Elegida por el Maldito Rey Alfa - Capítulo 33
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33: CAPÍTULO 33 33: CAPÍTULO 33 POV DE EMILIA
El grito ni siquiera se había apagado cuando el palacio estalló en caos.
Apenas tuve un segundo para recuperar el aliento antes de que un borrón en movimiento se estrellara contra mí.
Una mujer —con el rostro pálido como un fantasma y los ojos desorbitados por el pánico— me apartó de un empujón con tanta fuerza que mi hombro se estampó contra la pared.
Solté un quejido y me sujeté la zona dolorida, pero ella ni siquiera miró hacia atrás.
Sus faldas se agitaban salvajemente mientras corría por el pasillo, y el sonido de sus pasos frenéticos resonaba en el mármol como un tambor desbocado.
Por un instante, pensé que estaba loca.
¿Correr así por el palacio?
Pero entonces su expresión se me grabó a fuego en la mente: terror puro.
No era miedo a una regañina.
Era miedo a algo mucho peor.
Mi corazón dio un vuelco.
—¿Pero qué…?
Y entonces lo oí.
—¡RENEGADOS!
El grito resonó por el pasillo como un latigazo.
Era una voz masculina, grave, apremiante.
El sonido transmitía el tipo de terror que solo los guerreros conocían.
El aire pareció temblar a mi alrededor.
Otra voz respondió, más cercana y potente.
—¡Renegados en el perímetro!
¡Cierren todo!
¡Que todo el mundo entre!
Al instante siguiente, el caos estalló.
Los guerreros llegaron haciendo resonar sus pasos por el pasillo, con sus botas golpeando el suelo al ritmo de tambores de guerra.
Un puñado de sirvientes chillaron, con faldas y delantales al vuelo mientras se apresuraban a obedecer las órdenes, dispersándose como pájaros asustados.
—¡Adentro, adentro!
—ladró alguien—.
¡Cierren las puertas…
AHORA!
El palacio estaba vivo con el estruendo de las pisadas, el sonido del cuerno de alarma que aún resonaba en lo alto, calándome hasta los huesos.
Pegué la espalda contra la fría pared, con el pecho subiendo y bajando demasiado deprisa.
Renegados.
Aquí.
En el palacio.
Se me heló la sangre.
Pero mientras el miedo me atenazaba, otro pensamiento me golpeó la mente como un rayo.
Era el momento.
Ahora o nunca.
Si el palacio estaba bajo ataque, si todo el mundo estaba distraído…
este era el momento que había estado esperando.
Mi oportunidad.
Mi única oportunidad.
Las palabras gritaban dentro de mí como un mantra: «Escapar esta noche, o nunca».
Mis piernas se movieron antes de que me diera cuenta.
Me separé de la pared y me abrí paso a empujones entre la marea de cuerpos.
Los sirvientes chillaban, los guerreros maldecían, el aire apestaba a miedo y sudor.
—¡Quédense dentro!
—rugió alguien mientras me escabullía, pero mantuve la cabeza gacha, con el pelo cubriéndome la cara y el pulso latiendo tan fuerte que no me importó.
Esquivé a un grupo de mujeres acurrucadas contra la pared, que agarraban sus faldas con los puños mientras gimoteaban plegarias a la Diosa.
El corazón me martilleaba en las costillas, cada latido como un mazazo, pero mis pies me llevaban hacia adelante, serpenteando a través del caos con un solo pensamiento fijo en mi cabeza: la lavandería.
Mi puerta de entrada.
Mi salida.
Mi libertad.
Si lograba llegar hasta allí, podría haberme ido antes de que nadie se diera cuenta.
Pero el palacio no me lo estaba poniendo fácil.
Los pasillos bullían de pánico: los guerreros afluían en una dirección y los sirvientes, en otra.
Los gritos ladraban órdenes.
Mantuve la cabeza gacha, con las manos agarradas al vestido para que no se me enredara en las piernas mientras corría.
El sudor me resbalaba por las palmas.
Tenía la garganta seca como el esparto.
«No te detengas.
No mires atrás».
Llegué al ala de los sirvientes; el ruido a mi espalda era ahogado pero aún atronador.
El pasillo aquí estaba más vacío; la mayoría del personal ya había abandonado sus puestos, corriendo a ponerse a salvo.
Mis pasos resonaban en las paredes, sonando demasiado fuertes, demasiado evidentes, como un faro que gritara: «fugitiva, fugitiva, fugitiva».
Me ardían los pulmones, pero no me atrevía a bajar el ritmo.
Me temblaba todo el cuerpo, no solo por miedo a lo que me esperaba fuera, sino por la simple gravedad de lo que estaba haciendo.
Si me atrapaban, sabía que no habría perdón.
Pero no podía quedarme aquí.
Ni una noche más.
Ni un día más.
Los muros del palacio eran una jaula y esta noche…, esta noche la jaula se había abierto.
Doblé la esquina y allí estaba.
La lavandería.
La puerta estaba ligeramente entreabierta.
El pulso se me disparó.
Entré de un empujón, con la mirada recorriendo cada sombra, esperando a medias encontrar a alguien aguardando.
Pero la habitación estaba vacía.
Completa e inquietantemente vacía.
El olor a jabón y a tela húmeda impregnaba el aire, pero por debajo podía oler algo más: miedo.
Del pesado.
Del que se filtra en las paredes.
Por un momento, me quedé allí, con el pecho agitado y cada centímetro de mi cuerpo temblando.
Era el momento.
No había vuelta atrás.
Obligué a mis piernas a moverse y crucé hacia la puerta trasera.
Mis dedos buscaron a tientas el pomo.
Me temblaban tanto las manos que necesité tres intentos antes de que finalmente cediera con un chasquido seco.
La puerta se abrió con un crujido.
El aire frío de la noche entró de golpe, cortando mi piel húmeda y haciéndome temblar.
El aroma a pino, tierra y humo llenó mis pulmones.
El bosque se alzaba imponente ante mí, oscuro e infinito, con un horizonte que no era más que una sombra que se extendía hasta la eternidad.
Me quedé helada.
La visión era a la vez aterradora y liberadora.
Ahí fuera…
podían estar esperando los renegados.
Podía estar esperando la muerte.
Lo desconocido abría sus brazos, listo para engullirme por completo.
¿Pero aquí dentro?
¿Entre estos muros?
La muerte ya era una certeza.
Una más lenta, quizá.
Una que me estrangulaba día a día, despojándome de pedazos de mí misma hasta que no quedara nada.
El Rey.
Mi padre.
Este palacio.
Todos eran solo versiones diferentes de la misma prisión.
Y me negaba a pudrirme aquí.
Me dolía el pecho por el peso de la decisión.
Mi respiración era superficial, temblorosa.
Todavía me ardía el cuero cabelludo donde mi padre me había tirado del pelo, y el eco de su odio resonaba en mis oídos: «¿Cómo es que ni siquiera estás muerta todavía?».
Quizá lo estaría si salía ahí fuera.
Quizá no duraría ni una hora.
Pero al menos sería en mis propios términos.
Al menos moriría corriendo.
Agarré el borde de la puerta, con los nudillos blancos, e inspiré larga y profundamente para calmarme.
El bosque me devolvía la mirada, negro e infinito, desafiándome a dar un paso.
Esto era peligroso.
Esto era una locura.
Esto era la libertad.
Cerré los ojos, susurrando una plegaria silenciosa a la Diosa.
Y entonces…
Crucé el umbral.
El aire frío de la noche me envolvió, cortante, agudo, real.
Mi pulso retumbaba en mi garganta.
A mi espalda, la lavandería permanecía en silencio, con la puerta abierta como una boca que esperara para engullirme de nuevo.
No podía permitirlo.
Me estiré hacia atrás y, con los dedos temblorosos, cerré la puerta.
El suave clic del pestillo resonó en la noche, definitivo e irrevocable.
Me quedé allí, con el viento tirando de mi pelo, el bosque extendiéndose como un mar negro ante mí, y por primera vez en mi vida…
sentí que tenía el control de verdad.
Sin familia.
Sin jaula.
Sin muros de palacio.
Solo yo.
Y lo que fuera que esperase en la oscuridad.
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