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El viajero interdimensional - Capítulo 20

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  4. Capítulo 20 - 20 Capitulo 20 Respiro
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20: Capitulo 20: Respiro 20: Capitulo 20: Respiro La transición fue tan abrupta como un choque contra un muro de realidad.

Un instante estaban inmersos en el torbellino caleidoscópico de colores y sensaciones del umbral interdimensional, y al siguiente, la paz mundana y terrenal los envolvió como una manta pesada.

El sonido del viento cósmico fue reemplazado por el zumbido lejano de un automóvil y el canto de los pájaros fuera de la ventana.

Ruben aterrizó de pies en su habitación, con un leve tambaleo.

Koyuki, aún agarrada de su mano, dio un traspié y cayó sentada suavemente sobre la alfombra, mirando a su alrededor con unos ojos como platos.

La habitación era…

normal.

Terriblemente normal.

Una cama sin hacer con sábanas azules, un escritorio desordenado con libros de texto y lo que parecía un extraño artefacto cuadrado con botones (una calculadora), un armario semiabierto que dejaba ver ropa común.

No había rastro de la grandeza pétrea de la Torre Celestial, ni de la energía palpable del Nen en el aire.

Solo el polvo flotando en los rayos del sol de la mañana que entraban por la ventana.

“¿Esto…

esto es…?” logró balbucear Koyuki, su voz un susurro incrédulo.

“Mi cuarto.

O, al menos, el cuarto de este ‘yo’,” confirmó Rubén, su propia voz sonando extrañamente hueca en este entorno familiar y, a la vez, profundamente ajeno.

Su mirada se posó en la cama deshecha.

Era exactamente como la había dejado la mañana en que su habilidad se manifestó y huyó hacia la Torre.

El tiempo, efectivamente, se había detenido.

dos meses y medio de sudor, batallas épicas, crecimiento y amor, comprimida en un instante en este mundo.

El olor a tocino y huevos fritos subía desde abajo, un aroma doméstico que le resultaba a la vez reconfortante y opresivo.

Era su madre, la Sra.

González, preparando el desayuno.

La misma rutina de siempre.

Solo que ahora él no era el mismo.

“Vendrán a buscarnos en cualquier momento,” dijo Rubén, su mente ya cambiando al modo de estrategia.

“Tenemos que actuar con normalidad hasta que podamos sentarnos y explicarlo todo.” Koyuki asintió, levantándose y sacudiéndose el polvo imaginario de su ropa de la Torre, que ahora parecía un disfraz extravagante y fuera de lugar.

“¿Y cómo explicas…

esto?” preguntó, señalándose a sí misma.

“Con la verdad.

Una versión editada, pero la verdad,” suspiró Rubén.

Era el momento que más temía.

Más que enfrentarse a un maestro Nen, más que escalar la Torre.

Explicarles a sus “padres” que su hijo había desarrollado poderes de dios de la ficción y había traído a una novia guerrera de otro mundo.

Se pasó una mano por el cabello, sintiendo el peso de la incomodidad.

Llamarlos “mamá” y “papá” aún se sentía como una mentira, un papel que interpretaba.

Sus verdaderos padres, los de su primera vida, estaban en un mundo del que nunca podría regresar.

Estos eran los guardianes de esta cáscara, de esta vida alternativa.

Pero por respeto a ese “yo” que alguna vez fue, y para mantener una cordura aparente, seguiría el juego.

El plan era simple, al menos sobre el papel: durante el desayuno, revelaría su “despertar” de poderes (atribuyéndolo a un sueño extraño o un accidente, algo común en este universo), presentaría a Koyuki como su…

¿novia?

¿Rival?

Eso sería complicado.

Luego, explicaría lo esencial de su habilidad, omitiendo los detalles más sórdidos como los tokens gacha o la pestaña de progenie.

Tenía que hacerles entender que su vida ya no sería normal, pero que no había peligro inmediato.

Bajaron las escaleras, los peldaños crujiendo bajo sus pies de una manera tan mundana que a Koyuki le resultó chocante.

La Sra.

González, una mujer de rostro amable y delantal floreado, estaba de espaldas, friendo huevos.

“Buenos días, mami,” dijo Rubén, forzando una normalidad que no sentía.

“Buenos días, cariño.

¿Listo para la escu…?” La mujer se volvió, y la sonrisa se congeló en su rostro.

Su mirada pasó de Rubén a Koyuki, quien se mantenía ligeramente detrás de él, con una postura alerta pero tratando de parecer inofensiva.

La sartén chirrió olvidada en la estufa.

“Ruben…

¿quién es…

esta joven?” Koyuki, siguiendo un rápido susurro de Rubén, hizo una pequeña y torpe reverencia.

“Buenos días, señora.

Mi nombre es Koyuki Akashi.

Es un honor conocerla.” Su acento era perceptible, extraño, pero su tono era respetuoso.

El Sr.

González, un hombre tranquilo que leía el periódico en la mesa, bajó lentamente las páginas.

Sus ojos, detrás de las gafas, se movían entre su hijo y la misteriosa y exótica chica en su salón.

Fue un desayuno incómodo, por decir lo menos.

El ruido de los cubiertos era ensordecedor.

Rubén, tomando un sorbo de jugo de naranja, decidió lanzarse al abismo.

“Mamá, papá…

hay algo que debo deciros.” Respiró hondo.

“Hace unas semanas, tuve una…

experiencia.

Algo despertó en mí.

Una habilidad.” Empezó por lo más fácil de digerir.

Les habló de poder cruzar “dimensiones”, mundos paralelos que eran como las historias de anime que a veces veía.

Les mostró, con un leve gesto, cómo su taza de café se elevó unos centímetros de la mesa, suspendida por un Ten tan sutil que era casi invisible.

Los ojos de sus padres se abrieron como platos.

Koyuki, viendo su lucha, intervino con su naturalidad guerrera.

“Es cierto, señor, señora.

Yo…

soy de uno de esos mundos.

Un mundo de guerreros y una torre gigante.

Conocí a Rubén allí.

Él…

me salvó.

Y nos convertimos en rivales.

Y en algo más.” Su rostro se sonrojó ligeramente al decirlo, pero su mirada era firme.

La explicación fue un torbellino de conceptos imposibles: portales, otros universos, poderes, una torre de 200 pisos.

La Sra.

González se llevó las manos a la cabeza, murmurando algo sobre “demasiada televisión”.

El Sr.

González, más pragmático, hizo preguntas puntuales.

“¿Estás a salvo, hijo?” “¿Esta habilidad te duele?” “¿Y la joven…

Koyuki?

¿No tiene familia en su mundo?” Fue esa última pregunta la que calmó un poco las aguas.

Koyuki, con una tristeza genuina, explicó que era una huérfana, una guerrera que había subido la Torre sola.

Que Rubén era su único lazo real ahora.

Eso, combinado con la evidente devoción que se tenían el uno al otro (y el hecho de que, a pesar de todo, Koyuki parecía una chica educada y fuerte), ablandó el corazón de la Sra.

González.

No fue una aceptación inmediata.

Había incredulidad, preocupación, confusión.

Pero era su hijo.

Y, al final, el amor parental y el instinto de proteger prevalecieron sobre la lógica.

Aceptaron, a regañadientes, que Koyuki se quedaría con ellos.

“Pero tendrás que ir a la escuela, joven,” dijo la Sra.

González, señalando a Koyuki con un dedo.

“No voy a tener a una adolescente holgazaneando en mi casa.” Esa fue la siguiente batalla.

Rubén se preparó para ir a la escuela secundaria local, una obligación que encontraba absurdamente trivial después de enfrentarse a maestros Nen.

Koyuki, al escuchar la propuesta, puso el grito en el cielo.

“¿¡Escuela!?

¿¡Estás de broma, Ruben!?

¡Soy una guerrera que ha derribado a maestros de artes marciales!

¡No voy a perder el tiempo sentada en un aula aprendiendo…

qué es lo que aprenden aquí!

¿¡Matemáticas!?” Su orgullo narcisista estaba profundamente ofendido.

Ruben intentaba razonar con ella.

“Es la ley, Koyuki.

Y es un buen lugar para aclimatarte.

Para parecer…

normal.” “¡No quiero parecer normal!

¡Yo…!” Su diatriba fue interrumpida por la Sra.

González, que entró en la habitación con una pila de ropa limpia.

“Aquí tienes, Koyuki-chan.

Un poco de ropa de mi sobrina, creo que te quedará bien.

La escuela no es tan mala, sabes.

Te ayudará a entender nuestro mundo.

Y,” añadió con una sonrisa astuta que no esperaban de ella, “mantendrás un ojo en este para que no se meta en problemas.

He visto cómo miran algunas chicas de su clase a mi Rubén.” Esa frase fue un hechizo de magia instantánea.

El rostro de Koyuki pasó de la indignación absoluta a una expresión de calculadora consideración.

Sus ojos se estrecharon.

La imagen de chicas desconocidas, posiblemente “no aptas”, merodeando alrededor de su hombre, de su rival…

su narcisismo y su sentido de la posesión se alzaron como un escudo.

Volteó hacia Rubén, su expresión ahora seria y decidida.

“Tienes razón.

La escuela es un paso lógico.

Debo…

evaluar el terreno.

Y asegurarme de que el entorno es apropiado para tu desarrollo.” Su tono era el de una general preparándose para una campaña.

Ruben contuvo un suspiro de alivio y, a la vez, una punzada de preocupación.

Ahora tenía que lidiar con Koyuki en un entorno de escuela secundaria, con todo su orgullo, su fuerza sobrehumana y su misión autoimpuesta de ahuyentar a cualquier competencia potencial.

El día a día en la Ciudad Satán (aún sin saberlo) prometía ser tan peligroso como cualquier piso de la Torre Celestial.

Mientras Rubén salía por la puerta, con su mochila al hombro y la sensación de ir a una misión de infiltración más que a estudiar, Koyuki se quedó en la puerta, observándolo ir.

La Sra.

González se acercó a su lado.

“Es un buen chico,” dijo la mujer, su voz suave.

“Un poco despistado a veces, pero de buen corazón.

Cuídalo, ¿de acuerdo?” Koyuki miró a la mujer que, en este mundo, era la madre de su amado.

Asintió con una seriedad que no era de adolescente.

“No se preocupe, señora.

Es mi rival.

Y es mi responsabilidad asegurarme de que esté a la altura de nuestro…

potencial.” No era la respuesta que una madre esperaría, pero había una verdad tan firme en sus palabras que la Sra.

González solo pudo sonreír, confundida pero reconfortada.

Koyuki miró hacia la calle por donde había desaparecido Rubén.

Un mundo nuevo, extraño y aparentemente pacífico.

Pero su instinto de guerrera le decía que la paz era frágil.

Y mientras su hombre se adentraba en el frente de la “escuela”, ella comenzaría su propio reconocimiento del terreno.

La batalla por la normalidad, o lo que quedara de ella, acababa de comenzar.

El próximo entrenamiento, sin duda, sería en un salón de clases.

El aire de la mañana en la Ciudad Naranja olía a gasolina, césped recién cortado y una normalidad tan densa que a Rubén le costaba trabajo respirar.

Tras la tensa pero exitosa explicación a sus padres y dejar a Koyuki bajo la ahora curiosamente protectora mirada de su madre, salir de casa fue como cruzar otro umbral, uno hacia un pasado que ya no le pertenecía.

Sus pasos, acostumbrados a la piedra fría de la Torre o a la tierra de campos de entrenamiento, se sentían extrañamente ligeros sobre el asfalto pulcro de la acera.

Su destino era la Preparatoria Naranja, un edificio de diseño funcional y colores claros que parecía gritar “mediocridad organizada”.

Su yo alterno, el Rubén original de este universo, había acumulado aquí años de conocimientos que a él, el caminante de umbrales, le resultaban en su mayoría irrelevantes.

Las matemáticas, la literatura de este mundo…

todo le parecía una pérdida de tiempo colosal.

Solo dos materias despertaban un destello de interés en sus ojos, ahora acostumbrados a escrutar técnicas de combate y flujos de aura: Geografía e Historia.

Eran la prueba tangible de que este no era su mundo original.

Los mapas mostraban continentes con formas alienígenas, y los libros de historia hablaban de reyes, guerras y descubrimientos que no tenían ningún paralelismo con los de su memoria.

Era como leer una ficción elaborada que todos a su alrededor aceptaban como verdad absoluta.

Mientras se acercaba a la entrada principal, un grupo de estudiantes más grandes, con chaquetas de cuero falsas y actitudes de matón de bajo presupuesto, se interpuso en su camino.

Eran los típicos bravucones, la fauna depredadora de cualquier ecosistema escolar.

El líder, un mocetón con la frente particularmente baja y una sonrisa desagradable, lo “chocó” con el hombro, una táctica infantil diseñada para hacer tropezar a los más débiles.

“Oops, perdona, debilucho,” dijo el matón con una risa hueca.

Pero Rubén no se inmutó.

Ni siquiera se tambaleó.

Fue como si una montaña hubiera decidido caminar por el pasillo.

El chico, en cambio, rebotó contra la firmeza implacable del cuerpo de Rubén, entrenado con el Tekkai y fortalecido por el Nen y la redistribución de sus puntos de experiencia.

El impacto, que debería haber enviado al “débil” Rubén al suelo, fue absorbido por una estructura ósea y muscular que había soportado golpes capaces de astillar roca.

El matón, desequilibrado, cayó de espaldas con un gruñido de sorpresa y dolor, mientras sus amigos lo miraban boquiabiertos.

Ruben ni siquiera volvió la cabeza.

Continuó caminando, pero sus oídos, aguzados por el Zetsu experto que mantenía activo de forma sutil, captaron los cuchicheos que brotaban a su alrededor como hierba después de la lluvia.

“¡Oye, ¿lo viste?!” “¿Ese es González?

¡Pero si es un renacuajo!” “Goliath acaba de rebotar en él…

¿brujería?” “Algo ha cambiado…

se ve…

más grande.” Así que el líder se llamaba Goliath.

Un nombre épico para un cretino con un coeficiente intelectual aparentemente menor que su talla de zapato.

Los rumores confirmaban lo que Rubén ya sospechaba: su yo anterior en este universo era el blanco perfecto, el “nerd”, el “débil”, el saco de boxeo social de la Preparatoria Naranja.

Ahora, él era un invasor en ese cuerpo, un veterano de guerras interdimensionales atrapado en la piel de una víctima.

La diferencia, de la noche a la mañana para ellos, era abismal.

Para Rubén, había sido un mes y medio de agonía, crecimiento y transformación radical.

Llegó a su casillero, otro acto de normalidad forzada.

Sacó los útiles necesarios – cuadernos, lápices, libros que le parecían increíblemente primitivos – y se dirigió a su salón de clases: 2º año, grupo B.

Al entrar, una ola de miradas lo golpeó.

No eran las miradas de lástima o desdén a las que estaba acostumbrado (o, más bien, a las que su cuerpo estaba acostumbrado).

Eran miradas de confusión, curiosidad y, en algunos casos, de un interés renovado.

Su físico había cambiado.

Ya no era el chico delgado y ligeramente encorvado.

Sus hombros eran más anchos, su postura era erguida y desafiante, y sus movimientos tenían la economía fluida de un depredador.

Llevaba la misma ropa de siempre, pero ahora le quedaba diferente, como si la tela se estuviera esforzando por contener la potencia latente en su interior.

Se dirigió directamente al asiento cerca de la ventana, en la penúltima fila.

El asiento del protagonista.

Una ironía que no pasó desapercibida para él.

Se dejó caer en la silla, y el susurro de la clase se intensificó antes de morir, ahogado por la entrada del profesor.

Las clases comenzaron.

Y fue un suplicio.

Matemáticas.

El profesor garabateaba ecuaciones en la pizarra y Rubén luchaba por mantener los ojos abiertos.

Su mente, capaz de calcular trayectorias de Soru y distribuir puntos de experiencia, encontraba la álgebra terrenal absurdamente simple y monótona.

Cada cinco minutos, tenía que reavivar conscientemente su concentración, un ejercicio de fuerza de voluntad comparable a mantener un Ren intenso.

Era agotador.

Su mente vagaba hacia la Torre, hacia el sonido de la Hermana Oscura cortando el aire, hacia la sensación del Nen fluyendo por sus venas.

La única tregua llegó con la clase de Historia.

El tema era la “Unificación del Continente Oriental en el siglo XV”.

Escuchó, fascinado y a la vez perturbado, cómo una figura llamada Rey Seraphis había logrado lo que en su mundo serían hazañas imposibles.

No era su historia, pero era una historia, y era real aquí.

Era el único recordatorio tangible de que no estaba soñando.

Llegó el receso.

Se sentó en un rincón del patio, lejos del bullicio principal, y abrió la lonchera que su madre le había preparado.

Un sándwich, una pieza de fruta, una botella de agua.

Comida sencilla para un paladar que había probado manjares exóticos de mundos de ficción.

Mientras masticaba, sus pensamientos volaron inevitablemente hacia Koyuki.

¿Qué estará haciendo ahora?

¿Se habrá peleado con mamá?

¿Estará explorando la casa?

¿Habrá intentado usar el ‘microondas’?

Una sonrisa se dibujó en sus labios.

La idea de su feroz rival, la Dama de la Garza Escarlata, lidiando con los electrodomésticos del siglo XX era tan surrealista que resultaba entrañable.

La extrañaba.

Su presencia era un ancla en este mar de normalidad alienígena.

Sus pensamientos idílicos fueron brutalmente interrumpidos.

“Bueno, bueno, si es el fortachón de la mañana.” Goliath y sus esbirros lo rodeaban.

El líder aún tenía la marca del golpe en su orgullo, y sus ojos brillaban con una mezcla de rabia y avaricia.

“Mira, González, ese truquito de antes fue bueno, pero las cosas cuestan,” dijo Goliath, cruzándose de brazos.

“Creo que una pequeña contribución para nuestra…

‘protección’ sería lo correcto.

Para compensar por mi caída.” Ruben terminó de morder su sándwich, masticó lentamente y tragó.

Luego, alzó la vista hacia Goliath.

No había miedo en sus ojos, ni ira.

Solo una curiosidad clínica y aburrida, como un entomólogo observando un insecto particularmente molesto.

Con la cara de póker más perfecta que había cultivado en innumerables combates, articuló una pregunta simple, cargada de un veneno social letal: “¿Acaso eres pobre?” El silencio que cayó sobre su pequeño círculo fue absoluto.

Los matones de Goliath se quedaron boquiabiertos.

Nadie, jamás, le había hablado así a Goliath.

Y menos el antiguo saco de boxeo, Rubén González.

La cara del bully se congestionó, pasando del rojo al morado en un segundo.

El insulto, la insinuación de pobreza, de necesidad, había tocado un nervio más profundo que cualquier golpe físico.

La rabia, pura e irracional, nubló su ya limitado juicio.

“¡¡¡TE VOY A MATAR, RATÓN!!!” rugió, y se abalanzó sobre Rubén con un puño dirigido a su cara.

Para Rubén, el mundo se ralentizó.

El puño de Goliath se acercaba con la velocidad de una pelota de béisbol lanzada por un niño.

Podía ver cada detalle: la mala técnica, la postura desequilibrada, los múltiples puntos de apertura.

Podría haberlo esquivado de mil maneras.

Podría haber usado un Soru tan sutil que solo parecería que se había movido un centímetro.

Podría haber activado el Tekkai y dejar que el chico se rompiera la mano.

Pero eso llamaría demasiado la atención.

En una fracción de segundo, tomó una decisión calculada.

Desactivó por completo su Ten, bajando sus defensas al nivel de un humano excepcionalmente en forma, pero no sobrehumano.

No quería que el golpe, si llegaba a conectar por error, le causara un daño crítico interno al chico.

Era como un adulto quitándose una armadura para pelear con un niño.

Esquivó el primer puño con un movimiento de cabeza casi imperceptible.

El segundo, un gancho torpe, lo esquivó inclinándose ligeramente.

Goliath, cada vez más frustrado y fuera de control, cargó como un toro.

Esa fue su oportunidad.

Rubén no necesitaba su Nen para esto.

Su destreza, aumentada pasivamente por su rango de Espadachín Experto, era más que suficiente.

En el momento en que Goliath se acercó, Rubén pivotó sobre su pie y, usando la propia inercia del matón, le lanzó un golpe corto y seco al plexo solar.

No fue un golpe cargado de Ren.

No fue una técnica mortal.

Fue un golpe preciso, controlado, de alguien que entendía la anatomía humana y la dinámica de la fuerza.

La cantidad exacta de energía para sacar el aire de los pulmones de alguien y dejarlo sin aliento, pero sin causar un daño permanente.

¡Uoof!

Goliath emitió un sonido agudo, como un globo desinflándose.

Sus ojos se desorbitaron, la rabia fue reemplazada por una incredulidad dolorosa.

Se dobló por la mitad, las manos en el estómago, y cayó de rodillas al suelo, jadeando en busca de un aire que no podía encontrar.

En ese preciso instante, un maestro que patrullaba el patio llegó corriendo.

El Sr.

Tanaka, un hombre de educación física que durante meses había estado recopilando quejas sobre Goliath pero nunca había pillado algo lo suficientemente grave.

Vio la escena: a Goliath, el notorio bravucón, retorciéndose en el suelo, y a Rubén González, de pie, tranquilo, sin un rasguño.

“¿Qué está pasando aquí?” preguntó el maestro, su mirada yendo de uno a otro.

Los amigos de Goliath, cobardes como eran, empezaron a balbucear excusas.

“¡G-González lo atacó sin motivo!” Pero el Sr.

Tanaka no era tonto.

Había visto el final.

Había visto la expresión calmada de Rubén frente a la rabia descontrolada de Goliath.

Conocía la reputación de ambos.

La violencia era mala, sí.

Pero el código no escrito de la escuela, y de la vida, decía que el que inicia la agresión es el culpable.

“Silencio,” cortó el maestro.

Miró a Rubén.

“González, ¿tú empezaste esto?” Ruben negó con la cabeza, sereno.

“No, sensei.

Solo me defendí.

Me pidió dinero, me insultó y me atacó.

Puede preguntarle a cualquiera.” Su tono era plano, factual, sin rastro de histeria o triunfalismo.

El Sr.

Tanaka asintió lentamente.

No necesitaba más testigos.

Agarró a un todavía jadeante Goliath del brazo y lo ayudó a levantarse.

“Tú, conmigo a la enfermería.

Y luego a dirección.” Ni siquiera miró a Rubén.

No había nada que decirle.

La ley era clara, y por una vez, había funcionado.

El resto del día escolar transcurrió en una paz surrealista.

Los murmullos lo seguían a dondequiera que iba, pero ahora eran diferentes.

Ya no era el “débil” o el “nerd”.

Era el chico que se había plantado.

El que había derrotado a Goliath.

Algunas miradas eran de respeto, otras de miedo, otras de una curiosidad intensa.

Rubén las ignoró a todas.

Cuando sonó la campana final de las 2 de la tarde, recogió sus cosas y salió del edificio sin mirar atrás.

El aire de la tarde seguía oliendo a normalidad, pero ahora sentía que podía navegarlo.

El primer día había sido una prueba de fuego social, y la había superado usando solo una ínfima fracción de su poder.

Caminó hacia casa, con la mente ya en el siguiente desafío: presentarle el mundo a Koyuki, y empezar, en serio, a prepararse para la tormenta que sin duda se acercaba en este mundo de dragones y esferas.

La escuela era solo un campo de entrenamiento diferente, y él acababa de pasar su primer examen.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES Seath_Scale Vota si te gusto el episodio y apoyame en mi patreon para seguir escribiendo mas de estas historias: Mi patreon: SeathScale

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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