Elian: Criaturas Modernas - Capítulo 37
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Capítulo 37: Pactos Y Faltas
Era lunes por la mañana. La ciudad de Columbia estaba a punto de despedir la primavera, y el calor del verano ya comenzaba a sentirse en el aire. El sol se abría paso entre los edificios a eso de las 7:00 a.m., derramando su luz dorada sobre las calles medio vacías.
La policía local seguía envuelta en un misterio sin resolver: las extrañas muertes que habian ocurrido desde hacía poco más de un mes. Hasta el momento, sumaban unos tres cadáveres en la ciudad, y mas de veinte en todo el país hallados en condiciones que desafiaban toda lógica forense. Las autopsias revelaban marcas inusuales, heridas limpias pero profundas, y rastros biológicos que no encajaban con ninguna criatura humana conocida.
El jefe de la policía, Charles Beaumont, era quien encabezaba la investigación en la ciudad de Columbia. Pero, curiosamente, el caso no avanzaba. Nada parecía tener sentido. Y lo más extraño sucedió esa misma mañana.
Charles estaba sentado frente a la computadora tridimensional del departamento. De pronto, sus ojos se tornaron completamente rojos, como si algo lo hubiese poseído. Sin dudar, comenzó a borrar los archivos más sensibles del caso. Información clave, pruebas forenses, grabaciones. Todo desapareció en cuestión de segundos. Después, como si nada, abrió el videojuego más famoso del año: Call of Duty 2064: Apocalypse Front, y empezó a jugar con total tranquilidad.
No era el único. Otros agentes también habían presentado comportamientos similares. Habian sido hipnotizados.
La hipnosis era sutil, pero efectiva.
Ese mismo día, la policía estrenaba una nueva tecnología: drones del tamaño de una libélula, casi invisibles al ojo humano común cuando volaban a considerable altura. Equipados con un software de vigilancia avanzada, comenzaron a sobrevolar la ciudad, buscando cualquier anomalía que pudiera llevar al culpable de los asesinatos. ¿Serían útiles? Tal vez sí. Tal vez no.
*****
Alan Ritcher ingresó a trabajar a GenTrace como cada mañana, pero esta vez lo hizo con un rostro serio, casi frío. No saludó con la misma cordialidad de siempre. Apenas murmuró un “buenos días” a la recepcionista y se dirigió directo al laboratorio.
—Buenos días, compañeros—dijo luego con una leve sonrisa a los doctores que tenía al lado —. Me demoré porque el taxi automático en que venía se malogró a dos cuadras y tuve que caminar…
Los demás cientificos despues de saludarle continuarón con sus labores, concentrados en sus microscopios avanzados, viendo las muestras de sangre.
Alan se puso a trabajar como de costumbre, analizando muestras de ADN con los otros seis genetistas que compartían el espacio. El negocio iba mejor que nunca: ahora los clientes podían ver su árbol genealógico en tiempo real y en 3D desde sus lentes Vance. Todo estaba conectado.
En medio del trabajo, uno de los doctores soltó un comentario en voz baja:
—¿Supieron lo último? Dicen que al parecer, Victor Kael está planeando deshacerse de los ocho vampíricos… para empezar nuevos experimentos desde cero.
Alan fingió seguir con su rutina como si nada por un momento. No reaccionó, pero por dentro, su lado hipnotizado volvio a formarse.
“¿Quieren eliminarlos? No sabía que el plan había avanzado tan rápido…”, pensó, mientras fingía seguir con su rutina. “Esto puede salirse de control antes de lo esperado.”
Miró de reojo el reloj en su muñeca. El tiempo se acababa.
Mientras tanto, en otra parte de la ciudad, el campus de la universidad volvía a llenarse de estudiantes en la semana de clases presenciales.
Maya caminaba rápido hacia su aula, mirando a todos lados, buscando a Elian. Pero al entrar, su corazón dio un pequeño salto: él no estaba.
Daniel charlaba animadamente con un grupo sobre videojuegos. Ella se sentó con unas amigas, pero no lograba prestar atención. Algunas chicas bromeaban con que el novio de Maya, Elian parecía un “niño vampiro”, todo misterioso y desaparecido. Maya apenas sonrió.
Tomó su teléfono y escribió un mensaje rápido:
> “¿Dónde estás? No me avisaste nada…”
Pero Elian no estaba en línea. Ni siquiera vio el mensaje.
—¿Dónde estará este hombre? —murmuró, cruzando los brazos.
El profesor entró al aula y comenzó la clase de biología con su típico entusiasmo y toques de humor. La mayoría del salón se sonreía, pero Maya comenzó a sentir una extraña pesadez, como si el aire se volviera más denso.
Se recostó sobre su pupitre, apoyando la cabeza en su brazo. Una especie de somnolencia la envolvía. Una sensación entre el sueño y algo más… algo que no podía explicar. Y de pronto, sin previo aviso, un recuerdo invadió su mente con una fuerza abrumadora.
A cientos de kilómetros, en Las Vegas, el sol apenas tocaba la ventana semiabierta de una mansión que parecía siempre dormida. Las cortinas dejaban entrar una luz tenue, pero en aquella habitación reinaba la penumbra.
Elias Monroe y Clarisse Von Albercht yacían enredados entre las sábanas de seda negra, desnudos y satisfechos. Clarisse reposaba sobre su pecho, dibujando círculos lentos con sus uñas, mientras Elias fumaba un cigarro electrónico que dejaba un aroma dulce y turbio en el aire.
Él no sentía culpa. Nunca la había sentido. Elias Monroe era ambicioso hasta los huesos. Un estratega nato. Y si tenía que traicionar, lo haría sin pestañear.
—Clarisse —dijo, rompiendo el silencio con voz grave—. Es hora de dejar de fingir lealtad.
Ella lo miró, sabiendo que esa frase traía algo más.
—¿Qué estás tramando ahora?
Elias sonrió con arrogancia.
—Nunca me cayeron bien esos engreídos. Vampiros sin visión. Animales. Esta noche… dejaremos que la seguridad de GenTrace haga el trabajo sucio por nosotros.
—¿Quieres que mueran? —preguntó Clarisse, aún con una sonrisa curiosa.
—Exacto. Haré una llamada anónima a GenTrace. Les diré que un grupo armado planea atacarlos esta noche. Los de seguridad estarán listos. Cuando la masacre termine y todos estén distraídos… apareceremos tú y yo. Y nos quedamos con el medicamento poderoso.
Clarisse lo besó, divertida.
—¿Y qué excusas les diremos a los demás para no ir?
—Tú les dirás que te sientes mal, que te quedas en tu mansión. Hazlo convincente, ya sabes. Llora un poco si hace falta.
—Y tú —añadió ella, acariciando su cuello— dirás que tu helicóptero-dron tuvo una falla técnica al despegar desde tu mansión de Las Vegas. Que tendrás que esperar hasta mañana para repararlo.
—Perfecto —dijo Elias, mirándola a los ojos—. Que se maten creyendo que ellos tendrán el poder.
Ambos rieron con una risa íntima y perversa que se apagó en un beso profundo.
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