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Elian: Criaturas De Sangre - Capítulo 54

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54: Sucesos 54: Sucesos WASHINGTON D.C.

En una sala amplia, iluminada por pantallas azules y mapas digitales en constante movimiento, el ambiente era tenso.

No se trataba de una investigación nueva… pero sí de una que había comenzado a inquietar a los niveles más altos del FBI.

Más de veinte muertes confirmadas.

Los informes se acumulaban sobre la mesa central: fotografías, grabaciones, autopsias, patrones repetidos.

Ciudades distintas, escenarios distintos… pero el mismo resultado.

Cadáveres sin apenas sangre.

—No son asesinatos comunes —dijo una agente, señalando las imágenes proyectadas en la pared.

En muchas de ellas, los cuerpos aparecían intactos, sin señales claras de lucha… pero completamente drenados.

Otro agente avanzó hacia la mesa con un informe en la mano.

—Y no solo hablamos de muertos.

Hay desapariciones.

Sobre todo mujeres jóvenes… prostitutas, chicas sin familia cercana.

Personas que nadie reclama rápido.

Algunas nunca aparecieron.

Otras… aparecieron demasiado tarde.

En la pantalla surgió una lista de nombres.

Maurice Lang Evelyn Grant Kenneth Wu Richard Slade Gregory Vale Ivan Morell Elias Monroe —Todos ellos coinciden con movimientos previos a los asesinatos —añadió el analista—.

Viajes, registros en cámaras de seguridad, reuniones privadas, donaciones sospechosas a fundaciones médicas.

Hizo una pausa.

—Y un punto en común.

La imagen cambió.

GENTRACE CORPORATION Victor Kael Celina Kruger El silencio se volvió pesado.

—Durante meses trabajarón en experimentos poco éticos —continuó—.

Intentamos cooperar con las policías locales, pero los avances eran… inexistentes.

—O sospechosamente lentos —corrigió otro agente.

El analista respiró hondo antes de decirlo: —Creemos que ese grupo de millonarios sufrió algún tipo de transformación biológica.

Algo… anormal.

Han desarrollado habilidades como hipnosis inducida.

Varias miradas incómodas se cruzaron en la sala.

Fue entonces cuando el FBI tomó una decisión que, oficialmente, tenía otro propósito.

—Implementamos los drones libélula —explicó la supervisora—.

Tecnología de vigilancia de corto alcance.

Se distribuyeron como apoyo a las comisarías para rastrear criminales peligrosos.

Hizo una pausa.

—Pero también… para vigilarlos a ellos.

Las imágenes comenzaron a reproducirse.

Pequeños drones casi invisibles, adheridos a techos, lámparas y esquinas.

Grababan audio, movimientos, reuniones internas.

Varias comisarías aparecieron en pantalla.

Entre ellas, Columbia.

—No confiábamos en todos —admitió la supervisora—.

Y teníamos razón.

Un técnico amplió una grabación reciente.

La voz de una mujer se escuchó con claridad.

Era Nayra Kovarik.

—…Gentrace está involucrada.

Los vampíricos atacarán esta medianoche.

Esto va a estallar… ustedes también están hipnotizados… La grabación se cortó abruptamente.

—Esa fue la última transmisión —dijo el técnico—.

Después… silencio total.

El director del FBI se levantó lentamente.

—Eso es suficiente.

Su voz fue firme.

—Ya no es una teoría.

Es una amenaza activa.

Tenemos que ir al ataque de esta medianoche en Gentrace.

—Movilicen al equipo —ordenó—.

Minutos después, el Jet minimalista del FBI atravesaba el cielo nocturno.

Adentro, los agentes revisaban armas, informes y fotografías en silencio absoluto.

El viaje era largo, pero esperaban llegar a tiempo.

Cerca de Columbia, vierón através de las ventanillas, a lo lejos, que la corporación Gentrace humeaba por una parte de sus instalaciónes.

Nadie dijo una palabra.

Todos sabían lo mismo: Cuando llegaran… tal vez ya sería demasiado tarde para detener lo que había comenzado.

En la comisaría de Columbia, Nayra Kovarik permanecía encerrada en la última celda del conplejo policial, en la más alejada y oscura.

Había intentado escapar cuando la encerraron: gritó, exigió una llamada y golpeó los barrotes hasta quedarse sin fuerzas, tratando de explicar que había descubierto algo demasiado grande y peligroso, pero nadie quiso escucharla.

Llevaba allí desde la tarde y, aunque ya había pasado la medianoche, el sueño no llegaba.

Permanecía recostada en la pequeña cama metálica pensando en el asalto a Gentrace.

—Si los vampíricos ganan… estoy en peligro—murmuró para sí, llevando sus manos a la cara.

La mayoría de las celdas estaban vacías, salvo dos ocupadas por hombres de aspecto turbio que parecían estar bajo sustancias ilícitas.

Cuando Nayra llegó, uno de ellos se acercó tambaleante a los barrotes.

—¿Y tú qué hiciste, preciosa?

—preguntó con una sonrisa torcida.

Ella lo ignoró.

—No pareces de aquí —insistió el otro—.

Esa ropa no es barata.

Nayra giró el rostro hacia la pared sin responder.

El miedo era real, pero no pensaba mostrarlo.

Con el paso de las horas, los comentarios cesaron y el silencio volvió a adueñarse del lugar.

A las 12:50 de la madrugada, el taxi automático se detuvo frente a la comisaría.

Alan Richter descendió con expresión tensa y observó el edificio.

—Aguanta, Nayra…—susurró antes de entrar.

Dentro, el ambiente era extraño, demasiado tranquilo.

Algunos policías conversaban con torpeza, como si despertaran de un sueño pesado; el hipnotismo comenzaba a disiparse.

Un oficial lo detuvo.

—Eh, ¿a dónde cree que va?

—Vengo por una periodista.

Nayra Kovarik.

Sé que está aquí.

—No tiene permiso de visitas —respondió el agente, intentando sonar firme.

Alan dio un paso al frente y lo miró fijamente a los ojos.

—Escúchame bien —dijo en voz baja—.

Me vas a llevar hasta su celda sin oponerte.

El policía parpadeó, confundido… y asintió.

—Sí… sí, señor.

Por aquí.

Caminaron por los pasillos mientras otros agentes preguntaban a dónde se dirigían, y el oficial repetía mecánicamente que solo le mostraba las celdas.

Finalmente llegaron a la última.

Nayra estaba recostada cuando escuchó pasos.

Se incorporó al ver las siluetas.

—¿Alan…?

—dijo, acercándose a los barrotes con incredulidad.

Él sonrió, aliviado.

—Sabía que estabas aquí.

No respondías el teléfono.

—Me lo quitaron… —respondió ella—.

Los policías están hipnotizados.

—Lo sé.

Vine a sacarte.

Alan pidió la clave al policía, quien la recitó sin dudar.

La puerta se abrió con un sonido seco y Nayra salió para abrazarlo con fuerza.

—Pensé que nadie vendría… Ella lo miró con curiosidad.

—¿Cómo hiciste eso?

¿También te volviste una especie de vampirico hipnotizador?

—Elian me transfirió parte de su poder —explicó rápido—.

Te cuento en el camino.

Tenemos que irnos.

—A Gentrace —dijo ella sin dudar.

En ese momento sonó una alarma y varias voces se escucharon acercándose.

—¡Deténganse!

¡Salgan con las manos arriba!

Nayra palideció.

—Estamos rodeados… Se acercarón hacia el pasillo y Alan cerró los ojos y empezó a concentrarse.

—Confía en mí.

Tapate los oídos.

Una onda psíquica recorrió el pasillo.

Los policías tambalearon, desorientados, incapaces de enfocar la vista.

Alan tomó la mano de Nayra.

—Ahora.

¡Corre!

Salieron mientras un agente desde el segundo piso gritaba órdenes.

Afuera, el taxi automático arrancó en cuanto subieron.

—Nos seguirán—dijo Nayra mirando a lo lejos por la ventana trasera a dos patrullas encender sus luces.

—Lo sé —respondió Alan, sin apartar la vista del frente.

Las dos patrullas empezarón a seguirlos a toda velocidad.

El vehículo aceleró por las avenidas vacías.

Media hora después, una columna de humo apareció en el horizonte.

Gentrace.

Nayra tragó saliva.

—Hay caos allí… tal vez llegamos demasiado tarde.

Alan apretó los dientes y aceleró aún más.

—Aún no.

Elian sigue ahí.

El taxi avanzó hacia las ruinas opacas por el humo.

Elian estuvo a punto de perder la vida en dos oportunidades.

La primera fue cuando tenía nueve años, durante una excursión escolar al bosque.

Junto con dos compañeros se alejó del grupo atraído por la majestuosidad de la naturaleza, los animales y el sonido de un río que parecia oculto tras la maleza.

Cuando apartó los arbustos, vio el rio deslizarse con sus aguas que parecian tranquilas desde la orilla.

Pero al dar un paso más, el suelo frágil cedió bajo sus pies.

Resbaló en el lodo y cayó.

La corriente lo atrapó al instante.

Sus manos pequeñas intentaban aferrarse a las piedras lisas que escapaban entre sus dedos mientras el agua lo arrastraba cada vez más lejos.

Intentó gritar, pero solo tragó agua helada.

El rugido del río lo llenaba todo.

Cuando sus fuerzas se apagaban y la superficie comenzaba a oscurecerse sobre su cabeza, sintió un tirón seco en el brazo, firme, imposible, como si alguien lo sujetara con una fuerza que no pertenecía a ningún niño ni a ningún adulto cercano.

Su cuerpo fue arrastrado hasta la orilla.

Cayó sobre el barro, tosiendo, expulsando agua, con el pecho ardiendo.

Se incorporó aturdido y miró alrededor.

No había nadie.

Solo sus dos compañeros corriendo hacia él desde lejos.

El río continuaba su curso, indiferente, como si nada hubiera ocurrido.

En otra ocasión, cuando tenía diecisiete años, intentaba cruzar una avenida en la madrugada después de salir de una fiesta por el fin del año escolar del internado.

La lluvia caía fina sobre el asfalto y las luces de la ciudad se reflejaban como espejos rotos en la pista mojada.

Caminaba junto a un compañero, todavía algo mareado por una copa de vino, cuando de pronto un taxi dron apareció desde el cielo fuera de control.

No hubo tiempo para reaccionar.

Sintió un empujón en la espalda.

La fuerza invisible lo empujó con violencia.

Su cuerpo salió despedido hacia adelante chocando contra el pavimento.

Apenas vió como el taxi dron pasaba muy cerca de él estrellandose en la pista donde segundos antes habia estado él.

Se escuchó un estruendo metalico.

Todo quedó en silencio.

Elian permaneció inmóvil, temblando, mirando los restos del vehículo destruido.

Su compañero, que estaba unos metros más adelante, regresó corriendo con los ojos abiertos por el susto.

—Vaya… te salvaste por poco, bro —dijo, aún sin aliento—.

Parece que tienes un ángel guardián.

Elian no respondió.

Solo miró sus manos, confundido, sintiendo que aquello había sido algo más que suerte.

Ahora sabía la verdad.

El ángel guardián habia sido su padre.

La tercera oportunidad ocurría en el presente.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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