El Vínculo de los Fragmentos: Crónica de las Bestias del Éter - Capítulo 4
- Inicio
- El Vínculo de los Fragmentos: Crónica de las Bestias del Éter
- Capítulo 4 - 4 Capítulo 4 Refugio Umbra
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
4: Capítulo 4: Refugio Umbra 4: Capítulo 4: Refugio Umbra El viento era más suave en la superficie.
Tras escapar por las grietas del pasaje secundario, Kael y Rho caminaron durante horas sin rumbo fijo, guiados solo por la bruma y la intuición.
Las dunas de ceniza daban paso a riscos de roca negra, moldeados por siglos de tormentas tóxicas.
En el cielo, no había sol, solo un resplandor lejano y sucio, como si el propio firmamento estuviera enfermo.
Kael apenas hablaba.
El fragmento en su pecho aún palpitaba, y la sombra ilusoria que había invocado seguía resonando en su memoria.
Lo había sentido real.
Demasiado real.
—¿Vamos en dirección a otra mazmorra?
—preguntó finalmente.
Rho negó con la cabeza.
—No.
Vamos hacia el silencio.
Kael frunció el ceño.
—¿El qué?
Pero antes de que pudiera obtener respuesta, lo vio.
Entre dos columnas de basalto, oculto a simple vista, había un arco de piedra cubierto de inscripciones antiguas.
Más allá, un sendero descendía entre raíces retorcidas e hilos de niebla azul.
El aire cambió.
Ya no olía a metal o sangre, sino a tierra húmeda, hierba extraña… y paz.
Entraron.
Lo que encontraron al otro lado no era una ciudad, ni una aldea.
Era un conjunto de cavernas iluminadas por cristales flotantes, árboles que brotaban de la roca y construcciones hechas de materiales recuperados.
Techos de tela viva, muros de madera cantarina, pequeños fuegos que no quemaban.
Y personas.
Docenas.
Todos Buscadores.
Algunos entrenaban con sus bestias, otros meditaban en silencio.
Un niño jugaba con una criatura parecida a un ciervo azul.
Nadie peleaba.
Nadie gritaba.
Una mujer se acercó, su presencia tranquila, su andar firme.
No llevaba armadura ni espada.
Solo un manto gris y una cicatriz en la frente que formaba el símbolo del vínculo roto.
—Bienvenido a Umbra —dijo—.
Aquí no se sube de nivel.
Aquí… se sana.
Kael bajó la espada lentamente.
—¿Qué es este lugar?
—Un refugio entre los fragmentos.
Ni la Colmena ni las mazmorras lo controlan.
Aquí descansan los que ya han perdido demasiado… o los que buscan un nuevo propósito.
Ella se presentó como Erra, antigua Buscadora de nivel tres.
Su bestia —una pantera de tierra— ahora dormía eternamente bajo las raíces del santuario.
Aun así, su vínculo seguía vibrando en su piel.
Durante los días siguientes, Kael conoció a otros como él.
Sobrevivientes.
Fracturados.
Uno de ellos era un chico ciego que podía “ver” las vibraciones del éter.
Otro, una anciana que usaba a su bestia para enseñar música a los niños.
Nadie buscaba gloria, solo equilibrio.
Pero Kael no podía olvidar.
Cada noche soñaba con su hermano, con las mazmorras que aún lo esperaban, con los fragmentos que debía reunir.
Su destino no era quedarse.
Pero en Umbra, por primera vez, entendió algo vital: No todos los vínculos se forjan en batalla.
Algunos nacen en el dolor compartido.
—¿Cuánto tiempo más te quedarás?
—preguntó Rho una tarde, mientras observaban el atardecer azul desde una terraza de cristal.
Kael no respondió de inmediato.
—Lo suficiente —dijo al fin—.
Pero no demasiado.
Aún hay fragmentos que debo encontrar.
Rho asintió.
Sus ojos sombra miraban el horizonte como si ya supieran el camino.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com