Elegida por el Maldito Rey Alfa - Capítulo 48
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48: CAPÍTULO 48 48: CAPÍTULO 48 POV de Maximus
La caminata a mis aposentos se me hizo más larga de lo habitual.
El cuerpo todavía me dolía por la tormenta en mi interior, aunque lo oculté lo mejor que pude.
Nadie podía ver debilidad en mí, y menos que nadie, ella.
Y, sin embargo, cuando empujé las pesadas puertas para abrirlas, allí estaba.
Emilia estaba de pie junto a la ventana, enmarcada por la pálida luz de la tarde, su figura recortada contra el cristal.
El viento le soltaba mechones de pelo.
Se giró al oír el sonido de la puerta, frunciendo el ceño en el momento en que sus ojos se encontraron con los míos.
—Te ves pálido —dijo ella en voz baja.
Por un segundo, la bestia en mi interior se agitó de nuevo; no la violenta, sino algo distinto.
Algo que me oprimió el pecho por el hecho de que se hubiera dado cuenta, de que le importara.
Me erguí, dejando que mi máscara volviera a encajar firmemente en su lugar.
—No es nada —dije secamente, con voz plana.
El tipo de respuesta destinada a cortar de raíz cualquier otra pregunta.
Su mirada se demoró, aguda y escrutadora, como si quisiera insistir.
Por un momento pensé que lo haría.
Pero entonces solo suspiró, apretando los labios como si hubiera decidido no desafiarme.
Avancé por la habitación; mis botas sonaban pesadas sobre el suelo pulido.
—Tengo una sorpresa para ti.
La sospecha cruzó su rostro al instante.
Se cruzó de brazos, ladeando ligeramente la cabeza.
—¿Una sorpresa?
—Sí —respondí, demasiado cortante, demasiado brusco.
Ella enarcó una ceja.
—No pareces el tipo de hombre que da sorpresas.
Entrecerré los ojos.
—¿Y qué tipo de hombre parezco, entonces?
Su respuesta fue inmediata, cortante pero no cruel.
Sincera.
—Frío.
Despiadado.
Nunca te he visto sonreír.
Tu rostro es siempre indescifrable.
¿Y ahora dices que tienes una sorpresa para mí?
—Negó con la cabeza—.
Bastante cuestionable.
Un músculo palpitó en mi mandíbula.
Frío.
Despiadado.
Indescifrable.
Lo dijo sin malicia, pero las palabras aun así me golpearon.
Con todo, no dejé que nada de eso se notara.
Solo negué una vez con la cabeza, bruscamente.
—¿Ves?
—dijo, casi triunfante—.
Nadie sabe nunca lo que estás pensando.
Me giré hacia la puerta, reacio a ser diseccionado bajo su mirada firme.
Mi voz era baja pero firme, cargada con el peso de una orden.
—Por eso soy el rey, Emilia.
Ahora, ven conmigo.
Sentí su mirada fulminante clavada en mi espalda, afilada como una cuchilla.
Pero, tras una pausa, oí sus pasos suaves mientras me seguía.
Obediente, y aun así, desafiante al mismo tiempo.
Caminamos por los pasillos en silencio, con su presencia siguiéndome de cerca.
Fuera, el sol brillaba y el aire estaba cargado del aroma a pino y a lluvia lejana.
No preguntó nada mientras la guiaba por el sendero del bosque, aunque podía sentir su curiosidad.
Estuve a punto de dar media vuelta.
No había sido idea mía; Lucien lo había sugerido.
Dijo que el lago podría calmarme, que podría distraer a mi bestia.
Al principio me había burlado.
Pero ahora, mientras los árboles raleaban y el brillo del agua aparecía más adelante, empecé a preguntarme si él no habría tenido razón.
Entramos en el claro y el lago se extendía ante nosotros, liso como un espejo.
La luz del sol danzaba sobre su superficie y los árboles se reflejaban perfectamente en el agua quieta.
Emilia ahogó una exclamación, levantando ligeramente las manos como si quisiera atrapar la vista en sus palmas.
—Esto es…
hermoso —susurró, más para sí misma que para mí.
Avanzó rápidamente, con sus zapatos crujiendo sobre la hierba, y entonces, sin dudarlo, se los quitó y metió los pies descalzos en el agua.
Sus hombros se relajaron al instante, y todo su cuerpo pareció más ligero mientras las ondas se extendían alrededor de sus tobillos.
Se giró, sonriendo, con los ojos iluminados.
—Ven —me llamó.
Me quedé rígido, con los brazos cruzados.
—No.
Arrugó la nariz con fingido desagrado.
—¿Cómo que no?
—Yo observaré —dije simplemente.
Eso era suficiente.
Era más seguro.
Ella resopló, poniendo las manos en las caderas.
—Eres imposible.
Venga, relájate un poco.
Que seas el rey no significa que tengas que ser aburrido.
La palabra dolió más de lo que debería.
Aburrido.
Parpadeé, mirándola casi ofendido.
—No soy aburrido.
—¿Ah, sí?
—desafió, con la risa danzando en su tono—.
Si no eres aburrido, ¿por qué no entras en el lago?
Abrí la boca y la volví a cerrar.
No tenía respuesta.
Ningún argumento que no sonara…
aburrido.
Ladeó la cabeza, sonriendo con suficiencia.
—Exacto.
Todos los demás tienen demasiado miedo de decirte la verdad porque eres el rey.
Pero yo estoy siendo buena persona.
Te lo digo: eres aburrido.
Algo en mí se erizó, una chispa de orgullo y algo más que no supe nombrar.
Antes de darme cuenta de lo que hacía, mis pies ya estaban avanzando.
Me quité las botas de una patada.
El agua resplandecía, tentadora.
Y ella me observaba, con una satisfecha arrogancia en su sonrisa.
Maldije en voz baja.
Pero aun así, entré en el agua.
El frío me envolvió los tobillos, y luego las pantorrillas.
La sonrisa de Emilia se ensanchó.
Me salpicó agua, y las gotas atraparon la luz al golpear mi pecho.
—¡Oye!
—ladré.
Ella se rio; un sonido brillante, desinhibido.
Y entonces lo hizo de nuevo.
Antes de que pudiera detenerme, me abalancé sobre ella, devolviéndole el salpicón.
Su chillido resonó en todo el lago, y de repente se convirtió en una guerra: agua volando, risas sonando, sus ojos brillando como nunca antes los había visto.
Y entonces…, entonces ocurrió algo que no me esperaba.
Me reí.
El sonido brotó de mí, extraño y ajeno, desde lo más profundo de mi pecho.
Por un instante ni siquiera lo reconocí.
Se sintió…
mal.
No, diferente.
Demasiado ligero, demasiado vivo.
El mundo se inclinó sobre su eje, porque no podía recordar la última vez que un sonido así había salido de mí.
Emilia se quedó helada en mitad de un salpicón, con los ojos clavados en mí.
Sus labios se entreabrieron, como si no pudiera creerlo.
Y entonces, lentamente, bajó los brazos, mientras el agua se ondulaba a su alrededor.
Su mirada se suavizó, se profundizó, como si estuviera viendo algo que nadie más había visto jamás.
Se acercó, con el agua arremolinándose suavemente alrededor de sus piernas y, antes de que pudiera retroceder, sus brazos se deslizaron alrededor de mi cuello.
Su sonrisa era tierna, radiante.
—Tienes una sonrisa preciosa —susurró—.
Deberías sonreír más a menudo.
Las palabras golpearon más fuerte que cualquier cuchilla.
Se me oprimió el pecho, y el pulso me rugía en los oídos.
Y antes de poder detenerme, mis labios estaban sobre los suyos.
Este beso no era el de la bestia.
No era hambre salvaje ni necesidad brutal.
Era otra cosa: algo suave, algo posesivo.
Algo aterradoramente frágil.
Su gemido vibró contra mi boca, y mi gruñido le respondió, profundo y ronco.
El mundo se desvaneció: el lago, los árboles, el reino entero.
Solo existía ella, presionada contra mí; su calor, su aliento, su latido enredándose con el mío.
Por primera vez en mi vida, mi corazón latía sin control; y no era ira.
No era lujuria.
No era dolor.
Era algo a lo que no podía ponerle nombre.
Y me consumió.
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