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El viajero interdimensional - Capítulo 22

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Capítulo 22: Capitulo 22: Escuela

El amanecer del día siguiente no encontró a Rubén y Koyuki sumidos en la rutina escolar o doméstica, sino ante la pantalla del ordenador, con los ojos fijos en las imágenes satelitales y los planos del terreno en las colinas del norte. La emoción en la habitación era tan palpable como el aura de Nen que ambos mantenían reprimida por instinto. Habían pasado de ser guerreros errantes a prospectivos terratenientes en cuestión de horas, y la transición era tan surrealista como emocionante.

Koyuki, con su mente táctica, había elaborado una lista de preguntas y puntos a verificar, mientras Rubén, aprovechando su interfaz de Caminante de Umbrales, ya había completado la transacción financiera más crucial. Con un simple acto de voluntad, las vastas fortunas en Jenny de ambos mundos se habían fundido y convertido en Zeni, la moneda de este nuevo hogar. Una tarjeta de crédito de platino, materializada por la habilidad de Rubén con una elegancia sobrenatural, yacía sobre la mesa, un pequeño rectángulo de plástico que contenía el poder de transformar un sueño en realidad.

La llamada a la agencia de bienes raíces fue breve y directa. Koyuki, con una voz que había perdido todo rastro de la chica nerviosa del día anterior y ahora sonaba con la autoridad de una comandante, concertó una cita para esa misma mañana. No había tiempo que perder.

El viaje en el coche de la familia González hacia las colinas fue una experiencia en sí misma. Koyuki observaba el paisaje urbano transformarse en áreas verdes con una intensidad analítica, memorizando el camino, los puntos de referencia, los posibles cuellos de botella en caso de una evacuación rápida. Rubén, por su parte, conducía en silencio, pero su mente no estaba inactiva. Calculaba distancias, evaluaba la privacidad del área y visualizaba mentalmente dónde colocarían los límites del perímetro de seguridad.

Al llegar a la entrada del terreno, un hombre de mediana edad con un traje arrugado y una sonrisa profesionalmente optimista los esperaba junto a un cartel que decía “SE VENDE”. Su nombre era el Sr. Akimoto, y llevaba años intentando vender esa extensión de tierra, demasiado grande para una familia normal y demasiado alejada para un desarrollo comercial.

“¡Señor González, Señorita Akashi! Un placer conocerlos,” dijo, estrechando sus manos con un entusiasmo que no lograba ocultar un dejo de escepticismo. Eran muy jóvenes para una compra de esta magnitud.

Les ofreció un recorrido en su todoterreno, y mientras se adentraban por los senderos de tierra, comenzó su bien ensayado monólogo de ventas. “Como pueden ver, el terreno goza de una posición privilegiada. A solo quince minutos del centro en coche, pero con una privacidad absoluta. El suelo es firme, ideal para cimentaciones. Tiene su propio manantial, lo que garantiza agua todo el año. Las vistas, ¡simplemente espectaculares!”

Ruben y Koyuki asintieron cortésmente, pero sus miradas no se fijaban en los puntos pintorescos que el Sr. Akimoto señalaba. En cambio, se comunicaban con breves miradas y gestos casi imperceptibles.

Koyuki señaló una meseta plana cerca de la cima. “Allí. El dojo. Vista de 360 grados, terreno elevado para la defensa.”

Rubén asintió, su mirada escudriñando la densidad de los árboles que rodeaban el área. “Barrera natural. Buen lugar para practicar Soru entre los troncos.”

Ella señaló una zona más protegida, cerca del manantial. “La residencia principal. Acceso al agua, resguardada del viento.”

Él señaló un claro amplio y soleado. “Campo de entrenamiento al aire libre. Y el jardín para los niños.”

El Sr. Akimoto, al ver su silencio y sus miradas evaluadoras, intensificó su discurso. “¡Es una oportunidad única! Imaginen una casa familiar aquí, con una piscina infinita mirando al valle. El aire es puro, el silencio, oro…”

Pero para Rubén y Koyuki, él solo estaba vocalizando lo que ellos ya habían deducido. Los “pros” que él enumeraba eran los mismos que ellos habían identificado con precisión militar: aislamiento, espacio, recursos naturales, accesibilidad controlada. Los “contras” –la lejanía para otros, el mantenimiento de un terreno tan vasto– para ellos eran beneficios. Cuanto menos tráfico, mejor.

Finalmente, después de lo que pareció una eternidad de charla, el Sr. Akimoto, estacionando el todoterreno en el punto más alto, se volvió hacia ellos con la pregunta crucial.

“Entonces, ¿qué les parece? ¿Estarían interesados en una parcela? Tenemos opciones de subdivisión…”

“Lo queremos todo,” dijo Rubén, su voz calmada pero firme, cortando el aire como un tajo de la Hermana Oscura.

El Sr. Akimoto parpadeó. “¿…Disculpen?”

“El terreno completo,” aclaró Koyuki, su tono dejando claro que no era una sugerencia, sino una decisión final. “Las veinte hectáreas.”

El agente inmobiliario se aclaró la garganta, recuperando su profesionalismo. “Bueno, eso es… excelente. El valor total del terreno es de cincuenta millones de Zeni. ¿Cómo desean proceder con el pago? Podemos hablar de opciones de financiamiento, un anticipo…”

Rubén simplemente sacó la tarjeta de platino y se la ofreció. “Pago completo. Al contado.”

El escepticismo en los ojos del Sr. Akimoto era tan denso que casi se podía tocar. Estos jóvenes, pagando cincuenta millones en efectivo… era imposible. Pero, cumpliendo con el protocolo, sacó su terminal móvil de pagos. Pasó la tarjeta. Hubo un pitido. La máquina empezó a imprimir el recibo.

El rostro del Sr. Akimoto fue un poema de incredulidad transformándose en asombro puro. Tartamudeó unas palabras de agradecimiento, sus manos temblorosas sacando los documentos de compraventa. Rubén firmó con una caligrafía segura, y en ese momento, las veinte hectáreas de colinas, bosques y manantiales pasaron a ser suyas.

Sin perder un segundo, Koyuki ya tenía su teléfono en la mano. Marcó el número de “Cápsula Constructors”. Mientras el Sr. Akimoto aún miraba el recibo como si fuera un artefacto sagrado, ella ya estaba concertando una reunión de emergencia en el terreno para esa misma tarde.

La eficiencia de la Corporación Cápsula fue, como prometían, legendaria. A las dos horas, una camioneta de color blanco inmaculado con el logo de Cápsula llegó al terreno. De ella bajó una mujer joven y de movimientos enérgicos, la Ingeniera Jefe Anya, con una tableta digital en la mano y una sonrisa de competencia absoluta.

Ruben y Koyuki le expusieron su visión con una claridad que la dejó impresionada. No era la solicitud vaga de una “casa grande”. Era un plano maestro detallado.

“Necesitamos una residencia principal,” comenzó Rubén, señalando la zona protegida. “Mínimo cinco habitaciones en suite, pero con una estructura modular para futuras expansiones. Materiales de primera calidad, resistentes a… vibraciones intensas.”

Koyuki continuó, señalando la meseta. “Allí, un dojo. No un gimnasio. Un dojo. Piso de madera de la más alta resistencia, sistemas de ventilación avanzados, iluminación adaptable. Debe ser capaz de soportar un entrenamiento de alto impacto.”

La lista continuó: una biblioteca para archivar conocimientos de otros mundos y técnicas de Nen, un campo de juegos seguro pero desafiante para los hijos que algún día llegarían, una piscina no solo para ocio, sino para entrenamiento acuático y rehabilitación.

Anya tomaba notas a una velocidad frenética, sus ojos brillando con el desafío. “Es un proyecto complejo. Pero factible. Con nuestras tecnologías de prefabricación y ensamblaje rápido, podemos reducirlo a una fracción del tiempo normal.” Hizo algunos cálculos rápidos en su tableta. “El costo, incluyendo materiales de grado militar para las áreas de entrenamiento y sistemas de soporte vital autónomos, estaría en el rango de los mil quinientos millones de Zeni.”

Era una cifra astronómica. Pero Rubén y Koyuki ni parpadearon. Habían calculado peor.

“De acuerdo,” dijo Rubén.

Anya, acostumbrada a tratar con clientes adinerados, se sorprendió una vez más por la falta de negociación. “Muy bien. Requerimos un anticipo del treinta por ciento para movilizar recursos. Cuatrocientos cincuenta millones.”

Una vez más, la tarjeta de platino apareció. Una vez más, el terminal pitó. Una vez más, un rostro profesional se transformó en puro asombro al ver que la transacción fue aprobada instantáneamente.

“Fenomenal,” murmuró Anya, recuperando la compostura con un esfuerzo visible. “Movilizaré a tres equipos de trabajo de inmediato. Comenzaremos los movimientos de tierra esta misma semana. Con nuestra tecnología y su… financiación sin restricciones, les prometo que tendrán su complejo completo en menos de dos meses.”

Fue la noticia que selló el éxito del día. Dos meses. En el mundo de la construcción, era un milagro. Para ellos, era el tiempo justo para prepararse antes de que la carga de su umbral se completara y pudieran buscar nuevos poderes.

Mientras conducían de regreso a casa, el atardecer teñía el cielo de naranja y púrpura. No hubo grandes celebraciones ni gritos de euforia. Solo un silencio profundo y compartido, lleno de la satisfacción de un objetivo crucial cumplido.

Koyuki miraba por la ventana, una sonrisa serena en sus labios. Visualizaba el dojo terminado, el sonido de sus patillas chocando contra las defensas de Rubén. Rubén, con una mano en el volante, sentía un peso que no sabía que cargaba empezar a levantarse de sus hombros. Por primera vez desde su reencarnación, tenía un punto fijo en el universo, un lugar al que pertenecer, un hogar que estaba construyendo con sus propias manos y su voluntad.

El día había sido más que productivo. Había sido fundacional. Sobre esas veinte hectáreas de tierra, no solo levantarían edificios, sino los cimientos de un legado. El clan de Rubén González, el Caminante de Umbrales, y Koyuki Akashi, su Rival y Amante, había puesto su primera y más importante piedra. Y lo habían hecho no como niños jugando a ser adultos, sino como estrategas invirtiendo en el campo de batalla más importante: su futuro.

La mañana siguiente se presentó cargada de un nuevo tipo de energía en la casa de los González. No era la tensión de secretos por revelar, sino la vibrante expectación de un futuro que estaba tomando forma tangible. Después de haber explicado sus planes a sus padres -la compra del terreno, la construcción del complejo y la expansión de su propia casa-, Rubén y Koyuki se encontraron con una mezcla de perplejidad y abrumadora gratitud.

La Sra. González tenía lágrimas en los ojos mientras abrazaba a su hijo. “Es demasiado, Rubén. No tenías que hacerlo.”

“Es lo mínimo, mamá,” respondió él, sintiendo cómo la palabra “mamá” le salía un poco más natural esta vez. “Ustedes me han dado un hogar. Es solo hacerlo más cómodo.”

El Sr. González, un hombre de pocas palabras, le puso una mano en el hombro con una firmeza que decía más que cualquier discurso. “Estamos muy orgullosos, hijo. Solo… ten cuidado con ese dinero. El mundo está lleno de gente que quiere aprovecharse.”

La remodelación de la casa familiar, a cargo de un equipo más pequeño de Cápsula Constructors, comenzaría esa misma semana y prometía durar solo siete días. La eficiencia de la corporación era tan asombrosa que el colchón financiero de Rubén y Koyuki apenas se vio afectado, dejándoles más que suficiente para amueblar su futuro complejo con lo mejor de lo mejor.

Con la situación doméstica encaminada, Rubén se preparó para otro día en lo que sentía era una prisión de monotonía: la Preparatoria Naranja. Koyuki, por su parte, se quedó atrás, pero no ociosa. Asumió el rol de supervisora de la remodelación con la misma seriedad con la que habría dirigido un asalto a la Torre. Además, se dedicó a ayudar a la Sra. González con las tareas domésticas, encontrando en esos rituales mundanos una paz extraña y una nueva forma de conexión con la mujer que estaba aprendiendo a ver como una suegra.

Para Rubén, el camino a la escuela fue una lucha interna. Cada paso hacia el edificio gris era un recordatorio de cómo su vida había trascendido por completo ese entorno. Las primeras clases -matemáticas, literatura- fueron, como siempre, un ejercicio de paciencia suprema. Su mente, capaz de calcular trayectorias de Soru y flujos de Nen, se negaba a engagarse con problemas algebraicos o análisis de poemas de este mundo. Sin embargo, las clases de Geografía e Historia mantuvieron un destello de interés, sirviendo como recordatorios constantes de que este no era su planeta, su historia.

Pero entonces llegó la cuarta hora: Educación Física.

Para el Rubén original de este mundo, esta hora era un suplicio, un semestre de humillaciones y balones que lo esquivaban. Para el Rubén actual, era como si un tigre de dientes de sable fuera puesto a jugar con gatitos.

El deporte del día era béisbol. Rubén fue asignado al equipo de los “visitantes”. Cuando llegó su turno de jugar en el jardín derecho, una pelota fue bateada con fuerza en su dirección. Para cualquier otro estudiante, habría sido un jonrón seguro. Para Rubén, la pelota se movía con la lentitud de una pompa de jabón. Se movió con una economía de esfuerzo que parecía pereza, colocándose bajo ella y atrapándola con un suave plaf en el guante.

Fue cuando le tocó lanzar desde el jardín hacia la base. El receptor, esperando un lanzamiento flojo y arqueado del “nerd” González, se preparó para tener que estirarse. Rubén, sin pensar, ejecutó un movimiento. No usó Nen, no activó ninguna habilidad. Simplemente, el poder bruto de su cuerpo, templado en cientos de batallas y potenciado por la redistribución de sus puntos de experiencia, se transfirió a su brazo.

La pelota salió disparada de su mano como un obús. No fue un lanzamiento; fue un disparo de riel. Silbó en el aire en una línea recta y perfecta, tan rápida que el receptor apenas vio un destroz. El sonido al impactar en el guante fue un estallido seco, como el de un látigo. El estudiante que hacía de receptor, un chico robusto, gritó de dolor y soltó el guante, sacudiendo su mano adormecida y enrojecida. La pelota había llegado con una fuerza que simplemente no pertenecía a una clase de educación física de secundaria.

Un silencio incrédulo cayó sobre el campo. Todos lo miraron. Rubén se encogió de hombros internamente. ¿Acaso no saben agarrar?, pensó, antes de darse cuenta de que el problema no era el receptor, sino su propia fuerza desmedida.

Luego, le tocó batear. Agarró el bate de madera. Se sentía ridículamente liviano y frágil en sus manos. El pitcher, ahora nervioso, lanzó una bola rápida. Rubén, con sus reflejos sobrehumanos, calculó la trayectoria al instante. No era necesario usar Soru ni nada parecido. Solo un poco de coordinación ojo-mano a un nivel que este mundo no había visto fuera de los torneos de artes marciales más extremos.

Golpeó la pelota.

El sonido no fue el “crack” habitual. Fue un “BOOM” sordo y potente, como si hubiera golpeado una roca. La pelota se deformó momentáneamente contra el bate antes de salir disparada. No fue un jonrón. Fue un cohete. Ascendió en un ángulo increíblemente cerrado, perdiéndose de vista sobre los árboles que bordeaban la escuela, y nunca cayó. Simplemente desapareció.

El silencio esta vez fue absoluto. Hasta el maestro de educación física, el Sr. Tanaka, se había quitado las gafas de sol y las estaba limpiando, como si no pudiera creer lo que sus ojos habían visto.

Cuando Rubén, con una naturalidad desconcertante, soltó el bate y comenzó a correr las bases, lo hizo con una velocidad que era pura elegancia y eficiencia. No parecía correr; parecía deslizarse sobre el suelo, completando el recorrido interno en un tiempo que habría batido récords profesionales sin que él pareciera siquiera respirar con dificultad.

Al final del juego, el Sr. Tanaka se le acercó, con una mezcla de excitación y confusión.

“González… ¿de dónde diantres ha salido eso? ¡Eres un fenómeno natural! ¡Con ese brazo y ese bateo, podrías estar en el draft de la liga profesional el próximo año! ¡Podrías ser rico y famoso!”

Ruben miró al maestro con sus ojos tranquilos. Sabía que sería una trampa. Usar incluso una pizca de su poder real en un deporte mundano sería una ventaja injusta, una falta de respeto al espíritu competitivo. Además, la fama era lo último que necesitaba. Ya tenía riqueza, y la fama atraería miradas no deseadas sobre él, sobre Koyuki y sobre sus planes.

“Gracias, sensei, pero no me interesa,” dijo con una humildad que no era falsa, sino nacida de una perspectiva cósmica. “El béisbol es solo un juego. Yo… tengo otros objetivos.”

El Sr. Tanaka quedó desconcertado. Había encontrado un diamante en bruto en el lugar más inesperado, y el diamante se negaba a ser pulido. No podía obligarlo.

Mientras se cambiaba para las clases de la tarde, Rubén se enteró por los murmullos de los vestuarios de otra noticia: Goliath había sido suspendido. No solo eso, sus esbirros habían recibido detention y trabajos comunitarios. El historial de intimidación de Goliath había salido a la luz, y la evidencia del “incidente” con Rubén había sido la gota que colmó el vaso. El rumor decía que el padre de Goliath, un hombre de negocios severo, estaba furioso. No le había dado una paliza, pero le había retirado todos sus privilegios: la limosina, la tarjeta de crédito, el acceso a sus cuentas. Goliath tendría que encontrar la forma de llegar a la escuela por sus propios medios, como un chico normal.

Ruben no sintió triunfo, solo un leve alivio. Goliath era, en el gran esquema de las cosas, una molestia menor, una mosca. Pero incluso las moscas pueden distraer. Al menos por un tiempo, hasta que la suspensión terminara, tendría paz en la escuela.

El resto del día transcurrió con normalidad, los susurros y las miradas de asombro lo seguían, pero ahora con un nuevo matiz de respeto y curiosidad. Al salir, el camino a casa se sintió un poco más ligero.

Al cruzar la puerta, fue recibido por el caótico y esperanzador sonido de martillos y taladros. La remodelación estaba en marcha. Y allí, entre el desorden, estaba Koyuki. Llevaba un delantal sobre su ropa de entrenamiento y una mancha de pintura en la mejilla. Al verlo, su rostro se iluminó y se acercó para darle su ahora habitual beso de bienvenida en los labios.

“Todo va según lo planeado,” le informó, su tono era el de un oficial reportando a su superior. “Los trabajadores son eficientes. Tu madre y yo hemos estado empacando cosas. Y he estado investigando muebles para el complejo.”

Ruben sonrió. Ella estaba en su elemento. Después de una cena familiar en medio de cajas y con el sonido de fondo de la construcción, ambos se retiraron al patio trasero, el único lugar que permanecía relativamente intacto.

Bajo la tenue luz del crepúsculo, su entrenamiento de Nen comenzó. No era un combate feroz, sino un ejercicio de sincronización. Practicaban el flujo de su Ren, ajustando la intensidad para no dañar el jardín. Koyuki trabajaba en la fineza de su Ten, mientras Rubén practicaba transiciones rápidas entre Ten y Zetsu. Era un baile de energía controlada, un recordatorio de quiénes eran en el fondo, más allá de los estudiantes, los constructores o los hijos. Eran guerreros.

Cuando los trabajadores se fueron y la casa quedó en silencio, se retiraron a sus habitaciones separadas. La Sra. González, con su astucia maternal, había dejado muy claro que bajo su techo se respetarían las apariencias, por mucho que supiera la verdad de su relación.

En la privacidad de su cuarto, Rubén se sentó en la cama y accedió a Caminante de Umbrales.

SISTEMA: CAMINANTE DE UMBRALES (Nv. 3 – 40%)

TIEMPO PARA RECARGA DE UMBRAL: 1 semana, 4 días.

TOKENS DE INVOCACIÓN DISPONIBLES: 5

Su mirada se posó en los tokens. Tenía cinco oportunidades de obtener algo del vasto multiverso. Comida y objetos inútiles habían sido lo común, pero también había obtenido la Hermana Oscura. La ley de los promedios sugería que estaba por llegar algo bueno. Mañana, decidió, usaría uno. Pero por ahora, la fatiga del día, una fatiga más mental que física, se apoderaba de él.

Apagó la luz y se dejó caer en la cama. Mientras el sueño lo vencía, sus últimos pensamientos fueron un collage de imágenes: una pelota de béisbol desapareciendo en el cielo, los ojos orgullosos de Koyuki, los planos de su futuro dojo, y la cuenta regresiva silenciosa en su mente. Una semana y cuatro días. Pronto, los umbrales se abrirían de nuevo. Pero por ahora, en el tranquilo caos de su hogar en construcción, solo importaba descansar.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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