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El viajero interdimensional - Capítulo 21

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  4. Capítulo 21 - 21 Capitulo 21 Futuro
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21: Capitulo 21: Futuro 21: Capitulo 21: Futuro El silencio de la casa de los González, una vez que Rubén partió a la escuela y el Sr.

González a su trabajo, era de una cualidad diferente a cualquier silencio que Koyuki hubiera conocido.

No era el silencio expectante de la Torre antes de un combate, ni la quietud meditativa de un dojo.

Era un silencio doméstico, lleno de pequeños ruidos: el tictac de un reloj en la pared, el zumbido lejano de un aparato llamado ‘refrigerador’, el susurro del viento contra las cortinas.

Para la guerrera que había crecido entre el rugido de las multitudes y el impacto de puños contra carne, era casi inquietante.

Con la determinación de un soldado en territorio enemigo, Koyuki se puso en marcha.

Su misión: reconocimiento.

Recorrió cada centímetro de la casa, memorizando entradas, salidas, y la ubicación de cada objeto.

Los “interruptores de luz” eran un concepto fascinante; girar un pequeño botón y vencer a la oscuridad instantáneamente.

El “agua corriente caliente y fría” en el baño era un lujo que jamás hubiera imaginado.

Su mundo era de lámparas de aceite y agua de pozo.

Aquí, la comodidad era tan abundante que casi resultaba ofensiva para su naturaleza espartana.

Más tarde, la Sra.

González, a quien Koyuki ya empezaba a ver no como una simple anfitriona, sino como una matriarca astuta y cariñosa, la llevó a la Preparatoria Naranja.

El edificio le pareció a Koyuki una estructura baja y funcional, carente de la grandeza intimidante de la Torre Celestial.

Llegaron en un momento de calma, con los alumnos en clases.

Koyuki escaneó los patios vacíos con sus ojos de halcón, casi pudiendo sentir el eco lejano de la presencia de Rubén en algún lugar de ese laberinto de pasillos.

Una parte de ella, la rival, sintió un impulso de irrumpir y comprobar si su hombre estaba manteniendo su edge, pero la parte que había prometido adaptarse se contuvo.

La inscripción fue un trámite burocrático rápido.

La Sra.

González, con una sonrisa y una inventiva admirables, presentó a Koyuki como una prima lejana que venía de “un pueblo muy tradicional en las montañas” y que quedaría a su cargo.

Los administrativos, impresionados por la seriedad de Koyuki y su acento “exótico”, no pusieron mayor objeción.

La siguiente fase de la misión fue más reveladora: un viaje de suministros.

La Sra.

González llevó a Koyuki a un “centro comercial”, un palacio de consumo que dejó a la guerrera sin palabras.

Tiendas inmensas, luces cegadoras y estantes repletos de una variedad de productos que su mente no podía procesar.

La mujer le fue mostrando todo con paciencia: la “carnicería”, la “panadería”, la “tienda de electrodomésticos”.

“Y esto, Koyuki-chan, es muy importante,” dijo la Sra.

González frente a una hilera de cajas metálicas con puertas de vidrio.

“El supermercado.

Aquí se compra casi toda la comida.

Si algún día necesitas algo y yo no estoy, aquí lo encontrarás.” Koyuki asintió con gravedad, memorizando la ubicación como si fuera un punto estratégico en un campo de batalla.

Observaba a las otras personas, cómo tomaban productos, los colocaban en un “carrito” y pagaban con pequeños rectángulos de colores.

Era un sistema social complejo que debía dominar.

De regreso en la casa, Koyuki, sintiendo que debía contribuir, se ofreció a ayudar con la cocina.

Sus manos, habituadas a dar formas letales a su aura y a ejecutar katas mortales, se mostraron torpes pelando una zanahoria.

La Sra.

González, en lugar de reírse, la guió con una paciencia que conmovió a la joven.

Le enseñó a usar el “cuchillo de chef” con seguridad, a medir los condimentos.

Fue un entrenamiento tan exigente como cualquier otro, pero de una naturaleza completamente distinta.

Cuando el guiso estuvo listo, emanando un aroma que prometía consuelo, Koyuki sintió una extraña punzada de orgullo.

Había ayudado a crear algo, no a destruir.

Con las tareas domésticas completadas y la cena esperando, Koyuki sintió la necesidad de reconectarse con su esencia.

Subió a la habitación de invitados, se sentó en el suelo en la posición de loto y cerró los ojos.

Respiró profundamente y activó su Ten.

La energía vital fluyó, recubriéndola con su familiar calor.

Su Nen era aún joven, un arroyo comparado con el río impetuoso de Rubén, pero era suyo.

Sabía que Rubén, incluso en ese lugar de aprendizaje pasivo, no dejaría de entrenar mentalmente, de pulir su control.

Ella no podía permitirse el lujo de aflojar.

No si quería mantenerse a su lado como una rival digna, no como una carga.

Durante media hora, meditó, sintiendo cómo su aura se volvía más dócil, más integrada con su ser.

Afinaba el instrumento que era su cuerpo.

El sonido de la puerta principal al abrirse la sacó de su trance.

Bajó las escaleras y allí estaba él.

Rubén.

Lucía diferente; no físicamente, sino en su energía.

Traía consigo el cansancio mental de un día de encierro y trivialidades, una fatiga que ella reconocía de sus primeros días en los pisos bajos de la Torre, donde la monotonía era un enemigo más desgastante que cualquier oponente.

Sin pensarlo dos veces, Koyuki se le acercó y lo envolvió en un abrazo, sellando su bienvenida con un beso suave en sus labios.

“Bienvenido a casa,” susurró, sintiendo cómo parte de la tensión abandonaba sus hombros.

“Vaya, vaya, tan cariñosos tan temprano,” comentó la Sra.

González desde la cocina, una amplia sonrisa en el rostro.

“Me recuerdan a cuando su padre y yo éramos jóvenes.

Siempre andaba de manita sudada por todos lados, como si tuviera miedo de que me escapara.” Koyuki se sonrojó ligeramente, pero sonrió.

Estos comentarios, que en otro contexto hubieran activado su orgullo, ahora le parecían una forma extraña y cálida de aceptación.

Como si hubiera sido convocado por la mención, el Sr.

González llegó a casa.

La Sra.

González fue a recibirlo a la puerta con un beso en la mejilla y tomándole el abrigo.

Koyuki observó la escena con atención.

Era un ritual simple, doméstico, pero contenía una verdad profunda sobre la asociación, el apoyo mutuo.

No era tan diferente a la forma en que ella y Rubén se cubrían las espaldas en combate, solo que aquí el campo de batalla era la vida cotidiana.

La cena fue un evento agradablemente normal.

Sentados alrededor de la mesa, compartieron la comida que Koyuki había ayudado a preparar.

Rubén contó, de forma editada, su día en la escuela, mencionando el “incidente” con un tal Goliath como una simple anécdota sin importancia.

Koyuki, con su instinto afinado, supo que había más detrás de esa historia, pero lo dejó pasar por el momento.

Ella, a su vez, relató su exploración del “centro comercial” con un asombro tan genuino que hizo reír a todos.

Por primera vez desde su llegada, se sintió no como una intrusa, sino como una parte de algo.

La familia de Rubén, con una rapidez que la sorprendía, ya la trataba como a una hija más.

Al terminar, los padres se retiraron a la sala a ver la “televisión”.

Koyuki los observó mientras revisaban unas extrañas “cápsulas Hoi-Poi”, buscando una vacía para la ropa sucia.

La tecnología de este mundo, aunque abrumadora, empezaba a mostrar su utilidad práctica.

Ruben y Koyuki, de mutuo acuerdo, salieron al patio trasero.

Bajo la luz del atardecer, el aire se llenó de un nuevo tipo de energía.

No era la furia de un combate a vida o muerte, sino la concentración sosegada del entrenamiento mutuo.

Practicaron el flujo de su Nen, realizaron Ren y Zetsu de forma alternada, y se enfrascaron en combates amistosos a velocidad reducida.

Era un baile de poder controlado, donde el objetivo no era derribar, sino entender, ajustar, perfeccionar.

Koyuki sentía cómo cada intercambio, cada bloqueo y cada esquivada, la hacía más fuerte, más en sintonía con su propia energía y con la de él.

El bonus de su relación, ese +60% a la velocidad de aprendizaje, no era solo un número en una interfaz; era una sensación tangible de crecimiento acelerado cuando sus auras se entrelazaban.

Al finalizar, sudorosos y con el cuerpo vibrante de energía, regresaron a casa.

Koyuki se retiró a la habitación de invitados, sintiendo una fatiga satisfactoria.

Mientras se preparaba para dormir, Rubén se quedó en su cuarto, su mirada perdida en la nada.

Ella sabía que estaba revisando su habilidad, ese misterioso sistema que era el núcleo de su existencia.

Y tenía razón.

Rubén, en la privacidad de su habitación, accedió mentalmente a Caminante de Umbrales.

Había estado pensando en el futuro, en la necesidad de un espacio propio, un lugar donde pudieran entrenar sin límites y prepararse para las amenazas que sabía que llegarían.

Su mirada se posó en la pestaña de inventario, en la fortuna en Jenny que había acumulado en la Torre Celestial.

Más de 900 millones, ganados con sangre, sudor y triunfos.

Con un pensamiento, consultó a su habilidad: ¿Conversión monetaria interuniversal?

La interfaz respondió de inmediato, desplegando una tasa de cambio clara y fría: 1 Jenny (HxH) = 0.9 Yen (Tierra estándar) = 0.9 Zeni (DBZ).

Los cálculos se desarrollaron en su mente con rapidez sobrehumana.

900,000,000 Jenny…

eran 810,000,000 de Zeni.

Una fortuna colosal.

Con eso, no solo podía comprar una casa.

Podía comprar una mansión.

Un complejo entero con dojo incluido, lejos de miradas curiosas.

Pero una sonrisa se dibujó en sus labios.

Conocía a Koyuki.

Sabía que su orgullo y su sentido de la asociación no le permitirían aceptar que él tomara una decisión tan crucial sola.

Ella era su rival, su igual.

La fundación de su futuro “clan” era una responsabilidad de ambos.

No sería solo su casa; sería su hogar.

Decidió que al día siguiente hablaría con ella.

Juntos elegirían, juntos planificarían.

Antes de cerrar la interfaz, comprobó el temporizador de su habilidad.

Tiempo restante para recarga de Umbral: 1 semana, 6 días.

Quedaba poco tiempo.

Pronto podrían cruzar a otro mundo, buscar nuevos poderes, nuevos desafíos.

Pero por ahora, tenían una misión más inmediata: echar raíces en este mundo loco y maravilloso, y construir, ladrillo a ladrillo, el primer hogar verdadero que cualquiera de los dos hubiera tenido.

Y lo harían, como todo lo importante, juntos.

El amanecer en la Ciudad Naranja bañó la habitación de Koyuki con una luz suave y dorada.

Para la guerrera, acostumbrada a despertarse en celdas espartanas de la Torre o en el suelo duro de un almacén de entrenamiento, la comodidad de la cama y la tranquilidad del vecindario seguían siendo una novedad.

Sin embargo, hoy no había lugar para la pereza.

Mientras se vestía con la ropa simple que la Sra.

González le había prestado, su mente ya estaba en movimiento, trazando planes y estrategias con la misma precisión que usaba para planificar un asalto en combate.

Hoy era otro día de escuela para Rubén, pero para Koyuki representaba una oportunidad crucial.

Tenía una semana entera antes de que su propia inscripción en la Preparatoria Naranja fuera efectiva, y estaba decidida a usar ese tiempo de la manera más productiva posible.

Ayudaría en la casa, por supuesto, era lo mínimo que podía hacer por la familia que la había acogido con los brazos abiertos.

Pero su verdadera misión, la que hacía palpitar su corazón con una emoción que rivalizaba con la de una buena pelea, era mucho más ambiciosa.

Durante el desayuno, mientras la Sra.

González servía tortillas y Rubén apuraba su jugo de naranja, él la miró con esa seriedad que ella había aprendido a reconocer como el preludio de una conversación importante.

“Koyuki, tenemos que hablar sobre el futuro,” comenzó, su voz era baja para no alertar a su madre, pero su tono era inequívoco.

“No podemos quedarnos aquí para siempre.

Es acogedor, mis padres son maravillosos, pero…

necesitamos nuestro propio espacio.

Un lugar donde podamos entrenar sin límites, donde no tengamos que preocuparnos por romper algo o por lo que puedan pensar los vecinos.” Koyuki asintió lentamente, sus ojos brillando con entendimiento.

Él estaba poniendo palabras a un deseo que ella misma había estado incubando desde que pisó este mundo.

“Y no solo un departamento,” continuó Rubén, bajando aún más la voz.

“Estoy pensando en el clan.

En lo que hablamos.

En esos estatutos que firmé.

Si vamos a formar algo, necesitamos una base.

Un lugar que sea nuestro, diseñado para nosotros, para nuestro crecimiento y…

para los que puedan unirse en el futuro.” La emoción que Koyuki sintió en ese momento fue tan intensa que casi la dejó sin aliento.

Él no solo estaba pensando en ellos dos, sino en la visión más grande que ella había esbozado en su pergamino.

Su narcisismo se inflamó de orgullo: su hombre estaba tomando la iniciativa, estaba construyendo activamente el futuro que ella anhelaba.

“Es la idea más sensata que has tenido en semanas,” respondió, una sonrisa amplia y genuina iluminando su rostro.

“Y quiero contribuir.

No será solo tu hogar, será nuestro clan.” Sacó de su bolsillo la pequeña tarjeta de banco que había obtenido al convertir sus ganancias de la Torre.

“Tengo mis ahorros.

En mi mundo, después de que me derrotaste, repetí la ascensión un par de veces.

Para perfeccionar mis técnicas, pero también…

bueno, un guerrero siempre debe tener recursos.” Ruben no pudo evitar una sonrisa de admiración.

Ella siempre iba un paso por delante.

Asintió y, con una concentración sutil, accedió a la interfaz de Caminante de Umbrales.

No necesitaba tocar la tarjeta; su habilidad trascendía las limitaciones físicas y dimensionales.

Consultó el saldo, y los números que aparecieron en su mente lo dejaron momentáneamente atónito.

Conversión de activos interdimensionales iniciada.

Saldo origen (Koyuki Akashi): 1,890,000,000 Jenny.

Tasa de cambio: 1 Jenny = 0.9 Zeni.

Saldo destino: 1,701,000,000 Zeni.

Casi mil setecientos millones de Zeni.

Era una fortuna que eclipsaba por completo la suya.

Mientras él había estado ahorrando experiencia, ella había estado acumulando riqueza.

Juntos, poseían un capital que los colocaba en una liga completamente diferente.

“Con esto…” murmuró Rubén, aún impresionado.

“Con esto no compramos una casa, Koyuki.

Construimos un complejo.

Un cuartel general.” “Exactamente,” dijo ella, su voz cargada de determinación.

“Necesitamos terreno.

Mucho terreno.

Lejos de miradas curiosas, donde el sonido de nuestros entrenamientos y…

discusiones, no alarme a nadie.

Donde podamos levantar un dojo a la altura de nuestras capacidades, habitaciones privadas, zonas de meditación, tal vez incluso un jardín de entrenamiento al aire libre.” La Sra.

González, que había estado escuchando disimuladamente desde la cocina, se acercó con una sonrisa cómplice.

“¿Buscando nido de amor, jóvenes?

¡Qué emocionante!

El vecindario de las colinas al norte tiene terrenos muy bonitos, y es tranquilo.” Agradecieron el consejo, y una vez que Rubén partió a la escuela con una promesa de buscar opciones en línea durante sus descansos, Koyuki se puso manos a la obra.

Se despidió de él en la puerta con un beso rápido pero lleno de significado.

“Buena suerte.

Encuentra algo digno de nosotros.” Tan pronto como la puerta se cerró, Koyuki se transformó.

La novia cariñosa dio paso a la comandante táctica.

Con el permiso de la Sra.

González, se instaló frente a la computadora de la casa.

Navegar por internet era un desafío en sí mismo, pero su mente aguda y su determinación aprendieron rápidamente.

Buscó “terrenos en venta Ciudad Naranja”, “propiedades grandes”, “lotes extensos”.

Encontró varias opciones.

Algunas eran fincas en las afueras, otras eran parcelas más modestas pero bien ubicadas.

Sin embargo, ella no buscaba modestia.

Buscaba una base de operaciones.

Finalmente, su persistencia dio fruto: una antigua granja en las colinas del norte, en desuso desde hacía años, con más de 20 hectáreas de terreno.

Estaba lejos del bullicio, con un pequeño arroyo cruzando la propiedad y vistas panorámicas.

Era perfecto.

Pero comprar el terreno era solo el primer paso.

Lo siguiente era la construcción, y ahí Koyuki supo que se enfrentaba a un enemigo más implacable que cualquier maestro de la Torre: el tiempo.

Se sumergió en foros de construcción, calculó costos de materiales (acero, cemento, madera), estimó la mano de obra necesaria.

Los números eran abrumadores, pero su fortuna lo era más.

Sin embargo, el factor tiempo era crítico.

Según sus investigaciones, construir una residencia de tamaño medio podía llevar de 6 a 8 meses.

Un complejo con múltiples estructuras, incluyendo un dojo de gran envergadura, podría llevar años si se hacía con métodos convencionales.

Eso era inaceptable.

No podían esperar años.

El mundo de Rubén era peligroso, y cada día que pasaba sin estar plenamente preparados era un riesgo.

Fue entonces cuando, casi como un destello de inspiración, recordó el nombre que veía por todas partes en este mundo: Corporación Cápsula.

La misma que fabricaba las increíbles cápsulas Hoi-Poi que sus nuevos padres usaban.

Una búsqueda rápida reveló que la corporación, bajo el liderazgo del genio científico Dr.

Brief, no solo se dedicaba a la invención, sino que también tenía una división de construcción de primer nivel: “Cápsula Constructors”.

Los testimonios eran unánimes.

Eran caros, muy caros.

Pero su eficiencia era legendaria.

Utilizaban tecnologías prefabricadas, maquinaria de vanguardia y técnicas de gestión de proyectos que permitían reducir los tiempos de construcción a una fracción de lo normal.

Prometían un complejo completo, de alta gama, en cuestión de meses, no de años.

Y lo mejor de todo: su garantía era inquebrantable.

Si el cliente no estaba satisfecho con el resultado final, ofrecían un reembolso completo.

Koyuki sonrió.

Era la solución perfecta.

La calidad, la velocidad y la confiabilidad tenían un precio, y ellas podían pagarlo.

Hizo los cálculos otra vez.

El terreno costaría unos 300 millones de Zeni.

La construcción del complejo de sus sueños, con Cápsula Constructors, podría rondar los 1,200 millones.

Aún les sobrarían cientos de millones para amueblar, equipar el dojo y tener un colchón de seguridad.

Cuando Rubén regresó de la escuela, lo encontró inmersa en un mar de notas, planos esquemáticos dibujados a mano y páginas web abiertas.

Sin darle tiempo a quitarse la mochila, ella lo arrastró hacia la computadora.

“Mira,” dijo, su voz vibrando de emoción contenida.

Señaló las imágenes del terreno en las colinas.

“Es perfecto.

Aislado, espacioso, con recursos naturales.” Luego, abrió la página de Cápsula Constructors.

“Y ellos son la clave.

Son carísimos, pero son los únicos que pueden darnos lo que necesitamos en el tiempo que necesitamos.” Ruben estudió la información, asintiendo lentamente.

La lógica de Koyuki era impecable.

En un mundo donde se podía guardar una casa en una cápsula, tenía sentido que sus métodos de construcción fueran revolucionarios.

“Estoy de acuerdo,” dijo finalmente.

“Mañana, faltaremos a la escuela.

Iremos a ver ese terreno.

Y si es tan bueno como parece, contactaremos a Cápsula Constructors para una evaluación.” Koyuki sintió una oleada de triunfo.

Pero entonces, Rubén añadió algo que solidificó todo el plan en su mente.

“Y también hablaremos con mis padres,” dijo, su voz firme.

“No solo para decirles que nos mudamos.

Quiero usar parte de mi dinero, una buena parte, para expandir esta casa.

Para darles más espacio, más comodidad.

Para que sepan que, aunque tengamos nuestro propio camino, ellos siempre son nuestra base, nuestra familia.” Koyuki lo miró, y en ese momento, cualquier duda residual sobre haber elegido al hombre correcto se desvaneció.

No era solo un guerrero poderoso o un estratega inteligente; era un hombre de corazón profundo y leal.

Su clan no solo estaría construido sobre fuerza, sino sobre los cimientos sólidos de la familia y el respeto.

“Así será,” afirmó ella, tomando su mano.

“Juntos.” Esa noche, mientras la familia veía la televisión, Koyuki no podía dejar de mirar por la ventana, hacia las colinas del norte que apenas se distinguían en la oscuridad.

Allí, en ese terreno que aún no era suyo, ella visualizaba el futuro: el sonido del Nen chocando en un dojo personalizado, las risas (y probablemente las discusiones acaloradas) de un clan unido por lazos más fuertes que la sangre, la paz de un hogar que sería un refugio contra las tormentas que sin duda se acercaban en este mundo de dioses y guerreros.

El complejo no sería solo una casa; sería una declaración de intenciones.

El primer y más importante paso para tallar su lugar en la loca y peligrosa historia de Dragon Ball Z.

Y ella, Koyuki Akashi, sería una de sus arquitectas.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES Seath_Scale Vota si te gusto el episodio y apoyame en mi patreon para seguir escribiendo mas de estas historias: Mi patreon: SeathScale

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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