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El Yerno Millonario - Capítulo 1

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  3. Capítulo 1 - 1 El yerno que nadie quería
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1: El yerno que nadie quería 1: El yerno que nadie quería La lujosa villa de la familia Willson resplandecía de luz.

Esa noche se celebraba el banquete de cumpleaños de la señora Willson, la matriarca del clan, quien cumplía setenta años.

Nietos, nietas y yernos desfilaban uno tras otro con regalos entre las manos.

—Abuela, sé que amas el té.

Este ladrillo de té Pu’er con cien años de antigüedad vale quinientos mil; es mi regalo de cumpleaños para ti.

—Abuela, sé que tienes devoción por el Buda.

Este Buda de jade está tallado en jade Hetian y vale setecientos mil.

La anciana señora Willson contemplaba los obsequios con una sonrisa que le iluminaba el rostro, contagiando de alegría a toda la familia.

Fue entonces cuando Charlie, el yerno mayor de los Willson, rompió el silencio: —Abuela, ¿podría pedirle prestado un millón?

La tía Lena, del orfanato, tiene uremia y necesita dinero para su tratamiento.

Un silencio helado cayó sobre toda la sala.

Todos miraron a Charlie con los ojos desorbitados, incapaces de creerlo.

¡Vaya descaro el de ese yerno!

La señora Willson ni siquiera había terminado de celebrar su cumpleaños.

No sólo no había traído ningún regalo, sino que encima se atrevía a pedirle prestado un millón.

Tres años atrás, el difunto patriarca Willson había traído a Charlie de quién sabe dónde y se había empeñado en casarlo con su nieta mayor, Claire Willson.

En aquel entonces, Charlie no tenía ni un centavo —igual que ahora.

Después de la boda, el patriarca falleció.

Desde entonces, la familia Willson no había dejado de buscar la manera de deshacerse de él.

Lo que ocurría era que Charlie era impasible ante todo: los insultos y los desprecios le resbalaban como el agua.

Así que seguía ahí, viviendo en casa de su suegra como el yerno que nadie quería.

Pedirle dinero prestado a la señora Willson era un último recurso; no tenía a dónde más acudir.

La tía Lena, la mujer del orfanato que lo había acogido y criado, padecía uremia.

La diálisis y el trasplante de riñón requerían al menos un millón.

No le quedaba otra opción.

Charlie pensó que, siendo el cumpleaños de la señora Willson, quizás el buen humor la haría más compasiva y estaría dispuesta a ayudarlo.

No lo esperaba así.

La anciana señora Willson, que un segundo antes reía con toda la boca, torció el gesto de golpe.

Arrojó la taza de té contra el suelo y estalló furiosa: —¡Bastardo inútil!

¿Viniste a celebrar mi cumpleaños o a pedirme dinero?

Claire, la esposa de Charlie, se apresuró a interponerse entre ambos: —Abuela, Charlie no tiene modales, no se moleste, por favor.

Dicho esto, intentó jalar a Charlie hacia un lado.

Fue entonces cuando Wendy, la prima de Claire, soltó una carcajada burlona: —¡Hermana, mira qué clase de porquería de matrimonio tienes!

Gerald y yo apenas nos comprometimos y todavía no nos casamos, ¡y ya le regaló a la abuela un Buda de jade Hetian!

En cambio tu marido no trajo nada y todavía tiene cara de pedirle prestado a la abuela.

—Así es, cuñado Charlie.

Los dos somos yernos de los Willson, pero tú, siendo el mayor, ¡qué vergüenza das!

Quien habló fue Gerald, el prometido de Wendy, el hijo de una acaudalada familia local.

Aunque Gerald estaba a punto de casarse con Wendy, en su fuero interno no podía evitar la comparación: la belleza de Wendy no le llegaba ni a los talones a la de Claire.

Claire era la mujer más codiciada de Aurous Hill, y ver a semejante diosa casada con ese inútil le revolvía las entrañas.

—¡A esta basura hay que sacarlo de los Willson cuanto antes!

—¡Sí!

¡Este tipo nos ha puesto en ridículo a todos!

—Si me preguntan, lo del préstamo es un pretexto.

Lo que quería de verdad era arruinarle el cumpleaños a la señora Willson.

Charlie apretó los puños mientras la familia entera lo atacaba con insultos.

De no haber sido por los gastos médicos de la mujer que le salvó la vida, habría dado media vuelta y abandonado ese lugar lleno de hipocresía y ostentación.

Sin embargo, recordó las enseñanzas de su padre desde pequeño: que la gratitud recibida, por pequeña que sea, debe devolverse con creces.

Con ese pensamiento, trató de sofocar la humillación que le quemaba por dentro y se dirigió a la señora Willson: —Abuela, salvar una vida vale más que construir una pagoda de siete pisos.

Le pido que tenga compasión.

Alguien resopló con desprecio: —Wade, no vengas a contarle cuentos a la abuela.

Si quieres ayudar a alguien, búscate la vida solo.

¿Quién te crees para que la abuela pague tus deudas?

Era Harold, el hermano de Wendy.

Los hermanos siempre le habían tenido tirria a Claire, quien los superaba en todo, así que aprovechaban cualquier oportunidad para burlarse de Charlie.

Claire, visiblemente incómoda, intervino: —Abuela, Charlie perdió a su padre cuando tenía ocho años.

La tía Lena, del orfanato, lo crió.

Sólo quiere corresponderle a quien le dio tanto.

Por favor, ayúdelo.

La señora Willson frunció el ceño con el rostro ensombrecido: —¿Que lo ayude yo?

Está bien, pero con una condición: que Claire se divorcie de él y se case con el señor Jones.

Si lo hace, le doy el millón ahora mismo.

La señora Willson se refería a Wendell Jones, quien llevaba tiempo cortejando a Claire.

La familia Jones era una de las más poderosas de Aurous Hill, muy por encima de los Willson, y la matriarca siempre había querido congraciarse con ellos.

En ese momento, el mayordomo entró a paso rápido y anunció en voz alta: —¡El señor Jones mandó un regalo de cumpleaños!

¡Un amuleto de jade tallado de Laokeng, valorado en tres millones!

La señora Willson se iluminó y exclamó: —¡Tráiganlo de inmediato, quiero verlo!

El mayordomo presentó el amuleto de jade: una pieza de color verde intenso, cristalina, sin una sola impureza.

Era, sin lugar a dudas, una joya de primera calidad.

Gerald, que había regalado el Buda de jade Hetian, miró el amuleto con el rostro desencajado.

Que Wendell Jones, sin tener ningún vínculo con los Willson, fuera tan generoso lo tomó por sorpresa.

La señora Willson acariciaba el amuleto con deleite: —¡Ay, el señor Jones es de lo más considerado!

Si llegara a ser mi yerno, ¡me moriría feliz!

Luego levantó la vista hacia Claire: —¿Y bien?

¿Qué me dices de mi propuesta?

¿Lo piensas?

Claire negó con la cabeza: —Abuela, no voy a divorciarme de Charlie.

El rostro de la señora Willson se ensombreció al instante, y descargó su furia: —¡No me vengas con esas!

¡Sigues aferrada a esa basura!

¡Que esa basura me desaparezca de la vista ahora mismo!

¡En mi banquete de cumpleaños no tiene nada que hacer!

Charlie estaba completamente decepcionado.

Ya no tenía nada que hacer ahí, así que le dijo a Claire: —Claire, voy al hospital a ver a la tía Lena.

—Entonces te acompaño —respondió Claire de inmediato.

La señora Willson intervino furiosa: —¡Si te vas tú también, ya no eres mi nieta!

¡Agarra a tus padres y lárgate de esta casa junto con ese inútil!

Claire palideció.

No esperaba que la señora Willson llegara tan lejos.

Charlie la miró y dijo con rapidez: —Quédate.

No te preocupes por mí.

Y antes de que Claire pudiera reaccionar, dio media vuelta y se dirigió hacia la salida.

Harold lo llamó a carcajadas desde atrás: —¡Ay, cuñadito!

¿Te vas con el estómago vacío?

¿No irás a pedir limosna por las calles?

Nomás falta que pongas en ridículo a los Willson.

Mira, te tengo una moneda para que te compres una torta y no te quedes sin cenar.

Harold sacó una moneda y la tiró a los pies de Charlie.

Toda la familia Willson estalló en carcajadas.

Charlie apretó los dientes y salió de la villa sin volver la vista atrás.

Al llegar al hospital, se dirigió directamente a caja con la intención de hablar con el personal y pedirles que le dieran dos días más para reunir el dinero.

Sin embargo, cuando preguntó por la tía Lena, la enfermera le informó que la habían trasladado de urgencia al mejor hospital de Eastcliff la noche anterior.

Charlie se quedó sin aliento.

—¿Cuánto cuesta el tratamiento?

Yo busco la manera de pagarlo —preguntó angustiado.

—En total se necesitan tres millones —respondió la enfermera—.

Ya se cubrió un millón; falta liquidar dos millones más en el transcurso de una semana.

—¿Quién pagó ese millón?

La enfermera negó con la cabeza: —No lo sé.

Charlie frunció el ceño, desconcertado.

Cuando volteó, se encontró con un hombre que vestía traje negro, cabello entrecano, de unos cincuenta años, parado justo detrás de él.

Sus miradas se cruzaron.

El hombre hizo una ligera reverencia y dijo: —Joven amo, ha sufrido usted demasiado todos estos años.

Charlie lo miró fijamente.

Su semblante se transformó y preguntó con frialdad: —¿Usted es Stephen Thompson?

El hombre reaccionó con evidente sorpresa: —¡Señor Wade, aún me recuerda!

Charlie entrecerró los ojos y dijo en voz baja, pero con firmeza: —Por supuesto que lo recuerdo.

Los recuerdo a todos.

Ustedes obligaron a mis padres a huir de Eastcliff, y en esa huida perdieron la vida.

Me dejaron solo en el mundo.

¿Y ahora vienen a buscarme?

Stephen Thompson respondió con evidente dolor: —Joven amo, cuando su padre falleció, el señor Wade también quedó destrozado.

Lleva años buscándolo.

Ahora que lo encontró, desea que regrese con él.

—Puede irse —dijo Charlie con frialdad—.

Jamás volvería a verlo.

—Joven amo, ¿aún le guarda rencor al señor Wade?

—Por supuesto —respondió Charlie, midiendo cada palabra—.

Nunca lo perdonaré en la vida.

Stephen Thompson exhaló un suspiro profundo: —Antes de venir, el señor Wade me dijo que quizás usted no lo perdonaría.

—Al menos tiene conciencia de lo que hizo.

—El señor Wade sabe que ha sufrido mucho.

Quiere compensarlo aunque sea un poco.

Si no desea regresar, está dispuesto a comprarle la empresa más grande de Aurous Hill y regalársela.

Además, me encargó entregarle esta tarjeta.

La contraseña es su fecha de nacimiento.

Stephen Thompson le extendió una tarjeta Citibank de nivel premium.

—Señor Wade, en todo el país sólo existen cinco tarjetas como ésta.

Charlie negó con la cabeza: —Llévesela.

No la quiero.

—Señor Wade, para el tratamiento de su salvadora aún faltan dos millones.

Si no se liquidan a tiempo, su vida corre peligro.

Charlie frunció el ceño: —¿Me está manipulando a propósito?

—¡No me atrevería!

—respondió Stephen Thompson de inmediato—.

Si acepta la tarjeta, tendrá más que suficiente para cubrir esa cantidad.

Charlie vaciló un momento y preguntó: —¿Cuánto hay en esa tarjeta?

—El señor Wade dijo que es sólo para sus gastos del día a día.

No es gran cosa…

en total, diez mil millones.

Fin del Capítulo 1

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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