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Elegida por el Maldito Rey Alfa - Capítulo 15

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15: Capítulo 15 15: Capítulo 15 Iba a vomitar.

En el segundo que la señora pronunció mi nombre, algo dentro de mí se encogió, arañándome el pecho como un animal atrapado.

Me quedé helada, sintiendo cómo se me iba la sangre del rostro mientras todas las chicas se giraban para mirarme.

Su sonrisa era fina.

Demasiado educada.

Demasiado ensayada.

—Emilia, Su Majestad la ha solicitado.

La habitación entera se quedó en silencio.

Sabía lo que eso significaba.

Él había preguntado por mí.

Otra vez.

Tragué saliva, pero fue como intentar respirar a través de gravilla.

Mis piernas se negaron a moverse hasta que dos guardias se adelantaron y me sujetaron de los brazos.

No con fuerza, pero con la firmeza suficiente para hacerme saber que no tenía elección.

Sin voz.

Sin poder.

Aquí no.

Mientras me llevaban por el pasillo, intenté no respirar demasiado hondo.

Conocía ese camino.

Reconocía las baldosas de mármol oscuro, el silencio que parecía retorcerme las entrañas.

Intenté no recordar cómo me había mirado anoche.

La sensación de sus labios, suaves pero peligrosos.

Ese momento en que me besó —me poseyó— justo antes de que sus ojos se volvieran negros y algo monstruoso surgiera tras ellos.

Él no era solo un rey.

Era una bestia.

Cada paso resonaba en el pasillo, rítmico como una cuenta atrás.

Esperaba detenerme de nuevo ante la misma puerta —la de las manijas doradas y el olor a miedo—, pero no lo hicimos.

En lugar de eso, giraron en una esquina diferente.

Una que no reconocí.

Y eso me aterrorizó todavía más.

Llegamos a un par de puertas dobles y altas.

De roble oscuro, grabadas con filigranas de oro.

Reales.

Regias.

Peligrosas.

Los guardias se detuvieron.

Yo también.

Uno de ellos se adelantó y abrió la puerta.

El otro me dio un pequeño empujón.

No me moví.

Mis pies se negaron a cruzar el umbral.

—He dicho que no voy a entrar ahí —espeté, con el pánico arañándome la garganta.

No respondieron.

En cambio, el empujón fue más fuerte esta vez y trastabillé hacia dentro.

Antes de que pudiera darme la vuelta y maldecirlos a los dos, las puertas se cerraron de golpe a mi espalda con un sonido sordo y pesado.

—¡No…, no, abran la puerta!

—grité, golpeándola con ambos puños—.

¡Déjenme salir!

¡No pueden simplemente encerrarme aquí dentro!

Ninguna respuesta.

Solo silencio.

Me giré, con el corazón martilleándome en el pecho, y por un momento olvidé cómo respirar.

La habitación era impresionante…, si te iba ese rollo de «suficientemente rico y poderoso como para matarte».

Techos altos con candelabros de plata, paredes de mármol negro veteado de oro.

Una cama enorme, digna de un rey, y una chimenea que crepitaba a lo lejos.

Todo era oscuro, masculino, cargado del aroma a pino, a cuero…

y a algo más oscuro.

Poder.

No era una habitación cualquiera.

Era su habitación.

Me abracé a mí misma y retrocedí lentamente, con la espalda pegada a la puerta.

¿Qué demonios hacía aquí?

¿Por qué había vuelto a preguntar por mí?

¿Por qué yo?

Y entonces…

La puerta crujió.

No la que estaba a mi espalda.

La de enfrente.

Al otro lado de la habitación.

Se abrió.

Y entró el mismísimo Diablo.

Solo que esta vez, él estaba cubierto de sangre.

Mi corazón dio un vuelco en mi pecho.

—Diosa…

—susurré—.

¿Estás bien?

Pero entonces me di cuenta.

No era su sangre.

Él no cojeaba.

No estaba magullado.

Su expresión era impasible, sus ojos, afilados e imperturbables.

Como si no acabara de bañarse en la sangre de alguien.

Di un paso atrás.

Él dio un paso hacia delante.

Mi voz flaqueó.

—A-atrás.

Él se detuvo.

Sus ojos azules me taladraban.

Fríos.

Afilados.

Pero había algo ilegible bajo ellos…, algo retorcido y profundo.

Y entonces habló, con una voz como hielo deslizándose por mi columna.

—¿Estás olvidando que soy el Rey?

—dijo, en voz baja y peligrosa—.

No recibo órdenes de nadie.

Parpadeé.

Luego me burlé, cruzando los brazos mientras el pulso me retumbaba en los oídos.

—¿Nadie te lo ha dicho?

Apestas.

Pero que muy mal.

Necesitas una ducha.

Algo brilló en sus ojos —¿sorpresa?, ¿diversión?—, pero desapareció antes de que pudiera identificarlo.

Sin decir una palabra más, se dio la vuelta y caminó hacia el fondo de la habitación.

Segundos después, oí correr el agua.

La ducha.

¿Qué demonios estaba pasando?

Me quedé en medio de la habitación como una niña perdida, sin saber si sentarme, gritar o salir disparada por la ventana.

Mi mente corría en mil direcciones, intentando encontrarle lógica a la locura.

Salió unos minutos después.

Goteando.

El vapor salía tras él, adhiriéndose a su piel como una segunda capa.

Y mi alma abandonó mi cuerpo.

Su pelo mojado goteaba por sus sienes, pegándose a su afilada mandíbula y enroscándose sobre su frente.

Su piel estaba bronceada, reluciente por el agua, su pecho esculpido como el de un dios, con relieves y curvas que harían enloquecer a cualquier mujer.

Pero fue la línea en V lo que me remató.

Ese rastro perfecto de músculo que se hundía bajo la toalla que colgaba peligrosamente baja sobre sus caderas.

Y las venas.

Diosa, las venas.

Gruesas y abultadas, recorriendo sus brazos y desapareciendo en sus antebrazos mientras se pasaba una mano por el pelo mojado.

No mires la toalla.

No mires la toalla.

Miré.

Mi estómago dio un vuelco lento y traicionero.

Este hombre había intentado matarme anoche.

Era frío.

Peligroso.

Probablemente un demente.

Pero maldita sea si no era la criatura más sexi que había visto en mi vida.

—Estás mirando fijamente —dijo él, con la voz aún profunda y fría.

Salí de mi trance de inmediato, devolviendo a la fuerza mi mirada a su rostro.

—No, no lo hago —me crucé de brazos—.

Estaba mirando con asco.

—Estabas mirando como si quisieras ponerte de rodillas.

Mis mejillas ardieron.

—Eres un asqueroso.

—Y, sin embargo, tus ojos cuentan una historia diferente.

Quise pegarle.

Pasó a mi lado, dejando su aroma tras de sí.

Ahora, limpio y amaderado, mezclado con algo más oscuro.

Algo que hizo que mis piernas flaquearan un poco.

Se detuvo junto a la cama, cogió una camisa negra y se la pasó lentamente por la cabeza, sus abdominales desapareciendo bajo la tela.

Maldita sea.

Concéntrate, Emilia.

—¿Por qué estoy aquí?

—pregunté, necesitada de aferrarme a algo que no fuera el hecho de que este hombre se parecía a todas las fantasías prohibidas que había tenido.

Él no respondió de inmediato.

Se volvió hacia mí, con el rostro indescifrable.

—Tengo una oferta para ti.

Se me fue el aire de los pulmones.

¿Una oferta?

Parpadeé, sin estar segura de haberle oído bien.

—…

¿Qué oferta?

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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