerza (FUE): 5 -> 6 (500) -> 7 (550) -> 8 (605) -> 9 (665) -> 10 (730).
5 puntos.
Esta sería la diferencia entre un golpe que sorprende y un golpe que noquea.
Entre poder levantar un peso y poder destrozarlo.
Destreza (DES): 5 -> 6 (500) -> 7 (550) -> 8 (605) -> 9 (665) -> 10 (730).
5 puntos.
Velocidad de reacción, coordinación, precisión.
La capacidad de esquivar la llave de brazo de un tipo como Kraven, de conectar un golpe en un punto vital exacto.
Confirmó la asignación.
El costo total fue de 10,893 EXP.
Su reserva bajó a apenas 87.
Y entonces, su Nivel de Usuario saltó de 1 a 19, reflejando la enorme mejora en su poder general.
El efecto no fue gradual.
Fue una explosión silenciosa e interna.
Una ola de energía cálida y revitalizante brotó de su núcleo y se expandió por cada milímetro de su cuerpo.
Sintió cómo los moretones de sus brazos y costillas palpitaban por un momento y luego el dolor se disipó, no completamente, pero se redujo a una leve molestia.
La fatiga crónica que arrastraba desde su primera pelea se evaporó como si nunca hubiera existido.
Se sintió…
nuevo.
Recién salido de fábrica.
Se puso de pie, y la habitación pareció diferente.
Más pequeña, o él más grande.
Abrió y cerró las manos.
Sus puños se sentían como martillos de acero, no por dureza, sino por la potencia latente que contenían.
Dio un salto pequeño, y su cuerpo respondió con una ligereza y un control que nunca antes había experimentado.
Se miró en el espejo del baño.
Su físico exteriormente era el mismo, tal vez un poco más definido, pero por dentro, era como si hubieran cambiado su motor por el de un deportivo.
La misma carrocería, pero con caballos de fuerza multiplicados.
La emoción lo embargó, una euforia tan pura y salvaje que le escapó una risotada.
¡Funcionaba!
¡Realmente funcionaba!
Este no era solo un poder para viajar; era un poder para evolucionar.
La Torre Celestial ya no era una prisión de dolor, era una granja de experiencia.
Cada golpe que recibiera, cada victoria que consiguiera, podría ser convertida directamente en poder tangible.
Miró hacia la ventana, en dirección a la silueta iluminada de la Torre.
La próxima pelea, la del piso 45, ya no era una amenaza.
Era una oportunidad.
Una oportunidad para probar sus nuevas capacidades, para ganar más Jenny, y sobre todo, para acumular más de ese dulce, dulce EXP.
La duda y la frustración fueron reemplazadas por una feroz determinación.
Ahora tenía un camino claro.
Subir de nivel, mejorar sus stats, llegar al piso 100, asegurar su ingreso y su base de operaciones.
Luego, el Examen Cazador.
Y después, el Nen.
Pero por primera vez, no veía estos escalones como obstáculos insuperables.
Los veía como niveles en un videojuego, y él acababa de descubrir el menú de mejora de personaje.
Rubén González, el Caminante de Umbbrales de Nivel 19, sonrió.
El miedo a los Saiyajins, a los Androides, a Bills, se desvaneció un poco más en el fondo de su mente.
Porque ahora sabía que cada mundo que visitara no solo le daría técnicas o aliados, sino la materia prima fundamental para trascender sus límites.
Y esta Torre, este mundo de Hunter x Hunter, era el yunque perfecto para forjar al dios que necesitaría ser para sobrevivir al cataclismo que lo esperaba en casa.
La forja había comenzado, y el martillo acababa de volverse mucho más pesado.
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