Elegida por el Maldito Rey Alfa - Capítulo 31
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31: CAPÍTULO 31 31: CAPÍTULO 31 POV DE EMILIA
No.
No, no, no.
Mi corazón era un tambor en mi pecho, latiendo con tal violencia que juraría que toda la sala debió de oírlo.
Sus palabras —su maldita reclamación— se enroscaban a mi alrededor como cadenas.
«No te apartarás de mi vista en lo que queda de día».
Grité en mi cabeza, una y otra vez, mientras las palabras me desgarraban.
No.
Tengo que escapar.
No puedo dejar que arruine esto.
No esta noche.
No cuando he esperado tanto.
No cuando la libertad está justo ahí, casi al alcance de mi mano.
Me obligué a calmar la respiración, mordiéndome la cara interna de la mejilla con tanta fuerza que saboreé la sangre.
No podía dejar que él viera nada.
Si sospechaba siquiera una pizca de mis pensamientos, si tan solo olfateaba un susurro de mi plan, estaría acabada.
Así que sonreí.
Tranquila.
Serena.
Una buena marioneta en su regazo.
Pero por dentro, mi mente iba a toda velocidad.
Cada segundo que pasaba durante aquella maldita reunión se desdibujaba en un largo tormento.
Las voces subían y bajaban alrededor de la mesa mientras los Alfas hablaban monótonamente sobre las fronteras de los territorios, los ataques de renegados y las disputas por suministros.
No oí nada.
Todo mi ser estaba centrado en una sola cosa: encontrar una salida.
Me moví ligeramente en su regazo, probando la fuerza de su agarre.
Al instante, su brazo se tensó alrededor de mi cintura, pegándome del todo a él.
Se me revolvió el estómago de asco.
Para los demás en la sala, probablemente parecía un gesto íntimo, protector.
Para mí, se sintió como una advertencia: «Ni se te ocurra».
Así que me quedé sentada, en silencio, echando humo, mientras él me mantenía enjaulada contra su cuerpo.
Las horas se arrastraron, lentas y sofocantes.
Cuando por fin se convocó un breve descanso en la reunión, pensé: «Por fin».
Podría escabullirme, aunque fuera por un momento, solo para respirar.
Pero en el segundo en que intenté levantarme, su mano se cerró sobre mí, arrastrándome de nuevo a su regazo como si ese fuera mi lugar.
—Quédate —murmuró, lo bastante bajo como para que solo yo pudiera oírlo.
Quédate.
Como si fuera una mascota.
La furia rugió, candente, en mi pecho, pero me la tragué, forzando mi rostro a quedarse inexpresivo mientras los demás salían de la sala.
Pronto, solo quedamos nosotros.
Él y yo.
Y su boca.
Su boca en mi cuello.
Me puse rígida cuando sus labios rozaron mi piel, suaves pero sofocantes, con su nariz hundida en la curva donde mi hombro se unía a mi garganta.
Inhaló profundamente, y un gruñido de satisfacción retumbó en lo profundo de su pecho.
¿Qué demonios le pasa?
Me obligué a no estremecerme, a no apartarlo de un empujón.
Cuanto más luchaba, más fuerte me sujetaba.
A estas alturas ya lo sabía.
Así que me quedé quieta, rígida como una piedra, incluso cuando su mano se curvó posesivamente alrededor de mi muslo.
Por fin, trajeron comida.
«Bien —pensé—.
Ahora me soltará».
Pero, por supuesto, no lo hizo.
Dejaron la bandeja y, en lugar de soltarme, me acomodó más arriba en su regazo, manteniéndome inmovilizada contra su pecho con un brazo mientras el otro buscaba la comida.
Mi paciencia se quebró.
—¿Hablas en serio?
—siseé, girando la cabeza lo justo para fulminarlo con la mirada—.
¿De verdad vas a comer conmigo sentada aquí como una…?
Me interrumpí antes de que la palabra «juguete» se me escapara.
No dijo nada.
Ni una palabra.
Solo apretó su agarre hasta que me dolieron las costillas.
Su silencio fue más elocuente que cualquier cosa que pudiera haber dicho.
La respuesta era clara.
Sí.
Iba a comer conmigo en su regazo.
La rabia hervía en mis venas, candente y sofocante.
Apreté los puños contra mis muslos, clavándome las uñas en la piel mientras él me acercaba un trozo de carne a los labios como si yo fuera una muñeca mimada.
—Come —ordenó.
—Puedo comer sola —espeté.
Sus ojos se clavaron en los míos, fríos, afilados, desafiándome a resistir.
Y entonces…
me apretó la comida contra la boca.
Aparté la cara.
Él me siguió.
Presionó con más fuerza.
Apreté la mandíbula, con la furia recorriéndome en temblores, pero sabía que si luchaba más, llamaría la atención cuando los Alfas regresaran.
No podía arriesgarme a eso.
No podía arriesgar mi plan.
Así que abrí la boca y mordí.
No con suavidad.
Mis dientes rasparon sus dedos a propósito.
Ni siquiera se inmutó.
Cuanto más se alargaba la situación, más crecía mi rabia, enroscándose cada vez más fuerte hasta que pensé que estallaría.
Si él se dio cuenta, no le importó.
Me dio de comer bocado tras bocado, mientras su otra mano dibujaba círculos perezosos en mi cadera y sus labios rozaban mi pelo como si fuera una retorcida muestra de afecto.
Estaba a segundos de gritar cuando se me ocurrió una idea.
Si no me dejaba ir por las buenas…
entonces lo obligaría yo.
Me moví en su regazo, solo un poco al principio, para probar.
Su agarre se hizo más fuerte.
Su respiración se entrecortó junto a mi oreja.
Mis labios se curvaron.
Entonces lo hice de nuevo, esta vez con más fuerza.
Giré las caderas bruscamente, restregándome contra él.
Se le escapó una maldición de inmediato, baja y gutural.
Y lo sentí.
La dura e inconfundible evidencia de lo que mi pequeño movimiento le había provocado, presionando contra mí.
El calor me inundó la cara; no del bueno.
Del tipo que denota ira y asco.
Pero, aun así, lo hice de nuevo.
—Tengo que hacer pis —susurré con los dientes apretados, moviéndome deliberadamente—.
No puedes tenerme aquí todo el día.
Su mano se apretó con más fuerza alrededor de mi cintura, sus dedos clavándose en mis costados.
El mensaje era claro: «No lo hagas».
Así que lo hice de nuevo.
Su gemido vibró contra mi cuello, áspero y peligroso.
Su aliento cálido abanicó mi piel y casi me eché a reír.
Una vez más, era yo quien lo estaba volviendo loco.
—Suél.
Ta.
Me —siseé, retorciéndome de nuevo, esta vez de forma más brusca.
Por un momento, pensé que estallaría.
Sus ojos ardían en los míos, salvajes y feroces, como si quisiera arrastrarme directamente a sus aposentos y encerrarme allí para siempre.
Pero entonces…
me soltó.
De forma abrupta, repentina, casi como si le doliera liberarme.
Me deslicé de su regazo, alisándome el vestido con manos temblorosas.
Su mirada siguió cada uno de mis movimientos, oscura y hambrienta, prometiendo que esto no había terminado.
Pero no me importó.
Porque era libre.
Al menos, por ahora.
Las puertas se abrieron con un crujido.
Los Alfas volvieron a entrar en fila, con sus voces bajas y sus miradas penetrantes.
Me moví con rapidez, deslizándome entre ellos, con el pulso vibrando de victoria.
Llegué al pasillo.
Un giro.
Solo un giro más y tendría un momento para respirar, para pensar.
Pero antes de que pudiera, una mano salió disparada.
Unos dedos fuertes se envolvieron en mi muñeca, arrastrándome con brusquedad hacia un rincón en sombras.
Jadeé, tropezando, y mi espalda golpeó la pared.
Alcé la cabeza de golpe, lista para luchar, lista para maldecir…
Y me quedé helada.
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