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El viajero interdimensional - Capítulo 23

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Capítulo 23: Capitulo 23: Falta de logica

El ritmo de sus vidas había adquirido una cadencia peculiar, un baile entre la normalidad mundana y los ecos de destinos cósmicos. La remodelación de la casa de los González avanzaba a una velocidad que solo la tecnología de la Corporación Cápsula podía permitir. En solo unos días, el 60% de la estructura estaba transformada: paredes derribadas para crear espacios más amplios, nuevas instalaciones eléctricas y de fontanería, y un diseño abierto que llenaba la casa de luz. Pronto, llegarían a la fase crítica de las habitaciones y la cocina, lo que obligaría a la familia a pasar una noche fuera, un pequeño precio a pagar por la comodidad futura.

Llegó el fin de semana, un respiro en la rutina. Para Rubén y Koyuki, fue una oportunidad para una “misión de reconocimiento civil”: comprar los útiles escolares para ella. Mientras recorrían las tiendas, llenando un carrito con cuadernos, lápices y plumas, Koyuki observaba cada objeto con la curiosidad de un antropólogo estudiando una cultura alienígena. Pero el verdadero desafío llegó en la sección de uniformes.

Al probarse el uniforme de la Preparatoria Naranja – una falda plisada y una chaqueta con el emblema de la escuela –, Koyuki se transformó. La feroz guerrera dio paso a una adolescente coqueta y consciente de su apariencia. Se giraba frente al espejo, evaluando su reflejo con una crítica intensidad.

“¿Y bien, Rubén? ¿Qué opinas?” preguntó, con una sonrisa que mezclaba inocencia y picardía.

Ruben, que había estado manteniendo una cautelosa distancia, sintió que todo su entrenamiento de Zetsu y Ten era insuficiente para esta prueba. Cada vez que ella se ajustaba la chaqueta o se giraba para que la falda se moviera, él sentía la amenaza latente de su habilidad pasiva. Pervertido con Suerte era como una espada de Damocles sobre su dignidad en un vestuario público. Se concentró en mantener una expresión neutral, en no tropezar con su propio pie, en no decir algo que pudiera interpretarse de manera equivocada.

“Te… te queda bien,” logró decir, su voz un poco más ronca de lo habitual. “Muy… escolar.”

Koyuki rió, disfrutando visiblemente de su incomodidad. “Solo ‘bien’? ¿No es la novia y rival más adorable que has visto?”

Pasaron varios minutos tensos y cómicos, con Rubén luchando una batalla interna contra las probabilidades manipuladas del universo, hasta que Koyuki, satisfecha con su tortura, eligió dos conjuntos. Rubén pagó con alivio, sintiendo que había esquivado una bala de humillación pública.

Esa noche, en la relativa seguridad del patio trasero, volvieron a su elemento. El entrenamiento de Nen fue intenso. Rubén había cruzado un umbral personal. Sus técnicas básicas – Ten, Zetsu, Ren – habían alcanzado un nivel de maestría que le otorgaba beneficios pasivos formidables. Su Ten ahora potenciaba todas sus estadísticas en un 65% de manera constante. Su Zetsu no solo aumentaba su sigilo en un 500%, sino que su presencia se volvía tan etérea que era casi indetectable para cualquier sensor que no estuviera a unos metros de distancia. Su Ren, por su parte, ofrecía un impresionante +80% a todas sus estadísticas, y gracias a una mayor eficiencia, la velocidad de consumo de su Nen se había reducido a solo un 80% adicional, permitiéndole mantener el estado por mucho más tiempo.

Además, había invertido sus tres niveles de experiencia acumulada en su estadística de Arcano, elevándola a 21. Esa inversión, combinada con su dominio del Nen, había actuado como una llave, desbloqueando de golpe las ocho técnicas avanzadas del Nen: In (ocultar el aura), Gyo (concentrar el aura en un punto), En (extender un domo de aura para detectar), Shu (envolver un objeto con aura), Ko (concentrar todo el aura en un ataque), Ken (una versión más fuerte de Ren que cubre el cuerpo), Ryu (controlar el flujo de aura en el cuerpo) y la conjunción de Nen para habilidades complejas. Un nuevo mundo de posibilidades tácticas se abría ante él.

Koyuki, aunque aún no había definido su Hatsu, también mostraba un progreso remarkable. Su control sobre los principios básicos era sólido, y su aguda inteligencia la llevaba a considerar múltiples opciones para su habilidad única. Visualizaba la materialización de armas versátiles para adaptarse a cualquier oponente, o incluso la creación de un clon de Nen que pudiera imitar sus técnicas, duplicando su eficacia en combate. Aunque nada era concreto, la semilla de su poder único estaba germinando.

Fue en este punto de crecimiento y potencial que Rubén decidió que era el momento. Con Koyuki como testigo, se sentó en su cama y accedió a la pestaña de Invocación de Caminante de Umbrales.

“Voy a usar uno de los tokens,” anunció, su voz seria. “Prepárate para cualquier cosa.”

Koyuki se sentó a su lado, su expresión una mezcla de escepticismo y excitación. “Solo espero que no sea otra ración de combate con sabor a cartón.”

Ruben asintió y, mentalmente, seleccionó Gastar 1 Token. El familiar espectáculo se desarrolló ante ellos. Cinco orbes de luz blanca materializados, flotando en un círculo. Comenzaron a girar, lentamente al principio, luego con una velocidad vertiginosa, acercándose al centro en un torbellino de energía.

Los ojos de ambos estaban fijos en los orbes, esperando un cambio de color. Un destello dorado que, según la teoría de Rubén, indicaría una criatura como un Pokémon. Un arcoíris deslumbrante que sugeriría un Servant de leyenda. Pero los orbes permanecieron de un blanco puro, indicando, supuestamente, un arma o un objeto común.

Koyuki no pudo evitar un suspiro de decepción. “Parece que será otro objeto inútil.”

Pero entonces, en el centro del vórtice, no apareció una espada, un escudo o una armadura. En su lugar, se materializó un cristal de un carmesí profundo y pulsante, del tamaño de un puño. Flotó en el aire durante un momento, emanando una energía antigua, bestial y abrumadoramente poderosa.

Antes de que Rubén pudiera reaccionar, el cristal se disparó hacia él. Instintivamente, extendió la mano, y el cristal no chocó contra su palma, sino que se fusionó con su piel. Una oleada de calor abrasador, pero no doloroso, lo recorrió de la cabeza a los pies. Fue como si un río de lava y poder divino se vertiera en sus venas, conectándose con lo más profundo de su alma. Una sensación de fuerza primordial, de un dragón milenario despertando de un sueño ligero, resonó en cada fibra de su ser.

Koyuki se puso de pie de un salto, alarmada. “¡Ruben! ¿Estás bien?”

Él no respondió de inmediato. Su respiración era entrecortada, sus ojos miraban al vacío mientras procesaba la avalancha de información que su habilidad le proporcionaba. Palideció visiblemente. Esto no tenía sentido. ¿Cómo era posible?

Accedió a su hoja de estado con urgencia. Allí, bajo una nueva sección titulada Artefactos/Lineajes, estaba la respuesta.

ARTEFACTO/LEGADO: BOOSTED GEAR (Estado: Twice Critical)

Progreso de Despertar: 0%

Origen: High School DxD (Sistema de Sacred Gears)

Descripción: Una de las 13 Longinus, herramientas de poder divino. Sella al Dragón Celestial Ddraig, el Dragón Divino de la Supremacía Rojo. En su estado actual “Twice Critical”, duplica el poder del portador. El despertar completo liberará a Ddraig y otorgará acceso a las habilidades Balance Breaker y Juggernaut Drive.

Habilidad Pasiva Desbloqueada: Escencia del Dragón.

Efecto 1: Aumenta la EXP ganada en combate en un 30%.

Efecto 2: Atrae a oponentes fuertes y débiles hacia el usuario con un 100% de probabilidad aumentada (efecto “Señuelo del Caos”).

Efecto 3 (Combinación con “Pervertido con Suerte”): Aumenta la velocidad de enamoramiento y atracción de posibles parejas románticas en un 30%. El “aura de protagonista de harem” se intensifica significativamente.

Ruben se dejó caer en la cama, aturdido. ¿Una Sacred Gear? ¿Una de las Longinus? Su teoría del gacha estaba hecha trizas. ¿Acaso un artefacto de ese nivel se consideraba un “arma” o un “objeto”? La lógica del sistema era insondable. Y ahora, él era el anfitrión de Ddraig, un dragón cuyo poder rivalizaba con el de los Dioses. Las implicaciones eran aterradoras.

Koyuki lo observaba, su preocupación creciendo al ver su palidez y su silencio. “Ruben, por favor, dime qué fue eso. ¿Qué te hizo ese cristal?”

Él respiró hondo, juntando sus pensamientos. Miró a Koyuki a los ojos, sabiendo que no podía ocultarle esto.

“Koyuki… eso no era un objeto. Era… un legado. Un poder de un mundo donde los dragones, ángeles y demonios coexisten.” Le explicó, lo más sencillo que pudo, lo que era la Boosted Gear. Le habló de Ddraig, el dragón sellado en su interior, y del potencial increíble que representaba, capaz de duplicar su poder y, eventualmente, alcanzar cotas que desafiaban la realidad.

Luego, llegó a los contras. “Este poder… es un imán para el conflicto,” dijo, su voz grave. “Atraerá a enemigos poderosos como la miel atrae a las moscas. Gente que querrá robarlo, matarme o usarme. Nuestra vida, que ya iba a ser peligrosa, se volverá mucho más… complicada.”

Y entonces, llegó al punto más delicado. “Y hay otra cosa.” Señaló la interfaz mental. “Este poder tiene un efecto secundario. Combina con mi… suerte peculiar. Básicamente, aumenta las probabilidades de que… más mujeres se sientan atraídas por mí. De manera significativa.”

La realidad del harem, un concepto que hasta ahora había sido una cláusula en un pergamino y una posibilidad futura, se volvió de repente tangible e inevitable. El “aura de protagonista” de Rubén acababa de recibir un potenciador masivo.

Koyuki se quedó en silencio, procesando todo. No estaba enfadada, sino profundamente pensativa. Su narcisismo libraba una batalla interna. Por un lado, la idea de compartir a su hombre con una multitud de mujeres era irritante. Por otro, el poder que él acababa de obtener era monumental, y ella era, ante todo, una guerrera que entendía la necesidad de fuerza. Además, los estatutos que ella misma había redactado estaban diseñados para esto.

Finalmente, suspiró. “Bueno, al menos no te aburrirás,” dijo con una sonrisa resignada. “Y supongo que esto significa que tendré que ser aún más fuerte para asegurar mi puesto como la ‘número uno’.” Su tono era de aceptación, no de derrota. Era un nuevo desafío, y ella nunca se achicaba ante un desafío.

Ruben sintió un alivio inmenso. Ella lo entendía.

Mientras se preparaban para dormir, Rubén revisó una última vez su habilidad.

SISTEMA: CAMINANTE DE UMBRALES (Nv. 3 – 40%)

TIEMPO PARA RECARGA DE UMBRAL: 1 semana.

TOKENS DE INVOCACIÓN DISPONIBLES: 4

Una semana. Solo siete días separaban a este nuevo Rubén, anfitrión de un Dragón Celestial y maestro de Nen, de su próximo salto al multiverso. El caos en su vida acababa de subir varios niveles, pero miró a Koyuki, que se retiraba a su habitación con una expresión de determinación, y supo que, fuera lo que fuera lo que les esperaba al otro lado del umbral, lo enfrentarían juntos. El camino se había vuelto más peligroso y extraño, pero también infinitamente más emocionante.

El fin de semana había terminado, y con él, la intensa sesión de entrenamiento que había dejado a Rubén y Koyuki exhaustos pero con un progreso tangible. La Boosted Gear, incluso en su estado latente, era una presencia constante, un calor familiar que ardía en el brazo izquierdo de Rubén como un segundo corazón. Habían entrenado hasta el agotamiento, con Koyuki actuando como sparring y ancla, su bonus de sinergia del 60% acelerando el proceso. Aun así, el despertar del artefacto era un desafío monumental. Un día entero de esfuerzo sobrehumano, empujando el único “boost” disponible una y otra vez contra la resistencia de Koyuki, solo había logrado un 50% de progreso. Necesitarían al menos otro día de trabajo espartano para cruzar el umbral y despertar a Ddraig oficialmente.

Pero el mundo mundano no esperaba. Era lunes, y el deber llamaba a las puertas de la educación obligatoria. Por primera vez, Koyuki no podía escapar. Su período de gracia había terminado, y la Preparatoria Naranja la esperaba.

Esa mañana, una transformación notable tuvo lugar. Koyuki Akashi, la guerrera de la Torre Celestial, la usuaria de Nen, se miró en el espejo del baño y vio el reflejo de una estudiante. El uniforme de la Preparatoria Naranja le quedaba con una elegancia mortífera. La chaqueta blanca, impecable, llevaba bordado en el pecho el emblema de la escuela: una estrella naranja. Debajo, una camisa de color crema y una corbata de seda de un naranja oscuro y elegante. La falda plisada, de un tono gris oscuro, le llegaba justo por encima de las rodillas, revelando piernas que, aunque ahora parecían esbeltas y comunes, ocultaban la fuerza para destrozar rocas. Su cabello azabache, usualmente suelto o recogido de manera práctica para el combate, estaba peinado con un cuidado inusual, cayendo en ondas suaves sobre sus hombros. Sus ojos oscuros, siempre analíticos y llenos de determinación, ahora también reflejaban un dejo de curiosidad y, quizás, una pizca de aprensión ante este nuevo campo de batalla.

Ruben, al verla bajar las escaleras, se quedó un momento en silencio. La vio no solo como su amante y rival, sino como una chica increíblemente hermosa que se adentraba en un mundo desconocido. “Estás… impresionante,” logró decir, su voz un poco ronca.

Koyuki se sonrojó levemente, un gesto raro en ella. “Es solo una armadura diferente,” replicó, ajustando la corbata con una torpeza que resultaba encantadora. “Pero agradezco el cumplido.”

Salieron de casa tomados de la mano, una imagen de pareja adolescente perfecta que ocultaba una realidad interdimensional. El camino a la escuela fue una experiencia surrealista para Koyuki. Observaba los coches, los semáforos, los otros estudiantes con sus mochilas y risas, todo con la intensidad de una exploradora en un planeta alienígena. Para Rubén, era un recordatorio agridulce de la vida que había dejado atrás, una vida que ahora le parecía insípida y constrictiva.

Al acercarse a la entrada de la Preparatoria Naranja, se encontraron con un espectáculo que detuvo a Koyuki en seco. Allí, jadeando y con el rostro congestionado por el esfuerzo y la humillación, estaba Goliath. Pero no era el matón arrogante de la semana pasada. Su cabello, usualmente peinado con gomina, estaba revuelto y sudoroso. Su ropa, aunque era la misma, parecía arrugada y polvorienta. No llegaba en limusina ni en el coche deportivo de su padre. Estaba corriendo, con una mochila que parecía pesar una tonelada en su espalda.

“¿Qué le sucede a él?” preguntó Koyuki, frunciendo el ceño con confusión. “Parece un animal acorralado.”

“Su castigo,” explicó Rubén en un tono bajo. “Su padre le quitó todos sus privilegios. Ahora tiene que valerse por sí mismo, como todos los demás.”

Koyuki observó a Goliath con una curiosidad clínica. No sentía lástima; para ella, la disciplina y las consecuencias eran parte natural de la vida. Asintió, comprendiendo. “Bien. La debilidad debe ser purgada.”

Mientras entraban al edificio, las miradas se posaron sobre ellos con una intensidad renovada. Todos los chicos en el vestíbulo vieron a Koyuki. Su belleza exótica, su postura altiva y la aura de peligro controlado que emanaba, incluso reprimida, eran imposibles de ignorar. Y al verla tomada de la mano de Rubén González, el antiguo “nerd”, una ola de envidia silenciosa pero palpable barrió la entrada. Murmullos susurrados seguían sus pasos. “¿Esa es la chica nueva?” “¿Está con González?” “¿Cómo es posible?”

Ruben, ahora insensible a esas miradas después de sus experiencias, se sentía extrañamente orgulloso. Koyuki, por su parte, ignoraba por completo la atención. Su enfoque estaba en el entorno, memorizando pasillos, salidas y caras. Para ella, esto era una misión de reconocimiento.

Llegó el momento de la separación. Un profesor auxiliar llegó a buscar a Koyuki para guiarla a su salón de clases, que estaba en un ala diferente a la de Rubén.

“Todo estará bien,” le susurró Rubén, apretándole la mano. “Solo recuerda, son civiles.”

“Lo sé,” respondió ella, su voz serena. Pero antes de soltarle la mano, sus ojos se encontraron con los de él, y en ellos había una chispa de su antigua ferocidad. “Pero si alguno de ellos se pasa de la línea… los estatutos no prohíben la autodefensa.” No era una pregunta, era un recordatorio.

Él asintió, conteniendo una sonrisa. “Solo no los lastimes demasiado.”

Koyuki fue llevada a su clase de segundo año, grupo C. Su entrada fue, como era de esperar, un evento. El profesor la presentó como “Koyuki Akashi, una estudiante de intercambio de… una academia muy tradicional”. Las chicas la miraban con una mezcla de curiosidad y celos. Los chicos, con la boca abierta, incapaces de disimular su admiración.

Durante la clase, Koyuki se sentó derecha y alerta, como si estuviera en una sesión de estrategia. Cuando el profesor le hizo una pregunta de historia, respondió con una precisión fría y factual, citando fechas y eventos con una memoria fotográfica que dejó a todos impresionados. No era conocimiento de este mundo, sino una extrapolación lógica de los principios que Rubén le había explicado, combinada con su inteligencia natural.

En el receso, un grupo de chicas se acercó a ella con sonrisas amistosas.

“¡Hola, Koyuki! ¡Qué bien te queda el uniforme!”

“¿Quieres almorzar con nosotras? Te podemos presentar a todos.”

Koyuki las miró. No con hostilidad, sino con la misma distancia con la que observaría un fenómeno natural interesante pero irrelevante. “Agradezco la oferta,” dijo, su tono educado pero frío. “Pero tengo planes previos.”

Casi al mismo tiempo, un par de chicos más atrevidos se acercaron, inflando el pecho.

“Oye, Koyuki, ¿has visto el patio? Podríamos enseñártelo.”

“¿Qué tal si salimos este viernes? Debes de estar aburrida sin conocer a nadie.”

Aquí, la respuesta fue diferente. La frialdad en sus ojos se tornó en un hielo cortante. Su narcisismo y su sentido de la posesión se activaron al instante. Estos insectos no merecían ni un segundo de su atención, y mucho menos se atrevieran a insinuarse cuando ella ya había reclamado a su rival, a su hombre.

“Mi tiempo y mi compañía no están disponibles para ustedes,” dijo, su voz clara y cortante como una cuchillada. No hubo ambigüedad, ni coquetería, ni juego. Era un rechazo absoluto y terminal. “Tengo un compromiso. No me molesten.” Y sin esperar respuesta, se dio la vuelta y salió del salón, dejando a los chicos congelados en el lugar, heridos en su orgullo juvenil.

Ella sabía exactamente a dónde ir. Rubén le había descrito el patio de la escuela, el “Gran Roble”, el punto de encuentro más popular. Caminó con determinación, ignorando las miradas que la seguían. Su Ten, activo de manera pasiva, hacía que la gente instintivamente se apartara de su camino, sintiendo la densidad de su presencia.

Y allí, bajo la sombra del viejo roble, estaba él. Rubén, con dos cajas de almuerzo que su madre había preparado. La vio acercarse y una sonrisa genuina iluminó su rostro.

Koyuki se sentó a su lado en el césped, su postura rígida relajándose levemente. Fue un gesto pequeño, pero para cualquiera que los observara, era enormemente significativo. La chica nueva, la que había rechazado a todos sin pestañear, se había derretido solo para él.

Sin importar las docenas de ojos que los observaban, Koyuki abrió su caja de almuerzo y comenzó a comer, sus hombros rozando los de Rubén. Le contó, en un tono que era una mezcla de fastidio y diversión, sobre los intentos de sus compañeros de clase.

“Son como cachorros persistentes,” dijo, mordiendo un sandwich. “No entienden la palabra ‘no’.”

Ruben se rió. “Es la escuela, Koyuki. Así son las cosas aquí.”

“Es ineficiente,” declaró ella, como si eso resolviera el asunto.

Pero su simple acto de sentarse juntos, de compartir la comida y la conversación con una intimidad tan natural, envió un mensaje más claro que cualquier anuncio. Los murmullos se extendieron como un reguero de pólvora.

“¿Lo ven? Está con él.”

“González… ¿qué tiene él que no tengamos nosotros?”

“Parece que Goliath no era el único que subestimaba a Rubén.”

Hasta los más escépticos tuvieron que admitirlo. La conexión entre ellos era innegable. No era una pareja cualquiera; había una sincronía en sus movimientos, una profundidad en sus miradas compartidas que trascendía el noviazgo adolescente. Eran dos piezas de un mismo rompecabezas, unidas por algo que nadie más en ese patio podía comprender.

Goliath, que observaba desde la distancia mientras masticaba un sándwich solitario y rancio, era quizás el único que se negaba a aceptarlo. Su rabia hervía a fuego lento. Para él, Rubén seguía siendo el debilucho que merecía ser su víctima. Verlo con una chica como Koyuki era una afrenta personal, un recordatorio de su propia caída en desgracia. Pero por ahora, con la sombra del castigo de su padre sobre él, no podía hacer nada más que mirar y envenenarse con su propia impotencia.

Para Rubén y Koyuki, sin embargo, el almuerzo fue un oasis de normalidad en sus vidas cada vez más complejas. Era un recordatorio de que, sin importar los dragones sellados en sus brazos, los umbrales interdimensionales que los esperaban o los enemigos cósmicos que atraían, tenían esto. Un momento de paz, compartido bajo el sol de la tarde, en el campo de batalla más mundano y, a la vez, más preciado: el simple acto de estar juntos. Y para todos los que los observaban, quedó grabada una verdad: Rubén González y Koyuki Akashi eran una unidad. Inseparables.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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