El Vínculo de los Fragmentos: Crónica de las Bestias del Éter - Capítulo 13
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- Capítulo 13 - 13 Capítulo 13 La Orden del Vacío
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13: Capítulo 13: La Orden del Vacío 13: Capítulo 13: La Orden del Vacío En el corazón de las Montañas Esquirla, donde el aire es tan delgado que ni las bestias más fuertes se atreven a volar, se erige un templo negro tallado directamente en la roca.
No tiene puertas, ni ventanas, ni campanas.
Solo un portal sin luz que absorbe todo sonido.
Aquí habita la Orden del Vacío.
Dentro del templo, el silencio es absoluto.
Los pasillos están cubiertos de espejos rotos que no reflejan rostros, solo sombras distorsionadas.
Las antorchas arden con llamas negras que no emiten calor.
Y en lo más profundo, un gran salón circular alberga un trono de piedra suspendido por cadenas de éter.
En el trono, un hombre observa el mundo desde la oscuridad.
Su nombre se ha perdido, pero los seguidores lo llaman “Maestro del Fin”.
Su rostro está cubierto por una máscara fracturada que parece flotar a unos centímetros de su piel.
Sus ojos, si alguna vez los tuvo, fueron reemplazados por pozos de nada.
Y a su lado, reposa una bestia diferente a todas las conocidas: una criatura sin forma definida, hecha de vacío, que se alimenta de fragmentos corrompidos.
Un grupo de acólitos entra al salón y se arrodilla.
Cada uno lleva la misma máscara lisa que vio Kael.
Son los Portadores del Vacío, humanos que han roto su vínculo original con sus bestias para fundirse parcialmente con el poder de la nada.
—Maestro —dice uno de ellos, con la voz quebrada por el silencio—.
Encontramos a los dos fragmentados del fuego y del agua.
Son… más fuertes de lo previsto.
El Maestro del Fin inclina ligeramente la cabeza.
—¿Los fragmentos los eligieron?
—pregunta, su voz reverberando como un eco eterno.
—Sí.
Ambos.
Y… —el acólito duda un instante— uno de ellos… porta la sombra original.
El vínculo puro que dejamos escapar.
Un silencio aún más profundo cae sobre la sala.
La criatura sin forma emite un sonido como un cristal al romperse.
—Entonces… —dice el Maestro— es cierto.
El Vínculo aún respira.
Y el mundo… sigue prisionero.
El Maestro se levanta del trono.
A cada paso, la piedra del suelo se desintegra y se recompone tras él.
Se acerca a un mapa grabado en la pared, donde los fragmentos elementales brillan débilmente.
—Pronto encontrarán los fragmentos del aire y la tierra —susurra—.
Y entonces creerán que pueden reconstruir el Vínculo.
Coloca una mano sobre el mapa, y una grieta lo atraviesa.
Los puntos de luz parpadean, apagándose uno a uno.
—Pero no entienden —continúa— que el Vínculo no fue un regalo… sino un candado.
Un pacto que nos ató a las bestias, que nos dividió y condenó a repetir la ruina.
La bestia de vacío se arrastra junto a él, dejando rastros de oscuridad.
—Nosotros lo abriremos.
Hallaremos la Fuente del Éter.
Y cuando lo hagamos… el mundo se desfragmentará.
Libre de bestias.
Libre de vínculos.
Libre… de humanidad rota.
Un acólito se atreve a hablar: —¿Y si los fragmentados interfieren, Maestro?
El hombre gira lentamente, y aunque no tiene ojos, todos sienten su mirada.
—Entonces los romperemos.
Los haremos parte del vacío.
Y cuando recuerden que alguna vez existieron… …será demasiado tarde.
La bestia de vacío ruge en silencio.
Las cadenas del trono se tensan.
Y la Orden del Vacío despierta para cazar.
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