El Yerno Millonario - Capítulo 10
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10: Tres reverencias 10: Tres reverencias El grito heló a todos en su lugar.
Un segundo después, cada quien sacó el celular a toda prisa y buscó la cuenta oficial del Emgrand Group.
Y ahí estaba.
La cuenta oficial del Emgrand Group había publicado un comunicado: “El proyecto hotelero de dos mil millones del Emgrand Group firma a su primer socio.
La vicepresidenta del grupo, Doris Yong, y la representante del Grupo Willson de Aurous Hill, Claire Willson, suscriben un contrato de decoración por sesenta millones de pesos.” Al leer eso, todos se quedaron sin habla.
¡Claire sí había cerrado el trato!
¡Y por el doble del monto!
¡En apenas media hora!
¿Cómo era posible?
¡Eso no tenía ningún sentido!
Harold sintió que el piso se le movía bajo los pies.
Hasta ayer, en todo lo que importaba, él estaba muy por encima de Claire.
Si él hubiera aceptado el encargo, sin importar el resultado, al menos Claire no habría tenido ese momento de gloria.
Pero le entró el miedo, lo rechazó, y Claire lo hizo.
Eso era una cachetada en toda la cara.
La señora Willson tomó el contrato con manos que le temblaban de emoción, lo leyó de principio a fin y estalló en carcajadas: —¡Muy bien!
¡Muy bien!
¡Muy bien!
¡Claire, le hiciste un gran servicio a esta familia!
Luego preguntó con curiosidad: —¿Cómo lo lograste?
—Fue gracias a la señorita Doris —respondió Claire—.
Tiene muy buena impresión de nuestra familia.
En realidad, Claire habría querido decir la verdad, pero sin saber quién era exactamente el presidente del Emgrand Group, la historia sonaba tan extraña que nadie le creería.
Decidió guardársela.
Harold, mientras tanto, sentía que se le revolvían las tripas.
¡Claro que pudo cerrar el contrato, si Doris le tiene buena voluntad a los Willson!
¡Cualquiera lo habría logrado en su lugar!
¡Qué oportunidad tan grande desperdicié!
Fue entonces cuando Charlie habló, tranquilo y sin apuros: —Harold, ¿ya se te olvidó nuestra apuesta?
La cara de Harold se convirtió en una máscara de hiel.
No se le había olvidado.
Claro que no.
Había perdido la apuesta y le tocaba hincarse y hacer tres reverencias frente a todos.
Pero…
¿hincarse ante este inútil?
¿Ante la basura de Charlie?
¡Jamás en su vida!
Apretó los dientes y dijo: —¿Quién te crees tú, Charlie?
Eres un arrimado que vive en esta casa y come de lo que sobra.
¿Y quieres que yo me hinque ante ti?
Charlie respondió sin alterarse: —Puede ser que sea un inútil, pero ayer todos juramos: quien se eche para atrás, que se le muera el abuelo, que se le muera la abuela.
Y pronunció las palabras “que se le muera la abuela” con una claridad y un peso muy deliberados.
El efecto fue inmediato.
La señora Willson se tensó de pies a cabeza.
Volteó a ver a Harold con los ojos entrecerrados: —¿Qué?
¿Quieres que yo me muera?
Harold palideció: —Abuela, no se deje manipular por Charlie.
¡Lo único que quiere es hacernos quedar en ridículo a los dos!
—Harold —dijo Charlie sin subir la voz—, no le andes con cuentos a tu abuela.
El juramento lo hiciste tú.
Si lo rompes, la maldición cae sobre ti.
¿De verdad quieres cargar con eso?
Harold tragó saliva.
—¡Abuela, esto es una trampa!
La señora Willson lo fijó con una mirada de piedra: —Toda mi vida he creído en el Buda y he respetado mis juramentos.
¿Cómo te atreves a faltarle a uno así?
—Abuela, yo…
Harold notó que su abuela estaba genuinamente furiosa, no de broma.
El pánico le subió por la garganta.
La señora Willson golpeó la mesa: —¿Vas a romper tu juramento o no?
Harold hizo sus cálculos rápido.
Si cumplía la apuesta y se hincaba ante Charlie, perdía el orgullo.
Si no la cumplía y enojaba a su abuela, perdía todo lo que tenía dentro de la familia Willson.
Cerró los ojos un segundo.
Abrió los dientes.
—Está bien.
Lo hago.
Charlie lo miraba con una sonrisa tranquila, sin decir nada, esperando.
Harold sentía los pies de plomo.
Avanzó hacia Charlie como si cada paso le costara un esfuerzo enorme.
Le temblaban las piernas de rabia contenida.
Y se hincó.
¡Plop!
Varios de los presentes sacaron el celular disimuladamente.
Harold bajó la cabeza y dijo con voz entrecortada: —Me…
equivoqué.
—¿Qué dijiste?
No te escuché bien —dijo Charlie—.
Más fuerte.
Harold apretó la mandíbula y volvió a inclinarse: —¡Me equivoqué!
—¿Y en qué te equivocaste exactamente?
Harold hubiera querido estrangularlo.
Pero todavía faltaba la tercera reverencia.
—No debí dudar de la capacidad de Claire.
Y volvió a inclinarse hasta el suelo.
Charlie exhaló satisfecho.
Llevaba tiempo aguantándole las groserías a Harold.
Este momento valía cada una de ellas.
Claire observaba la escena sin poder cerrar la boca.
Algo había cambiado en su marido.
No sabía exactamente qué ni cómo describirlo, pero no era el mismo de antes.
Y pensando en cómo Charlie había apostado con una seguridad absoluta desde el principio…
¿acaso ya sabía de antemano que iban a ganar?
¿Por qué tanta confianza?
¿Quién era realmente Charlie?
Fin del Capítulo 10
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