Elegida por el Maldito Rey Alfa - Capítulo 25
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25: Capítulo 25 25: Capítulo 25 POV de Maximus
Ella forcejeó contra mí mientras yo intentaba recuperar el aliento, pero no la solté.
Quería que mis ojos volvieran a ser azules, porque en ese momento estaban completamente negros y no necesitaba mirarme en un espejo para saber que mi aspecto era aterrador, y el vello que había salido cuando me liberé…
tampoco era un espectáculo agradable.
Y mi tamaño…
no quería que lo viera.
Sentirlo era diferente a realmente mirarlo y verlo.
Todas las mujeres que he conocido se asustan cuando ven mi tamaño.
—Suéltame —forcejeó, meneando el trasero, y eso me hizo gemir.
Diosa, su trasero era tan perfecto y se veía aún mejor con mi esencia resbalando por él.
Hacía años que mi bestia no me permitía tener tanta intimidad con una mujer sin hacerla pedazos.
—Hola…, ¿estás ahí?
—gruñó ella con fastidio.
Parpadeé, mirando mi cuerpo para asegurarme de que el vello se había retraído de verdad.
Retrocedí, y ella se giró hacia mí con una mirada fulminante.
Luché contra el impulso de mirarle esas tetas perfectas, así que en vez de eso, la miré a los ojos.
Sabía que en cualquier momento bajaría la mirada y entonces sus ojos se llenarían de miedo y pánico.
El tiempo pareció detenerse.
Los segundos se convirtieron en minutos y, finalmente, sus ojos bajaron.
Pero —que la diosa me ayude— la mirada en sus ojos no era la que yo esperaba.
No jadeó ni actuó con sorpresa como las otras mujeres.
En cambio, había una mirada oscura en sus ojos.
Y curiosidad.
Como si quisiera descubrir exactamente lo que podía hacer.
No pude evitar preguntar:
—¿Quieres tocarlo?
Sus ojos volvieron a encontrarse con los míos y entonces dio un paso hacia mí, luego otro, hasta que estuvo de pie frente a mí.
Volvió a bajar la mirada y sentí una sacudida en mi polla.
Y entonces su mano la envolvió y siseé, echando la cabeza hacia atrás.
—Es tan…
grande —susurró, sonando fascinada.
Sentí que algo se retorcía en mi interior, algo que no podía explicar.
Es la primera vez que una mujer no me hace sentir como si no fuera más que un monstruo.
De repente, me sentí excesivamente posesivo con ella.
—Eres mía, dilo —dije mientras envolvía su cuello con mi mano, empujándola contra la pared de la ducha.
—Ni de coña, no le pertenezco a nadie —escupió, lanzándome una mirada fulminante.
No me gustó eso ni un poco.
Quería oírla decir que me pertenecía, una y otra vez.
—Te quedan dos días, Emilia, dos días y serás toda mía, así que más te vale aceptarlo más pronto que tarde —dije.
Me empujó e intentó salir de la ducha, pero la agarré del cuello y tiré de ella hacia atrás.
Su espalda golpeó mi pecho.
—¿Huyendo tan pronto?
—susurré mientras ella arañaba mi mano, intentando liberarse.
—Olvidemos lo que ha pasado esta noche, no volverá a ocurrir —escupió con rabia y algo parecido al asco.
—¿Olvidar?
—pregunté mientras mi mano se deslizaba por su torso y ella se estremecía.
Ella decía una cosa, pero su cuerpo seguía reaccionando a mi contacto.
Su cuerpo la traicionaba y yo sabía que eso la estaba cabreando.
—¿Estás diciendo que vas a olvidar la forma en que tu boca se abrió para mí, suplicando por más?…
¿Que vas a olvidar la forma en que apretaste tu trasero contra mí…
que…
—
—¡Basta!
Para ya.
Fue el calor del momento y te garantizo que no volverá a pasar.
Oh, querida, por supuesto que volverá a pasar, una y otra y otra vez.
Tanto como yo quiera.
—Está bien —dije mientras le pasaba una esponja—.
Todavía tienes que servirme antes de irte.
Si las miradas mataran, yo ya estaría muerto.
Recogió la esponja de mi mano como si la hubiera ofendido personalmente.
—No me culpes si te arranco el ego de la piel a base de frotar —se burló mientras cogía el jabón y lo frotaba antes de empezar a lavarme el cuerpo, comenzando por el pecho.
No pude evitar disfrutar de la forma en que su rostro se contraía de rabia.
Era como una pequeña tigresa enfadada a la que obligaban a hacer algo que no quería.
Me lavó la espalda, poniéndose de puntillas para alcanzarme.
Y creedme cuando os digo que nunca en mi vida había disfrutado tanto de una ducha.
Pero creo que canté victoria demasiado pronto.
Porque en el momento en que se arrodilló frente a mí, sentí como si me hubieran dejado sin aliento.
—¿Acaso no tengo que lavar esto también?
—preguntó mientras me miraba con una sonrisa maliciosa, y supe que, fuera cual fuera el plan que tenía en mente, no me iba a gustar.
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