Elegida por el Maldito Rey Alfa - Capítulo 13
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13: CAPÍTULO 13 13: CAPÍTULO 13 Abrí la puerta de los aposentos de un empujón, entré deprisa y los ojos de todas se volvieron hacia mí de inmediato.
Apoyé la espalda en la puerta mientras intentaba recuperar el aliento.
El corazón me latía tan fuerte que estaba segura de que todo el mundo podía oírlo, y temblaba visiblemente.
Todas me miraban como si hubieran visto un fantasma.
Las ignoré a todas mientras corría a mi cama y me metía en ella, cubriéndome de inmediato con la manta.
Pero entonces empezaron los susurros.
—¿Cómo es que está viva?
—Nadie ha salido nunca con vida.
—Es gorda y fea, ¿qué esperabas?
Ignoré todas las voces mientras intentaba no revivir todo lo que acababa de pasar, pero no pude.
Los recuerdos no dejaban de volver.
Esos ojos.
Vacíos, oscuros, despiadados.
Su fuerza era algo de otro mundo, ¿cómo había sobrevivido?
¿Fue suerte o fue porque era fea, como dicen?
No.
Aquella mirada en sus ojos, cuando me había besado, era como si quisiera reclamarme, hasta que lo que fuera que le poseyó hizo que sus ojos se volvieran negros.
Sacudí la cabeza, saliendo de mis pensamientos.
No importa lo que pasó allí, lo que importa es que sobreviví.
Tenía que irme.
Tenía que irme de este maldito lugar.
Cerré los ojos intentando descansar, pero el sueño no llegaba, porque en cuanto los cerraba, él estaba allí.
Esos ojos inquietantes.
Esa voz aterradora.
Daba vueltas en la cama, pero nada.
Y cada vez que oía el más mínimo ruido, sentía que venían a llevarme de vuelta con él.
De alguna manera, entre tanto dar vueltas, caí en brazos del sueño.
Pero incluso en mi sueño, él seguía allí.
Me desperté de un sobresalto y mi mano fue directa al pecho.
Tuve una pesadilla en la que lo veía, diciéndome que fuera con él, con aquellos ojos negros y las manos ensangrentadas.
Un escalofrío me recorrió la espalda.
Me quité la manta de encima y salí de la cama, pero noté de inmediato el cambio en el ambiente.
Todas me miraban de forma extraña.
¿Qué está pasando?
¿Por qué demonios me miraban como si tuviera algo asqueroso encima?
—Sabes que es la hija del Alfa de nuestra manada.
Ni siquiera su padre la quiso —susurró una de las chicas, pero lo bastante alto para que todas la oyeran, y se escucharon jadeos.
—Debe de ser una bruja —dijo otra, y no pude evitar fruncir el ceño, confundida.
Espera, ¿todo esto era porque había sobrevivido a la noche anterior?
—Quizá lleva su propia maldición —dijo otra chica, y las demás se rieron entre dientes.
—¿Con maldición te refieres a gordura y fealdad?
—intervino otra, y todas se rieron.
—¿Ah, sí?
Os vais a reír del hecho de que sobreviví anoche.
—Oh, querida, todas sabemos que el Rey no te tocó.
Debió de sentir demasiado asco como para hacerlo —dijo una de ellas, y me volví hacia ella.
Tenía el pelo rubio y los ojos llenos de desdén.
—¿De qué estás hablando?
—pregunté mientras me cruzaba de brazos.
—Mírate, eres…, ¿cuál es la palabra correcta…?
—dijo, haciendo un gesto pensativo.
—Fea y asquerosa —dijo otra chica, y la primera chasqueó los dedos.
—Exacto.
Eso es.
El Rey debe de haberla echado y, para guardar las apariencias, vino corriendo aquí como si la hubiera tocado.
Todas sabemos que nadie regresa con vida de la cama del Rey.
—¿Podéis escucharos a vosotras mismas?
—dije con incredulidad.
—Os estáis volviendo todas en mi contra porque estoy viva, ¿no deberíais estar preguntando cómo estoy o cómo es posible que esté aquí con vosotras?
—No puedo creer que hasta la muerte la haya rechazado —dijo la chica que siempre había sido tímida, y las demás se rieron.
—¿Sabéis qué?
No me importa lo que penséis, pero espero que vuestro momento con el Rey llegue antes de lo esperado.
Eso hizo que todas se callaran de inmediato.
—Puede que a todas nos hayan enviado aquí a morir, pero eso no nos hace iguales.
Tú eres fea, nosotras no.
—Ya veo —dije simplemente antes de negar con la cabeza.
—Me gustaría ver lo guapa que estarás muerta.
Abrió la boca para responder, pero no esperé a oír lo que tenía que decir.
Me alejé.
Abrí la puerta del baño y entré, cerrándola con más fuerza de la necesaria.
Me miré en el espejo y sentí que me ardían los ojos.
Se han burlado de mi aspecto toda mi vida, pero no me creo nada de lo que dicen, porque cada vez que me miro al espejo, lo único que veo es a una chica de la que todas están celosas y, para sentirse mejor, decidieron ponerse todas en mi contra.
Suspiré mientras me metía en la ducha y dejaba que el agua cayera sobre mí, llevándose todo lo que había pasado la noche anterior.
Pueden decir lo que quieran, pero me importa una mierda.
Cuando salí del baño, me sentía mejor y llena de una esperanza renovada.
Las chicas no dejaron de mirarme con asco.
Salimos todas en fila para desayunar y, aunque yo iba a lo mío, ellas simplemente no paraban.
Así de obsesionadas estaban conmigo.
No pude evitar poner los ojos en blanco mientras comía en silencio.
Cuando terminé de comer, cogí mi bandeja para ir a lavar el plato cuando alguien me bloqueó el paso.
Era la rubia.
—Apártate de mi camino —le advertí, pero ella se limitó a cruzarse de brazos y a fulminarme con la mirada.
Me erguí de hombros, negándome a estremecerme.
Su mirada era penetrante, pero yo había sobrevivido a cosas peores que miradas de desprecio y lenguas afiladas.
Le había sobrevivido a él.
—He dicho que te muevas —repetí, esta vez más despacio, con voz baja y firme.
No lo hizo.
En su lugar, levantó la barbilla, con esa sonrisita engreída jugando en sus labios como si creyera que me tenía calada.
—No me provoques —le advertí.
—¿O qué?
Estaba a punto de cantarle las cuarenta cuando una voz autoritaria resonó en la sala.
—¡Basta!
Me giré lentamente y allí estaba ella, la portadora de malas noticias.
La señora.
Sus ojos recorrieron la sala y todas se enderezaron; el aire se llenó de tensión de repente.
—¿Qué os dije sobre portarse mal, señoritas?
—dijo mientras ladeaba la cabeza.
Nadie se movió.
Nadie habló.
Era como si todas contuvieran la respiración.
Y entonces…
Sus ojos recorrieron la sala hasta que se posaron en mí.
No me gustó ni un pelo la mirada de sus ojos.
De hecho, no me gustaba nunca cuando me miraba.
Sobre todo cuando sonríe.
—Emilia, Su Majestad la ha solicitado.
Se me encogió el corazón.
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