El viajero interdimensional - Capítulo 8
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- Capítulo 8 - 8 Capitulo 7 Piso 101
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8: Capitulo 7: Piso 101 8: Capitulo 7: Piso 101 Los siguientes días se convirtieron en una rutina surrealista para Rubén.
Su santuario en el piso 100 ya no se sentía completamente seguro, pues cada vez que salía, tenía la desagradable sensación de ser el objetivo de un radar viviente cuyo único propósito era su captura.
Koyuki Akashi había elevado su persecución a niveles casi artísticos.
Rubén empleaba tácticas que hubieran hecho sonrojar a un espía de alto nivel: salía por puertas de servicio, usaba el Soru para cambiar de dirección bruscamente en medio de multitudes, e incluso se ponía discretas gorras y gafas de sol.
Pero Koyuki, impulsada por una mezcla de indignación, curiosidad y una herida narcisista que no cerraba, poseía una tenacidad aterradora.
Parecía tener un sexto sentido para encontrarlo.
A veces, Rubén sospechaba que su propio Sistema de Relaciones, al mostrarle la ubicación de Koyuki, creaba una especie de conexión simbiótica que ella, de manera intuitiva, también podía sentir.
Sus encuentros seguían un patrón predecible pero inevitable.
A veces, Rubén, distraído mientras compraba provisiones, sentía un golpecito en el hombro.
Al girar, se encontraba con los ojos ámbar de Koyuki, que lo miraban con una mezcla de triunfo e irritación.
“Te tengo,” decía ella, con los brazos cruzados.
Lo que seguía era un ballet cómico de evasión.
Rubén, sin decir una palabra, daba media vuelta y comenzaba a caminar rápidamente.
Koyuki lo seguía, iniciando su interrogatorio a volumen moderado.
“¿De dónde sacaste esa espada?
No la tenías antes.” “¿Por qué tu respiración es tan estable después de correr?” “¿Esa técnica de teletransporte…es un tipo de Nen avanzado que estás ocultando?” Rubén se limitaba a esquivar transeúntes y aumentar el paso, fingiendo sordera selectiva.
Cuando la presión se volvía insostenible y Koyuki empezaba a agarrarlo del brazo con intención de detenerlo, no había más remedio que el Soru.
Desaparecía en un instante, dejando a Koyuki con la palabra en la boca y un puñado de aire.
La frustración en su rostro era tan intensa que casi se podía tocar.
Otras veces, la confrontación era más física.
Koyuki, harta de ser ignorada, lo acorralaba en un callejón o, en una ocasión memorable, en la sección de productos lácteos de un supermercado.
Adoptaba su postura de combate.
“Si no vas a hablar, te sacaré las respuestas a la fuerza,” declaraba, lanzando un fouetté rápido hacia su cabeza.
Estas batallas eran breves y unilaterales.
Rubén, con su Soru Intermedio, era prácticamente intangible para ella.
Esquivaba sus patadas con movimientos mínimos, usando su Destreza 16.96 para leer sus ataques antes de que se desarrollaran por completo.
A veces, solo para demostrar su superioridad y disuadirla, contraatacaba con un golpe controlado pero firme, un golpe en el hombro que la hacía retroceder, o un bloqueo preciso que le dejaba la pierna adormecida.
La derrota, en lugar de aplastar su espíritu, parecía alimentar un fuego interno en Koyuki.
Cada vez que caía o su ataque fallaba estrepitosamente, Rubén podía ver en sus ojos cómo la humillación se transformaba en una determinación de acero.
Ella se levantaba, se sacudía el polvo (o los restos de un estante de yogur, en el incidente del supermercado) y lo miraba no con odio, sino con la intensidad de un científico que ha encontrado un fenómeno que desafía todas las leyes conocidas.
“¿Cómo?” era lo único que podía preguntar, jadeando, su belleza ahora marcada por el sudor y la incredulidad.
“En mi dojo, el maestro nos decía que la maestría viene con años de repetición, de entender cada músculo, cada tendón.
Tú…
tú solo haces las cosas.
Es como si ya supieras cómo hacerlo y solo estuvieras recordando.” Rubén se sentía un poco culpable.
Ella tenía razón.
Su Libro de Aprendizaje Rápido y su interfaz que convertía la experiencia en porcentajes de maestría eran el mayor de los atajos.
Él no estaba “aprendiendo” en el sentido tradicional; estaba “desbloqueando” niveles de competencia preprogramados.
Ver la genuina confusión y la crisis existencial que esto le causaba a Koyuki, una guerrera que había dedicado su vida a su arte, era un recordatorio de lo anómalo que era su poder.
Mientras tanto, en los escasos momentos de paz que lograba robar, Rubén se concentraba en su verdadero objetivo: prepararse para la batalla del piso 101.
Con su Soru ahora en maestría intermedia, comenzaba a experimentar con combinaciones.
Usar el Soru no solo para esquivar, sino para crear ángulos de ataque imposibles.
Imagínese aparecer detrás de un oponente y, en el mismo instante en que materializaba, lanzar un gancho al hígado.
La velocidad y la sorpresa serían abrumadoras.
Pero su mirada estaba puesta en horizontes más lejanos.
En la pestaña de 【TÉCNICAS】, dos habilidades del Rokushiki de One Piece brillaban con una luz tentadora, casi al alcance de su mano: · Tekkai (Hierro): Requisitos: SALUD 17, FUERZA 16.
· Kami-e (Forma de Papel): Requisitos: DESTREZA 18, ARCANO 14.
El Tekkai era una defensa perfecta.
Endurecer el cuerpo como el acero para convertirte en una fortaleza inmóvil.
Imagínate poder detener un golpe crítico sin inmutarse.
Por otro lado, Kami-e era la evasión llevada al extremo: esquivar ataques con la fluidez de un trozo de papel meciéndose en el viento, haciendo que los golpes más poderosos pasaran de largo sin tocarlo.
Era el complemento perfecto para el Soru.
Sin embargo, había un problema.
Para subir su SALUD de 16 a 17 y así desbloquear el Tekkai, necesitaba una cantidad considerable de EXP.
La única forma fiable de obtenerla era a través de un combate real y desafiante en la Torre.
Derrotar a Koyuki ya no era una opción; la experiencia que ella otorgaba se había reducido a una miseria, un mero goteo.
Era como si el sistema considerara que ella ya no representaba un desafío significativo para su nivel actual.
Su oponente en el piso 101 era la clave.
Un luchador anónimo, pero en los pisos altos, el anonimato solía ocultar a monstruos.
Esa victoria le daría la inyección de EXP que necesitaba para dar ese salto crucial.
Una noche, seguro de haber evadido a Koyuki por fin, Rubén se encontraba en la azotea de un edificio cercano a la Torre, practicando sus movimientos con la espada a la luz de la luna.
Su habilidad de Espadachín había subido al 72% (Novato), y cada vez se sentía más natural blandir a Hermana Oscura.
De repente, una sombra se recortó en la entrada de la azotea.
Era ella, por supuesto.
Jadeaba ligeramente, como si hubiera subido las escaleras corriendo.
“Pensé que te gustaban los lugares altos,” dijo, su voz era menos airada y más…
resignada, pero no menos determinada.
Rubén suspiró, bajando la espada.
“¿No te cansas?” “Me cansaré cuando obtenga mis respuestas,” replicó ella, acercándose.
Pero en lugar de adoptar una postura de lucha, se apoyó en la barandilla, mirando las luces de la ciudad.
“Solo dime una cosa, Rubén.
¿Todo ese poder…
te costó algo?
¿O simplemente…
lo obtuviste?” La pregunta lo tomó por sorpresa.
Era profunda.
¿Qué le había costado?
Su vida anterior.
Su familia.
La normalidad.
La paz mental.
Había renacido en un mundo donde la muerte era una posibilidad constante.
Sí, había costado todo.
“No fue gratis,” respondió él, su voz más suave de lo que pretendía.
Ella lo miró de reojo, estudiando su rostro.
Por primera vez, no vio evasión o burla en sus ojos, sino una sombra de algo pesado.
Asintió lentamente, como si esa pequeña verdad fuera un fragmento del rompecabezas que tanto ansiaba.
“Mañana es tu pelea en el piso 101, ¿verdad?” preguntó, cambiando de tema.
Rubén asintió con cautela.
“Bien,” dijo ella, y una sonrisa extraña, casi de complicidad, jugueteó en sus labios.
“No pienso perdérmela.
Quiero ver qué nuevo truco imposible sacarás de la manga.” Antes de que Rubén pudiera responder, ella se dio la vuelta y se dirigió hacia la salida.
“¡Y no intentes esconderte!
¡Te encontraré en la arena!” gritó sobre su hombro antes de desaparecer por las escaleras.
Rubén se quedó solo, con el eco de sus palabras.
Koyuki ya no era solo una perseguidora; ahora era una espectadora expectante.
La presión aumentaba.
Pero también, una parte de él, una parte que empezaba a respetar su tenacidad casi tan absurda como la suya propia, sentía una chispa de motivación.
Le mostraría de qué era capaz.
Derrotaría a su oponente, obtendría la EXP, desbloquearía el Tekkai y se volvería aún más inalcanzable para ella.
O, al menos, eso se decía a sí mismo.
Porque en el fondo, empezaba a sospechar que por mucho que se volviera más fuerte, Koyuki Akashi encontraría la manera de perseguirlo, desafiarlo y, de alguna manera, volverse una parte ineludible de su vida en este mundo.
El juego del gato y el ratón continuaba, y él no estaba seguro de quién era quién.
— FICHA DE ESTADÍSTICAS – RUBEN GONZALEZ (Pre-Batalla Piso 101) Habilidad Principal: Caminante de Umbrales (Nivel 3 – 4%) Mundo Actual:Hunter x Hunter Ubicación Actual:Torre Celestial, Azotea de edificio adyacente.
Dinero Actual:22,500,000 Jenny ESTADO GENERAL · Nivel de Usuario: 64 · Salud (SAL): 16 · Estamina (EST): 15 (+6% Bonus Pasivo = Efectivo 15.9) · Fuerza (FUE): 15 · Destreza (DES): 16 (+6% Bonus Pasivo = Efectivo 16.96) · Inteligencia (INT): 13 · Fe (FE): 10 · Arcano (ARC): 15 · Puntos de Experiencia (EXP) Acumulados: 0 · Próximo Nivel de Usuario: ???
EXP HABILIDADES ESPECIALES · Soru (One Piece): Intermedio (4%).
Velocidad +400%.
Coste de Estamina -40%.
· Espadachín: Novato (72%).
+5% daño con espadas largas/curvas.
OBJETIVOS INMEDIATOS 1.
Derrotar al oponente del Piso 101 para obtener una gran cantidad de EXP.
2.
Usar la EXP para subir SALUD a 17 y FUERZA a 16 (o cerca) para desbloquear Tekkai.
3.
Continuar evadiendo (o soportando) a Koyuki Akashi.
————————- ¡Por supuesto!
Aquí tienes el épico enfrentamiento en el piso 101, narrado con todo lujo de detalles.
— Episodio 12: La Danza de la Libélula y el Relámpago El ambiente en la antesala del piso 101 era radicalmente diferente a todo lo que Rubén había experimentado en la Torre.
Ya no era el bullicio anónimo de los pisos bajos, ni la tensión concentrada de los pisos 90.
Aquí, se respiraba un aire electrizante, casi teatral.
Había luces de colores barriendo los pasillos, cámaras de transmisión siguiendo sus movimientos, y un murmullo expectante de la multitud que se filtraba a través de las gruesas paredes.
Al alcanzar el piso 100, un luchador dejaba de ser un simple participante para convertirse en una atracción, una pieza valiosa en el espectáculo de la Torre Celestial.
Cuando las puertas de la arena se abrieron para él, fue recibido por una explosión de luz y sonido.
El rugido de la multitud era un animal vivo, y los focos lo cegaron por un instante.
El ring, ahora, era más amplio, con una superficie de canvas impecable y cuerdas que brillaban bajo las luces.
Era un escenario, y él, el protagonista de una obra donde el guión se escribía con golpes y la trama podía cambiar con una sola derrota.
Desde la otra esquina, su oponente hizo su entrada.
Una silueta esbelta y grácil que se movía con una fluidez hipnótica.
Era una joven de cabello lavanda, largo y sedoso, que caía en ondas suaves sobre sus hombros.
Llevaba un ajustado unitard blanco que no dejaba nada a la imaginación, acentuando unas caderas amplias y redondeadas, y un busto generoso que se balanceaba con cada paso seguro.
Pero su belleza, casi etérea, estaba subyugada por el porte que proyectaba: erecto, noble, como una princesa guerrera de un reino olvidado.
Sus movimientos no eran solo ágiles; eran económicos, elegantes, cada gesto parecía coreografiado en un ballet mortal.
Su nombre resonó en los altavoces: Lady Lyra.
Rubén, incluso antes de que el combate comenzara, sintió el zumbido de advertencia de su Arcano 15.
No era una sensación de peligro bruto o de fuerza aplastante, como con Goliath.
Era algo más sutil, más afilado.
Un hormigueo en la nuca que le susurraba: “Velocidad.
Flexibilidad.
Precisión.
No es fuerte, pero es…
escurridiza.
Un error y te hará pedazos.” Su intuición, afinada por el stat arcano, le pintaba un cuadro claro: esta batalla sería una carrera, una cacería donde él sería tanto el cazador como la presa.
En las gradas, entre el mar de rostros, un par de ojos ámbar lo seguían con intensidad.
Koyuki Akashi estaba allí, como había prometido.
Pero la expresión burlona o frustrada de siempre había dado paso a una seriedad inusual.
Cruzaba los brazos, sus dedos apretándose contra su propia piel.
Conocía la reputación de Lady Lyra.
Era conocida como “La Libélula Veloz”, una luchadora que destrozaba a sus oponentes con una sucesión implacable de golpes precisos, como si estuviera picando a su presa hasta agotarla.
Ver a Rubén, su enigmático y frustrante rival, en aparente desventaja desde el inicio, le provocó una sensación extraña y contradictoria.
Era una mezcla de “te lo dije” y una punzada de…
¿preocupación?
No, no podía ser.
Era solo el interés de una rival por ver cómo se desenvolvía el objeto de su obsesión.
El gong sonó, y Lyra se movió.
No fue una carga.
Fue un deslizamiento.
Sus pies apenas parecían tocar el canvas, propulsándola hacia Rubén con una aceleración sobrenatural.
No había preámbulos, no había tanteos.
Su estrategia era tan clara como letal: asaltar, abrumar, no dar respiro.
Rubén apenas tuvo tiempo de alzar la guardia.
Un jab rápido como el latido de un colibrí buscó su ojo.
Lo desvió con la parte exterior de su brazo.
Inmediatamente, una patada baja silbó hacia su rodilla.
Giró la cadera para esquivarla, pero la punta del pie de Lyra le rozó el muslo, dejando una estela de dolor adormecedor.
Y así comenzó el diluvio.
Lyra era un torbellino de extremidades.
Sus puños y pies creaban una pared de ataques continuos, un ritmo frenético y constante.
Golpes a las costillas, patadas a los muslos, fintas hacia la cabeza seguidas de ataques bajos.
No buscaba el nocaut de un solo golpe; buscaba la erosión.
Cada impacto que conectaba, por pequeño que fuera, sumaba.
Cada esquivada forzada de Rubén gastaba preciosos puntos de su Estamina.
Rubén se encontró en una posición inusual: la defensiva pura.
Usaba su Destreza 16.96 para bloquear, desviar y esquivar por los pelos.
Su Salud 16 era su mejor aliada, absorbiendo el castigo constante.
Pero era como intentar contener una marea con las manos.
Lyra no dejaba aperturas.
Su flexibilidad era demencial; podía lanzar una patada alta desde un ángulo imposible y, en el momento en que Rubén se preparaba para contraatacar, ya había retraído la pierna y lanzado tres golpes más con sus manos.
Koyuki, en las gradas, mordía su labio inferior.
Nunca había visto a Rubén tan acorralado.
Siempre lo había visto evadir con esa frustrante habilidad o contraatacar con fuerza bruta.
Esta era la primera vez que lo veía luchar “convencionalmente”, y a pesar de que se defendía bien, era evidente que estaba en desventaja.
“Vamos, idiota,” murmuró para sí, sin darse cuenta de que sus uñas se clavaban en sus brazos.
“Usa tu maldito truco.” Rubén, en el ring, pensaba exactamente lo mismo.
Pero no era tan simple.
Sabía que los rumores sobre su “teletransporte” habrían llegado hasta aquí.
Lyra, siendo una estratega meticulosa, sin duda tendría un contra preparado.
Atacar con el Soru de frente sería predecible y potencialmente desastroso.
Esperó.
Aguantó la tormenta.
Estudió su patrón, su respiración.
Con su Inteligencia 13, podía ver la coreografía detrás del caos.
Lyra tenía un ritmo de tres ataques rápidos seguidos de un microdescanso para reposicionarse, casi imperceptible para el ojo no entrenado.
Era en ese instante, en el cambio de momentum, donde estaba su oportunidad.
La apertura llegó tras una combinación particularmente agresiva: jab, directo, patada circular.
Lyra, por una fracción de segundo, bajó la guardia para recuperar el equilibrio perfecto de su postura.
Ahora.
Rubén no usó el Soru para atacar.
Lo usó para reposicionarse.
Con el coste de estamina reducido en un 40% gracias a su maestría Intermedia, la ejecución fue perfecta.
Para la multitud y para Lyra, no hubo un parpadeo.
Simplemente, Rubén, que estaba frente a ella defendiéndose, desapareció.
No hubo estela, no hubo sonido de viento.
Fue un corte limpio en la continuidad del espacio.
Lyra, tal como Rubén había predicho, estaba preparada.
Sus ojos se ensancharon y su cuerpo giró instintivamente, esperando un ataque por la espalda.
Pero su reacción estaba calibrada para la velocidad del Soru Novato.
El Soru Intermedio era un 100% más rápido.
Para cuando Lyra completó su giro, Rubén no estaba detrás de ella.
Estaba a su lado izquierdo, justo en su punto ciego, a medio metro de distancia.
El mundo para Lyra se ralentizó.
Vio a Rubén materializarse donde no debería estar.
Vio su brazo derecho, cargado con toda su Fuerza 15, ya en movimiento, sin ningún wind-up, aprovechando el momentum mismo del Soru.
Era un gancho de izquierdas perfecto, dirigido no a su cabeza, sino a un punto específico entre sus costillas flotantes, un punto que su conocimiento arcano le decía que era un centro nervioso clave.
No hubo tiempo para bloquear, ni para esquivar.
Solo para aceptar.
El impacto fue seco y resonante.
Un sonido a madera quebrada, aunque no fuera el caso.
Lyra sintió una explosión de dolor blanco que le arrancó el aliento.
Sus pulmones se negaron a funcionar.
Una oleada de náuseas la recorrió.
Sus piernas, antes tan firmes, se convirtieron en gelatina.
La vista se le nubló.
Lo último que vio fue el canvas acercándose a su rostro antes de que la oscuridad la engulfiera por completo.
Había caído inconsciente, no por la fuerza bruta del golpe, sino por la precisión quirúrgica del mismo, potenciada por una velocidad que había subestimado grotescamente.
El rugido de la multitud fue atronador.
El árbitro se abalanzó, contó hasta diez sobre un cuerpo que no se movía, y luego levantó el brazo de Rubén.
La victoria era suya.
Había ascendido al piso 101.
Rubén jadeaba, no tanto por el esfuerzo físico, sino por la descarga de adrenalina.
Había sido más cerca de lo que le gustaría admitir.
Miró hacia las gradas y, por un instante, sus ojos se encontraron con los de Koyuki.
Ella tenía los ojos abiertos, una mano sobre su boca.
No era triunfo lo que veía en su rostro, ni siquiera frustración.
Era asombro puro.
Él le había mostrado una nueva capa de su poder, y la había dejado sin palabras.
Entonces, la fría notificación de su sistema apareció, trayéndolo de vuelta a la realidad.
¡Victoria!
+2,350 EXP adquiridos.
Progreso hacia Nivel 3 de Caminante de Umbrales: 5%.
Maestría de Soru: Intermedio (6%).
Dinero actual: 24,000,000 Jenny.
Rubén analizó los números.
2,350 EXP.
Una suma considerable, la mayor que había recibido de una sola pelea.
Pero al consultar el coste para subir Salud de 16 a 17, vio que necesitaba 3,200 EXP.
Aún le faltaba.
No era suficiente para desbloquear el Tekkai todavía.
Una punzada de frustración lo recorrió, pero fue breve.
Esto solo significaba que tenía que seguir ascendiendo.
Los pisos 101 al 199 eran su nuevo campo de cultivo, su granja de experiencia de alta calidad.
Cada victoria aquí lo acercaría no solo al piso 200, sino a las habilidades que necesitaba para sobrevivir en Dragon Ball Z.
Mientras bajaba del ring, sintió la mirada de Koyuki quemándole la espalda.
Ya no era la mirada de una simple perseguidora.
Era la mirada de alguien que había visto un destello de verdadero poder y que estaba más determinada que nunca a comprenderlo, a alcanzarlo, o a dominarlo.
El juego había cambiado.
La Garza Escarlata ya no solo quería respuestas; quería un pedazo de ese relámpago que acababa de presenciar.
Rubén González, con una nueva victoria bajo su cinturón y un camino claro de progresión por delante, sonrió para sus adentros.
La forja continuaba, y cada golpe, cada gota de sudor y cada punto de EXP lo acercaban a convertirse en la amenaza multiversal que necesitaba ser.
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