Elegida por el Maldito Rey Alfa - Capítulo 140
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140: CAPÍTULO 140 140: CAPÍTULO 140 Punto de vista de Emilia
Mi padre fue el primero en dar un paso al frente, con el pecho henchido como si creyera que todavía me intimidaba.
—Siempre hemos sabido que eras especial —anunció con orgullo, como si no se hubiera pasado años tratándome como a una enfermedad—.
Mírate ahora: al lado del Rey Alfa como su pareja y reina.
Mi madre juntó las manos como si estuviera presenciando una especie de milagro divino.
—¡Sí!
Todo el reino hablará de nosotros —exclamó con entusiasmo—.
¡Nuestra hija, la Reina!
Detrás de ellos, Rosella estaba tiesa como un palo, con un tic en el ojo como si estuviera luchando contra un demonio en su interior.
Ni siquiera podía fingir que estaba feliz.
La ira estaba escrita en toda su cara como si un niño pequeño la hubiera garabateado con ceras.
Me crucé de brazos e incliné la cabeza.
—¿Ya han terminado?
Mi madre parpadeó.
—Emilia… somos tu familia.
Te criamos.
Solté una carcajada que resonó por el pasillo.
¿Criarme?
Me criaron de la misma forma que un carnicero «cría» a una vaca.
—Querían que muriera —dije, encogiéndome de hombros—.
Me enviaron a morir.
Rosella levantó la barbilla con esa superioridad irritante que siempre tenía.
—Pero no moriste —dijo, moviendo el pelo como si estuviera en un anuncio de champú—.
Si no te hubiéramos enviado con el Rey Alfa, ¿cómo habrías cumplido tu destino?
Deberías darnos las gracias.
La miré fijamente.
Ella me devolvió la mirada.
Por un segundo, consideré la posibilidad de lanzarla contra la pared más cercana.
Mi madre chasqueó la lengua.
—Ahora estás a su lado y te crees muy poderosa…
—Rosella, para —espetó mi madre antes de que pudiera terminar, agarrando el brazo de mi hermana.
Rosella se soltó de un tirón, poniendo los ojos en blanco.
—Solo le estoy diciendo la verdad.
Mi madre me sonrió con dulzura, como una serpiente con pintalabios.
—Vamos, querida.
Dejemos atrás los viejos rencores.
Todos empezamos de nuevo.
Ah.
Ahí estaba.
El clásico numerito de «solo finjamos ser amables porque ahora eres poderosa».
Mi padre se llevó una mano al pecho de forma dramática, como si estuviera en una audición para una obra de teatro trágica.
—Debimos de ser manipulados por esa bruja.
Es la única explicación.
Me eché a reír a carcajadas.
—¿De repente quieren culpar a la bruja de sus malas acciones?
—dije con una sonrisa burlona—.
Qué conveniente.
Rosella gimió en voz alta.
—Mamá, es tan arrogante.
Mi madre volvió a agarrarle la mano.
—Para ya.
Respeta a tu hermana.
Va a ser reina.
A Rosella se le cortó la respiración.
Maximus, que había permanecido en silencio a mi lado, finalmente dio un paso al frente.
Parecía que estaba a un segundo de su transformación para comérselos vivos a todos.
—Guardias —gruñó.
Su voz retumbó por el pasillo e, al instante, tres guerreros aparecieron de la nada, inclinando la cabeza con absoluto respeto.
Los ojos de Rosella se abrieron de par en par.
Mi madre palideció.
Mi padre tragó saliva como si acabara de recordar delante de quién estaba exactamente.
Maximus los señaló.
—Láncenlos al calabozo.
Caos.
Puro y hermoso caos estalló.
Rosella jadeó de forma dramática.
—¿Qué?
No pueden hacernos esto.
¡Somos su familia!
Mi madre intentó alcanzarme como si de repente yo fuera su tesoro perdido.
—¡Emilia, hija mía, por favor!
¡Eso nos traería la deshonra!
Di un paso al frente, lenta y deliberadamente, dejando que el momento se alargara lo suficiente para hacerlos sudar.
Entonces me volví hacia Maximus, le toqué la cara con suavidad y dije con dulzura:
—Cariño… ¿sabes en qué estaba pensando?
Los guardias se quedaron helados.
Mis padres se quedaron helados.
Rosella dejó de forcejear el tiempo justo para fulminarme con la mirada, como si quisiera teletransportarse a mi torrente sanguíneo y matarme desde dentro.
La expresión de Maximus se suavizó al instante.
—¿Qué pasa, mi amor?
Me volví hacia los tres traidores.
—Sería aburrido si los lanzamos al calabozo —dije con indiferencia.
Mi padre exhaló con alivio.
Mi madre se desplomó sobre Rosella.
Entonces sonreí.
Una sonrisa lenta y maliciosa.
—¿Cómo van a presenciarlo todo sabiendo que la hija a la que rechazaron va a ser reina?
Los ojos de Maximus brillaron con algo oscuro y… divertido.
Estaba disfrutando de esto.
¿Y, sinceramente?
Yo también.
—Hagas lo que hagas con ellos —murmuró, con la voz baja y cargada de ardor—, está en tus manos.
—Gracias, cariño.
Esa palabra, «cariño», le provocó algo.
Algo peligroso.
Algo delicioso.
Un destello cruzó sus ojos, una mezcla de diversión y deseo, como si verme poner a mi familia en su sitio fuera lo más sexi que hubiera visto jamás.
Levanté la barbilla con orgullo.
—Quiero que miren.
Quiero que se queden ahí mientras yo asciendo a la realeza… y que ellos no sigan siendo más que observadores.
Rosella se quedó boquiabierta.
—¡Zorra arrogante!
Suspiré de forma dramática.
—Llévensela a ella primero.
Me está dando dolor de cabeza.
Dos guardias la agarraron al instante.
Rosella pateó, gritó, maldijo e insultó todo, desde mi peso hasta mi pelo, pasando por mis futuros hijos.
Sonreí con dulzura y la saludé con la mano mientras se la llevaban a rastras.
Mi madre me agarró del brazo, con el pánico inundando sus ojos.
—¡Emilia, no puedes meter a tu hermana en el calabozo!
—Oh —dije con ligereza—, claro que puedo.
Me zafé de su agarre como si me quitara un trapo sucio.
Entonces me volví hacia Maximus.
—Vámonos, querido.
Me tomó la mano de inmediato, la levantó hasta sus labios y me besó los nudillos.
Sus ojos ardían de orgullo.
Y de algo más oscuro.
Algo que hizo que me temblaran las rodillas.
Pasamos junto a mi padre, que permanecía paralizado con la vergüenza grabada en el rostro.
Me detuve a su lado, incliné la cabeza y sonreí con suficiencia.
—Nos vemos, Alfa Gregor.
Ni siquiera se atrevió a mirarme.
Miraba fijamente al suelo como si contuviera todas las respuestas a su miserable vida.
Mi madre nos seguía, llorando, balbuceando, suplicando.
—¡Emilia, por favor…, por favor, libera a Rosella!
No lo decía en serio…, sigue siendo tu hermana… ¡Emilia, por favor!
La ignoré como si fuera una mosca zumbando en mi oído.
Maximus me miró de reojo, con una sonrisa maliciosa asomando en sus labios.
—Eres aún más sexi cuando estás enfadada.
Sentí una oleada de calor recorrerme y acumularse en la boca del estómago.
Le dediqué una sonrisa burlona.
—Se lo merecen.
Se inclinó más, bajando la voz a un susurro pecaminoso.
—Se merecen algo mucho peor.
Seguimos caminando, con paso firme, las manos entrelazadas, mientras los gritos a nuestra espalda se hacían cada vez más débiles hasta desaparecer por completo.
Pero no fue eso lo que se quedó en mi mente.
Lo que se quedó… fue la mirada en los ojos de Maximus.
Una mezcla de orgullo.
Oscuridad.
Posesión.
Deseo.
Y la certeza de que cualquiera que me hiciera daño —incluso si era familia— lo pagaría caro.
Y por primera vez en mi vida…
No me sentí pequeña.
No me sentí débil.
Me sentí como una reina.
Su Reina.
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